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Dame hechizos y lámparas mágicas
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Las cosas de la abuela (Relatos Jueveros: Contamos tres)

Las cosas de la abuela (Relatos Jueveros: Contamos tres)

05 octubre 2022

Cuando murió la abuela, nietos, sobrinos, hijos y vecinos nos reunimos a recordarla en anécdotas risueñas, mientras bebíamos y comíamos a lo grande. Fue una buena alternativa al llanto, si bien el terminar dormida sobre las sillas de la funeraria me dejó un buen dolor de espalda y una gripe de las más fuertes que he tenido. La eficacia de un aire acondicionado puede ser extrema a veces, más considerando el encierro en el que nos habíamos sumergido, siendo pleno verano. 

Pero lo que más nos alejó a todos de la tristeza por la partida de la nona fue la repartición de las cosas que ella había dejado atrás. Siendo honesta, me revuelve el estómago acordarme de las hermanas de mi madre peleándose por un juego de copas azules, pero yo tampoco soy tan inocente.

No quería quedarme con nada. Hasta que recordé los hermosos aros que la abuela adoraba llevar.

Del collar a juego nunca tuve noticias, se perdió luego de la excursión a la habitación de la finada por parte de la nueva novia de mi padrino, pero a los aros sí pude rescatarlos.

Así que, ahora, están conmigo.

Sí, conmigo. No en mi joyero, no en mis orejas.

Estos días han estado llenos de emociones, la familia, la vida, todo continúa y yo debo rearmar las piezas de mi rompecabezas porque no sé qué será de mí los domingos sin la abuela. Y sin las tías que se pelearon con mi madre por la vajilla. Siento que hemos perdido mucho más de lo que imaginábamos. Pero volviendo a los dichosos aros, qué hermosos son, cuánto brillan aquí, sobre la madera de mi mesita de noche. Y qué buenas historias cuentan.

Algunas supersticiones antiguas hablan de demonios atrapados dentro de piedras preciosas. Otras, de fantasmas que quedan atrapados dentro de posesiones a las que amaron tanto, que las dejan malditas para cualquier otro ser humano que pretenda tomarlas. Yo no tengo idea de cuál fue el caso de la abuela, pero seguro ha tenido un espíritu bien potente y una fuerza de voluntad gigantesca, porque de otra forma no se explica todo lo que está ocurriendo.

En menos de una semana, a las tías se les han roto las copas azules, a mi madre se le han perdido los cubiertos de plata y a la novia de mi tío la han tenido que internar por una afección muy extraña en la piel. La nona nos está castigando desde el Más Allá. Y yo espero mi turno, aterrada.

Aún no me he puesto los benditos aros en las orejas, no señor. Y uno diría, ¿cómo puede ser? Lo que pasa es que no se callan. Desde que los he traído a casa, no han dejado de hablarme y, para colmo, soy la única que puede escuchar su perorata interminable. Los devolvería, pero temo por mi vida si llego a salir con ellos a la calle.

Abuela, la hiciste muy bien. Desde mi temblorosa admiración, te aplaudo. Abuela Tutankamón, voy a empezar a llamarte, apenas me atreva a utilizar la ouija que también encontré entre tus cosas.


- - -


Relato escrito para el reto de los jueves propuesto por La Mujer de Negro: escribe un relato a partir de la tercera foto que encuentres en tu móvil. Para ver el resto de los relatos y la convocatoria, clic aquí. 

Nota: Los aros de la foto no son de mi abuela, sino creados por mí con materiales nada costosos. Pero mi abuela sí tenía un collar de piedras azules que me encantaba y que desapareció misteriosamente cuando ella se fue de este mundo.

Como sueñan las sirenas (Concurso: Sonidos Fantásticos)

Como sueñan las sirenas (Concurso: Sonidos Fantásticos)

12 abril 2021

Era un atardecer más para ella, echada sobre una roca, tomando en su piel hasta los últimos restos del calor del día. Parte de su cuerpo disfrutaba de esa rutina, parte de ella detestaba estar fuera del mar. Estaba acostumbrada a esas contradicciones. En el horizonte, un barco comenzaba a acercarse. Era El rey de las mareas, el motor de su destino, por lo que su tiempo en el agua estaba por terminar. Parte de su corazón estaba feliz por lograr su sueño, parte de éste odiaba marcharse. Y así, su cola todavía se mantenía sumergida, mientras su torso seco llamaba la atención.

No podría notarlo a tiempo, pero sabía que el barco estaba yendo por ella.

No sabría negarse, su voz solo quería cantar y su cola convertirse en dos piernas.

Desde entonces, obtendría de los humanos todo lo que necesitase.

Excepto una cosa.



«Shaadi…» comenzó el susurro, en su oído.

«Shaadi…» continuó, acelerando su corazón hasta que el amor y el dolor se convirtieron en un tormento insoportable.



Y así fue que despertó, en su camerino, con un grito. Era otro atardecer más para Shaadi, la nueva estrella salida del mar. La promesa de las listas de Billboard y los shows multitudinarios.

—¿Estás bien? —preguntó su asistente, una joven que solo llevaba unos días en el staff.

—Claro que está bien —respondió su manager por ella, entrando a la habitación con un agua mineral y un ramo impresionante de flores multicolores—. Físicamente, porque mentalmente siempre esta chica es un horror.

Shaadi se levantó y le quitó al hombre la botella, para beberse la mitad en solo un trago. Estaba de pésimo humor, como siempre.

—Lo siento —balbuceó la chica nueva, con el evidente temor de ser despedida bailando en sus ojos.

La cantante se limitó a echarle un vistazo, pensando en que mejor hubiera sido tener el poder de absorber la inocencia de los humanos, antes que el de llevarlos al éxtasis con su voz. De nada servía ser la obsesión de millones de seres inútiles en aquella tierra seca. Pero ahora no podía dejar de alimentarse de la admiración de todos ellos. Había quedado atrapada por sus sueños de niña tonta, observando de lejos a los barcos pasar. Y ahora solo sabía soñar con regresar al océano.

Si solo eso no significase el fin. Morir como traidora de Poseidón tampoco era la mejor idea. Si había elegido esa nueva vida, le quedaba continuar con ella lo mejor que pudiera. Podía combatir la sequedad de su alma con el calor del fuego en el corazón de sus admiradores. Perdería la batalla, cada vez que cerrase los ojos, pero seguiría intentándolo mientras estuviese despierta.

Como cada noche, las luces del escenario casi la cegaron, mientras se entregaba a mostrar lo mejor de ella, lo único bueno que aún tenía.

Cantó todo su amor y su anhelo. Su deseo abandonado, su recuerdo de carne y sal, sus besos de leyenda. Su héroe de ensueño.

Y el público aplaudió y cantó con ella, cálido y radiante por un instante.

—Shaadi… —entonaron, como el escenario de su creciente arrepentimiento.

—Shaadi… —pidieron por ella, pero no tan fuerte como aquel que entonaba su nombre cada noche, en las profundidades del mar.

Terminó el espectáculo, las luces se apagaron, lo mismo que el calor del público. Y la soledad la golpeó, dejándola fría y muerta de sed.

El detrás de escena, los destrozos en su habitación de hotel, las malas compañías y otra clase de profundidades, también, se convirtieron en parte de la rutina de la antigua sirena simulando ser humana.

En plena madrugada, habiéndose negado a consumir más que su amada agua, Shaadi echó a todos sus compañeros de fiesta. Se descalzó y por accidente pisó el fragmento de una copa rota, sobre la alfombra. Embotada, se quedó mirando la sangre que teñía el gris del suelo por un momento, antes de quitarse el vidrio de aquella parte de su cuerpo que todavía no reconocía.

Fue hasta el balcón de la habitación, el océano se extendía frente a ella en una vista preciosa, nostálgica. Se sentó en la hamaca que llevaba siempre en su equipaje y se dispuso a pasar una de sus noches más oscuras, pero le fue imposible dormir. Comenzó a desesperarse, no podía tener peor castigo que el de no ver a su amado ni aun en sueños.

Entonces, a la distancia, un resplandor conocido hizo que el corazón le diese un vuelco.

«Shaadi…» susurró la voz de su amante.

«Shaadi…» dijo el único rey de las mareas que a ella le interesaba.

Él no solo decía su nombre, también estaba cantando la invocación a la misma bruja que había cumplido su capricho egoísta. Pretendía venir por ella, a cambio de su capacidad de ser feliz.

Quiso advertirle, asaltada por la angustia, pero por lo que veía todo estaba ocurriendo demasiado lejos.

No podía permitir que él corriese con su misma mala suerte. Y solo por su culpa. No dejaría que aquella bruja se devorase el alma de los dos, con ella ya tenía suficiente.

Por eso, emitió el grito más fuerte del que fue capaz. Supo que él podía escucharla. Pero nada iba a detenerlo, lo conocía demasiado bien.

Entonces, ella decidió que lo protegería. No traería esta desgracia sobre su único amor.

Por eso, subió a la baranda del balcón. El mar entero sabía cuando Poseidón tomaba su venganza ante el regreso de un traidor, e iba a usar eso a su favor. Aún estaba a tiempo, el resplandor no mostraba que el hechizo del trato con su amado estuviese sellado.

«Shaadi…» la llamaría él, mientras su alma volviese a ser una con el agua.

«Shaadi…» seguiría endulzando su memoria, cuando solo fuese espuma sobre los arrecifes de coral.


***

Relato escrito para el concurso de FantasiaES en Wattpad.
Me enamoré de una de las canciones en el Concurso Sonidos Fantásticos, así que sale nuevo relato en menos de mil palabras. Las sirenas siempre han parecido impresionantes, con todo lo que implican en las historias más antiguas, la de Disney y los retellings.
Ojos que no ven

Ojos que no ven

20 diciembre 2020

Al mediodía siguiente, la cabeza de Nicolás descansaba sobre su almohada. El resto de su cuerpo estaba cubierto por un desastre de sábanas y ropa sucia. No hacía más de cuatro horas que él había vuelto del club, el sol se ocultaba detrás de las persianas bajas y el ruido de los demás habitantes de aquella casa estaba amortiguado, en parte, por la puerta cerrada.

Roncaba por la posición antinatural que había adoptado, como si no le bastara el tamaño del colchón para estar cómodo. Como si hubiera dado mil vueltas antes de que el sueño lo venciera.

De pronto, la puerta comenzó a abrirse con mucha lentitud y algunos de los sonidos del día se colaron, sin provocar en el dj más que el deseo de taparse la cabeza con las sábanas. Al pie de la cama, su madre lo observaba, apenada.

—Lo siento, Nico, pero tú mismo pediste que te despertase apenas estuviese lista la lasagna —aclaró la mujer, en un tono de voz muy suave—. Ven a almorzar, luego sigues durmiendo.

Como nada ocurrió con solo decirlo, ella debió mover a su hijo, zamarrearlo un poco para que lograr que éste respondiese con algún gruñido.

—Mmm... sí... —dijo Nicolás, entre sueños—. Ahora voy.

Morena suspiró y volvió a incorporarse junto a la cama de su hijo.

—Nico, puedo guardarte un poco en la heladera.

Estaba por marcharse, cuando el joven entre quejidos que denotaban gran esfuerzo pudo sentarse, con los ojos entreabiertos.

—No, no. Ya estoy arriba, ma. Ahora voy, sirve un plato para mí.

Ciertos platos cocinados por aquella mujer podían ser motivo de competencia entre los habitantes de esa casa. La lasagna era uno de éstos y Morena sabía que su hijo menor no se perdería aquel almuerzo, por más estilo de vida nocturno que tuviera.

—Te esperamos, hijo —se limitó a responder, con una sonrisa, antes de salir al pasillo.

***

Ya en la mesa, Nicolás escuchó a sus hermanos Thiago y Mirna, ambos hijos predilectos de su padre, hablar de asuntos relacionados al mundo de los espíritus, mezclados con sus respectivas profesiones diurnas. Tomás Luna, sentado a la cabecera, participaba con entusiasmo en la conversación.

Su padre era un reconocido médium que había mantenido a su familia a costa de reuniones donde mesas y sillas flotaban o visitas a lugares donde las personas quisieran librarse de supuestas maldiciones o presencias fantasmales. Su madre había sido la chef de un restaurante donde las sartenes volaban, hasta que contrataron los servicios del estrafalario medium. El resto, era historia.

—¿Estás bien, hermano? —preguntó Oriana, la menor, sentada junto a él—. El guantazo que te pegó esa muchacha todavía se ve en tu mejilla.

Nicolás enrojeció de vergüenza. Sus hermanos mayores no tuvieron mucho éxito en contener las risas y su padre tuvo que acallarlos.

—Hija mía —intervino Tomás—, no es de buena educación que uses a los espíritus para sacar chismes sobre la vida de los demás.

—Pero si yo no pregunté, papá, me lo susurraron al oído —protestó la muchacha.

El dj sintió envidia por un momento. El único poder de aquella mocosa era el de escuchar a los espíritus que la rondaban durante las clases en la facultad de medicina. No tenía que soportar el verlos también, como él. Junto a su madre, Thiago tosió, castigado por las carcajadas durante la comida. Él tenía dones muy parecidos a los suyos y sí los había desarrollado, bajo el cuidado de su progenitor.

Nicolás siguió comiendo, concentrado en su plato favorito y haciendo de cuenta que no escuchaba a nadie. En la silla de enfrente, Mirna hacía un esfuerzo para no atragantarse de la risa. Ella también podía ver fantasmas, don que utilizaba en la estación de policía con mucha habilidad.

—No importa, Oriana —continuó el cabeza de familia, con seriedad—. Haces de cuenta que no escuchaste y esperas a que él te lo cuente.

—Sí, claro —murmuró la menor, volviendo a su tenedor—. Como si alguna vez nos contara.

Finalizada su porción, el dj se levantó de la mesa, sin esperar a que el resto terminase. Morena le dijo que esperase por el postre, pero él se limitó a llevar su plato, su vaso y sus cubiertos a la cocina, para volver a la cama. Todavía estaba enjuagando las cosas en la pileta, cuando su padre pasó junto a él, camino a la heladera.

—Llamó tu amigo, pidiendo un favor —comentó el hombre, mientras sacaba una botella de agua fría.

—Ah, sí —respondió Nicolás, secándose las manos—. Puedes cobrarle bien caro, seguramente va a revender tus servicios a terceros, tal como lo hace conmigo.

Su padre quedó de pie, a su lado. Se veía pensativo.

—No parece el caso, hijo. Hablé con el contacto que me pasó Johnny, es un problema familiar. Nada grave, pero necesita ayuda extrasensorial. Yo tengo otros compromisos y al parecer el tema es urgente, deberías intentarlo tú.

Nicolás se quitó el delantal y lo dejó colgado frente a la puerta del horno. Estaba furioso, nadie en esa casa lo tomaba en serio, ni cuando decidía hacer algo, ni cuando se negaba.

—Ya le dije que no cuente conmigo —contestó—. Que se las arregle. 

Salió de la cocina y se marchó a dormir. Sin embargo, no alcanzó a llegar a su cama y ya sabía que de todas formas iba a meterse en otro de esos problemas.

Sin remedio

Sin remedio

08 diciembre 2020

El viernes siguiente, a Nicolás le ardía la mejilla derecha. La vergüenza lo había llevado, embotado, de regreso hacia la cabina donde ponía la música, encima de la pista de baile.

Sus manos guiaban por sí solas los controles en la consola, casi en automático.

Entonces, alguien dejó a su lado una botella de soda bien fría y un vaso con una rodaja de limón. Era Jonathan, uno de los bartenders.

—Qué guantazo, ¿eh? —comentó el joven con la bandeja, mientras le servía el agua en el vaso—. Mireya ha sido muy dura, amigo. Y yo que pensé que esta vez sí iban a volver ustedes dos.

Nicolás balbuceó algo en respuesta, como para simular que la conversación estaba en marcha y que su compañero no insistiera. Pero sí que le dolía el rostro. La bofetada que su ex le había dado en el camino hacia los baños del club había sido fuerte. Tanto, que la cantidad de presencias luminosas estaban invadiendo el lugar y él seguía con la cabeza en otra parte.

—Es mejor que todo quede así, tienes razón —continuó Johnny, dando vueltas por la cabina con incomodidad—. Nico, en realidad yo venía a… Tengo que pedirte un favor…

El dj despertó de su tragedia amorosa con solo oírlo. La forma en que su amigo evitaba mirarlo, el hecho de que aprovechara su distracción en pleno horario laboral para acercarse, todo indicaba por dónde iban los tiros.

—No soy médium, Jonathan —aclaró, en voz bien alta—. No pienso meterme de nuevo en uno de tus negocios raros. Si necesitas esos servicios, mejor ve con mi padre o mis hermanos. Ellos te darán un descuento y lo harán bien, con todos los recaudos.

—Nico, esto es diferente, por fav…

—Basta. No voy a caer de nuevo —dijo, cerrando el tema, mientras aprovechaba el in crescendo del ritmo para aumentar poco a poco el volumen y eliminar a todos los fantasmas del club.

El barman contestó algo que él no escuchó, le palmeó el hombro y lo dejó a solas de nuevo, como él quería. Al menos, en ese instante. El vacío de esa cabina era el de su alma, sin rumbo ni planes reales. Solo era un niño jugando a esconderse tras una cortina de sonidos. ¿Cuánto duraría en ese juego? ¿Viviría así para siempre? ¿Y si aquel truco dejaba de funcionar?

En eso estaba, cuando en el reloj dieron las dos de la mañana. Giró la perilla al máximo, poniendo los tímpanos de los presentes a prueba, y suspiró aliviado. La oscuridad era sinónimo de tranquilidad. Las luces tenues de colores que pasaban por la pista eran un descanso para sus ojos sensibles. Segundos después, el regreso de la muchacha brillando de blanco, en frente a la cabina, hizo que su corazón diese un vuelco. No había remedio. El refugio estaba agrietándose.
Inexplicable (Microrreto Continuará: El Tintero de Oro)

Inexplicable (Microrreto Continuará: El Tintero de Oro)

19 noviembre 2020

Otro viernes en Auris, otra noche en la que Nicolás estaba en la cabina, a cargo de uno de los sectores temáticos del club. Eran apenas las dos de la mañana y el lugar ya estaba bastante lleno. El dj echó un vistazo a la gente dispersa debajo, en la pista. No se explicaba cómo podía haber alguien a quien todavía le interesase ir a una cueva espantosa como aquella.

Por un instante, se distrajo con la vista de una muchacha de blanco, brillante entre la multitud a causa del contraste de las luces negras.

«Es un efecto, es un efecto» se dijo a sí mismo, mientras la canción que pasaba estaba cerca del final y comenzaba a bajar su volumen.

La cantidad de manchas humanoides —luminosas, de ojos blancos— que surgieron en el lugar hicieron a Nicolás girarse a su tablero para insertar otro tema y subir el volumen lo más posible. Como una ola invisible, el potente sonido barrió con todas las presencias extrañas que solo él podía ver.

La chica del vestido blanco siguió en su lugar, bailando sola.

El dj suspiró aliviado.

Una de las camareras le trajo una botella de soda helada y un vaso y antes de marcharse lo felicitó por la mezcla de sonidos de esa noche. Él asintió, avergonzado.

«Lo único que hago es ruido. Lo único que quiero es espantarlos a ellos» pensó, resignado, mientras bebía.

Entonces volvió la mirada hacia la pista. Todos bailaban con el volumen al máximo. Incluyendo a la muchacha de vestido brillante, que ahora también lo observaba con esos ojos blancos. 

Continuará...
 

***
Conteo de palabras: 266. Se me pasaron 16, jojo. Pero no se imaginan cuánto lo recorté. 

La historia sigue, voy a hacer micro-entregas semanales. Esta historia quise escribirla hace un par de años. 


Extra:
Cómo será que tuve esta historia en la cabeza desde hace rato, que hasta banda sonora para escribirla tengo armada (es una lista de videos en YouTube y otra en Spotify). Hoy la volví a escuchar y la magia volvió. Les dejo el primer tema, que me dio la idea para el problema principal que va a surgir:



El felino y la luna

El felino y la luna

14 junio 2020

Esto que voy a contarles es un secreto que llevo desde hace milenios. Como mi memoria empieza a llenarse de cosas y un par de veces he confundido un personaje histórico con otro, voy a dejar las historias más importantes anotadas. En rollos de papel, dentro de este frasco enorme.

Los dejo leer, si gustan, pero no pueden llevarse nada de aquí. Lo sabré de inmediato. Sin embargo, pueden contárselo a otros. Eso no va en contra de las reglas. Al fin y al cabo, la primera manzana ya salió del árbol, a quién le importa.

Como decía, aquí va lo que voy a contarles. Atentos.

La luna no siempre ha sido lo que ustedes ven. No crean que lleva milenios ahí, de esa forma. Ahora es ese queso redondo, que los dioses devoran hasta dejar media cáscara vacía y luego vuelve a llenarse, para deleite celestial. Pero antes no, señores.

Antes era el juguete preferido de los dioses más pequeños. Una hermosa pelota, que se desinflaba y volvía a inflar cada mes. Una pelota perfecta, lisa, que reflejaba la luz del sol y se volvía brillante, a veces devolviendo el reflejo de la tierra que tenía debajo. La había inflado el mismísimo jefe, allá arriba, para sus preferidos. Además, por alguna razón desconocida, estaba prohibido tocarla cuando llegaba la mitad más oscura de la jornada. Se decía que cosas terribles ocurrían si se descolgaba la pelota brillante del cielo en la noche.

Entre los dioses, pequeños o adultos, por más curiosidad que despertase, nadie se atrevía a desafiar semejantes chismes. Tampoco es que hubiese hecho falta. Es que, como ya sabemos ustedes y yo, ¿qué es lo que siempre ocurre cuando algo no está permitido? Alguien más viene a comprobar lo que en secreto queremos saber.

En esta ocasión, el que vino fue un pequeño gato.

Un felino común, salido de quién sabe dónde. Peludito, de color negro y ojos verdes. Nadie lo notó mientras se acercó al techo de la casa más alta del pueblo humano. Nadie lo escuchó saltar, hasta arañar la superficie de la pelota y caer, para volver a intentarlo una y otra vez. Dicen que algunas lechuzas lo notaron, pero no son conocidas por ser el animal más acusador del universo. Si entre los dioses, alguien más que yo lo pudo ver, lo desconozco.

Lo que importa es que, en un momento, la pelota-luna estaba en el cielo y, al siguiente, aquella bola de pelo negra se la llevaba en la boca a su escondite. Luego, aparecieron otros gatos. Mudo de horror, todo el panteón divino observó al astro ser arrastrado por las calles oscuras, rebotando de un lado a otro, arañado y mordisqueado, hasta que al fin los felinos se olvidaron de él, abollado, arrugado en un rincón de una plaza.

El jefe volvió esa mañana, con terrible resaca. Debía tener unas cuantas historias interesantes, por los rastros de labial en su cuello y la camisa mal abotonada. Pero no había juerga peor que la que nosotros habíamos presenciado. Al final, podíamos tener que presenciar algún desastre más. Nadie quiso hablar primero.

A mí fue al único que preguntó.

—¿Qué ha pasado con pelota-luna? —sonó su voz de trueno. De fondo: la promesa de los peores tormentos según lo que yo respondiese.

No me quedó más que extender mi dedo y señalar al culpable. En aquel momento, el pequeño gato dormía junto a los restos de la desinflada pelota brillante. Sobre el empedrado de aquella plaza, yacían cientos de fragmentos de lo que había sido el capricho perfecto de su Excelencia.

Temí por aquella bola peluda, lo confieso. Sentí verdadera lástima. No sería la primera vez que por una sola noche de juegos se extinguía toda una raza. Que se lo preguntasen a los pobres dodos, que tuvieron el atrevimiento de comer la flor preferida del jefesote.

Así que inspiré profundo y cerré los ojos, esperando que el final no me incluyese también a mí, en calidad de testigo. Entonces, tal vez al saberse observado, el minino despertó.

Temblé un poquito. No voy a mentirles. Vi al jefe ir a su encuentro, todavía con el paso un poco afectado por su propia travesura nocturna. Y el gato negro avanzó, también. Con tanta ligereza, que pasó rozando su lomo contra sus pantorrillas en lo que fueron varios ochos, ida y vuelta, sin ser interrumpido por ninguna tormenta de ira divina.

Sé que todos los que observábamos, desde arriba, sentimos una corriente fría por nuestra espalda. El minino se recostó y mostró su estómago al jefe, en muestra de absoluta insensatez.

No podíamos ver la expresión del jefe desde donde estábamos. No había forma de saber cuál sería el siguiente foco de explosión. El gato seguía frotándose el costado contra sus divinos pantalones.

Finalmente, ocurrió.

Oímos el gemido aterrador.

El sonido fue tan insólito, tan extraño a cualquier otro que hubiésemos oído en toda nuestra existencia inmortal.

El jefesote, de pronto, estaba arrodillado junto al felino, con una mano acariciando ese estómago peludo.

—Ohhh, pero si eres tan hermoso. Te has portado mal, pequeño, ¿eh? —dijo, con su voz convertida en el susurro de la brisa marina, al amanecer.

El gato, a sus pies, recibió las caricias con el motor de su pecho encendido al máximo.

De los dioses pequeños y su juguete perdido, ni recuerdos.

De las terribles consecuencias para los que debían cuidar al astro-pelota, nada de nada.

Pero, eso sí. Los gatos se ganaron un lugar de privilegio en el sector vip del panteón. Y los demás, en festejo por la bienvenida al nuevo favorito del jefesón, recibimos una luna renovada, con funciones totalmente distintas.

Porque nunca más quedará sola, pobre luna. Ahora será parte de las grandes fiestas celestiales. Estará siempre con nosotros, en forma de queso enorme, que podremos ir devorando hasta dejar las cáscaras y recibir una distinta el mes siguiente.

***
Escribí esta historia la semana pasada, para enviarla a un concurso en Instagram, pero se me pasó la fecha y no lo envié. Increíble, pero olvidé mandarlo. En fin, lo dejo por acá, espero que lo disfruten.
Onírico

Onírico

25 febrero 2020

No es posible que esto sea real, lo entiendo, pero he olvidado porqué. Estoy caminando por un pasillo de paredes decoradas en azul, suelo de baldosas azules, techo pintado del mismo color. Mis manos pasan por el empapelado mientras avanzo, con los brazos extendidos. ¿Qué estoy haciendo? Algo viene detrás, no alcanzo a verlo. Alguien me espera al final. No sé quién es. Entonces despierto, encerrada entre las tapas de este libro. ¿Por qué sigo aquí?

Palabras del reto de febrero: Manos, entiendo, pasillo.

Microrrelato escrito para las Cinco Líneas de febrero de Adella Brac.

Esto es parte de la recopilación para El tarot de Madame Ceyene, así que la historia continúa. Jojojo.
Arcano 5: El Sumo Sacerdote

Arcano 5: El Sumo Sacerdote

13 febrero 2020

Esta tarde llegaste a casa, agotado, con el sombrero rebosante de pensamientos, y caíste en tu sagrada cama. El desorden de sábanas y almohadones te recibió con alegría y te permitió sumergirte en ese sueño tan necesario.

Despertaste en plena madrugada, con el cuerpo pidiendo una ducha y litros de agua para beber. Una vez cubiertos los deberes acuáticos, llegaban los otros, más terrestres.

Eran las 3 a.m. cuando terminaste ese plato de tallarines con salsa. Leíste un par de emails, pensaste en algunas decisiones importantes para la jornada siguiente, y quisiste volver a tu colchón. Pero sonó el timbre.

—Maestro, por favor ábranos.

Apagaste la luz, rogando que se fuesen, en voz muy baja. Lo sé. Así y todo, pude escucharte. Siempre puedo.

—Vimos su sombra desde la ventana, maestro —insistió la voz—. No nos abandone.

—Solo será un momento, su Excelencia —se añadió otra, más zalamera.

Frunciste el gesto, pero volviste a buscar el sombrero y les abriste la puerta.

La luz de la sabiduría iluminó la habitación mientras hablabas con los visitantes, en pijama, y resolvías sus asuntos. Me gusta el color y el brillo sutil de tu sombrero, mientras despide aquellas partículas de «yolosétodo». Luego, el subidón de energía por la gratitud con la que te recompensaron fue suficiente para sacarte una sonrisa de verdad, de ésas en las que se te marca un pequeño surco junto a cada lado de la boca.

La música de sus pasos al marcharse te hizo marcar el ritmo, con los dedos, sobre la mesa. Cerraste la puerta. Y nos quedamos solos, otra vez.

Te quitaste el sombrero. El suspiro de alivio te quitó unos kilos de cada hombro. Yo parpadeé, incrédula. De pronto me di cuenta de que los años comenzaban a hacer su efecto, no solo en mí. Pero es el precio, por este título y todo lo bonito que nos trajo. Algún pedacito de tu alma iba a llevarse, lo sabías. Te oí hablar de los que pasaron antes de ti.

Pero no hablaré más de eso, por ahora. Por fin me has prestado atención y sé lo que eso significa. Ha llegado nuestro momento. Me sacudo un poco, para quitarme la modorra y alguna pulga molesta, antes de subirme a los pies de aquella cama enorme. Aunque hay un gato en la azotea, no voy a ladrarle. Lo prometo. Nuestro día termina ahora, por más que el siguiente esté por empezar en pocas horas.

***

♦ Así es como su adivina preferida (digan que sí) vuelve a aparecer entre las páginas de este libro. No estaba muerta, ni de parranda, estaba hasta el tope de trabajo. Y de vacaciones, imaginarias, por supuesto. Quién volvería a meterse aquí si pudiera irse por un momento, ¿no? El Sumo Sacerdote lo haría, sí señores.

Si lo encuentra en su tirada:

Al derecho: Empezarás a cobrar por los consejos que te piden tus amigos. Sabes que eres bueno en esto y necesitas un par de zapatillas nuevas, así que, ¿por qué no?

Al revés: Se te subirá a la cabeza el asunto y terminarás empapelando la ciudad con tu nombre y promesas de amarres, retornos de amantes perdidos, servicios de asesinato por encargo y empanadas caseras. Todo el barrio irá a tu puerta, así que mejor contrata un asistente.

***

Nota: La finalidad de los significados de cada carta es entretener al lector y a la loca que escribe estas cosas. Ningún dato de este libro debe ser tomado como referencia seria, ni aplicarse a situaciones de la vida real. Dicho esto, sean libres de enviar sus propias interpretaciones de este arcano.

Hasta la próxima.

Los saluda, Madame Ceyene



Próximamente - Arcano VI: Los Enamorados »
Dulce descanso

Dulce descanso

24 diciembre 2019

Era verano, el viento de la costa nos daba un descanso del calor. Los turistas llenaban cada rincón, no había lugar para sentarse en la peatonal de ese pueblo sureño. Así que caminé sin detenerme, pero sin apuro. Si no tenía cuidado, alguien podía llegar a notar mi presencia. Me preocupaba en vano, por supuesto. Un hombre vestido de Papá Noel era lo más normal en diciembre. Yo solo quise probar ese nuevo sabor de helado. Luego terminaría el reparto.

Las palabras del reto de diciembre: Turistas, descanso, caminé.

Microcuento escrito para el reto Cinco líneas de Diciembre de Adella Brac. Acá la navidad es calurosa y la relacionamos con estar en chancletas y, si conseguimos ir al río o una pileta donde chapotear, mejor aún. Este año, voy a encerrarme con el aire acondicionado recién instalado y a brindar por todos ustedes.
La chica de humo

La chica de humo

27 noviembre 2019

Lele estaba cansada. Venía despierta desde hacía varios días, ocupada con el enjambre de robots-abeja asesinos que había tenido que exterminar. Luego, los informes a la Central. Todo era burocracia inútil. Formularios electrónicos, que no se llenaban solos.

Ahora, con sus ojos cerrándose, asistía a la ceremonia de unión estelar de la tía abuela de su pareja. Rhu estaba a su lado y a la vez no estaba, como siempre. Sonreía como estúpido, se reía de la monotonía de las decoraciones, de los vestidos de las señoras del geriátrico, de la seriedad de los octogenarios en sus trajes de gala multicolor y de los sombreros con monedas colgando que todos los no solteros debían usar. Ella quería darle una patada. Pero la música antigua de fondo le daba una extraña sensación de felicidad infantil.

La banda sonora de la boda de la anciana era también la de su más temprana infancia. Así que, entre cabeceadas de microsueños, se permitió recordar su niñez.

—Estoy seguro de que Dyon ni siquiera tiene ganas de casarse —murmuró Rhu, con desprecio—. Todo lo hace por ella.

Lele ahogó un bostezo y le dio un codazo a su pareja.

—Que lo haga por ella es aún más admirable. Justo en esta época de tanto egoísmo —contestó.

En ese momento, el sacerdote ingresó, con sus velas aromáticas de vainilla encendidas y arrojó las serpentinas ceremoniales al aire. Los monaguillos, detrás, hicieron sonar las trompetas en la sagrada melodía de la cucaracha, himno de los antepasados de aquella colonia planetaria. Los asistentes, que llenaban la capilla, alzaron un brazo y dieron la vuelta en sentido horario, como mandaba la costumbre. Luego, a la señal del oficiante, todos se sentaron en los bancos de seis patas que tenían detrás. Lele pensó que la decoración de unicornios con cabelleras satinadas no podía ser más anticuada. Pero los clásicos siempre eran lo más seguro en cuestiones de gusto.

Se ajustó el kimono verde flúor y siguió esforzándose por no dormirse.

Las bailarinas de ula ula la despertaron, por un momento. Luego, al darse el saludo de paz universal con el resto de los invitados, siempre en sentido horario, pudo despabilarse mejor. Pero los continuos chistes de mal gusto del propio sobrino nieto de la novia la pusieron de pésimo humor.

Lo observó. Su vestimenta negra, su gesto siempre pedante, su actitud eterna de saber más que el resto… Y se comparó ella misma, con la niña que soñaba con declaraciones de amor como la del anciano que bailaba la danza de la gallina clueca frente a todos en ese instante. Observó su propia situación, en el espejo que recubría el techo de aquel templo. Su sombrero de semi-novia, su condición de prometida a alguien que ni se interesaba en respetar a sus propios familiares.

Entonces, se sintió más anticuada que unicornio rosado. No podía seguir así. Tenía que hacer algo por sí misma.

Apenas los novios salieron por la puerta-tobogán y aterrizaron en la piscina de pelotas azules, mientras los invitados los seguían, ella enfrentó a su peor-es-todo. Lo miró, con sincero cansancio. Evitó hacer caso de la burla de él con respecto a sus ojeras. Respiró hondo y le quitó el sombrero.

Él abrió la boca, empezó a decir algo. Ella se sacó el sombrero, también, y lo arrojó hacia el altar, con tanta fuerza, que el muñeco de nieve artificial que lo adornaba se inclinó un poco al costado.

Lo bueno del cansancio es que una ya no tiene ganas de poner energías en lo que no vale la pena. Rhu sí que dormía bien por las noches, ella lo sabía. El insomnio le permitía escuchar sus ronquidos hasta la aparición de los cinco soles en el horizonte de su ventana. Por eso, él se permitía la ira, el desconcierto. Ella no lo necesitaba más. Solo quería una siesta. Urgente.

Así que se perdió entre la gente, en la fiesta. Más tarde tomaría el tren de los corazones rotos. Ahora, se convertiría en humo para dejarse llevar por la alegría general, hasta los baños. Allí seguro podría soñar un rato.

***

Relato escrito para la iniciativa Gym para escritores número dos, de Soñando uno de tus sueños. Participen con sus creaciones, antes del 10 de diciembre, y serán incluidos en la antología para estas fiestas de Roxana.



Quería ponerle a este relato "Heartbroken Express", por la canción de Dolly Parton, pero no encontré la forma de traducirlo al castellano y que tuviera el mismo impacto en dos palabras (¿"Tren de los corazones rotos"?), además de que el tren ni siquiera aparece en la trama. A lo sumo, lo hubiese agregado al final. Apareció de forma aleatoria en mi lista esta canción, La chica de humo, porque estuve escuchando pura música noventosa estos días, así que fui honesta y la usé.
Fan...

Fan...

15 septiembre 2019

El grupo tocaba esa noche, después de varios años. Bianca sentía que el vestido le apretaba, el maquillaje se le caería de la cara como aceite y el lugar explotaría cuando ella tocara la primera nota en el teclado. Sus compañeros la alentaron y ella salió a practicar, una última vez. Al subir al escenario, sintió que al fondo de la sala alguien saltaba y gritaba su nombre. Lo extraño era que no se veía a nadie. Y la puerta de metal del ingreso seguía cerrada.

Palabras del reto de septiembre: Metal, vestido, grupo.

Microcuento para el desafío Cinco líneas de Adella Brac. Si les interesa, pasen por allá y me cuentan.

Bianca fue uno de mis primeros personajes, junto con Erick y Thiago en su grupo de música. Estoy volviendo a publicar Fuera de su sombra en Wattpad y voy a festejarlo con microcuentos de ellos por acá.
Nadie lo creyó después

Nadie lo creyó después

05 septiembre 2019

Antes de abrir la puerta, Norman se preocupó. ¿Qué era ese maullido agudo, frente a la casa? Sonaba a que era chiquito. ¿Alguien lo habría tirado siendo demasiado pequeño para vivir sin su madre?

Con aprensión y urgencia, el joven salió al rellano. Vio a la pareja de felinos adultos que alimentaba siempre, inquietos, caminando de un lado al otro. Y, junto a ellos, un gatito negro. Antes de que pudiera huir, Norman lo dejó pasar e imaginó un compañero peludo para sus días.

No tuvo tiempo de ponerse contento, porque el minino empezó a correr por todos los ambientes, hasta intentar meterse dentro del inodoro en el baño.

De alguna forma, el pequeño terminó escondido debajo de la mesada en la cocina. Sus ojos tenían un resplandor azul, a la luz de la linterna con la que Norman lo buscaba. Una vez ubicado, decidió no molestarlo. Volvió al libro que había dejado, junto a su té, en el sofá. Y creyó que tendría un par de días para aclimatar a su inquilino. Sin embargo, cuando fue a la cama y apagó la luz, los ruidos fueron insoportables. Durante toda la noche, escuchó el maullido insistente de los gatos de afuera, llamando a la cría de monstruo de ojos luminosos. Eran las tres, cuando Norman lo encontró, metido en el cajón de los platos. Nunca había abierto el mueble. No había rastros de nada roto. Al día siguiente, el pequeño huracán de ojos azules apareció afuera, con los demás gatos.

***

Cant. de palabras: 250.

Pequeño relato, para la iniciativa Microrreto N°1, de El tintero de oro. La frase del comienzo debía ser incluida y la puerta debía ser un elemento. No sé si se interpreta bien, pero aquí la idea es el movimiento, a pesar de que la puerta está cerrada en todo momento. La puerta de calle y la del mueble, también.

Esta historia me pasó, con un gatito, el día de ayer. Cuando intenté contar que había encontrado al gato dentro del cajón de los platos, estando cerrado, no me creyeron. Así que sí, voy a darle un mínimo toque sobrenatural en esta historia.
El hielo sobre el lago

El hielo sobre el lago

14 octubre 2017

varmaEn ese momento no me daba cuenta, pero estaba muy ansioso.

Me hallaba en medio de una investigación sobre la aparición de un demonio en el pueblo de Suhri, una aldea perdida en las montañas del este del reino. Entrevistaba a la Superiora de una Orden de la que no recuerdo el nombre, cuando me pareció escucharla. Era la voz de Nirali en mis oídos, después de tanto tiempo.

Desde afuera de la sala, su tono inquieto y agudo me erizó la piel, me secó la boca, me hizo olvidar de qué estaba hablando por un instante. Mientras hacía mis viajes por el territorio de Daranis y reclutaba sobrenaturales para el nuevo ejército del reino, había visto muchachas flacuchas y de cabello castaño que se le parecían. Me ilusionaba, corría detrás de alguna. Nunca era ella.

Creí que estaba confundido de nuevo. Iba a pasar por alto los gritos, que eran cada vez más fuertes, pero la anciana interrumpió nuestra conversación. Irritada, salió al patio del convento, a ver qué ocurría.

La seguí, por curiosidad. Pero me quedé petrificado, en el vano de la puerta.

Allí estaba la aprendiz de hechicera que me había vuelto loco desde que caí en Refulgens, la ciudad del fuego rojo. Era Nirali, aquella chica escuálida y llena de energía. Luego de más de dos años de no verla, todavía tenía el poder de estremecerme.

Estaba más flaca que la última vez que la vi y parecía haber pasado mucho tiempo al sol de los caminos; sin embargo, se me hizo hermosa. Tenía el cabello largo, recogido en un modo desordenado que dejaba algún rizo oscuro sobre su cara. Sus ojos marrones reflejaban la misma incredulidad que yo debía tener en los míos. Por fin la había encontrado, de casualidad.

Entonces la situación tomó forma y la decepción fue asfixiante.

Nirali intentaba meterse al templo, como futura sacerdotisa. Había olvidado la promesa que me había hecho. Y, mientras ella se encerraba entre esas paredes, yo la hubiese aguardado por siempre en la capital. Hubiese cumplido, a pesar de no volver a saber nada de ella. Porque mis promesas son importantes. Por eso, y porque soy un estúpido que graba sus palabras en piedra.

—Estoy abandonando la práctica de la hechicería elemental para unirme a ustedes. Mis circunstancias son algo largas de explicar, pero en mi niñez he enlazado mi destino a este lugar por medio de una promesa hecha a mi hermana, Madhu Sidhu. Si le permitiera venir, ella podría servir de testigo.

Fue oírla hablar con la superiora y sentir la furia. Quería arrojarle el anillo a la cara, olvidar al demonio de aquel pueblucho y volver a mi vida como general del Rey Nimai. Los nobles no paraban de ofrecerme a sus hijas, las viudas se me insinuaban. Incluso las esposas estiradas de esos mismos ricachones enviaban a sus criadas a mi casa, con notas perfumadas. Yo me hacía el tonto y dejaba correr las historias sobre una prometida misteriosa. Por las noches, me sentaba en mi patio a beber taj y observar el anillo que le había comprado. Mientras tanto, Nirali pretendía convertirse en una de las servidoras de Daia. Eso, la Orden era de la diosa Daia.

Pero me comporté. La acompañé a enfrentar a ese demonio, no sin antes entregarle el anillo con el que había pensado hacerla mía. Mía… sí, claro. No es como si ella fuese una lámpara de aceite o una bandeja de plata. No podía pertenecerme. A pesar de todo, era verla sonreírme y sentir que la cabeza me daba vueltas.

No podía pensar con claridad.

Luego, el demonio que asolaba Suhri resultó ser un genio que solo quería hacer escándalo y quedarse con las chicas bonitas del lugar. No tuve tiempo de asquearme o darle una buena patada, porque Nirali supo que las muchachas atrapadas estaban vivas y se apresuró a encerrarlo, en el objeto-portal que tenía más a mano. Mi anillo. No había botellas ni lámparas a la vista. Solo podía utilizar la piedra de mi regalo, como abertura para atraparlo.

No la culpé. Pero aquel anillo significaba algo. Mi esperanza terminó de romperse.

Liberamos a esas muchachas, que volvieron a darle vida a aquel pueblo tan castigado. Los ancianos que habían invocado al genio fueron apresados, por lo que el pueblo quedó sin autoridades y debí hacerme cargo del Palacio del Concejo, hasta reunir uno nuevo entre sus habitantes. Era el representante del rey y no podía hacerme a un lado, así que analicé la situación, llamé a varios sectores de la población y me mantuve ocupado por algunos días.

Nirali se me apareció una noche, con una lista de la gente de la que debía cuidarme en aquella nueva elección. No tuve tiempo de agradecerle, porque salió con la misma rapidez con la que había entrado.

En menos de una semana, Suhri ya tenía a su nuevo Concejo, y yo solo tenía que dar mi informe al rey Nimai en la capital. Aunque, en realidad, no deseaba marcharme.

El pueblo entero armó un festejo, cada casa dio un banquete y yo pensé en aprovechar para salir huyendo, cuando los padres de Nirali me hicieron su invitación.

Asistí a la mansión de los Sidhu por idiotez. Bien podría haberme negado, en favor de alguna invitación de otra familia más importante. Si bien ellos eran influyentes, tenía unas cuantas opciones más para evitar encontrarme con mi tormento.

Así y todo, estaba muriendo de ganas de verla. La tenía tan cerca, después de dos años de esperarla en vano, que no me importaba haber sido olvidado. Mi dignidad era una vocecita débil, al fondo de mi cabeza, que me rogaba que la ignorara. La sepulté bajo el ruido de la música, el humo de los narguiles y, para rematar, la ahogué con algo del vino de la zona.

Ella estaba hermosa… ¿para qué voy a repetirme? Cada vez que recuerde alguna de estas ocasiones, voy a decir lo mismo. La habían vestido en amarillo y dorado, la habían llenado de brazaletes y le habían hecho una trenza decente, con la que ella jugaba de manera inquieta. Habíamos crecido, los dos. Ella no dejaba de ser pequeña y escuálida, pero la curva de su cintura se insinuaba mejor debajo del sari translúcido y su mirada tenía una agudeza de la que antes carecía. Temí verme como un viejo a su lado, pero apenas me encontró entre la multitud, ella corrió hacia mí, con la misma sonrisa chispeante de siempre.

Enfurruñado, la vi bailar con su hermana, con sus primos, con algún nuevo miembro del Concejo, pero no me levanté del asiento junto a Kirpal Sidhu. No quería volver a ilusionarme. Debía salir de aquel pueblo con mi imagen intacta. Entonces, en medio de alguna conversación aburrida sobre leyes de comercio y los cambios con la introducción del pueblo sobrenatural a los súbditos daranienses, me vi sujetado por mi tormento otra vez.

—Padre, me llevo a Deval un momento —anunció ella.

—¡General Khan, hija! —la corrigió el hombre, entre risas.

La dejé llevarme, sin decir nada. Sus dedos quemaban sobre la manga de mi traje. Mi corazón dio una patada a mis costillas y rogué no tener que seguir los pasos intrincados de la danza regional, porque iba a hacer el ridículo. Pasamos de largo a los bailarines y la orquesta, para terminar en el patio, junto a una de las tantas fuentes de agua y plantas de enredadera que cubrían las columnas.

—Dime que todavía lo tienes —me asaltó, junto a la puerta.

—¿Qué cosa?

Ella vio el anillo, que colgaba de mi cuello en una cadena.

—Esto. Dámelo.

Me sentí incómodo. Solo se trataba de eso.

—No es tan fácil —protesté—. Ahora es una responsabilidad y…

—Ven.

En medio de una conversación con su hermana, Nirali había sacado el tema del anillo que yo había comprado mientras la esperaba en Varma. El mismo que para entonces llevaba encerrado al genio que casi había acabado con aquella población.

—En esta familia toda palabra se graba en piedra, general —explicó Madhu—. Podemos encargar a mi padre otro anillo igual, si lo desea.

Ese argumento me era conocido. De pronto, la terquedad me abandonó y la tristeza vino a llenar el lugar. Yo ya no tenía nada que hacer con aquel anillo. No me pertenecía.

—No es por eso. Mi palabra también tiene valor, así que las entiendo —expliqué—. Pero el anillo es de Nirali ahora. Ella es quien decide.

Nirali no tardó dos segundos en tomar el objeto de mi mano, para ponerlo en la de su hermana. Mi dignidad dio un aullido doloroso, mientras caía, herida de muerte.

—Bien. Ahora es tuyo, Madhu —anunció mi tormento, con alegría—. Cuídalo bien, porque no creo que volvamos por aquí en un tiempo.

—Si me disculpan —murmuré, emprendiendo la retirada.

Pero Nirali me detuvo del brazo y comenzó a hablar de una forma atropellada. No la entendí bien en medio del ruido y de los gritos de mi orgullo, que me ordenaba que mandara a ese pueblo de campesinos al quinto infierno.

—Espera. Ahora tú, tendrás que hacer valer tus palabras también —exigió—. O lo que no dijiste pero sí dijiste al entregarme esa sortija.

Hice lugar en mis pensamientos, con esfuerzo, para volverme hacia ella.

—¿Cómo?

La miré, intentando descifrar qué me había querido decir. La sacerdotisa pareció captar lo que ocurría al instante.

—¡No vas a hacer esto aquí, sin la familia presente! —gritó, en un arrebato de emoción que me hizo sospechar algo—. ¡Papá, mamá, vengan!

Entonces, la comprensión llegó a mí como una lluvia tranquila, luego de un verano insoportable. Madhu nos dejó solos por un momento, junto a la puerta que daba al salón y sobre el jardín descuidado de la enorme casa.

—Oh, dioses —murmuré, al darme cuenta de que la calidez en las manos de Nirali no había abandonado las mías desde hacía un buen rato.

—Mi respuesta es sí —contestó ella, a la pregunta que jamás le había podido hacer—. Lamento haberte hecho esperar en la capital. Estaba confundida.

La vocecita en mi cabeza lanzó una risotada irónica, pero volví a sepultarla debajo de mi propia felicidad y sorpresa. Temía hacer una pregunta, por si confirmaba que estaba en un error. Pero todo indicaba que ella estaba aceptándome como su esposo.

Los Sidhu llegaron junto a nosotros, en medio de un alboroto de planes y sugerencias. Yo no podía encontrar las palabras, no me salía decirle todo lo que había imaginado para ese momento. En lugar de eso, sonreí como tonto y entrelacé sus dedos con los míos.

—Dioses. Ahora sí tendré que encargar otro anillo —fue lo único que me salió por la boca.

El aire se llenó de exclamaciones de alegría y felicitaciones. Nirali me sonrió, también, con una sonrisa tímida que me llenó de ilusiones. La felicidad empezaba a alcanzarme, de a poco, como los brotes de flores blancas que aparecen en todo Varma para la primavera.

La comparación puede sonar cursi, y yo nunca fui conocido por mi calidez o mi amabilidad. La imagen de un lago descongelándose en primavera me viene bien. Nirali es la explosiva, la que puede quemar y arrasar con todo si se enoja. Ella sería el volcán. Yo, como mucho, podía convertirme en sus aguas termales.

—Me basta con el otro regalo, el más brillante —admitió ella, en un tono que presagiaba más travesuras—. Vas a tener que enseñarme a invocar el rayo.

Al oírla, una grieta enorme partió mi felicidad.

La invocación del rayo era una historia que no me interesaba sacar a la luz. No podría hacerlo, ni aunque hubiese querido. Ella me había visto utilizar el fuego blanco en Bunhal, la ciudad independiente, cuando nos defendimos de los monstruos del rey invasor. Pero nunca me oyó decir que supiera cómo. Hay cosas que hacemos, están en nosotros y no tienen que avergonzarnos ni enorgullecernos, porque nos acompañan desde siempre. Como un brazo, o una pierna. Así era la llamada al rayo para mí.

Sin embargo, podía ver el entusiasmo en mi prometida. Mi prometida, mi Nirali. No era mía, nunca lo sería, pero la música era demasiado fuerte, la gente nos felicitaba, el aroma de las flores y las especias eran muy dulces. El momento era casi perfecto. Yo no podía pensar con claridad.

Asentí, con algún ademán impreciso, y me di el gusto de abrazarla mientras sus padres eran envueltos por los nuevos festejos. Empezaría a entrenarla, me casaría con ella y la llevaría a Varma lo más rápido posible. Luego, con el tiempo, se me ocurriría algo. Mientras tanto, lograría que Nirali me amara tanto como yo a ella.

Y sí, estaba ansioso. Porque «casi perfecto» no era suficiente para mí.

***

Este es el inicio de la continuación de Suhri, la historia que escribí para el último Blogs colaboradores en que participé este año.
La historia se llama Varma y probablemente tenga capítulos largos como éste o más, así que los publicaré en Wattpad, en Inkspired y también en Sweek. Dejo los enlaces, por si tienen cuenta por allá y quieren seguirlas. 
Un poco de autobombo

Un poco de autobombo

26 septiembre 2017

refulgensBuenas, hoy vengo de autopublicidad. Es que he terminado mi primera novelita, una historia de fantasía y aventura que empecé allá por el 2014, para el concurso de Elementales en Wattpad. Creo que el proceso me ha enseñado mucho, aunque el resultado no sea igual de prolijo que cuando escribo relatos (lo admito, con las historias cortas tengo más práctica y se nota). Igual, le tengo mucho cariño a los personajes y les he escrito algunas continuaciones cortas como Kydara o Suhri. Esta última la han visto por el blog hace poco, para Blogs colaboradores.

Les dejo, por si están interesados, los datos de la novelita. Son bienvenidos a leer, dejar comentarios y sugerencias:

Título: Refulgens


Sinopsis: Nirali siente que hay algo extraño en Sarwan, su maestro en el uso de la magia elemental. Donde sea que vayan hay gente intentando asesinarlos, los encargos que reciben del rey no son muy bonitos y, además, se la pasan embaucando gente con juegos de azar. Para colmo, ella no ha aprendido nada en los meses que lleva con él. 
Para su próxima misión, deben encontrar una ciudad escondida por la que el rey de Daranis les dará una buena recompensa. Se trata de Refulgens, la ciudad del fuego, uno de los cuatro refugios para aquellos perseguidos por los humanos. 
Sarwan y Deval, antiguos competidores, se disputarán el honor de llevarse el oro, mientras Nirali busca su oportunidad de brillar.


Pueden leerla en: 



Algunas frases:



Continuaciones: 




Suhri - Tres: El presente que debe cambiar

Suhri - Tres: El presente que debe cambiar

27 febrero 2017

suhri cap tres
<< Capítulo Dos
—Mi promesa a Madhu es anterior, Deval —dijo Nirali, luego de un prolongado silencio.

El viento cálido del anochecer veraniego les daba de frente, junto con las cenizas y el humo.

—Eso no te impidió ir por la región de Sideris cobrando por adivinaciones falsas, con un tipo alto —respondió el general, con amargura.

Ella dejó de prestar atención al paisaje, para volverse hacia él, sorprendida.

—¿Tan rápido llegan las noticias de los pueblos pequeños a la capital?
—No. Ni yo hubiera venido tan pronto de haber estado allá.
—Entonces me has hecho seguir.
—Tampoco. Anduve por la zona, buscando nuevos reclutas —admitió Deval—, y escuché de alguien que se hacía llamar la Gran Discípula del Fuego y su aprendiz. Eso llevaba la firma de Sarwan por todos lados, pero sabía que él estaba en Refulgens. Aruni dio a luz hace poco.

Con la mención a la feliz pareja de locos que la habían llevado al borde de la muerte pero también le habían abierto los ojos, Nirali dio un respingo. Desvió su mirada otra vez, aunque sus ojos no parecieron concentrarse en nada.

—Ah. Cierto. ¿Viste al bebé?
—Sí. La fiesta en el palacio dorado fue enorme —informó él—. Te esperaban también.
—Es una pena que estuviera ocupada buscando alimento para mí y mi alumno.
—No hubieras tenido esos problemas en la capital. Como mi alumna.

Cualquier insinuación de Deval había quedado anulada con las últimas tres palabras, de la misma forma en que había ocurrido en todo el tiempo que habían pasado juntos en el pasado. Él daba un paso hacia ella y, antes de ver su respuesta, retrocedía tres.

—Ya tienes un ejército —puntualizó la joven—. Y yo voy a cumplir con mi destino de servir a los míos.
—No deberías hacer promesas vacías, Nirali.
—Ya lo creo. Mira lo que ocurre luego.

Los dos estaban sobre la cúpula más alta del templo de las servidoras de Daia, aprovechando la vista de los últimos rayos del sol para apreciar la situación que les había comentado la Superiora. La columna negra que se levantaba desde el pueblo de Suhri les dio el origen del hedor que venían sintiendo desde que llegaron.

La confusión en las sacerdotisas había sido lo único claro cuando les explicaron que las puertas del lugar no habían vuelto a abrirse, desde los rumores de la invocación de un demonio. Varias de las muchachas habían bajado al pueblo, para celebrar con sus familias el solsticio de verano, y no habían regresado. Madhu Sidhu estaba entre ellas. La columna de humo se había levantado desde entonces, sin interrupción.

—Esto no es tu culpa, Nirali —dijo el general, angustiado.

Ella negó con la cabeza. Como si esperase que eso fuera cierto, pero en vano.

—La Superiora dijo que el portal de invocación apareció en el edificio del Concejo —recordó, pensativa—. Pudo haber sido el mismo tipo al que rechacé por irme con Sarwan. Me marché de casa con un hechicero. Todos en el pueblo pensaron que había algo entre nosotros. Yo permití que lo creyeran, con tal de no tener que casarme con ese viejo verde. Y ahora hay un demonio suelto en mi pueblo.

—No sabemos si fue el mismo hombre. Aunque lo fuera, la codicia lo llevó a hacer esto, no tú.

Los intentos de consolarla, por medio de la razón, estaban dando el resultado contrario al que él esperaba.

—Deval, ¿es que no las escuchaste? ¡Dicen que devoró a todas las vírgenes del pueblo! ¡Que está pidiendo más a los que quedaron encerrados con él!

De solo verla así, al límite del llanto, él recordó todos los meses que habían pasado en los caminos, durante el reinado del tirano que pagaba a cazarrecompensas por cualquier ser que saliese de lo corriente. No pudo evitar el impulso de poner sus manos en los hombros de la muchacha. Un tibio sustituto del abrazo que aún le hormigueaba en la piel desde la anterior despedida.

—Vamos a calmarnos. He venido para encargarme de esto. Está en mis obligaciones no permitir la aparición de enemigos en el reino. Tú ayúdame a pensar en un plan y…
—No hace falta pensar demasiado —lo interrumpió ella—. Soy virgen. Puedo ofrecerme al sacrificio y aprovechar para destruirlo.
—No si yo puedo impedirlo.

La joven echó la cabeza hacia atrás hasta alcanzar a verlo, con ojos bien abiertos y una sonrisa burlona.

—¿También eres virgen?
—Voy a entrar solo —afirmó él, ignorando la pregunta—. Y voy a destruir esa cosa solo.

Ella se soltó, molesta.

—No has dejado de ser un presumido desagradable, Deval. Es mi pueblo, mi hermana, mi viejo verde invocando bestias que devoran mujeres. Yo voy a resolverlo. Y luego entraré a este santuario, para cumplir la promesa que hice a Madhu.

Dicho esto, la joven levitó con suavidad hasta el suelo del patio del templo, donde algunas muchachas todavía los observaban con mal disimulada curiosidad. Deval la dejó ir, con gesto indescifrable, y tomó del saco que colgaba en su cintura un anillo dorado, con una piedra transparente en el centro.

—¿Qué haré contigo, eh?


+++


Poco después, se sirvió la cena frugal en el comedor del lugar, en un silencio que solo fue interrumpido por oraciones de agradecimiento a la diosa y plegarias por las compañeras desaparecidas.

Nirali sintió que en su plato no había nada que atrapara su atención. No mientras su hermana pudiera estar sufriendo a manos de una criatura del inframundo. Y no mientras los ojos azules del general Khan siguieran fijos en ella, desde el otro lado de la mesa.

La anciana sacerdotisa del templo llegó frente a ella, sin que se diese cuenta.

—Señorita Sidhu, me imagino que no pensará ir a enfrentar a un demonio con el estómago vacío.
—Lo siento, Superiora. Voy a tomar todas las energías que pueda.
—Lamento no tener nada más sustancioso —señaló la mujer, mientras ella volvía a comer—. No estamos acostumbradas a alojar guerreros.
—No soy una guerrera, Superiora —la corrigió Nirali, avergonzada—. Soy una aspirante a sacerdotisa que va a obtener su aprobación liberando a Suhri y a las chicas que faltan.

Un breve silencio. La mirada de la mujer mayor dejó traslucir lo que opinaba sobre aquella idea.

—Muy bien —respondió, con paciencia—. No se olvide de liberarse a usted misma en el proceso.

Vio que Deval sofocaba una risita a la vez que masticaba, al punto de atragantarse. En un instante habían ido en su ayuda varias de las jóvenes, ofreciéndole agua y palmaditas en la espalda. Incluso intentaron una compleja maniobra que consistía en un abrazarlo desde atrás y moverse de forma extraña hasta hacerlo expulsar la comida, cosa que él rechazó afirmando estar bien. Nirali sospechó que eran excusas estúpidas para tocarlo. Tuvo que forzarse a seguir cenando, con la mirada fija en su cuchara.

+++

A la mañana siguiente, los despidieron a ambos en la entrada del templo. Las aprendices se alinearon en el patio principal, delante de las sacerdotisas de túnicas más oscuras. Juntas entonaron un cántico de buena suerte para ellos. Nirali no se atrevió a mirar a su compañero de expedición, por miedo a estallar en una carcajada nerviosa. Luego, la Superiora les entregó varios amuletos en saquitos de lino, que deberían colgar de sus cinturas.

—Que la diosa esté con ustedes —dijo la anciana, una vez en la puerta.
—Dígale a la diosa que sabré agradecerle a mi regreso.

Deval no movió un músculo al oír eso. La sacerdotisa sonrió.

—Debería abandonar esa costumbre de soltar promesas sin pensar, señorita. Pero igual la estaremos esperando.

Con una reverencia, ambos dijeron adiós y se encaminaron hacia Suhri. Al llegar, el paisaje que hallaron fue desolador. Las puertas cerradas, la ausencia de vigilantes y el hedor potente del humo que le hacía picar los ojos hicieron que Nirali dudase en avanzar. Deval se volvió hacia ella, con una bolsita roja de terciopelo en las manos.

—Dame un minuto —pidió ella, con la mirada turbia por las lágrimas—. Voy a recuperarme pronto. Si quieres puedes ir entrando.

Él la enfrentó, decidido.

—No. Creo que este es el momento de darte algo que te pertenece desde que llegué a la capital.

Entonces aprovechó que ella se secaba el rostro, con una de las mangas del traje gastado con el que viajaba, para extender el brazo y ofrecerle su regalo. Ella lo observó, ruborizada.

—¿Qué es eso? Es decir, veo que es un anillo, pero…
—Te esperé bastante —explicó, antes de que las palabras se le hicieran remolino en la lengua y desaparecieran—. En realidad, el regalo de compromiso venía con la práctica de la técnica del rayo. Ya sabes, como para darte algo más brillante.

Nirali recibió el presente, con todo lo que implicaba y lo que ya no podría implicar. Y se sintió la más egoísta de aquella tierra. No podía sentirse tan feliz, en una situación tan espantosa.

—No creo poder competir con Daia —continuó él—. Y creo que tu respuesta se dio sola con tu ausencia en la capital o tu olvido de la promesa que me hiciste. Así que el anillo es tuyo.
—Deval, yo…
—Ahora vamos por ese demonio asqueroso —la animó, con el espíritu de siempre—. Y déjame darle una lección antes de devolverlo a su agujero, ¿sí?

La atmósfera entre ellos volvió a ser la de siempre y la verdadera respuesta a la pregunta quedó guardada por Nirali, junto al anillo.

—Claro, hombre. Eso si queda algo luego de que yo acabe con él.

+++

Palabras según Word: 1593. Bu. Volví a pasarme. En el próximo tendré que contabilizar el excedente y listo. Gracias a los que vienen leyendo, no pensé que seguirían la historia. Me emociono. Para la próxima, el final.
Suhri - Dos: El pasado de sus promesas incumplidas

Suhri - Dos: El pasado de sus promesas incumplidas

19 febrero 2017

suhri
<<Capítulo Uno
Nirali fue hacia la puerta de ingreso al templo. Estaba por tocar la aldaba, pero se interrumpió con un estornudo. Su nariz estaba irritada, había un olor extraño, como de madera quemada con algún preparado de hierbas desconocidas para ella. Se sonó con un pañuelo e hizo repicar la argolla metálica contra la madera de la entrada.

Aguardó, ansiosa. Era obvio que no estaban acostumbradas a recibir visitas, ya que la espera estaba prolongándose bastante. Y el aire comenzaba a apestar.

«Tal vez las sacerdotisas tienen mal gusto para las ofrendas, además de para vestir» pensó. «Al fin y al cabo, lo que importa es que los dioses estén contentos con ellas. ¿Qué interés pueden tener en agradar a los ojos y olfato humanos?».

En ese instante, una rendija se abrió en la puerta y unos ojos verdes la observaron, alertas.

—¿Qué… quién es usted?

«Comprobado. Nadie toca siquiera la puerta de estas muchachas».

—Mi nombre es Nirali Sidhu. Pretendo dejar la práctica de la hechicería elemental, vengo a ofrecerme al santuario de la diosa Daia como nuevo miem…

No terminó la frase, porque la madera se deslizó con rapidez y la hechicera quedó a solas, con la boca abierta. Cuando se repuso de la sorpresa, descargó su indignación aporreando la puerta. La hendidura en la superficie oscura volvió a abrirse, esta vez para mostrar unos ojos oscuros, más severos.

—No es posible que haya ninguna Sidhu en estos caminos —dijo la nueva voz.

—¿Cómo? ¡Soy la menor de los Sidhu, del pueblo de Suhri!

—Demuéstrelo.

—¿Qué cosa? —murmuró, sin poder creer lo que estaba ocurriendo.

—Muéstreme que usted no es un demonio disfrazado para entrar aquí. Baile en un pie.

La antigua creencia de que un demonio no era capaz de bailar sobre su pie derecho todavía seguía vigente en algunos lugares. Para consternación de Nirali, aquel santuario parecía ser uno de ellos.

—Mocosa impertinente, abre esa puerta y trae a Madhu. Ella sabrá quién soy.

—No abriré si no baila.

El olor a quemado ya era intenso, lo que fuera que estaban ofreciendo en sacrificio era ofensivo al estómago de la viajera. Y la noche estaba cayendo con rapidez, las sombras del bosque se hacían más alargadas sobre el camino que ella quería abandonar. Un poco de estabilidad, era todo lo que estaba pidiendo. ¿Tan poco confiable parecía?

—Bien —aceptó, entre dientes—. Pero, para que sepas, este método es ineficaz y estúpido.

Levantó la rodilla izquierda, despegó el pie del suelo y comenzó a saltar sobre el otro. Con gesto inexpresivo, fijó su mirada sobre la que prestaba atención en la puerta y balanceó un poco los brazos, en un esfuerzo de coordinación que no impresionó a nadie. Ya estaba cansándose, cuando la pesada hoja se abrió y cuatro manos la arrastraron al interior del templo.

—¿Cómo llegó hasta aquí sana y salva? —preguntó la dueña de la primera voz, una vez adentro.

Nirali se sacudió la ropa, ofendida por el ridículo recibimiento, y las observó a ambas. Eran dos jóvenes, no mucho menores que ella, con la clásica túnica gris de las aprendices del templo. Acostumbrada a que la gente se asombrara de que una mujer viajara sola por los caminos del reino, desestimó la curiosidad de las muchachas y fue al grano.

—¿Con quién debo hablar para iniciarme aquí?

La que la había hecho bailar en la entrada, una chica menuda de cabello castaño y piel trigueña, la condujo por uno de los pasillos del edificio. La otra, una joven rubia y algo regordeta, iba a su lado, mirándola como si aún no pudiese creer que era humana.

—La llevaremos con la superiora y ella le hará las pruebas —explicó la morena—. Pero ahora se encuentra en reunión, ya sabe, por lo que está ocurriendo. Tendrá que esperarla en el patio principal.

Nirali entendió que, o algún evento estaba alborotando a las miembros del santuario, o aún creían que la amenaza de guerra con el país vecino era un hecho. Las noticias corrían con lentitud por aquellos territorios.

—Bien —contestó con impaciencia, evitando hacer cualquier referencia a cuestiones que pudiesen desviar la atención de aquellas jóvenes—. ¿Podría hablar con Madhu Sidhu, mientras tanto? ¿En dónde se encuentra?

Sus anfitrionas se detuvieron en seco, obligándola a volverse al ver que seguía caminando sola.

—¿No…? ¿No lo ha oído? —tartamudeó la joven rubia, con los ojos bien abiertos.

—¿De dónde viene y cómo es que no está enterada? —reaccionó la otra, nerviosa.

«Algo no está bien aquí» se dijo la recién llegada, a punto de perder la poca amabilidad que le quedaba.

—Yo les pregunté primero. ¿Dónde está mi hermana?

Las otras dos intentaron hablar, pero fue como si el caudal de palabras se atascara en sus gargantas.

—Lo sentimos mucho. —Fue lo único que salió de la boca de la morena—. De verdad.

Nirali sintió que estaba perdiendo el tiempo, jugando a las adivinanzas con aquellas chicas que tal vez habían encontrado en ella una fuente de entretenimiento. No iba a dejarse utilizar.

—No. Esto es un malentendido tras otro. Déjenme sola, puedo seguir por mi cuenta a partir de ahora. ¡Madhu! ¡Madhu, ven aquí!

Avanzó furiosa por el trecho que quedaba hacia el enorme patio abierto, donde el humo apestoso volvió a recibirla, con menos intensidad que antes. Llamó a su hermana a gritos, para horror de las que venían con ella intentando hacerla callar. Desde las plantas superiores, asomaron más jóvenes y algunas mujeres mayores, con la túnica negra distintiva de las sacerdotisas de la Orden de Daia, la diosa guardiana del monte. Todas la miraron, en una mezcla de confusión y pena. Algunas se cubrieron la boca, otras no se molestaron en esconder el llanto repentino que las invadió.

Nirali se detuvo, con un mal presentimiento. Pero el escándalo ya se había desatado y sus preguntas solo eran respondidas con gimoteos y disculpas aterrorizadas.

Entonces, se abrió la puerta del salón de la Superiora. Ante la aparición de la anciana, en túnica negra con un cinto dorado como único distintivo, aparte de una mirada intensa y un porte altivo, el patio entero quedó en silencio.

—¿Qué está pasando? —preguntó a las únicas tres que todavía seguían en el lugar.

Nirali vio su momento para presentarse y se inclinó, en señal de sumo respeto, mientras hablaba.

—Buenas tardes. Mi nombre es Nirali Sidhu, de los Sidhu de Suhri. He venido ante usted como aspirante a miembro de la Orden de Daia.

La falta de respuesta puso nerviosa a la joven y la hizo levantar la cabeza, para ver que la intensidad en los ojos de la mujer era inquietante.

—Entiendo —dijo la Superiora, por fin—. Pero aquí no aceptamos hechiceras.

Tarde comprendió Nirali que su medallón obtenido en Refulgens, a mano de la salamandra Aruni, no era la mejor primera impresión que podía darles a estas mujeres tan austeras. La llama en metal dorado brillaba bastante, al balancearse desde su cuello inclinado. Se incorporó, avergonzada, y se quitó el colgante para guardarlo entre sus ropas.

—Ya. Estoy abandonando la práctica de la hechicería elemental para unirme a ustedes —continuó, aturdida—. Mis circunstancias son algo largas de explicar, pero en mi niñez he enlazado mi destino a este lugar por medio de una promesa hecha a mi hermana, Madhu Suhri. Si le permitiera venir, ella podría servir de testigo.

Algo ensombreció el rostro de la mujer al oír aquel nombre.

—Veo que nadie le ha informado.

El susurro cauteloso de la sacerdotisa aterró a Nirali, más que todos los gritos con los que había sido recibida aquella tarde.

—¿Qué cosa no me han informado?

Un dolor espantoso se instaló en su pecho. Aquello no tenía buena pinta. Iba a exigir una respuesta, sin embargo alguien más salió del despacho de la mujer. Quien hubiese estado en reunión con la anciana había escuchado todo el intercambio, para intervenir en ese instante.

—Lamento interrumpir —dijo el que iba hacia ellas—, pero yo no aconsejaría que acepten a esta joven en su Orden, Superiora Nayat.

Nirali lo vio y casi no lo reconoció. De aquel loco lleno de ira que se había enfrentado a su maestro alguna vez, al extraño guerrero que había colaborado con ellos en la revuelta contra el anterior tirano del reino, solo quedaban los ojos azules y el cabello del color del trigo. Aquel caballero orgulloso, de uniforme rojo con el emblema del nuevo rey, no parecía el mismo.

—¿Por qué no, general Khan? —preguntó la anciana, con un brillo de interés en los ojos.

Él llegó hasta la anciana y habló en tono profesional, ignorando las protestas de Nirali.

—No creería en las promesas de esta mujer —dijo Deval, y con el frío de su voz podría haberse congelado toda la montaña—. Incluso a mí me ha hecho algunas, y no ha podido cumplirlas al día de hoy.

+++

Cantidad de palabras según Word: 1483. He devuelto las quince que sobraban del capítulo anterior. Yey. Y volvió Deval. Yey.

Historia corta escrita para la iniciativa Blogs colaboradores de Letras en el aire y Beyond a Writer´s Mind. Espero que a Mikel le guste, si llega a pasar por acá más adelante.
Refulgens - Doce: Ideas

Refulgens - Doce: Ideas

04 septiembre 2016

cap doceCasi un mes después, los tres estaban varados en Mukul. Era un pueblo al sur, a medio camino entre la capital y Darshan. Consistía apenas en un caserío, con dos calles dispuestas en cruz, un templo, algún granero, una herrería y una posada. Al menos no parecía tener actividad sobrenatural. A duras penas se veía a algún humano sentado afuera de la taberna y mirando al horizonte.

La idea de Deval era buscar el ingreso a Refulgens, otra vez, para poder avisar de su existencia a la guardia real. Sarwan y Nirali habían ido con él, casi por inercia. Pero, con el paso de los días, aquella intención se había ido desdibujando. Tal vez ayudase el terror que provocaba la advertencia de la salamandra ejecutora, en oportunas pesadillas que los acosaban por turnos. Tal vez fuese el no tener indicios de ninguna clase. O que el dinero de un mes se hubiese agotado en las primeras dos semanas y ni siquiera les alcanzara para comer en condiciones. Sin la posibilidad de una presa interesante por la cual cobrar una recompensa, los ánimos habían decaído en el grupo. Así, habían llegado a una posada en la que el dueño y su familia los habían alojado por un precio más que económico.

La humedad y el calor del verano tampoco eran las mejores condiciones para los viajeros. Así, una tarde, acosados por la alta temperatura, se encontraron echados junto al río y rumiando sus posibilidades para el futuro.

—Yo digo que esperemos a la madrugada para reanudar el viaje —sugirió Deval, sentado sobre la arena y con los pies en el agua—. Les dejaremos una carta, prometiendo que regresaremos a pagarles lo que les debemos cuando lleguemos a la capital.

Nirali se había quedado mirándolo, pensativa. Ella se había ubicado sobre una piedra enorme que la dejaba en posición de mirar el territorio sin problemas. Aunque, apenas la discusión entre sus dos compañeros de camino había comenzado, el paisaje había pasado a segundo plano.

«No puedo creer que este tipo tan sensato y correcto sea el mismo loco que nos salió frente a Refulgens para intentar matar a Sarwan. O es que nosotros somos igual de locos que él y por eso no nos molesta tanto. Vaya a saber» se dijo, en medio de la modorra que seguía al almuerzo.

—Claro, dejemos una carta —contestó el maestro de la muchacha—. Y que tengan una prueba de nuestra deuda, para luego ser buscados como delincuentes comunes, ¿no?

—No lo decía porque sí —reaccionó el primero, ofendido—. Mis palabras sí tienen valor. Si prometo que regresaré a pagarles, es lo que haré.

«De verdad, suena como algo que él haría aunque estuviese en el otro extremo del país» pensó la chica, divertida con el espectáculo.

—Entonces, ¿por qué no se lo prometes al viejo Sujan de frente, en la cena? A ver cómo reacciona a tus palabras valiosas.

—No tiene gracia. Tampoco es mi culpa que ustedes sean tan malos a la hora de administrar el dinero. Incluso se gastaron lo que yo llevaba.

La joven fingió que se había quedado dormida sobre la piedra —cosa que le costó un buen dolor de espalda— al notar la referencia a sus pobres habilidades con la última bolsa de oro recibida de los Sidhu. Tuvo que apretar los dientes para no soltar una queja cuando oyó a su mentor reírse con el asunto.

—Nirali ha resultado ser peor que yo —sonó la voz de Sarwan, entre carcajadas, desde la copa del árbol al que se había subido—. Ya no nos queda nada.

Y era cierto. Vivían de lo que venían sacando en las cartas en los pueblos anteriores, aunque la sospechosa buena racha de los dos hechiceros les valió no volver a ser recibidos en ninguno de los lugares donde podían jugar. Y en Mukul nadie tenía la confianza para sentarse con ellos después de la primera partida con los pocos jugadores empedernidos del local. Hacía casi una semana que venían dándole excusas al posadero para que no los sacase a patadas.

Cuando su maestro se puso a hacer las cuentas de los gastos que habían tenido y, según él, habían sido inútiles, ella no pudo evitar erguirse en la roca y mirarlo de forma acusadora.

—Si te decidieras a enseñarme algo de provecho —retrucó, furiosa—, tal vez yo podría conseguir dinero para todos.

—Prefiero seguir con el perfil bajo. Al menos por un tiempo. Además, si la esencia de la salamandra es absorbida sin problemas, podrás seguir una vida normal. No quiero meterte en problemas innecesarios, chica.

Nirali notó que Deval mostraba una de sus sonrisitas de suficiencia al oír aquello, pero se abstenía de intervenir en la conversación. No sabía si le molestaba más que ellos la considerasen incapaz de manejar la información que estaba pidiendo, o el hecho de saber que no podía volver a dar la cara a los suyos por haberse embarcado en una aventura inútil.

En eso, la sorpresa por la mano que acababa de posarse en su hombro casi la hizo caerse de la roca. Los otros dos se sobresaltaron con el grito de la muchacha.

El culpable era un joven alto, delgado y de facciones delicadas. Tal vez demasiado alto para Nirali, aunque con una sonrisa cálida que hacía que valiera la pena el dolor del cuello por mirarlo. Era Ankur, el único hijo del dueño de la posada en la que estaban alojados.

—¡Lo siento! —exclamó, azorado por la reacción de ella—. Te vi aquí y pensé en darte un regalo. Es que estaba cerca, y… bueno…

El silencio se estiró, se volvió elástico y casi pudo masticarse. Entonces la muchacha entendió que era ella quien debía sacar al pobre muchacho del apuro. Ninguno de sus acompañantes parecía dispuesto a colaborar en la conversación.

—Ah. No es nada, no te disculpes —respondió, en un tono que esperaba que sonara despreocupado—. ¿Hace mucho que estabas por los alrededores? Podemos explicar lo que sea que hayas oído.

Echó una mirada de súplica a su maestro. Si el chico los había estado espiando, entonces debían salir por patas y la guardia no tardaría en perseguirlos por embaucadores.

—Acababa de llegar —dijo Ankur, que no parecía darse por enterado de los nervios de aquellos tres—. Mira, esta es la flor de un arbusto que solo crece en la región. ¿Es bonita, verdad? —Y se la entregó, entusiasmado—. La vi y pensé en esa mancha que tienes en la mano. Tiene casi el mismo color.

Nirali quedó sin palabras.

«Está hablando en serio. No nos ha escuchado. Y qué flor tan extraña, nunca había visto una tan… parecen tentáculos en vez de pétalos».

—Gracias —respondió, desconcertada, al recibir el regalo.

—Eso, muchas gracias, Ankur —se oyó decir a Deval, cuya voz era tan corrosiva que podía hacerle picar las orejas a esa distancia—. Otra cosa, ¿siempre vas por ahí mirándole los defectos físicos a la gente y comparándolos con plantas? Porque tengo un lunar muy interesante, debajo del ombligo, y me gustaría saber si conoces algo parecido que pueda llevarme de recuerdo.

—¡Dioses! ¿Era mucho pedir que dejaras pasar un día sin ser grosero? —lo regañó la muchacha, antes de que el interrogado se viese obligado a contestar a eso.

—No le hagas caso, hombre —intervino Sarwan, desde la rama más gruesa de un árbol cercano—. Aunque yo sí te aceptaría una de esas frutas que llevas en la cesta. Porque venías a dejarnos algo a todos, supongo.

—Eh… sí, claro. Por supuesto. Tomen cuantas quieran.

Así, Nirali vio cómo su mentor se aseguraba las provisiones de higos suficientes para llegar a la siguiente aldea. Casi sintió pena por el muchacho y su cesta vacía.

—Yo paso —gruñó el otro hechicero.

—Agrégala a nuestra cuenta, ¿sí? Y dile a tu madre que la comida ha sido espectacular. Muero por saber con qué nos va a deleitar esta noche.

—Gracias, señor. Se lo diré. Hasta luego.

«Realmente, no tienen arreglo estos dos» se lamentó la chica, mientras prendía la flor al nacimiento de la enorme trenza en la que, por esos días, llevaba atado el cabello y que caía sobre uno de sus hombros.

Volvieron a quedar los tres a solas, con el ruido del agua de fondo y el viento caliente meciendo el follaje por encima de ellos. El guerrero más joven se veía molesto, de repente, y la aprendiz en suspenso pensaba en qué haría si su mentor no volvía a compartir ni una sola lección con ella. El mayor de los tres se incorporó, como si acabara de darse cuenta de algo, y provocó una lluvia de hojas y pequeños frutos sobre la cabeza de su alumna.

—¿Acaba de decirme señor? —murmuró indignado—. Si debo tener cinco o siete años más que él.

—¿Eso es lo único que te molesta, idiota?

—Mira, igual podríamos quedarnos un par de días extra —continuó Sarwan, como si nada—. Si convencemos al viejo de que nos deje jugar a cambio de un porcentaje de lo que pudiésemos ganar en las mesas de la posada, estaremos bien. Creo que Ankur sería un buen aliado, seguro estaría contento de tenernos cerca.

A Nirali no le gustó el tono jocoso en el que él había dicho la última frase.

—Él es amable con nosotros, nada más —añadió ella, a la defensiva—. Deja de insinuar cosas raras. Además, creo que ustedes están aprovechándose de su hospitalidad.

—Claro que no. Si él es un mirón y pone su cabeza en bandeja por un par de sonrisitas, lo menos que podemos hacer es tomar alguna oreja, ¿no?

—¡Sigues exagerando!

—A mí no me agrada —se quejó el extranjero.

—¿Él o su oreja?

—Él y tu actitud. Deberías proteger un poco más a tu alumna.

—No estoy desprotegida, Deval. Puedo defenderme.

—Lo mismo, no me caen bien. Hay algo fuera de lo común en esta gente.

«Ahí está, la mentalidad de cazador. Todo lo que se salga un poco de la norma es presa. Todo lo que tenga un mínimo de brillo es presa. Y yo no dejo de pensar en esos niños que corrían riendo con sus madres en Refulgens. Esto me ha arruinado, por completo. Todavía me pregunto cómo es que ellos siguen tan tranquilos» se lamentó Nirali, en silencio.

El viento desapareció y los dejó con la temperatura asfixiante. Incluso el curso del río pareció detenerse.

—Que hay algo raro en el viejo, eso seguro —dijo la joven—. Igual, no han dado motivos para que desconfiemos de ellos. A lo mejor tengan algún secreto, alguna cosa rara. ¿Quién no la tiene?

Otra vez aquel silencio. Y ella realmente quería decirles que no estaba contenta, que no sabía qué estaban haciendo allí, o en el camino, como vagabundos que ni tenían una razón de peso para estar juntos. Si al menos alguno de ellos hubiese despejado sus dudas.

«¿Qué pasará por sus cabezas en este momento? Tengo ganas de tirarles con algo para que reaccionen. Si llego a hacerlo, me entregarán en la primera parada por un par de monedas y llamándome loca».

—Yo digo que deberíamos planear la partida lo antes posible —insistió Deval, como si aquel vacío en el diálogo no hubiese existido.

—Vete tú, si estás tan apurado. Yo me haré una fortuna con las cartas.

—Sin mí no puedes ni ganarle a un tipo ciego y con las manos atadas, Sarwan.

Habían vuelto a las pullas. De algún modo, Nirali comprendió que se sentían más cómodos diciéndose cosas sin sentido que hablando de verdad del pasado, o de lo que estaban viviendo en el presente. Se encontró sintiéndose mejor, ella también.

—¿Me estás retando? Puedo atarte y vendarte los ojos, a ver si eres capaz de vencerme.

—Claro. Y cuando te deje hecho una piltrafa en el suelo podemos jugarnos un partido de cartas, ¿te parece?

—Dejen los arrumacos, que estoy aquí yo también —los interrumpió, fingiendo estar molesta para no echarse a reír—. Con este calor las carretas de las diligencias son insoportables y los caballos de alquiler son caros de mantener. En el caso de que consigamos tomar prestado alguno. ¿No podemos quedarnos hasta el otoño?

En ese momento, Sarwan volvió a ponerse serio.

—Deberíamos escribir a Lamms. Él tendría que estar aquí para llevarte en su carreta hasta que las cosas en Suhri se calmen y puedas regresar con tu familia.

«Todavía no me sale contestarte a eso como te mereces».

—Empiezas con eso de nuevo —protestó, mientras se bajaba de la roca y cada músculo de su espalda tenía algo que decir al respecto—. Mejor me vuelvo a la habitación.

Ignoró el pedido de su maestro de que no se ofendiera, y la mirada inquietante de su otro compañero de viaje, para internarse en el camino de regreso a la posada. Cuando ya llevaba un buen rato andando, notó que era la tercera vez que un árbol de frutos rosados la recibía en una intersección. Se detuvo, horrorizada, y observó la tierra a sus pies. Las huellas del verdadero camino cruzaban el sendero e iban en dirección recta hacia el este, donde estaba Mukul. Respiró aliviada y se puso en marcha deseando que nadie la hubiese visto cometer ese error.

«¿De verdad estoy portándome como una de esas campesinas que no se enteran de nada hasta que las rapta algún bárbaro en su caballo? Será mejor que llegue rápido al pueblo y deje de pensar tonterías».

La arboleda era un sitio lleno de vida, no quedaba muy lejos de la zona habitada y le permitía un poco de privacidad en momentos de pesimismo como aquél, pero no dejaba de ser un sitio al que sus padres no la hubieran dejado ir sola, meses antes.

«Piensa en otra cosa, piensa en otra cosa» se dijo, con el ritmo cardíaco a la altura de las sienes y la mancha en su mano ardiendo en un rojo brillante. Lo peor de todo era que comenzaba a sentir que no estaba sola. Había algo —o alguien— allí. Miró a su alrededor, desesperada por encontrar a quien fuese que la estuviera observando para darle una lección. O intentarlo, al menos.

No había nadie. El canto alegre de algún pájaro fue la única prueba de actividad viviente.

«Deja de imaginar cosas, deja de imaginar cosas» fue el nuevo mantra elegido por la chica.

Incómoda, frotó la mancha en su mano y siguió caminando.




◊ ‡ ◊




En el claro, junto al río, los dos antiguos compañeros habían perdido cualquier motivo para seguir conversando. Sarwan dormitaba, con la espalda apoyada en el tronco grueso del árbol cuya copa lo estaba resguardando. Deval se revolvía en su lugar, incómodo. Así, pasaron algunos minutos, hasta que el rubio sacó los pies del agua y los secó con un pañuelo viejo antes de volver a calzarse las botas.

—Bueno, yo también voy a regresar —anunció, en voz baja, como si no hubiera querido ser escuchado.

Sin embargo, Sarwan tenía el sueño ligero.

—¿Tienes algo que hacer por allá? —preguntó, sin dar muchas muestras de querer acompañarlo.

El que ya estaba de pie en el suelo titubeó bastante antes de dar una respuesta.

—Ehh, sí. Voy a guardar mis cosas de antemano. Para no olvidar nada.

Sarwan apenas se movió, sentado sobre su rama.

—Claro. Porque llevamos toneladas de carga —dijo, con la ironía intacta aún en medio del sueño—. Ve y diviértete. De paso le echas un ojo a Nirali, para que no vaya a perderse en el camino que lleva del pasillo a la habitación.

Entonces, casi se despertó del todo al ser testigo del rubor que se abrió paso desde el cuello pálido de Deval, arrasó con sus mejillas, invadió su frente y se instaló en sus orejas. El otro apartó el rostro, aunque no lo hizo a tiempo. Se había acercado a él para llevárselo a rastras, eso era obvio. Y acababa de darse por vencido, por supuesto.

—Eres un idiota y un malpensado —farfulló el rubio, retrocediendo—. Deberías portarte así con los desconocidos que la tratan con tanta confianza.

Luego de eso, el único sonido había sido el de pasos alejándose hacia el pueblo. 

Una brisa suave le removió los mechones de cabello que habían quedado sobre su frente y Sarwan se dio el gusto de continuar con los ojos cerrados.

Entonces la vio. Aruni estaba allí, sentada a su lado, y le decía algo.

No podía entenderla. En realidad, no la escuchaba. Estaba tan contento de volver a verla, que la emoción le hacía temblar las rodillas —era una suerte estar sentado en aquella rama incómoda, al menos—. La salamandra esperaba algo de él. Le estaba preguntando algo y él no tenía idea de qué responderle. No todavía.

Lo único que Sarwan quería era saber si ella estaba feliz. Así, como él. Si ella también había esperado encontrarlo en cada cara que pasaba a su lado, en los extraños que aparecían en los caminos, en los cazadores que llegaban a su pueblo.

Temió no llegar a hacerse entender, aunque ella sí lo estaba escuchando. Y sonreía, como si guardase algún secreto de lo más divertido. Justo cuando él comenzaba a preguntarse qué se sentiría abrazarla, despertó. Estaba a punto de caer de la rama, y el susto de perder el equilibrio lo trajo a la conciencia al instante.

—¿Qué mier…?

Había que ver las cosas ridículas que podía soñar uno en las siestas calurosas.

No tuvo tiempo de sentirse molesto, ni debió esforzarse mucho por enterrar en lo más profundo aquella sensación extraña al despertar. Un chillido agudo lo puso en estado de alerta. Conocía aquellos gritos, había lidiado con ellos casi toda su vida.

Eran hadas. Y aquella miniatura de bosque parecía un buen lugar de escondite para algunas, de no ser porque estaba demasiado cerca de la capital. Los gritos masculinos que las instaban a detenerse, en nombre del rey de Daranis, eran la prueba de ello.

El ex cazador se acomodó otra vez en la rama, dispuesto a ignorar el escándalo hasta que terminase.

«Mala elección. Ya es problema de ellas. No estoy cazándolas con mis manos, con eso es suficiente».

Lo malo fue que alguien tuvo el mal gusto de atrapar a una de ellas justo debajo del árbol en el que él estaba tratando de descansar. El hada se veía muy frágil, parecía herida. Y aquel sujeto la arrastraba con saña.

«Si fuese humana, tendría la edad de Nirali. Y ese tipo tiene pinta de comerse a sus presas, en vez de entregarlas. Qué barriga, por los dioses» pensó Sarwan, oscilando entre la indignación y la risa por lo desigual de aquella lucha.

Cuando el higo más grande de los que le había dejado Ankur cayó en la cabeza del cazador, ya era tarde para arrepentirse. El hada aprovechó la confusión de su captor para escabullirse con rapidez, y el hombre miró hacia arriba con disgusto.

—¿Eres imbécil? —gritó—. ¡No sabes lo que dan por ellas, deberías pagar tú por esto!

—Ah, ¿de verdad? Lo lamento —contestó Sarwan, desganado, desde el árbol—. No tenía idea.

—Claro, qué vas a tener tú. Deja de vagar y enlístate en la guardia del rey o aprende algún oficio útil —escupió el cazarrecompensas, para luego marcharse por donde había venido—. Que lo lamenta, desgraciado…

Así, Sarwan había vuelto a quedar solo para terminar con su siesta. Pero ya se la habían arruinado. Entre Aruni, las hadas y los cazadores gordos, la tarde había perdido su gracia. O peor que eso. Porque la irritación que ahora sentía era cada vez mayor. Y, para sumar molestias, desde hacía días se sentía observado.

«Basta de imaginar cosas. Tanto bosque me está dañando».
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