search
menu
Suhri
Suhri
Suhri - Cuatro: El momento que ella elige

Suhri - Cuatro: El momento que ella elige

05 marzo 2017

portada suhri
<< Capítulo tres
Madhu abrió los ojos y lo primero que vio fue la pintura de una danza de los dioses, en el techo. Se le dio por preguntarse si los artistas de aquella época no tenían otra cosa en qué pensar, como la belleza de los campos al amanecer o la inocencia en la mirada de un niño. Pero aquel estilo tan plano y de fondos tan saturados no podría mostrar con claridad algo así. Entonces, se sintió mal por tener semejantes ideas paganas. Luego miró a su alrededor y se dio cuenta de que la calidad de su pensamiento como sacerdotisa era el menor de sus problemas.

En aquel salón, que alguna vez habría servido para las reuniones del Concejo de Suhri, dormían hacinadas la mayoría de las muchachas jóvenes del pueblo. Algunas todavía lloraban por su suerte. Otras observaban la puerta cerrada, expectantes. Sabían que era de día, pero algunas discutían que estaban en la mañana y otras afirmaban que por la tarde. En eso, ingresaron los ancianos que alguna vez habían tenido poder sobre aquel lugar. Seis de ellos, cuerpos andantes que hablaban con voces monocordes y las miraban con ojos apagados. Cargaban bandejas con potes del mismo menjunje de todos los días. Nada que requiriese cuchillos y tenedores. Las jóvenes se veían obligadas a beber del borde de los cuencos.

Mientras las más escandalosas se negaban a alimentarse, uno de los hombres fue hacia ella.

—Usted comerá con el Amo.

El silencio se esparció por la sala y las demás la miraron, horrorizadas. Madhu decidió no extender más el asunto y se levantó para seguirlo afuera.

Cuando ya llevaban un rato caminando por los pasillos, el anciano se detuvo. Algo había llegado a sus sentidos y lo había puesto más alerta. La muchacha no notaba ningún cambio en el ambiente.

—Intrusos —murmuró, como si no hablase con ella—. Regrese a la habitación, otro de nosotros vendrá por usted.

Y se marchó por una puerta lateral, que desapareció una vez utilizada. El edificio entero estaba poseído, pero igual a la sacerdotisa de Daia le pareció insultante que la dejaran sola con tanta confianza. Otra de sus hermanas ya hubiera hecho estragos en su lugar. Era una pena que ella fuera la más calmada de las Sidhu. La que tenía menos iniciativa también.

Por una vez, eso iba a ser distinto.

Se escurrió por otra de las puertas laterales, sabiendo que nada podía ser peor que el destino que la aguardaba si se quedaba inmóvil allí. El vacío y la oscuridad desembocaron en otro salón del palacio. Apenas pudo esconderse detrás de una columna, para ver al séptimo de los ancianos del Concejo, Nayan. Era quien había comenzado aquel infierno. También había hecho huir a su hermana, tiempo atrás, con sus intentos de convertirla en su esposa.

Esta vez, había ido demasiado lejos. Su cuerpo había sido tomado por Uday, el ser que había acudido a su invocación, para hacerse llamar el Amo por el resto. Pero en ese momento no estaba solo. Era cierto, allí había dos figuras entre las sombras. Una de ellas, imposible de confundir.

«¡Nirali!».

El terror la mantuvo quieta, aferrada con una mano al mármol y tapando con la otra cualquier exclamación que pudiera salir de su boca.

Uday-Nayan salió al encuentro de los visitantes, sin mostrar la misma inquietud que los sirvientes que controlaba.

—¿Qué es esto? Parece que se les han terminado las muchachas interesantes y me envían las sobras. Una virgen insulsa como el agua y otra grandota y desgarbada que cree que con ese sari grueso va a engañarme.

El insulto con el que contestó Nirali ofendió los oídos sensibles de Madhu, pero le arrancó una sonrisa. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que la había escuchado. En efecto, quien acompañaba a su hermana era una mujer de brazos gruesos y tan alta como Nayan. El sari le quedaba apretado y se movía con dificultad.

—Será que la han confundido, porque aquella ni siquiera es virgen —continuó el poseído—. Aunque podría servir. Su energía no está muy contaminada. Hey, tú, muchacha deforme. ¿Hace mucho que ya no…?

El sari cayó al suelo, rasgado por la impaciencia de quien lo llevaba. La sacerdotisa no se sorprendió tanto por la revelación de que era un hombre, sino por sus cabellos del color del trigo y su piel, muy pálida para ser de aquella región. La otra visitante también se descubrió, mostrando ropas de hombre, en lugar de las tradicionales que dejaban al descubierto el estómago y los brazos.

—Eso no es de tu incumbencia —anunció el guerrero rubio—. Y para lo que vengo a hacerte no hace la diferencia.

Arremetió contra el anciano, pero éste evitó el ataque y terminó estrellándose contra un muro invisible que no lo dejó llegar a la línea de columnas del fondo. Nirali extendió sus manos, gritando algo inentendible. No surgió más que un hilo de humo. El demonio comenzó a reírse. Madhu no supo qué hacer y prefirió continuar oculta.

—No es como si fueran los primeros en intentarlo —concedió Uday, en tono de mofa—. ¿Saben por qué ya no hay guardias en las murallas?

—Porque no habíamos llegado nosotros.

—¡Me gustan las chicas confiadas! Creo que te conservaré y solo me comeré a este imbécil.

—¿Conservar? —preguntó ella—. ¿Conservas a otras chicas también?

—Nirali, no lo escuches —rogó el que la acompañaba—. Quiere engañarnos.

—¿Para qué? Ya he ganado. Miren esto, soy un admirador de la belleza. ¡Y estas muchachas son tan bellas! ¡Mías, son mías ahora!

Madhu vio que su hermana lucía confundida. Temía salir de aquella columna. Temía causar que los intrusos fuesen heridos. Temía, temía, temía.

—Voy a sacarte esa cabeza y a metértela por…

—Es una buena idea, extranjero. La aplicaré en ti, cuando mi preferida deje de mirar —afirmó Uday, y congeló hasta la última gota de sangre de Madhu en su escondite—. Tenemos todo el tiempo de este mundo y su estrella. Al menos yo. ¡Porque todo es mío ahora! ¡Todo!

—Y, sin embargo, estás tan solo —completó Nirali, como ausente.

—¿Qué? ¿Te sientes bien? —preguntó el joven que venía con ella.

—Sí. Es que recordé algo que escuché hace poco.

Cuando la joven sacó el anillo con la piedra transparente del saco que colgaba de su cintura, el poseído dio un instintivo paso atrás.

—¿Era un asqueroso genio? —se maravilló el guerrero—. ¡Haberlo sabido! Esto se termina ahora.

—¡Basta! Les daré lo que quieran. Alejen ese anillo de mí. No lo quiero. ¡Nunca más estaré solo!

—Pensé que ya habías dicho que se sentía solo, Ni.

En medio de la broma, Madhu vio que Uday estaba por ir hacia el guerrero. La forma en que su hermana y él sonrieron explicó el motivo de la distracción. Y el temor por Nirali superó a su temor racional. Fue intenso y duró un instante. Suficiente para aparecer detrás de la barrera y gritarles.

—¡Uday! No estarás solo. Si aceptas entrar al anillo, en el templo de Daia te cuidaremos bien.

—¡Madhu!

—¡Ese hijo de puta estaba por atacarme!

La confusión invadió la escena y la mano del genio quedó extendida, en dirección al joven. Pero sus ojos brillantes apuntaban a la sacerdotisa.

—Prométemelo.

—Por mi palabra —aseguró ella—, yo nunca miento.

Distante quedó el llanto de Nirali y las palabras del conjuro del guerrero rubio. Madhu sostuvo la mirada al genio, hasta que el brillo sobrenatural abandonó los ojos de Nayan. El anciano se desplomó, mientras las hermanas se abrazaban y el hechicero tomaba el anillo con una sonrisa apenada.

Las otras prisioneras fueron liberadas de inmediato. Los confundidos ancianos fueron atrapados en pleno intento de fuga, para ser juzgados como posibles cómplices de Nayan en aquel desastre. Más tarde, la reacción del hombre al reconocer a su antigua prometida fue de absoluto terror.


+++


Esa noche cenaron en el hogar de los Sidhu, con un guiso en el que utilizaron todo lo que les quedaba en la despensa. Celebraron, como en cada casa del pueblo, que la muerte de las jóvenes hubiese sido una mentira. La promesa de custodiar el anillo no caería bien en el templo, pero tampoco iría en contra de la causa de la diosa Daia. Estarían protegiendo aquella tierra y eso era lo que importaba.

—¿Así que te presentaste al templo como aprendiz solo por algo que me dijiste cuando tenías cuatro años? —dijo Madhu, entre risas, cuando se sentaron en el patio las dos hermanas.

El resto de la familia conversaba en el interior de la casa. Alguien tocaba un instrumento y Kirpal le ofrecía del narguil al inexperto Deval.

—Es muy serio, no seas tonta —reaccionó Nirali, ofendida—. La palabra de los Sidhu es imborrable.

—Sí, excepto si las decimos cuando no somos conscientes de lo que significan. Lo que más me extraña es que la Superiora no te haya sacado a patadas de allí.

—No tuvo tiempo de hacerlo. Hablamos de ti y luego apareció Deval.

—Entiendo. Me alegra que vinieras, no creas que no. Ahora, ¿qué hacías con esa sortija de compromiso?

La incomodidad de la hechicera fue visible. A la mayor no se le escapó su mirada rápida hacia el joven general.

—Primero quiero saber si me perdonas —murmuró Nirali.

—No tengo nada que perdonar. Aquí no hubo una promesa real. Siempre y cuando me dejes el anillo para cumplir otra que sí fue hecha en serio.

Por toda respuesta, la más joven se levantó y fue por su compañero en aquella aventura. Una vez afuera, éste pareció resistirse a entregar la joya hechizada.

—En esta familia toda palabra se graba en piedra, general —explicó Madhu—. Podemos encargar a mi padre otro anillo igual, si lo desea.

Él cambió el gesto de terquedad por uno compungido.

—No es por eso. Mi palabra también tiene valor, así que las entiendo. Pero el anillo es de Nirali ahora. Ella es quien decide.

La hechicera no tardó dos segundos en tomar el objeto de la mano de Deval para ponerlo en la de su hermana.

—Bien. Ahora es tuyo, Madhu —anunció, con alegría—. Cuídalo bien, porque no creo que volvamos por aquí en un tiempo.

—Si me disculpan —murmuró el general, cuando emprendió la retirada.

Nirali lo detuvo del brazo, invadida por un torrente de energía que la hizo hablar sin parar.

—Espera. Ahora tú, tendrás que hacer valer tus palabras también. O lo que no dijiste pero sí dijiste al entregarme esa sortija.

—¿Cómo?

Él la miró, sin entender. La sacerdotisa captó lo que ocurría al instante.

—¡No vas a hacer esto aquí, sin la familia presente! ¡Papá, mamá, vengan!

Entonces, la comprensión suavizó los rasgos del extranjero. Él y la muchacha seguían de pie, junto a la puerta que daba al salón y sobre el jardín descuidado de la enorme casa.

—Oh, dioses.

—Mi respuesta es sí —confirmó Nirali—. Lamento haberte hecho esperar en la capital. Estaba confundida.

Los Sidhu llegaron junto a ellos, en medio de un alboroto de planes y sugerencias. Deval no parecía poder decir otra cosa.

—Dioses. Ahora sí tendré que encargar otro anillo.

El aire se llenó de exclamaciones de alegría y felicitaciones. Los dos sonrieron, por fin, algo cohibidos.

—Me basta con el otro regalo, el más brillante —admitió ella, en un tono que presagiaba travesuras—. Vas a tener que enseñarme a invocar el rayo.


+++

Cantidad de palabras según Word: 1906 (perdón, perdón, perdón).

¡Y así termina la historia para Blogs colaboradores! En Argentina son las seis de la tarde, espero que en los pagos de Mikel no sea lunes porque quiero estar orgullosa de haber llegado a tiempo.

Tengo algunos capítulos extra para traerles, pero el arco argumental del demonio en el palacio termina aquí. Espero que lo hayan disfrutado. Y para los que quieran más romance, los espero en el siguiente.
Suhri - Especial: El tiempo suspendido

Suhri - Especial: El tiempo suspendido

Madhu portada especial
*Nota: No es obligatorio leer este capítulo para los que siguen la iniciativa Blogs Colaboradores. El capítulo cuatro será publicado mañana.*

Ingresaron al pueblo por medio de un hechizo simple de levitación. Los muros estaban sin guardia, las calles sucias y desiertas, las viviendas con las ventanas cerradas y rodeadas de amuletos de protección. El estado de abandono era angustiante.

—¿Se… se los habrá comido a todos? —tartamudeó Nirali, con un nudo en la garganta.

—Nadie hubiera sabido de la existencia del demonio, ni de su demanda de vírgenes —explicó Deval, a su lado—. Un pueblo vacío sería una trampa para los curiosos, lo cual convendría más a un monstruo hambriento. Pero no a un demonio de bajo nivel, que prefiere ser conocido y temido.

La muchacha no supo si sentirse aliviada por eso o más preocupada. Se sabía observada, aunque no por quién ni desde dónde.

Luego de un rato de caminar por una vía empedrada y ascendente, llegaron a una casa con el frente de piedra, un portal amplio y pisos superiores con ventanas angostas. Una de tantas, ya que eran todas casi iguales. Lo único que diferenciaba a ésta era el banderín que colgaba junto a la entrada. Anunciaba que aquello era el hogar de un orfebre.

—Este pueblo no es tan grande como para tener una calle entera para cada gremio. Igual se las arreglan para tener influencia, los muy cabrones. Bienvenido a mi casa, Deval.

Sin embargo, aquello no sonaba a bienvenida en absoluto. No cuando había sido dicho en un murmullo y los ojos más tristes que el general hubiese visto. Ninguno de los dos hizo el menor intento por llamar a la puerta.

—¿Aquí creciste? —dijo él.

—Sí. Lamento que veas a Suhri en estas circunstancias.

Un ruido los sacó de aquella reflexión y los puso alertas. No estaban solos. Por fin.

Corrieron detrás de una sombra escurridiza, hasta llegar a un pasadizo pequeño, producto de los defectos de construcción de dos viviendas. Nirali usó algo de su velocidad obtenida en los entrenamientos con Ren, bloqueando posibles caminos de escape, y Deval consiguió atrapar un pie del perseguido. Recién entonces pudieron ver que se trataba de un joven escuálido que cargaba algunas frutas. Fue solo tocarlo y comenzó a gritar como si lo estuviesen despellejando.

—¡Tápale la boca! —pidió el general, aterrorizado por el escándalo.

La muchacha se sentó sobre la espalda del prisionero y no se atrevió a hacer más.

—Éste va a morderme si lo toco.

—¿Señorita Nirali? —reaccionó el muchacho, con la cara sobre el piso—. ¿Es usted?

—¡Hanns! ¡No te había reconocido! ¿Todavía sirves en mi casa? ¡Cómo has crecido!

—Usted también, señorita. Sí, aún estoy con los Sidhu.

En la voz del joven había una gentileza forzada, comprensible por la situación.

—¿Puedo soltarlo sin que se escape? —intervino Deval, ansioso por dejar aquella posición incómoda en el suelo.

—¿Podemos, Hanns?

El chico dudó, con la mejilla contra el empedrado.

—¿Cómo sé que no es usted una alucinación causada por el monstruo del Palacio del Concejo?

—Puedo darte una patada en la entrepierna que se sentirá muy real —ofreció ella, perdiendo la paciencia.

Al otro hechicero ya no le quedaba nada, desde hacía rato.

—No pienso volver a hacer esto —añadió, todavía con la mano en el tobillo del chico—. Te achicharraré desde aquí si corres de nuevo.

Sin embargo, el sirviente no pareció muy convencido.

—Bailen sobre el pie derecho. Los dos —exigió.

—O puedo freírte desde ahora, si prefieres.

La muchacha se levantó, resignada, y cumplió con el pedido a desgana.

—Hazlo, Deval —sugirió, mientras repetía lo que había hecho ante las aprendices del templo de Daia—. No huirá.

Él dudó en soltar el pie del prisionero, pero éste ya observaba a la joven con asombro. Se incorporó y comenzó a dar saltitos, imitando a su compañera. Casi deseó que el chico hiciera un movimiento inadecuado, para descargar su vergüenza. Entonces alzó la mirada y se encontró con la de Nirali, fija sobre él. Hubo algo en ese momento de complicidad que le produjo cosquillas en el estómago y se esparció por todo su cuerpo. Los dos quedaron saltando en un pie, como tontos. Hamms se levantó y les recordó por qué estaban ahí.

—¡Señorita! ¡Ha regresado! —reconoció, con una reverencia—. Perdone por dudar de usted. Nunca hemos visto a ese demonio fuera del palacio, pero nadie pasa mucho tiempo fuera de su casa, en realidad.

Los dos hechiceros dejaron el contacto visual, incómodos, y volvieron a poner ambos pies en el suelo. Ella fue la primera en avanzar hacia el sirviente, conciliadora.

—Está bien, chico. Ahora llévame adentro. ¿Papá y mamá están bien?

—Sí, señorita. Estas últimas semanas han sido muy duras pero nos arreglamos para seguir, aún después de la tragedia de la señorita Madhu.

—Espera —insistió el general, pensativo—. ¿Has dicho que nadie sabe cómo es esa cosa?


+++


—¡Nirali!

Una vez adentro de la casa, que solo había abierto su puerta cuando Hamms golpeó en una combinación clave, los recibió un matrimonio de ancianos. La muchacha no había estado tanto tiempo fuera de allí como para justificar la diferencia en el estado de sus padres, pero parecía que aquellos tiempos habían sido difíciles.

Aditya todavía conservaba algo de la belleza en sus ojos chispeantes y su cabello oscuro, que ya no caía en una trenza sedosa como antes sino que apenas soportaba un rodete deslucido por el luto. Kirpal Sidhu ya no tenía la envidiable piel lozana, sus ojos verdes estaban rodeados de pequeños surcos. Ambos tenían los hombros caídos y un caminar más cansado. Habían envejecido en pocos años lo que podrían haber sido décadas.

La mujer fue la primera en envolverla en un abrazo cálido.

—¿Por qué has venido? —se lamentó Kirpal—. ¿No has visto las puertas cerradas, las murallas abandonadas sin un rasguño de invasores? Nadie con dos dedos de frente se acercaría a Suhri.

—Papá. Lo siento tanto.

—Yo más, pequeña —reconoció el maestro orfebre, acercándose para tomar las manos de su hija—. Tu hermana… Ella…

—Si al menos hubiésemos podido darle una buena sepultura.

—No hables de eso todavía, mamá. Pero, sea como sea, ese demonio se las verá con nosotros.

Aquel fue el momento de Deval para dar un paso al frente e intervenir.

—Vamos a sacarla de ahí, señores Sidhu —aseguró, confiado.

Por las dudas, no dijo en qué condiciones.

—¡No, por favor! —exclamó Aditya, alarmada—. Nirali, no queremos perder a otra de ustedes.

Una sensación amarga llenó la habitación cuando Deval recordó las noticias que la familia le había enviado a la muchacha en la última carta, luego de caer en Refulgens. Denali había muerto durante el parto de su segundo hijo y Uma había caído en la reciente plaga de viruela de la región. Ahora, con el destino incierto de Madhu, ella podía ser la única de las hermanas con vida.

—Con más razón —insistió la hechicera—. Esto no puede quedar así.

De pronto, Kirpal recuperó la compostura y el porte de anfitrión magnífico de otros tiempos.

—No hemos saludado a su merced como corresponde. Le agradecemos por escoltar a nuestra hija hasta aquí. Señor…

—Deval Khan es mi nombre —respondió el otro, con gentileza—, y esto forma parte de mi deber como General Hechicero de la Corte.

Aditya se adaptó con rapidez a su papel de señora de sociedad y observó con una sonrisa a su invitado.

—¿Es que usted va por cada pueblo, encargándose de estas cosas?

—Mamá, por favor —se quejó la joven.

Sin embargo, Deval no perdió el aspecto de buen chico. Aspecto que jamás había tenido. Ni en los meses que había viajado con Nirali; ni en el templo de Daia, al revelar que era el maestro de los soldados que conducían el nuevo ejército del Reino.

—Ehh… No, resultó ser que pasaba por un camino cercano y escuché de unos viajeros la noticia —comentó—. Nirali fue mi compañera de lucha en los tiempos del anterior rey, así que he venido a devolver el favor.

La mencionada hizo un esfuerzo por no mirarlo, o estallaría en carcajadas nerviosas por la novedad del tono inocente que estaba escuchando. Estaba segura de que él lo había acompañado con la cara correspondiente de «no he roto un plato en mi vida». Se sorprendió imaginándolo en la capital, con tantas mujeres de costumbres escandalosas y familias de nobles que querrían congraciarse con el nuevo monarca y lo verían a él como un buen partido para sus hijas. Una sensación extraña la invadió, como un burbujeo molesto. Tal vez era la impaciencia por terminar con todo aquello.

—Por supuesto —continuó Kirpal, en un tono demasiado amable—. Es una verdadera suerte contar con usted, general Khan. ¿No es así, Nirali?

—Supongo que sí —reaccionó ella, con brusquedad—. Pero ya que no debió venir conmigo todavía puede quedarse aquí, refugiado con ustedes, mientras yo voy al Palacio.

Deval inclinó la cabeza para mirarla y recuperó el sarcasmo de siempre.

—Mira, qué coincidencia. Estaba pensando lo mismo de ti.


+++

Tenía ganas de contar un poco más de estos dos, aparte de la aventura contra el demonio encerrado en el palacio, así que les hice dar un rodeo. Mañana el último capítulo para la iniciativa Blogs Colaboradores. Prometo a los que no leyeron éste que no les afectará en nada a la historia principal. 
Suhri - Tres: El presente que debe cambiar

Suhri - Tres: El presente que debe cambiar

27 febrero 2017

suhri cap tres
<< Capítulo Dos
—Mi promesa a Madhu es anterior, Deval —dijo Nirali, luego de un prolongado silencio.

El viento cálido del anochecer veraniego les daba de frente, junto con las cenizas y el humo.

—Eso no te impidió ir por la región de Sideris cobrando por adivinaciones falsas, con un tipo alto —respondió el general, con amargura.

Ella dejó de prestar atención al paisaje, para volverse hacia él, sorprendida.

—¿Tan rápido llegan las noticias de los pueblos pequeños a la capital?
—No. Ni yo hubiera venido tan pronto de haber estado allá.
—Entonces me has hecho seguir.
—Tampoco. Anduve por la zona, buscando nuevos reclutas —admitió Deval—, y escuché de alguien que se hacía llamar la Gran Discípula del Fuego y su aprendiz. Eso llevaba la firma de Sarwan por todos lados, pero sabía que él estaba en Refulgens. Aruni dio a luz hace poco.

Con la mención a la feliz pareja de locos que la habían llevado al borde de la muerte pero también le habían abierto los ojos, Nirali dio un respingo. Desvió su mirada otra vez, aunque sus ojos no parecieron concentrarse en nada.

—Ah. Cierto. ¿Viste al bebé?
—Sí. La fiesta en el palacio dorado fue enorme —informó él—. Te esperaban también.
—Es una pena que estuviera ocupada buscando alimento para mí y mi alumno.
—No hubieras tenido esos problemas en la capital. Como mi alumna.

Cualquier insinuación de Deval había quedado anulada con las últimas tres palabras, de la misma forma en que había ocurrido en todo el tiempo que habían pasado juntos en el pasado. Él daba un paso hacia ella y, antes de ver su respuesta, retrocedía tres.

—Ya tienes un ejército —puntualizó la joven—. Y yo voy a cumplir con mi destino de servir a los míos.
—No deberías hacer promesas vacías, Nirali.
—Ya lo creo. Mira lo que ocurre luego.

Los dos estaban sobre la cúpula más alta del templo de las servidoras de Daia, aprovechando la vista de los últimos rayos del sol para apreciar la situación que les había comentado la Superiora. La columna negra que se levantaba desde el pueblo de Suhri les dio el origen del hedor que venían sintiendo desde que llegaron.

La confusión en las sacerdotisas había sido lo único claro cuando les explicaron que las puertas del lugar no habían vuelto a abrirse, desde los rumores de la invocación de un demonio. Varias de las muchachas habían bajado al pueblo, para celebrar con sus familias el solsticio de verano, y no habían regresado. Madhu Sidhu estaba entre ellas. La columna de humo se había levantado desde entonces, sin interrupción.

—Esto no es tu culpa, Nirali —dijo el general, angustiado.

Ella negó con la cabeza. Como si esperase que eso fuera cierto, pero en vano.

—La Superiora dijo que el portal de invocación apareció en el edificio del Concejo —recordó, pensativa—. Pudo haber sido el mismo tipo al que rechacé por irme con Sarwan. Me marché de casa con un hechicero. Todos en el pueblo pensaron que había algo entre nosotros. Yo permití que lo creyeran, con tal de no tener que casarme con ese viejo verde. Y ahora hay un demonio suelto en mi pueblo.

—No sabemos si fue el mismo hombre. Aunque lo fuera, la codicia lo llevó a hacer esto, no tú.

Los intentos de consolarla, por medio de la razón, estaban dando el resultado contrario al que él esperaba.

—Deval, ¿es que no las escuchaste? ¡Dicen que devoró a todas las vírgenes del pueblo! ¡Que está pidiendo más a los que quedaron encerrados con él!

De solo verla así, al límite del llanto, él recordó todos los meses que habían pasado en los caminos, durante el reinado del tirano que pagaba a cazarrecompensas por cualquier ser que saliese de lo corriente. No pudo evitar el impulso de poner sus manos en los hombros de la muchacha. Un tibio sustituto del abrazo que aún le hormigueaba en la piel desde la anterior despedida.

—Vamos a calmarnos. He venido para encargarme de esto. Está en mis obligaciones no permitir la aparición de enemigos en el reino. Tú ayúdame a pensar en un plan y…
—No hace falta pensar demasiado —lo interrumpió ella—. Soy virgen. Puedo ofrecerme al sacrificio y aprovechar para destruirlo.
—No si yo puedo impedirlo.

La joven echó la cabeza hacia atrás hasta alcanzar a verlo, con ojos bien abiertos y una sonrisa burlona.

—¿También eres virgen?
—Voy a entrar solo —afirmó él, ignorando la pregunta—. Y voy a destruir esa cosa solo.

Ella se soltó, molesta.

—No has dejado de ser un presumido desagradable, Deval. Es mi pueblo, mi hermana, mi viejo verde invocando bestias que devoran mujeres. Yo voy a resolverlo. Y luego entraré a este santuario, para cumplir la promesa que hice a Madhu.

Dicho esto, la joven levitó con suavidad hasta el suelo del patio del templo, donde algunas muchachas todavía los observaban con mal disimulada curiosidad. Deval la dejó ir, con gesto indescifrable, y tomó del saco que colgaba en su cintura un anillo dorado, con una piedra transparente en el centro.

—¿Qué haré contigo, eh?


+++


Poco después, se sirvió la cena frugal en el comedor del lugar, en un silencio que solo fue interrumpido por oraciones de agradecimiento a la diosa y plegarias por las compañeras desaparecidas.

Nirali sintió que en su plato no había nada que atrapara su atención. No mientras su hermana pudiera estar sufriendo a manos de una criatura del inframundo. Y no mientras los ojos azules del general Khan siguieran fijos en ella, desde el otro lado de la mesa.

La anciana sacerdotisa del templo llegó frente a ella, sin que se diese cuenta.

—Señorita Sidhu, me imagino que no pensará ir a enfrentar a un demonio con el estómago vacío.
—Lo siento, Superiora. Voy a tomar todas las energías que pueda.
—Lamento no tener nada más sustancioso —señaló la mujer, mientras ella volvía a comer—. No estamos acostumbradas a alojar guerreros.
—No soy una guerrera, Superiora —la corrigió Nirali, avergonzada—. Soy una aspirante a sacerdotisa que va a obtener su aprobación liberando a Suhri y a las chicas que faltan.

Un breve silencio. La mirada de la mujer mayor dejó traslucir lo que opinaba sobre aquella idea.

—Muy bien —respondió, con paciencia—. No se olvide de liberarse a usted misma en el proceso.

Vio que Deval sofocaba una risita a la vez que masticaba, al punto de atragantarse. En un instante habían ido en su ayuda varias de las jóvenes, ofreciéndole agua y palmaditas en la espalda. Incluso intentaron una compleja maniobra que consistía en un abrazarlo desde atrás y moverse de forma extraña hasta hacerlo expulsar la comida, cosa que él rechazó afirmando estar bien. Nirali sospechó que eran excusas estúpidas para tocarlo. Tuvo que forzarse a seguir cenando, con la mirada fija en su cuchara.

+++

A la mañana siguiente, los despidieron a ambos en la entrada del templo. Las aprendices se alinearon en el patio principal, delante de las sacerdotisas de túnicas más oscuras. Juntas entonaron un cántico de buena suerte para ellos. Nirali no se atrevió a mirar a su compañero de expedición, por miedo a estallar en una carcajada nerviosa. Luego, la Superiora les entregó varios amuletos en saquitos de lino, que deberían colgar de sus cinturas.

—Que la diosa esté con ustedes —dijo la anciana, una vez en la puerta.
—Dígale a la diosa que sabré agradecerle a mi regreso.

Deval no movió un músculo al oír eso. La sacerdotisa sonrió.

—Debería abandonar esa costumbre de soltar promesas sin pensar, señorita. Pero igual la estaremos esperando.

Con una reverencia, ambos dijeron adiós y se encaminaron hacia Suhri. Al llegar, el paisaje que hallaron fue desolador. Las puertas cerradas, la ausencia de vigilantes y el hedor potente del humo que le hacía picar los ojos hicieron que Nirali dudase en avanzar. Deval se volvió hacia ella, con una bolsita roja de terciopelo en las manos.

—Dame un minuto —pidió ella, con la mirada turbia por las lágrimas—. Voy a recuperarme pronto. Si quieres puedes ir entrando.

Él la enfrentó, decidido.

—No. Creo que este es el momento de darte algo que te pertenece desde que llegué a la capital.

Entonces aprovechó que ella se secaba el rostro, con una de las mangas del traje gastado con el que viajaba, para extender el brazo y ofrecerle su regalo. Ella lo observó, ruborizada.

—¿Qué es eso? Es decir, veo que es un anillo, pero…
—Te esperé bastante —explicó, antes de que las palabras se le hicieran remolino en la lengua y desaparecieran—. En realidad, el regalo de compromiso venía con la práctica de la técnica del rayo. Ya sabes, como para darte algo más brillante.

Nirali recibió el presente, con todo lo que implicaba y lo que ya no podría implicar. Y se sintió la más egoísta de aquella tierra. No podía sentirse tan feliz, en una situación tan espantosa.

—No creo poder competir con Daia —continuó él—. Y creo que tu respuesta se dio sola con tu ausencia en la capital o tu olvido de la promesa que me hiciste. Así que el anillo es tuyo.
—Deval, yo…
—Ahora vamos por ese demonio asqueroso —la animó, con el espíritu de siempre—. Y déjame darle una lección antes de devolverlo a su agujero, ¿sí?

La atmósfera entre ellos volvió a ser la de siempre y la verdadera respuesta a la pregunta quedó guardada por Nirali, junto al anillo.

—Claro, hombre. Eso si queda algo luego de que yo acabe con él.

+++

Palabras según Word: 1593. Bu. Volví a pasarme. En el próximo tendré que contabilizar el excedente y listo. Gracias a los que vienen leyendo, no pensé que seguirían la historia. Me emociono. Para la próxima, el final.
Suhri - Dos: El pasado de sus promesas incumplidas

Suhri - Dos: El pasado de sus promesas incumplidas

19 febrero 2017

suhri
<<Capítulo Uno
Nirali fue hacia la puerta de ingreso al templo. Estaba por tocar la aldaba, pero se interrumpió con un estornudo. Su nariz estaba irritada, había un olor extraño, como de madera quemada con algún preparado de hierbas desconocidas para ella. Se sonó con un pañuelo e hizo repicar la argolla metálica contra la madera de la entrada.

Aguardó, ansiosa. Era obvio que no estaban acostumbradas a recibir visitas, ya que la espera estaba prolongándose bastante. Y el aire comenzaba a apestar.

«Tal vez las sacerdotisas tienen mal gusto para las ofrendas, además de para vestir» pensó. «Al fin y al cabo, lo que importa es que los dioses estén contentos con ellas. ¿Qué interés pueden tener en agradar a los ojos y olfato humanos?».

En ese instante, una rendija se abrió en la puerta y unos ojos verdes la observaron, alertas.

—¿Qué… quién es usted?

«Comprobado. Nadie toca siquiera la puerta de estas muchachas».

—Mi nombre es Nirali Sidhu. Pretendo dejar la práctica de la hechicería elemental, vengo a ofrecerme al santuario de la diosa Daia como nuevo miem…

No terminó la frase, porque la madera se deslizó con rapidez y la hechicera quedó a solas, con la boca abierta. Cuando se repuso de la sorpresa, descargó su indignación aporreando la puerta. La hendidura en la superficie oscura volvió a abrirse, esta vez para mostrar unos ojos oscuros, más severos.

—No es posible que haya ninguna Sidhu en estos caminos —dijo la nueva voz.

—¿Cómo? ¡Soy la menor de los Sidhu, del pueblo de Suhri!

—Demuéstrelo.

—¿Qué cosa? —murmuró, sin poder creer lo que estaba ocurriendo.

—Muéstreme que usted no es un demonio disfrazado para entrar aquí. Baile en un pie.

La antigua creencia de que un demonio no era capaz de bailar sobre su pie derecho todavía seguía vigente en algunos lugares. Para consternación de Nirali, aquel santuario parecía ser uno de ellos.

—Mocosa impertinente, abre esa puerta y trae a Madhu. Ella sabrá quién soy.

—No abriré si no baila.

El olor a quemado ya era intenso, lo que fuera que estaban ofreciendo en sacrificio era ofensivo al estómago de la viajera. Y la noche estaba cayendo con rapidez, las sombras del bosque se hacían más alargadas sobre el camino que ella quería abandonar. Un poco de estabilidad, era todo lo que estaba pidiendo. ¿Tan poco confiable parecía?

—Bien —aceptó, entre dientes—. Pero, para que sepas, este método es ineficaz y estúpido.

Levantó la rodilla izquierda, despegó el pie del suelo y comenzó a saltar sobre el otro. Con gesto inexpresivo, fijó su mirada sobre la que prestaba atención en la puerta y balanceó un poco los brazos, en un esfuerzo de coordinación que no impresionó a nadie. Ya estaba cansándose, cuando la pesada hoja se abrió y cuatro manos la arrastraron al interior del templo.

—¿Cómo llegó hasta aquí sana y salva? —preguntó la dueña de la primera voz, una vez adentro.

Nirali se sacudió la ropa, ofendida por el ridículo recibimiento, y las observó a ambas. Eran dos jóvenes, no mucho menores que ella, con la clásica túnica gris de las aprendices del templo. Acostumbrada a que la gente se asombrara de que una mujer viajara sola por los caminos del reino, desestimó la curiosidad de las muchachas y fue al grano.

—¿Con quién debo hablar para iniciarme aquí?

La que la había hecho bailar en la entrada, una chica menuda de cabello castaño y piel trigueña, la condujo por uno de los pasillos del edificio. La otra, una joven rubia y algo regordeta, iba a su lado, mirándola como si aún no pudiese creer que era humana.

—La llevaremos con la superiora y ella le hará las pruebas —explicó la morena—. Pero ahora se encuentra en reunión, ya sabe, por lo que está ocurriendo. Tendrá que esperarla en el patio principal.

Nirali entendió que, o algún evento estaba alborotando a las miembros del santuario, o aún creían que la amenaza de guerra con el país vecino era un hecho. Las noticias corrían con lentitud por aquellos territorios.

—Bien —contestó con impaciencia, evitando hacer cualquier referencia a cuestiones que pudiesen desviar la atención de aquellas jóvenes—. ¿Podría hablar con Madhu Sidhu, mientras tanto? ¿En dónde se encuentra?

Sus anfitrionas se detuvieron en seco, obligándola a volverse al ver que seguía caminando sola.

—¿No…? ¿No lo ha oído? —tartamudeó la joven rubia, con los ojos bien abiertos.

—¿De dónde viene y cómo es que no está enterada? —reaccionó la otra, nerviosa.

«Algo no está bien aquí» se dijo la recién llegada, a punto de perder la poca amabilidad que le quedaba.

—Yo les pregunté primero. ¿Dónde está mi hermana?

Las otras dos intentaron hablar, pero fue como si el caudal de palabras se atascara en sus gargantas.

—Lo sentimos mucho. —Fue lo único que salió de la boca de la morena—. De verdad.

Nirali sintió que estaba perdiendo el tiempo, jugando a las adivinanzas con aquellas chicas que tal vez habían encontrado en ella una fuente de entretenimiento. No iba a dejarse utilizar.

—No. Esto es un malentendido tras otro. Déjenme sola, puedo seguir por mi cuenta a partir de ahora. ¡Madhu! ¡Madhu, ven aquí!

Avanzó furiosa por el trecho que quedaba hacia el enorme patio abierto, donde el humo apestoso volvió a recibirla, con menos intensidad que antes. Llamó a su hermana a gritos, para horror de las que venían con ella intentando hacerla callar. Desde las plantas superiores, asomaron más jóvenes y algunas mujeres mayores, con la túnica negra distintiva de las sacerdotisas de la Orden de Daia, la diosa guardiana del monte. Todas la miraron, en una mezcla de confusión y pena. Algunas se cubrieron la boca, otras no se molestaron en esconder el llanto repentino que las invadió.

Nirali se detuvo, con un mal presentimiento. Pero el escándalo ya se había desatado y sus preguntas solo eran respondidas con gimoteos y disculpas aterrorizadas.

Entonces, se abrió la puerta del salón de la Superiora. Ante la aparición de la anciana, en túnica negra con un cinto dorado como único distintivo, aparte de una mirada intensa y un porte altivo, el patio entero quedó en silencio.

—¿Qué está pasando? —preguntó a las únicas tres que todavía seguían en el lugar.

Nirali vio su momento para presentarse y se inclinó, en señal de sumo respeto, mientras hablaba.

—Buenas tardes. Mi nombre es Nirali Sidhu, de los Sidhu de Suhri. He venido ante usted como aspirante a miembro de la Orden de Daia.

La falta de respuesta puso nerviosa a la joven y la hizo levantar la cabeza, para ver que la intensidad en los ojos de la mujer era inquietante.

—Entiendo —dijo la Superiora, por fin—. Pero aquí no aceptamos hechiceras.

Tarde comprendió Nirali que su medallón obtenido en Refulgens, a mano de la salamandra Aruni, no era la mejor primera impresión que podía darles a estas mujeres tan austeras. La llama en metal dorado brillaba bastante, al balancearse desde su cuello inclinado. Se incorporó, avergonzada, y se quitó el colgante para guardarlo entre sus ropas.

—Ya. Estoy abandonando la práctica de la hechicería elemental para unirme a ustedes —continuó, aturdida—. Mis circunstancias son algo largas de explicar, pero en mi niñez he enlazado mi destino a este lugar por medio de una promesa hecha a mi hermana, Madhu Suhri. Si le permitiera venir, ella podría servir de testigo.

Algo ensombreció el rostro de la mujer al oír aquel nombre.

—Veo que nadie le ha informado.

El susurro cauteloso de la sacerdotisa aterró a Nirali, más que todos los gritos con los que había sido recibida aquella tarde.

—¿Qué cosa no me han informado?

Un dolor espantoso se instaló en su pecho. Aquello no tenía buena pinta. Iba a exigir una respuesta, sin embargo alguien más salió del despacho de la mujer. Quien hubiese estado en reunión con la anciana había escuchado todo el intercambio, para intervenir en ese instante.

—Lamento interrumpir —dijo el que iba hacia ellas—, pero yo no aconsejaría que acepten a esta joven en su Orden, Superiora Nayat.

Nirali lo vio y casi no lo reconoció. De aquel loco lleno de ira que se había enfrentado a su maestro alguna vez, al extraño guerrero que había colaborado con ellos en la revuelta contra el anterior tirano del reino, solo quedaban los ojos azules y el cabello del color del trigo. Aquel caballero orgulloso, de uniforme rojo con el emblema del nuevo rey, no parecía el mismo.

—¿Por qué no, general Khan? —preguntó la anciana, con un brillo de interés en los ojos.

Él llegó hasta la anciana y habló en tono profesional, ignorando las protestas de Nirali.

—No creería en las promesas de esta mujer —dijo Deval, y con el frío de su voz podría haberse congelado toda la montaña—. Incluso a mí me ha hecho algunas, y no ha podido cumplirlas al día de hoy.

+++

Cantidad de palabras según Word: 1483. He devuelto las quince que sobraban del capítulo anterior. Yey. Y volvió Deval. Yey.

Historia corta escrita para la iniciativa Blogs colaboradores de Letras en el aire y Beyond a Writer´s Mind. Espero que a Mikel le guste, si llega a pasar por acá más adelante.
Suhri - Uno: El futuro que predijo el oráculo

Suhri - Uno: El futuro que predijo el oráculo

11 febrero 2017

suhri portada madhuEl aire frío de esa noche parecía agitado por la percusión de los tambores y el sonido ondulante de las trompetas tradicionales. Las faldas de las mujeres, en colores vibrantes, giraban alrededor del grupo de hombres que batían palmas en el salón. El novio y la novia, sentados en la mesa principal, recibían los buenos deseos de los invitados. Las bandejas de comida iban y venían. Las bebidas parecían fluir desde las copas, sin terminarse jamás.

La casa de los Sidhu estaba despidiendo a Denali, su hija mayor, con la celebración más espléndida que el pueblo de Suhri hubiese visto.

A poca distancia del centro de la sala estaba la preciosa Uma, segunda de la familia, intentando superar la timidez frente a su prometido. La diferencia de edad era un obstáculo, no tan grande como el hecho de no haber cruzado más de dos palabras desde que se conocían. Y en la periferia, sobre la salida hacia uno de los jardines iluminados con antorchas, estaban las Sidhu más pequeñas. Una de ellas apenas alcanzaba los once años pero ya tenía la potencial belleza de su madre. La otra era de aspecto más simple, una niña de ocho años de cabello oscuro y ojos chispeantes. Ambas llevaban sus vestidos arrugados y los zapatos llenos del barro de los canteros de flores recién regados.

—¿Qué quieres hacer cuando crezcas, Nirali? —había preguntado Madhu, la mayor.
—No quiero crecer —contestó la otra, quitándose una hoja del peinado—. Así es más divertido.
—Igual ocurrirá. Y será mejor que estés preparada.
—Para eso falta. Ahora volvamos a jugar, los sirvientes están ocupados.

Las filas de hombres y mujeres cargando bandejas no paraban de moverse por todo el lugar. Nadie les prestaba atención a ellas.

—Yo ya tengo un plan —continuó Madhu—, ¿quieres saberlo?
—¡Sí, dime!
—Voy a entrar al templo de las montañas cuando sea mayor.

El interés de la más pequeña se esfumó, apenas notó que no estaban hablando de travesuras para realizar en el presente.

—Ah, sigues con eso.
—Allí tienes acceso a todos los libros de los Antiguos y, si eres afortunada, puedes convertirte en oráculo —explicó la preadolescente—. Adiós aburrimiento, adiós lecciones de etiqueta y adiós a esos viejos tontos que le insisten a nuestros padres para comprometerse conmigo en unos años.

Nirali miró a su hermana, con el cabello alborotado y las mejillas rosadas de tanto correr. Sintió pena al imaginarla en esas túnicas insulsas que usaban las muchachas del santuario.

—¿Sabes que igual tendrás que comportarte si eres sacerdotisa? —comentó, burlona, mientras mordisqueaba una manzana que había robado de la cocina—. No las imagino sin un horario para levantarse por las mañanas. Y deben castigar a las desobedientes con más dureza que nuestros tutores.
—¿A quién le importa? Si soy oráculo podré ver el futuro. No me atraparían jamás.

Una pequeña pausa entre las hermanas y el entendimiento alcanzó a la menor.

—Espera, eso suena bien. Creo que iré contigo.
—¡No me copies! Piensa en tu propio plan.
—Pero no tengo ningún plan, Madhu. Voy a quedarme contigo, en las montañas. Y si tú eres oráculo, entonces yo también lo seré.

La idea comenzaba a tomar forma. A alejarlas del ritmo que seguían los demás a su alrededor. Igual, había detalles que no estaban considerando y que no tendrían en cuenta hasta que no llegase el momento.

—No permiten más de un oráculo a la vez —aclaró, entre risas, la que había dado primero la sugerencia.
—Bueno. Nos turnaremos.
—¡No creo que funcione así!



A pesar del entusiasmo, pasó una década hasta que Nirali llegó al santuario en las montañas. Y luego de un camino que la había llevado lejos de los suyos, para meterla en la revolución contra el tirano que gobernaba en la capital.

—¿Estás segura de esto, maestra? —preguntó el joven que venía con ella y se negaba a marcharse.

Los dos se quitaron las capuchas oscuras, al pasar bajo el arco que daba la bienvenida a la consulta con el oráculo del templo. La ansiedad de la muchacha por ver quién recibía los mensajes de los dioses se atenuó al ver al monje que les salía al encuentro, hablando de tributos en oro y tasas de impuestos agregados.

—Claro que sí, Ren —explicó ella—. El verdadero rey ha vuelto al trono y el peligro de una guerra con nuestros vecinos ha desaparecido. Ya no son necesarios los servicios de una hechicera como yo. Y ya te enseñé todo lo que sé. En la capital podrás continuar con otros maestros.

Frente a ellos, el fuego de la hoguera despedía chispas de diversos colores. Ella se desprendió, con reticencia, de algunas monedas sobre la mano extendida del monje. Una vez solos, avanzaron con cautela, hasta el fondo del recinto mal iluminado por velas de diversos tamaños. Nirali tomó una bocanada de aire e hizo su pregunta, mirando a la estatua de la diosa de la sabiduría.

—Bien. Gran oráculo, buenas tardes. Necesito preguntarte… consultarle algo. Seguro sabrá la respuesta, en nombre de su vasta experiencia. Hábleme del futuro. Si es que puede decirme algo significativo.

«Déjame encontrar el rumbo de una vez. Préstame un plan, Madhu».

El repentino canto de un grillo fue lo único que se escuchó en el lugar, por un buen rato. Los dos visitantes aguardaron, inquietos, paseando la mirada por cada rincón del salón. Y el bulto que se levantó del suelo los sobresaltó. Se trataba de una mujer anciana, de extrema agilidad en sus movimientos. Ren se mordió los labios para evitar la carcajada. Nirali observó escéptica la danza de la mujer.

—¡Tú no eres Madhu! —exclamó, horrorizada.

Había olvidado las fórmulas de cortesía que se le debían a la médium encargada de comunicar aquel plano con el de los dioses. El baile frenético de la consultada no dio muestras de cambiar por eso. Incluso dejó caer algunas palabras para ellos.

—La belleza… ¡Estas muchachas son tan bellas! ¡Mías, son mías ahora!

Extendía los brazos, luego los estrechaba en un abrazo invisible, ante los dos que no podían creer lo que estaban viendo.

—Le va a dar un ataque, maestra —murmuró Ren—. ¿Qué hacemos?

Ella chistó para hacerlo callar. Intentó prestar atención, aunque nada tenía sentido, ni relación con la pregunta que ella había hecho.

—¡Todo es mío ahora! ¡Todo! —continuó extasiada la anciana—. Y, sin embargo, estoy tan solo…
—¿Te sientes de esa manera, Ren? —comprobó Nirali, sin quitar los ojos del baile por el que había pagado.
—No, maestra. ¿Y usted?
—¿Me ves con pinta de ser dueña de algo? Acaban de quitarme mis últimas monedas.

Renunciaron a entender de qué estaba hablando, cuando llegó la parte más extraña del espectáculo. La mujer dio un par de vueltas y los miró con ojos vacíos.

—Alejen ese anillo de mí. No lo quiero. ¡Nunca más estaré solo!

Dicho esto, se desplomó y la oscuridad regresó, en un efecto muy oportuno. Nirali y su alumno habían retrocedido varios pasos y aguardaban, a la defensiva, a que la mujer enloqueciera y se lanzara contra ellos. Nada ocurrió.

Con suavidad, el monje de la entrada regresó y los despidió hasta la luz del camino otra vez.

—¿Sabes lo que creo, Ren? —reflexionó la hechicera, mientras bajaban las escalinatas del templo—. Que los dioses son amigos de las oráculos porque no quieren que intervengamos en el futuro. Si de verdad quisieran darnos alguna pista para cambiar nuestro destino, se presentarían sin intermediarios y nos dirían las cosas en la cara.
—Prefiero vivir sin saber nada de eso. Y hablando del tema, se me acaba de ocurrir un buen negocio para nosotros en la capital. Si conseguimos disfraces y un lugar en la feria, podríamos anunciarnos como orácu…

Ella tapó su boca con rapidez. Si algo sabía de los dioses de su región, era que tenían muy buen oído.

—No sigas. Ya he dicho que lo mejor es que continúes tu camino de hechicero. Yo me quedaré aquí, a cumplir la promesa que hice a mi hermana.

Él parpadeó, confundido. Recién parecía interpretar lo definitivo de la situación.

—¿Y la promesa que le hiciste a aquel general…?
—No cuenta. Fue posterior.

Aunque Nirali sabía que aquellos con los que había corrido por los caminos tenían en su mente un lugar mayor del que podía admitir.

—Creo que no estaba preparado para este momento —dijo el muchacho, con la voz entrecortada.
—Yo tampoco, tonto. Ahora ve con los dioses. Y háblales bien de mí a todos.

A esas alturas, ella había puesto en sus manos una carta para cualquiera que lo tomara como aprendiz. Ren llegaría lejos si la utilizaba. Pero los dos evitaban llorar como niños, sin mucho éxito.

—No podré, lo siento —balbuceó él.
—Está bien —concedió la joven, con los ojos enrojecidos—. Igual me gusta tu sinceridad.

Se despidieron, por fin. Él marchó hacia el sur. Ella fue hacia el edificio principal del santuario, para ponerse a su servicio. Ninguno de los dos pudo ver la columna de humo negro que ascendía al norte, desde el pueblo de Suhri.

+++

¡Bienvenidos a la nueva aventura de Nirali! Me dolió esta despedida de Ren, pero empieza una nueva etapa y necesito enviarlo a la capital. No es necesario leer las anteriores para disfrutarla. O eso espero.
Historia corta escrita para la iniciativa Blogs colaboradores, de Beyond a Writer´s Mind y Letras en el aire. Espero que a mi lector: Mikel del blog Mr. Mikel le sea entretenida.

Cantidad de palabras según Word: 1514. Me pasé un poquito, pero no pude cortar más.
Posts anteriores Volver al inicio