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Dame espectros y arañas
Dame espectros y arañas
Invaluable

Invaluable

27 diciembre 2020

De nuevo había ocurrido.
Otra vez, un viaje astral con una clienta había salido mal. Aun cuando Chamán había utilizado una dosis mucho menor en la sustancia para el brebaje. Las malditas viejas podían resistir cualquier cosa, pagaban lo que fuese, bebían y comían lo que él les dijera, con tal de ver algo que les diese tema de conversación con otras viejas de mierda. Él no era un fraude, solo vendía experiencias. Lo mejor que podían hacer las imbéciles era no morirse en medio de una sesión.

A la primera, la había tirado en su propio auto, sobre la carretera que pasaba cerca de su barrio. Eran casi las tres de la mañana, nunca le había pasado nada semejante. Todavía tenía pesadillas en las que cargaba con el cuerpo flácido y pesado de aquella mujer. Nadie había tomado aquella muerte como algo fuera de lo normal. ¿Quién preguntaría por el paro cardíaco de una anciana que se la pasaba entre el casino y las carreras de caballos?

Apenas se le iba quitando el susto y esto volvía a suceder.

El proveedor de siempre había caído y a Chamán le estaba costando encontrar uno que le trajese otra sustancia con el mismo nivel de pureza. La que se había quedado dura esta vez era una muchacha más joven, que por suerte también había llegado en su propio transporte. Sin embargo, una motocicleta ya sería más difícil de abandonar como si nada. Tenía que parecer que la chica se había accidentado.

«Debo ser un genio» se dijo, con amargura, mientras arrastraba el cuerpo de la chica hasta el garaje donde ella había dejado el vehículo y el casco. «Apenas encuentre a aquel idiota, me va a escuchar».

La sesión había terminado más tarde de lo común y ya habían pasado de las tres y media de la madrugada. No había nadie en el vecindario. Pero tampoco podía confiarse de que no hubiese nadie volviendo de alguna fiesta, ya eran las primeras horas del sábado y mucha gente empezaba a salir desde los jueves.

Los relámpagos al sur, en medio del calor insoportable, daban una idea de la tensión que él también estaba sufriendo por dentro.

De alguna forma, se las había arreglado para acomodar el cuerpo, con el casco en el codo tal como lo había traído, sobre el camino junto al río que pasaba al sur de su barrio. Cubrió la mano del cadáver y aceleró la moto, de forma que al soltarla hizo un leve zigzagueo y fue a dar al barranco y luego al fondo del agua directamente. La muchacha había quedado sobre el lodo de la orilla, en pésima posición, pero de inmediato la gravedad hizo lo suyo y el río se quedó con todo.

En ese instante, el cielo estalló y gruesas gotas empezaron a cubrir la desesperación, el sudor, la nube de tierra que se había levantado.

Chamán contuvo las ganas de gritar y solo respiró hondo, empapándose, hasta que pudo calmarse. Las manos y las piernas le temblaban, por el esfuerzo de haber arrastrado la moto y el cuerpo hasta ahí y por el terror de que detrás de las ventanas oscuras de los vecinos algún par de ojos lo estuviese viendo.

Diluviaba. No se veía más allá de un par de metros, por la densidad de la lluvia. Las calles de tierra del vecindario estaban intransitables. Pero Chamán no quería regresar a casa. Estaba eufórico. Él sí podía con todo. Solo debía querer hacer las cosas y los problemas se solucionaban solos. La vida no era tan difícil.

Deambuló por la zona, riendo por momentos, aterrado al borde de la paranoia por otros. Siempre bajo la lluvia. Caminó hasta la ruta y se compró un pack de cervezas y cigarrillos en la estación de servicio. Comenzaba a amanecer, cuando volvió caminando despacio, echando el humo en aros pequeños, medianos, más grandes.

Se detuvo a buscar las llaves y se fijó en que las huellas de la motocicleta no hubiesen quedado tan marcadas en su ingreso a la casa. La lluvia era su aliada aquella noche.

Entonces, al acercarse a la puerta, encontró un papel blanco, doblado, con la única punta que sobresalía empapada.

Lo quitó, asombrado de que los repartidores de publicidad estuviesen dando vueltas desde tan temprano. Tuvo que abrirlo, al notar que solo era una hoja blanca, de las de cuaderno, con renglones azules y algún garabato en tinta negra por dentro.

Y el garabato decía solo una cosa: «El valor del silencio de un buen amigo es difícil de medir. Por suerte, el mío tiene unos cuantos ceros detrás del uno. ¿Cuándo nos vemos, así hablamos?».
Y luego, la nada

Y luego, la nada

29 noviembre 2020

Un viernes más en la cabina del dj. Otra noche con el volumen al máximo y los nervios de Nicolás comenzaban a alterarse.

No había podido barrer a la muchacha del vestido fosforescente como a los demás espíritus corrientes, girando un par de perillas en la consola. Pero tampoco la extraña de ojos blancos se había acercado a él. Ni siquiera lo había seguido fuera de allí, como hacían los otros de su clase.

Cada vez que un espíritu parecía resistente a su música, resultaba ser una enorme molestia que no conseguiría sacarse de encima por semanas, hasta que el fallecido se diese cuenta de que no obtendría nada de él y desapareciera. Esta chica se había ido el viernes pasado en cierto momento de la noche, por su cuenta. Y había regresado ese viernes, entre las dos y las tres de la mañana.

Una hora de insistencia y, luego, la nada.

Esta vez, el joven empezó a hacerse preguntas. ¿Habría muerto alguna chica en ese lugar? Que él supiese, no había ningún incidente así en la historia del club. Tampoco había visto su cara publicada en la búsqueda de alguna desaparecida. Lo hubiera sabido, porque en su familia solían armarse revuelos cada vez que ocurría algo por el estilo.

Por su vestimenta, no era un fantasma antiguo. Los espíritus solían adoptar formas caprichosas, según lo que ellos consideraran importante. Por eso los de los asesinados a veces se veían igualitos a sus cadáveres. O eso decían su padre y hermanos. A él no le interesaba. ¿Por qué iba a hacerlo? 

Dieron las tres a.m. y el resplandor de la chica que bailaba enajenada se apagó. Nicolás retomó el control de su mente y volvió a barrer el lugar con el sonido, para dejar el lugar libre de presencias molestas.

***
Capítulo segundo de esta historia que comenzó en este post para el Microrreto Continuará de El tintero de oro. 

Como esta es una historia muy relacionada con la música, dejo la canción relacionada con este capítulo:



La pared roja

La pared roja

16 agosto 2020

Estaba en la enorme habitación de la planta alta, pincel en mano, frente a la pared. Los dibujos, delineados en lápiz sobre el blanco, daban la pauta a seguir. Paisaje veraniego, el mar de fondo, cabañas flotantes de techos puntiagudos, palmeras... muchas palmeras.

«¿Quién en su sano juicio pinta esta mierda en su casa?».

En la ventana, el sol iba haciendo el descenso temprano, para dar paso a las sombras y el frío.

Él no tenía reloj, pero sabía que la noche cubriría pronto sus ganas de hacer algo productivo.

Se encogió de hombros, echó el pincel dentro del bote amarillo de pintura y encendió un cigarrillo. El frío empezaba a hacerse más intenso. Pensó que, a lo mejor, pintaría de rojo esa pared. Nada de dibujos. Decidió que una estufa junto a la puerta le vendría bien. A lo mejor, se mudaría esa semana. ¿Cómo lo tomaría Leandro? ¿Cómo le diría que no quería que viniese con él? ¿Cómo…?

Un chirrido en el piso de abajo lo sacó de sus pensamientos. No había duda, eso era el sonido de pasos sobre el piso de madera. ¿Cómo habían abierto la puerta? No había oído vidrios rompiéndose, ni la pesada puerta del ingreso abriéndose. Solo sus propios latidos, ampliándose, subiendo la frecuencia.

Se armó con el palo de escoba y enfrentó las escaleras. Bajó cada peldaño, nunca supo cómo, si cada pierna temblaba como gelatina. Y el frío de esa casa parecía empeorar con el atardecer, si hasta creyó ver que su aliento formaba una pequeña nube blanca frente a su cara. Al pisar el suelo de madera de la planta baja, ya tiritaba.

—¿Quién anda ahí? —gritó, con la esperanza de alertar al intruso para que huyera lo más rápido posible. En dirección opuesta a la suya, por supuesto.

Silencio. Nadie respondió. Nada se movió.

«¿Lo habré imaginado?»

Entonces, un ruido mucho más potente lo hizo pegar un salto. Aterrado. Había alguien más, pero arriba, en la habitación de la planta alta. En una explosión de adrenalina, olvidó el miedo y corrió por las escaleras con la escoba bien aferrada. Llegó y volvió a quedar helado.

No había nadie más que él en la casa. Las ventanas cerradas, las puertas con llave. El sol daba su último adiós afuera, por lo que él tuvo que encender la luz. Así vio que, encima del dibujo a lápiz que él había descartado minutos antes, alguien había escrito en pincelazos amarillos.

NADA DE PAREDES ROJAS EN ESTA CASA, CARAJO.

***

Había que incluir las siguientes palabras: 
Noche, Pincel, Chirrido, Amarillo, Planta.
Disfruto mucho estos desafíos, me dan ideas que no tendría de otra manera, así que muchas gracias a Roxana por estas propuestas. Sé que voy atrasada con las semanas, pero planeo hacerlas todas. 
A los que pasen a leer, espero que se entretengan con esto tanto como yo lo hice al escribirlo.

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Los muertos no dan besos

Los muertos no dan besos

08 agosto 2020

Abres los ojos y aún está oscuro, pero sé que has podido verme. Tus pupilas se han puesto enormes, te has sentado en la cama y, por el temblor en tus brazos, estás aterrado. Pero no voy a moverme. No, a pesar de que seas lo que más quiero tener en el universo.

Voy a lograr que vengas a mí.

Algo de mi aliento gélido ha convertido el aire alrededor de nosotros en una nube espesa, blanca. La luna, desde la ventana, intenta saludarnos y mostrarnos que las agujas del reloj se han detenido. No es necesario. Ya lo vas a notar, querido.

Son las 3:13 y no deberías estar despierto. Pero lo estás.

Es el año 2057 y yo no tendría que seguir en este mundo. Pero aquí estoy.

Te necesito. Veo la nuez de Adán en tu cuello moverse al tragar saliva y deseo recorrer tu cuello con mis… lo siento, no me he presentado. Perdón. Mi nombre es…

No huyas. Deja que te lo explique. Quiero compartir este misterio contigo, quiero que seas dueño de la eternidad como lo soy yo. Ven a mí, solo será un momento. Y no, no estoy muerta. Los muertos no dan besos.

Abrázame y deja que tome algo, a cambio de un secreto que vale millones. Te voy a dar el regalo más hermoso, te voy a hacer libre, hermoso, poderoso. Dime que sí. Ven a mí.

Sé que es extraño, nunca dije que en mi pecho siguiera latiendo ese músculo inútil de ustedes. No es mi sangre la que corre por mis venas antiguas. El vacío en mi pecho es grande como cualquiera de las estrellas que ni siquiera llegas a apreciar, titilando en el fondo de aquella ventana congelada. Lo siento, no ves el exterior ahora, la habitación entera se va a cubrir de hielo en cualquier momento.

Sálvate conmigo, déjame entrar en tu cama. Dime que sí.

Verás, no estoy mintiendo. Es que tampoco estoy viva, lo admito. Pero nunca dije que mis intenciones contigo fuesen inocentes. La cama es tan cómoda, el calor de tu piel es contagioso. Las sábanas son tan suaves, y tus ojos, son tan hermosos. Lo quiero todo. Vas a disfrutarlo al final, lo prometo. Ya te lo dije, los muertos no dan besos. Y yo no pienso besarte.


***

Otra vez, estoy tomando el reto de escribir géneros que hacía mucho que no tocaba. Me he vuelto super inocente, no puedo ni mencionar la posibilidad de un encuentro sexy entre personajes sin llenarlo de eufemismos. Inserte risa de adolescente inmadura aquí. Quiero escribir de todo, así que voy a meterme en todas las iniciativas de escritura que pueda. 
Espero que lo hayan disfrutado.
La espera de Ury

La espera de Ury

02 agosto 2020

De diez noches, nueve eran puras pesadillas, una era olvido. En cada uno de sus días, la ansiedad y el terror no le daban paz.

Terror.

Terror.

El fin del mundo estaba cerca. La adivina del palacio jamás se equivocaba. ¿Quién era Ury para decir que iba a salir ilesa de semejante cosa?

Los reyes solo reían. Pero, en el fondo de sus corazones pequeños y secos como pasas de uvas debían temer, igual que ella. Comían como si nada los saciara. Organizaban fiestas secretas sin importar la gravedad de que la muerte se pudiese colar entre los invitados. Jugaban con la suerte, igual o peor de lo que lo estaba haciendo el pueblo ignorante.

¿Para qué educarlos? ¿Para qué decirles que se esfuercen en tratar de evitar el fin?

No era el caos lo que provocaba el miedo más profundo en Ury. Ella podía abrazar el desorden, la anarquía. Había nacido en ese mundo, igual que los demás. Lo escalofriante, que la perseguía hasta la cama, en la oscuridad que evitaba obsesivamente hasta cerrar los ojos del cansancio, era no saber cuándo. El péndulo oscilaba sobre aquel reino podrido. La hoz que recogería a todas aquellas almas perdidas que todavía se aferraban a sus cuerpos, esperaba en alguna parte. ¿Cómo no saber en dónde, qué momento, así se echaba a beber con los demás?

Ya habían pasado dos décadas desde la sentencia de la adivina. La cabeza de la mujer había permanecido clavada sobre una pica, en la entrada norte de la ciudad, durante más de un año antes de que algún loco se la llevara. Nada más había ocurrido. Ningún reino enemigo se había presentado. Ningún ejército había venido por sus tierras.

Y allí estaban, suspendidos en una condena sin ejecución.

Ury no escuchaba ninguna queja en voz alta, pero sabía que todos compartían la misma desesperación silenciosa. Las mismas pesadillas oscuras. La inquietud.

¿Dónde estaba la semilla de la destrucción?

Los primeros tiempos, antes de condenar a muerte a la mensajera del fin, el reino había buscado la posible causa de la extinción. Habían querido evitar aquello. Sin embargo, con el pasar de los meses y sin ver la desgracia prometida, algunos se habían relajado. Otros, furiosos y con ganas de ver que todo ardiera, provocaron otra clase de caos. Al final, las revueltas dejaron miles de muertos. Aquella sociedad había perdido todo lo que la había hecho civilizada, educada, avanzada, pacífica. De alguna manera, hasta los más altos funcionarios del rey se habían degradado a salvajes que no respetaban ni las leyes más básicas.

En cierta forma, el mundo que Ury conocía sí se había terminado. El terror lo había reemplazado por otro, mucho más antiguo, primitivo.

Por aquellos días, las cabezas que decoraban los muros de la ciudad capital eran demasiadas como para reconocerlas. La nube de moscas, el hedor, ya eran algo común. Los mercaderes de otras tierras se llevaron la terrible noticia y dejaron de venir. El caos había alejado a los más curiosos. Estaban solos.

Ury no quería verlo, pero en sus pesadillas ya podía entender. No tenía que esperar el fin. Ya había llegado. Se habían destruido a sí mismos. Se habían quitado todo lo que tenían. Y lo único que les quedaba era disfrutar de las sobras, mientras pudiesen. Hasta que algo los despertase de nuevo o los durmiese del todo, para siempre.


***

Chan chan channn… Volvieron los relatos tétricos al blog. (¿Alguna vez se fueron?).

Este lo escribí como parte del desafío de la cuarta semana de Gym para escritores, de Soñando uno de tus sueños. La temática era el miedo.

Me costó mucho pensar en algo digno para traerles con este reto, lo intenté varias veces en los meses pasados, pero siempre me salían cosas aburridas y auto-referenciales. Ahora pude llevarlo a un escenario ficticio, más o menos, sin dejar de expresar en algún que otro renglón lo que veo en este mundo de pandemia. Pero salió algo más entretenido que en versiones anteriores, así que me doy por satisfecha e inauguro de nuevo la ficción en El frasco de historias.

Basta de bitácoras. A escribir para entretenerme.
Una verdadera historia de terror

Una verdadera historia de terror

31 octubre 2019

Aquí vemos a nuestra protagonista, la extraña dama violeta. Regresa de sus tareas fuera del castillo y se deja caer sobre la alfombra. Vean cómo se arrastra por el suelo, en busca del control remoto de su ayudante robot. En sus ojeras vemos sueño. El ruido de sus tripas nos habla de hambre. La pila de pendientes espera en la mesa. Y apenas ella alcanza el aparato, el sol reaparece en la ventana. ¡Así que sigan mirando! ¡En este show no hay descanso!

Las palabras del reto de Octubre: Descanso, extraña, suelo.

Microcosa escrita para el reto de Cinco líneas de Adella Brac de Octubre. Y lo logré, pude reaparecer por acá una vez *llora desconsolada*.

Esto es terror de verdad, amigos. No he podido leer ni escribir ni nada en este mes. Necesito unas vacaciones, urgente. Tengo que pasar a visitarlos a todos, estoy leyendo sus comentarios y toca responderlos. A ver si este finde vuelvo. Las reseñas de Octubre sangriento van a estar, lamento no haber podido en el tiempo que correspondía. En fin, los extraño. Seguiré leyéndolos, lo prometo.
Visita guiada

Visita guiada

13 mayo 2017

visita guiada
—Si me acompañan por este lado, verán a la última criatura del catálogo —dijo el Dr. Bueno a los visitantes de su laboratorio. Las preguntas incómodas sobre todo lo que estaba a la vista no paraban de surgir. Eran posibles inversores, había que tenerles paciencia. Total, la única cosa de importancia allí era el monstruo biodiseñado de la última jaula. La misma cuyos barrotes ahora encontraba destrozados y cubiertos de la sangre de su asistente.

Palabras del reto de este mes: Importancia, estaba, lado.

Microrrelato para el reto Cinco líneas de mayo de Adella Brac. Si quieren saber más sobre el reto, pueden ir a este enlace.
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