La cena ha sido
muy simple, pero ha ido por cuenta del tal Norman, así que me ha hecho un
favor. Con lo nerviosa que estoy, no creo que hubiera podido comer mucho. He
guardado bien el dinero en esa hoja del periódico, no hay nadie más
hospedándose aquí que yo. Respirá hondo, Marion. Date una ducha, descansá un
poco. No hay nadie detrás tuyo todavía.
Voy al baño y
trato de dejar afuera mis preocupaciones al cerrar la puerta. Suspiro y dejo
caer mi bata a mis espaldas. Ya en la bañera, cierro del todo la cortina
plástica, abro la llave y enfrento a la lluvia cálida que empieza a empaparme. Una
alegría casi infantil me invade.
Marion, estás a
salvo ya.
Dejo que el agua
caiga sobre mi pelo y abrazo esta sensación de calidez, de calma, que da el
agua tibia cubriendo mi piel. Ojalá quedarme así, para siempre. Casi logro
olvidarlo todo mientras me enjabono entre el vapor caliente. Entonces, la
cortina se corre y allí está Norman. ¿Qué hace vestido así? ¿Por qué lleva un
cuchillo?
* * *
Microcuentro escrito para el desafío de Bruno en El tintero de oro: De la escena... ¡al micro! (click en el link para ver la iniciativa y los demás relatos publicados por los participantes).
La escena de película elegida es la de la ducha de la pobre Marion en el motel Bates en Psicosis, de Hitchcock. De mis películas preferidas y la razón por la que durante mi adolescencia no le di la espalda a la puerta del baño cuando me bañaba. Cosas de una.
INGREDIENTES:
Así fue que lo olvidé por completo. El color del cielo, el estanque lleno de flores de loto, el clima de primavera eterna, el amor de Juan… todo. Cuando llegué de regreso a casa, apenas si recordaba por qué había salido, en dónde había estado todos esos días.
«¿No será demasiado?» pensó ella, frente al humo que surgía de la lámpara antigua que acababa de frotar. Ya no parecía tan divertido robarse el tesoro de la abuela, mientras su familia dormía. «Yo creo que, si añado los ojos y la boca que empiezan a formarse en el aire, lo mejor es salir corriendo». Entonces, la voz profunda del genio la llamó su ama y le pidió oír su primer deseo. Temblando, ella se volvió desde el umbral de la puerta. Y deseó.
—Aquí está —dijo la anciana, y señaló la araña que colgaba sobre el salón de la casona. El policía no pudo ocultar el malestar y se limitó a explicar de nuevo lo que estaba buscando. —¡Pero si está ahí! —insistió la mujer— ¿No lo ve? ¡Va camino al techo!
—¡Hoy es miércoles de pedidos a la diosa! —anunció el hombre canoso que sostenía el micrófono—. ¡Pasen por la fila, con su estrellita de pago mensual sellada en la ventanilla y su deseo! Pidan y se les concederá.
Todo esto empezó un lunes a la tarde, cuando volvía de la oficina. La encargada me dejó el paquete al otro lado de la ventana, entre las plantas, como para que nadie lo sacara. Tampoco es que fueran a ver mucho, si estaba envuelto en papel negro. De casualidad lo noté, gracias a que mi gato Ciro comenzó a maullar cuando entré y pensé en dejarlo salir por ahí.
—Comandante Red reportándose —dijo, algo nervioso por el radio de la nave.
¡Buena noche de martes! Vengo con mi recomendación de lectura romántica para la iniciativa Príncipe o rana de No solo leo en su blog. El año pasado también participé y este año me sirvió para quitarme la pereza con mis lecturas pendientes. He vuelto a mi amado kindle, que había quedado olvidado entre las actualizaciones de los retos, las vacaciones de verano y el final de mi historia Tres estrellas en fanfiction.net.
Colgando de un hilo - Dorothy Parker
«Buenas noches, se ha comunicado al servicio de información de la ciudad. ¿Cuál es el motivo de su consulta?». Del otro lado, alguien se ahogó en sollozos. «¿Cómo pudiste abandonarme y seguir viviendo como si nada, Ofelia? ¡Hoy moriré por ti!». Ella no entendió. Él exigió que respondiese. «Es el día de descanso de Ofelia, señor Gómez», aclaró la operadora. «Entiendo», se disculpó él. «Volveré a llamar mañana, entonces».
Aterrizamos por fin en el tan ansiado año nuevo. La costumbre de ponernos metas a cumplir ya es un clásico. Depende de cada uno si es algo al alcance de la mano o absolutamente delirante. Mientras veo por cuál de estos dos extremos me decido, les dejo mis metas de lectura y escritura para este nuevo período:
A veces la observo, sin que se dé cuenta, y me quedo asombrado. Todo lo que hace por mí parece demasiado, pero nada es suficiente para ella. Sé que mi cara es lo primero que espera ver a la mañana y lo último en lo que piensa antes de dormir. La he visto ir por mí a lugares que creí solo míos, relacionarse con gente que no debería, esperarme por noches enteras con la única compañía de un termo de café y un atado de cigarrillos. Me ha confundido con algún pobre infeliz, en más de una ocasión, y me he sentido celoso. ¿No dijo alguna vez que podía contar hasta el último lunar de mi cuerpo con los ojos cerrados? Una afirmación un poco extrema, diría yo. Igual, no me arriesgo a ponerla a prueba. Podría acertar.