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Mañana de domingo

Mañana de domingo

31 diciembre 2019

Seguís durmiendo, sin ningún problema, a pesar de que el sol me obliga a cerrar las cortinas.

La gata juega, inquieta, correteando por la casa sumida en esta oscuridad artificial. Yo saco la compu y me pongo a teclear, sin muchas ideas. Una sola frase me da vueltas por la cabeza. La escribo, en grande. Me quedo mirándola, mientras el cursor titila al final de la última letra.

Mi mente, en blanco. Vos ni siquiera roncás. Los peluches con los que intentamos distraer a la pequeña felina están esparcidos por todas partes, abandonados a morir entre aquellas garritas.

Afuera, el silencio y el calor. La calle desierta.

El mundo se termina.

Adentro, la oscuridad y las preguntas.

«Y, ¿ahora?».

«¿Qué hago con todos esos proyectos enormes, si no veo cómo cumplirlos?».

Aquella época, en la que fuimos tan ingenuos de creer en un futuro construido por nuestros esfuerzos, se ha ido.

Dejo la máquina encendida y busco el mate. Una vez cebado, vuelvo a la cama y me pregunto:

«¿Será esto crecer?»

«¿Todos los adultos habrán visto morir sus sueños de esa forma?»

Estoy segura de que no. Nuestros padres siguen siendo unos ingenuos. Luchan contra estos gigantes todos los días, pierden, se vuelven a levantar, caen otra vez. Es un ciclo agotador, que no los lleva a ninguna parte. Y siempre pasa lo mismo. Cada década, el reloj del caos se pone en cero de nuevo. Mi pregunta, entonces, es:

«¿Cómo lo hacen?»

El tren en mi cabeza da la vuelta completa. Alguna nube pasa frente al sol por un instante, para irse y traer la luz en una nueva forma. Me quedo en blanco, por un momento, con la vista en la pared, mientras sorbo el mate despacio. De pronto, veo el panorama desde otro lugar.

Y pienso que, a lo mejor, es eso. Tan simple como saber que siempre habrá una nueva oportunidad de volver a pelear. Juntos. Lado a lado, con los nuestros.

Es un buen consuelo, por el momento.

«¿Lo hago mío? ¿Dejo que mi mente lo asimile también?».

Suspiro y te miro de nuevo. Estás tan tranquilo.

La gata sube a la cama y se echa junto a tu hombro izquierdo. Dejo todo a un lado y me recuesto con los dos. Mina empieza a ronronear, despacito. Vos te movés, apenas. Y te tomo de la mano. Sin dudar, entrelazás tus dedos con los míos.

Sonrío. Empiezo a creer que, a lo mejor, vamos a poder con la próxima batalla. Y debo decir, que confío plenamente en la casualidad de haberte conocido.

***

Aquí está mi aporte al tercer reto de Gym para escritores de Soñando uno de tus sueños. Cómo me costó sacar algo de esta frase.

Escribí esto, pensando en la ansiedad de fin de año, en los proyectos que van siendo descartados (por diversas razones) y en las necesidades que después vienen a llenar otros proyectos. Porque la vida para mí es eso, solucionar nuestras necesidades a base de planes. A veces me siento una brujita trazando objetivos en mi guarida del fin del mundo. No estoy loca, pasa que los medios nos ponen en la cabeza que estamos en el apocalipsis, por momentos. Y mis planes no siempre se cumplen. Pero supongo que hay veces que es mejor que la vida nos sorprenda (o eso quiero creer, total, qué más da el camino que no recorrí, no es mío, tengo que dejarlo ir). También tengo que agradecer esa pequeña tranquilidad de no hacer nada que aparece de vez en cuando. Hace falta. Y la mano de los que quiero, que está ahí cuando permito que me alcance. En resumen. Brindo por todo eso y les deseo un muy feliz comienzo de año para todos.
Disfrutalo

Disfrutalo

22 junio 2019

disfrutaloEse día despertó sin que sonara la alarma. Abrió los ojos y el sol lo saludó desde afuera, sin un sonido de pájaros, sin el ruido de los autos ni de la gente, caminando al mercado como cualquier domingo.

Era él, con su tranquilidad y su silencio. El techo blanco de su dormitorio, la luz blanca del baño, sus ojeras en el espejo, la suavidad del cepillo lavando sus dientes. El agua, apenas hirviendo, sin el pitido de aquella pava insoportable que ella se había llevado al irse.

Disfruta el silencio, decía la camiseta elegida para salir.

En la calle, ni un alma. Solo los perros, que pasaban a su lado, tranquilos, indiferentes, hacia ninguna parte.

A él no dejó de parecerle extraño que la fuente de la calle principal estuviese detenida. Como el
tránsito. Como esos niños, en la vereda del frente, que parecían estatuas. Como esas mujeres, que solo posaban junto al semáforo.

El shopping estaba abierto. Él no tenía ganas de cocinar. Se encontró caminando entre las vidrieras llenas de vestimentas que él no usaría, joyas que ella ya había devuelto, juguetes que nunca serían relevantes en sus sueños. Debía ser temprano, ya que era el único. No se veía ni a los vendedores.

Era él, con su corazón latiendo tranquilo, sus oídos en paz, su boca cerrada para nunca más repetir aquellas palabras.

Y esa mirada. Esa cara tan familiar.

No podía ser.

Tuvo que detenerse.

Pensó que se había equivocado. Pero allí estaba, detrás de la vidriera. Miró hacia todos lados, esperando que alguien saliera desde atrás de los puestos de bijouterie y riera. Sin embargo, siguió allí solo.

Se acercó más. No había dudas. El maniquí tenía su cara.

Y no solo era ése. Todos los muñecos vestidos con esa ropa que a él le costarían meses de su salario tenían sus ojos, su boca, su pelo.

Quiso gritar, reírse, exigir una explicación. Pero él lo había pedido. Ése había sido su deseo. Estar solo y que nunca más nadie pudiese molestarlo. El genio de la lámpara lo había cumplido. Su vida nunca había sido más silenciosa.

Ahora se había pasado de asqueroso. ¿Por qué? ¡Había sido ideal! ¡Había sido la mejor inversión del mundo comprar esa lámpara vieja por internet! Se quitó una zapatilla y la estrelló contra el vidrio hasta romperlo. Nadie vino a detenerlo. Pero los maniquíes con su cara se multiplicaban, por donde él mirara.

Ahora entendía. Siempre había letra chica en los deseos, el genio lo había dicho antes de esfumarse en esa humareda blanca.

Como su molesta ex novia. Como su odiosa mascota. Como sus jefes, su familia, su suegra gritona y su mundo de entrometidos.

Ahora estaba bien. Era él, con sus calles, sus casas vacías, su falta de objetivos y presiones, la falta de sus amigos que preguntaran estupideces y de negocios que vendieran porquerías que a nadie le hacían falta. Ya solo sería él. Y su cara. Su cara por todas partes.

***
Esto quiso ser una mezcla de dos consignas: la del Reto juevero de La trastienda del pecado y la del reto semanal # 22 en Sueños de Tinta. Creí que había salido bien, pero luego vi el conteo de palabras y me había ido mucho más allá de las 350. Perdón Magade. 
Igual presento mi link, pero entenderé si no entro en el listado de esta semana. Intenté recortarlo lo más posible. La próxima voy a tener más presente el límite. 

Sobre la temática, en mi familia y amigos se ha dado una serie de separaciones. Este personaje es una mezcla de todos nosotros, una especie de chiste interno sobre algunas cosas. Sin embargo, creo que hay mucho de bueno en saber cuidarse y valorar el silencio y la soledad. Así que este relato no es una crítica. Es más bien la exageración de algún miedo sentido y escuchado también en alguna confesión. 

Un abrazo a todos y que tengan un buen fin de semana.
Mood

Mood

17 junio 2019

Meditó, por cinco días con sus noches. Escribió cada detalle de su premonición, sentada en su balcón, bajo la luz de aquella luna roja y sus estrellas parpadeantes en todos los colores. Soñó, echada sobre la piedra ceremonial, que sus palabras servían de algo y que los sabios la entendían. Mas no lloró cuando la ejecutaron por hechicera. A la mañana siguiente, desde el interior del sol negro de su profecía, el mundo era conducido al caos.

Palabras del reto de este mes: Estrellas, interior, conducido.

Microrrelato para las cinco líneas de junio de Adella Brac.


Brújula rota

Brújula rota

31 marzo 2019

brujularotaCreía que nunca iba a volver a pasar por eso. Que los malos momentos se habían ido, con su inmadurez y su indecisión. Que la sensación de ser la más estúpida del planeta no iba más con ella. Que aguantar el impulso de preguntar a gritos ¿qué mierda es esto?, nunca más sería necesario. Pero, apenas había salido de la sartén, se había caído en el fuego. Su brújula estaba descompuesta, eso era seguro. Así que iba a tirarla. Y a empezar de nuevo.

Palabras de marzo: Sensación, aguantar, malos. (Me vinieron perfectas, claro que sí. Soy un desastre. Mejor me dedico a seguir con el blog, esto de salir con gente ya no se me da tan bien como creía. Y basta de ventilar, volvamos a ser neutrales, caramba).

Micro para el reto de las cinco líneas, de Adella Brac, del mes de marzo. Tengo que ponerme más las pilas con la escritura, a ver si me saco el óxido que traigo.
Y pronto se vienen más cosas. A pesar de que anduve desaparecida, no he estado inactiva. Se vienen algunas reseñas (he estado leyendo, oh, sí) y para la próxima me pongo con la ficción. Aguante la ficción.
Novedades

Novedades

08 julio 2018

novedades¡No estaba muerta, estaba de parranda! Ok, tampoco de parranda, si voy a ser sincera. Ando con asuntos personales, entre ellos mi mudanza (que ha tardado más de lo que había imaginado) y algunas cuestiones familiares. Por eso, mi cabeza no ha dado ni un solo relato decente. El próximo arcano del Tarot de Madame Ceyene está a medias en borradores, y ni siquiera estoy segura de no borrar lo que tengo para empezarlo de nuevo. Por ahora, voy a descansar un poco más para darme la posibilidad de volver con todo.
Pero no quiero estar inactiva en el blog. Los quiero mucho y pronto voy a pasarme de nuevo a visitarlos.
Ahora dejo dos de mis novedades en escritura y lectura de estos días:

♦ Lectura:

sapkowskiEl último deseo, de Andrzej Sapkowski: Llegó a Argentina la edición de los libros de la saga Geralt de Rivia, así que apenas lo supe he corrido a la librería a encargarlo. No sé cómo tardan en traer las cosas al interior, si estamos en una época en que se puede viajar de una punta a la otra del país en pocas horas. Estuve más de una semana, desde que escuché el anuncio en un programa de radio de Buenos Aires, hasta que pude encontrarlo en una librería de acá. Lo bueno es que ¡ya lo tengo! Geralt está en mi biblioteca en físico, por fin. Así que voy a releer El último deseo. Si desean ver la reseña que hice cuando lo leí por primera vez, están invitados a pasar.

Teoría King Kong, de Virginie Despentes: Otra lectura en digital que me encantó y me dio mucho gusto encontrar en físico, así que me la traje a casa para disfrutarla otra vez.

♦ Escritura:

Forjadores de mundosSigo con el arcano II, la Suma Sacerdotisa. Me está costando encontrar la idea de fondo, por el momento estuve leyendo en distintas webs que se toman muy en serio el asunto del tarot, para alimentar el personaje de Madame Ceyene y saber más sobre la simbología del diseño de la carta. De algún lado voy a sacar el próximo relato, eso seguro.

Varma (parte IV de mi saga de los espíritus del fuego): Esto es el final de una saga que empecé allá por el 2014 con Refulgens, luego seguí con Kydara y Suhri. Estuve muy bloqueada con esta historia, desde fines del año pasado vengo corrigiendo, borrando y volviendo a escribir los primeros capítulos. De a poco voy avanzando y para eso estoy utilizando los Camp NaNoWriMo. Esta vez, el de julio debería ayudarme a introducir el conflicto principal y terminar de entrar en el ritmo de lo que ocurre.

Así que esto es todo, por ahora. ¿Ustedes qué están haciendo por estos días? Cuéntenme si ya conocen algo de estos libros, o si están participando en el Camp. Voy a pasar a hacer mi ronda por los blogs de siempre antes de terminar con el finde largo.
¡Feliz 9 de julio para todos los argentinos que pasen por acá!
Limbo (estabili-tud)

Limbo (estabili-tud)

06 mayo 2018

sin recuerdosDolió mucho. Como arrancarse un brazo. Lloró, no pudo dormir, hubo un par de días en que deambuló entre casa y el trabajo como un zombie, automatizando la mitad de lo básico y olvidando la otra mitad.

Luego recordó que venía doliendo de antes. Estaba incómoda, era un fantasma desde hacía mucho. Sentía que se asfixiaba, quería salir huyendo. Pero estaba ciega. No relacionaba una cosa con la otra.

A veces se preguntaba, «¿Y si hay algo mal en mí?». «¿Y si estoy fallada, si no tengo capacidad de disfrutar la vida?». Luego pensaba en que no valía la pena cambiar nada. Los cambios la aterraban. Creía que estabilidad y quietud eran lo mismo.

Hasta que el cambio tocó a la puerta. Y ella tuvo que decidirse a abrir.

Lo más doloroso para ella fue dejar la comodidad del limbo. Porque del infierno hubiera sabido cómo escaparse. El limbo la llamaba, la dejaba acurrucarse en sus nubes grises, su música al otro lado de la pared y sus ventanas cerradas para que no entrara el sol. El limbo la devoraba, en medio de gastos inútiles que no llenaban, jornadas laborales frenéticas y una letanía de «te amo» dichos por inercia.

Al final, tuvo que salir y dejar que la lluvia lavara su tristeza. Decir adiós nunca es fácil, menos si todavía hay amor. Pero al paraíso hay que ganárselo. Y ella todavía llora, a veces, pero es optimista.

Aunque el paraíso ha cambiado, sigue ahí, como un objetivo lejano pero no imposible. Algún día lo van a merecer los dos. Aunque no lleguen juntos.

+++

Esto es lo más horrible y poco inspirado que he escrito. Pero necesito poner algo. Me arrepentiría de no dejar constancia de este momento, supongo. Vengo vacía desde hace rato (al menos ya sé la razón, es un avance) y creo que las ideas de a poco están volviendo. Mirando la actividad del blog, mi bajón de publicaciones coincide mucho con el momento en que empecé a replantearme cuestiones profundas. No puedo hacer dos cosas a la vez, parece. Lo bueno es que ahora mi cabeza queda libre para volver a pensar en mi amada ficción.

Disculpen la exposición personal, tómenlo como un post reflexivo-delirante.

Voy a volver al blog como antes, con las visitas que debo y los cuentos del tarot. Necesito juntar fuerzas de nuevo. Gracias a los que están todavía por acá. Leo sus comentarios, pronto voy a responderles. Empieza una nueva etapa y que la vida siga.
Arcano 0: El Loco

Arcano 0: El Loco

29 abril 2018

El Loco
Un día, quiso salir de viaje. Se despertó con una revelación, de esas que sacuden y lo vuelven a uno liviano, livianito. Bajó a la cocina, sin cambiarse el pijama, y sacó un poco de pan. Cargó el termo con agua caliente, alzó el mate y la yerba, tomó un par de calzoncillos y camisetas y metió todo en la mochila.

Así, se fue sin saludar ni cerrar la puerta que daba a la calle. El perro del vecino lo siguió, a puro ladrido, hasta la esquina. El animal parecía desesperado por recordarle algo. Él iba emocionado, todavía un poco dormido. El sol se había escondido detrás de un manto claro de algodón y el viento fresco del otoño se hacía sentir.

El perro empezó a saltar, tratando de colgarse de su pierna. Él lo ignoró. No iba a detenerse. Si lo hacía, tendría que ponerse a pensar en lo que estaba haciendo y no había nada más que reflexionar. La vida era acción, movimiento. Por una vez que se animaba a vivir, lo mejor era no darle tiempo a la duda.

Entonces, su pie derecho se dio con la nada, arrastrando con la inercia al izquierdo y con él a su trasero al vacío. La caída sorprendió al joven y no pudo ni gritar.

El precipicio no era tan alto, pero él no paraba de rodar entre las piedras. La arena se le metió en los ojos y el pelo. El barro lo recibió al final del surco, excavado poco tiempo antes en esa parte de la cuadra por la que él nunca doblaba.

Los ladridos del perro, que se había quedado arriba porque no era tonto, se mezclaron con los ruidos de las corridas de los obreros. Sus cabezas asomaron, preocupadas. Las preguntas y los insultos por el descuido se mezclaron con nuevos ladridos, probablemente con el sentido de «te lo advertí».

Él se quedó un rato ahí, molesto, mientras empezaban a bajar para ayudarlo.

Todos los días abrían alguna zanja nueva en esa ciudad. Ya no se podía ni deambular con la cabeza en otra parte por el barrio de uno.


***

♦ Este es el Arcano sin número, porque El Loco es así. Algunos lo ponen como un rebelde, yo lo pienso más como un romántico que sueña con un orden relativo de las cosas.

Si lo encuentra en su tirada:

Al derecho: Tenga cuidado cuando salga por la cuadra. Puede haber baldosas flojas o perros con ganas de jugarle una broma pesada.

Al revés: Quédese en su casa. Fíjese que el perro ha quedado de cabeza, se le va a caer encima.

***

Nota: La finalidad de los significados de cada carta es entretener al lector y a la loca que escribe estas cosas. Ningún dato de este libro debe ser tomado como referencia seria, ni aplicarse a situaciones de la vida real. Dicho esto, sean libres de enviar sus propias interpretaciones de este arcano.
Hasta la próxima.
Los saluda desde su escondite, Madame Ceyene.


...porque a veces también toca viajar

...porque a veces también toca viajar

01 septiembre 2017

vacaciones

Una siesta de diciembre

Una siesta de diciembre

20 agosto 2017

una siesta de diciembreRecuerdo que lo vi por primera vez ahí mismo, en ese umbral, y creí que era mi hermano jugándome una broma. Ya sabe, cuando uno es chico hace esas cosas. Me hice la fuerte, lo enfrenté e intenté quitarle la máscara impresionante de la cara. Nunca voy a olvidarlo, doc. Los dedos se me hundieron en esa carne blanda, roja. Con las uñas, había empeorado el aspecto de esa cosa. Entonces, sonrió, me dijo «que la inocencia te valga», y se esfumó.

+++

Las palabras de agosto: Fuerte, máscara, uñas.

¡He vuelto! Tengo que hacer la ronda por todos los blogs, hace mucho que no paso por acá. Prometo ponerme al día. 

Microrrelato escrito para el Reto Cinco líneas de agosto, de Adella Brac

Sobre la madurez (y otras porquerías de la vida)

Sobre la madurez (y otras porquerías de la vida)

11 mayo 2017

si ya sabesConfieso que, por alguna razón, a los veintiuno pensé que madurar sería dejar de escribir. Tomé toda la pila de cuadernos y hojas sueltas con las primeras historias que había juntado en mis años de escuela, lo puse todo en una bolsa y lo saqué a la calle. Hay una canción de Estelares que salió por esa época y tiene un fragmento que dice "un camión recolector es la estrella en esta función". Cada vez que la escucho se me arruga el corazoncito.

El tema es que supuse, en esa época, que cumplir años me iba a hacer una persona diferente. No fue así. Mis caprichos adolescentes se transformaron para permanecer conmigo, como Caprichos con mayúsculas. Mis debilidades infantiles evolucionaron para aparecer en otras áreas. Pero me apreté el cinturón y creí que eso era ser madura. Al menos, volví a escribir después.

Luego de años de ir y venir con los mismos temas, de cansar terapeutas y amigos, de intentar todo para evitarme y evitar la solución a un problema personal larguísimo, lo he entendido. Y no es que no lo supiera desde antes, que no lo hubiese escuchado. La solución está ahí, en un cartel de neón.

Y es que madurar no es lo que pensamos. Felicito a quien pueda ver la luz al final del túnel desde chiquito. Yo creí que madurar era un millón de cosas, excepto esto. Hoy he tomado una decisión que me aterroriza y me alivia por partes iguales. Y todos los dilemas se han aclarado, como un rompecabezas gigantesco al que le faltaba una pieza y seguía esparcido en el piso de mi cocina, molestándome al caminar pero que no me animaba a barrer ni terminar de armar.

Hoy encontré esa pieza. Es lo más genérico que puede existir en la historia de la humanidad, lo más simple si uno lo mira desde afuera. Pero en mí es un universo aparte. He puesto esa pieza en su lugar y me toca seguir acomodando las demás que faltan. Han sido muchos años de permitir que la mugre se juntara encima del rompecabezas. Va a ser engorroso. Va a doler. Nadie me lo va a agradecer, porque hay gente que tendrá que ocuparse de sus propias alfombras a partir de ahora y por mi culpa. Pero necesito darme ánimos y dejar asentado esto por acá. No vaya a ser que me eche atrás.

A pesar de todo, siento un alivio enorme. Madurar duele, es horrible y no tiene nada que ver con lo que me dijeron que iba a ser. Disculpen la catarata de palabras sin sentido, espero que esto sea un momento importante de mi vida. Mañana vuelvo con más relatos o algún tag para relajarme.
Y así es como salió

Y así es como salió

09 diciembre 2016

escritores—Pretender ser escritor y que nadie rechace tus obras es como querer ser boxeador y que no te
golpeen en la cara —dijo, antes de tomarse de un trago lo que quedaba en el vaso de cerveza.

Tan contento se habrá quedado con mi cara de sorpresa, el muy maldito, que sus hombros se ensancharon contra el respaldo del sillón de cuero de imitación. La música del bar iba y venía, por la insistencia de algunos clientes en pedir que bajaran el volumen y la terquedad de una de las camareras en volver a subirlo. La estridencia de Ricky Martin imitando a algún reggaetonero del momento —¿o era Enrique Iglesias? ¿Cuándo llegaron a sonar todos igual?— me ayudó a no tener que responder de inmediato.

—El ego sensible es un efecto secundario que voy a pagar con gusto, no te preocupes —grité para hacerme oír, inclinada sobre mi vaso y más cerca de su oído—. Pero te reto a que me digas una sola profesión en la que el autoestima no se vaya a las nubes.

Inspiró con fuerza, aunque no fue capaz de igualar la velocidad de su pensamiento a la de sus palabras y no tuvo más remedio que cerrar la boca. Por fin. Medio segundo después, volvió a abrirla, con lo que parecía algún giro ingenioso a la pregunta.

No lo dejé terminar.




Dejé el teclado, me estiré y noté el cuello contracturado. Volví a él, congelado en la pantalla, con el aliento retenido por el cursor titilante sobre el blanco. Se veía hermoso así.

Fue un poco cruel, lo sé. Y es que esto también es una costumbre. Dejar una escena en suspenso, buscar el corte que deje al personaje colgando al borde del risco, sobre un tremendo precipicio. O fallar, que el final del capítulo quede en la nada misma y mi pobre lector se pregunte qué habré querido decir con eso. Era esto último, estaba segura. Igual no iba a tocar más nada de la historia por esa noche.

Preferí levantarme del escritorio, sacar al gato de mi regazo y estirar las piernas un rato. Volvería a leer la escena al día siguiente y le daría un nuevo sentido.

O no.


*Imagen tomada de instagram: @thewriterink
1000 K

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26 enero 2016


Otra vez, aquel cosquilleo en los pies...

A veces parecía que en Yualhu solo se podía vivir con alas o raíces. Y a Joel las raíces solían picarle, desde niño. Sus padres le habían dicho que debía aferrarse bien al suelo, o los pájaros gigantes que salían cada mañana desde la Estación de las Luces podían confundirlo con alguna presa. Joel había quedado aterrorizado por la posibilidad, y con esfuerzo se convirtió en aprendiz de funcionario en aquella roca gris.

Las pesadillas en las que le crecían monstruosas alas y el viento se lo llevaba le habían dado la energía para aferrarse al suelo durante el día. Y lo había hecho tan bien, que la adultez lo sorprendió dentro de una coraza de roca pétrea. Era oscuro, inflexible, temible incluso. Pero cada vez que finalizaba la temporada de las lluvias y la arenisca se levantaba con los huracanes, él sentía un escozor en los pies. Algo cobraba vida y burbujeaba hasta invadirlo y echar chispas en las puntas de sus dedos, sus cabellos y sus orejas puntiagudas. Lo peor era el dolor en su espalda, la lucha de su piel curtida contra lo que fuera que deseaba surgir desde adentro. Y la opresión en su pecho. La necesidad de aire fresco, de movimiento, de sentir aquellos vientos pegar contra su rostro, siempre inexpresivo.

Cada vez que le ocurría, Joel descomprimía. Así le llamaba a sus pequeñas locuras temporales. Una escapada a las entrañas de algún volcán, una aventura con alguna sirena —a la que después cortaba la cola para hacerse un par de guantes plateados—, un romance con algún tierno aprendiz, al que luego arrancaría el corazón con sus manos antes de verlo petrificado igual que el suyo. Un baño de fuego en la dimensión de los humanos, a ver a cuántos podía achicharrar. Nada muy terrible, nada que estuviese demasiado fuera de lo normal, aunque con sus cambios de humor llamase la atención por un tiempo. Siempre había algún sacrificio que apaciguaba sus instintos. Solo era cuestión de encontrar el adecuado.

Sin embargo, la última vez, a Joel se le había ido la mano. Y no era un decir. Una de sus manos había quedado convertida en ala por meses, un ala llena de plumas suaves y coloridas, un ala que lo arrastraba por kilómetros hasta que el peso de su piel de piedra lograba ganar la pulseada. Recién pudo volver a la normalidad luego de dejarse llevar por las corrientes marinas en una barcaza y observar con admiración a aquellos que perseguían a las aves desde la tierra. Eran corredores. Seres de piedra y raíces pesadas como él, que dejaban su sitio en la roca y se lanzaban a rodar, a desgastarse con el movimiento y perseguían a los pájaros hasta la Estación de las Luces. A lo lejos, las torres iluminadas despedían y daban la bienvenida a miles de ellos. Joel había estado a punto de lanzarse a correr, también. Sin embargo, un temblor helado lo sacudió y volvió a convertir las plumas en piedra, el amarillo, el rojo y el fucsia, en negro. Había estado a punto de alzar el vuelo, como aquellos dementes que corrían y corrían hacia el vacío, alentados por el baile de los haces de luz hasta saltar, con fe ciega, y perderse en la línea del horizonte.

Había llegado al límite, había estado muy cerca. Y el peso de su cuerpo casi había hundido la barca.

Regresó, aliviado, a su ciclo de quietud, de raíz aferrada a la piedra estéril y de observar el techo de nubes espesas. Creyó que había sido suficiente, que había aprendido la lección, que ya estaba a salvo en su papel. Pudo ver sonrisas, recibió alguna palmada en la espalda —adolorida sin razón, a veces— y recibió un lugar más grande en su espacio cuadriculado de la roca negra. Pero su mirada se clavó en el horizonte, en las luces que bailaban abriendo surcos en el cielo a mil kilómetros de allí.

«Aún no es temporada de huracanes—, se dijo—. Solo estoy soñando un poco, no hará daño.»

Pero pasaron semanas y la cosa no hizo más que empeorar. Volvió a soñar que se lo llevaban los pájaros, como cuando era niño, solo que ya no era miedo sino felicidad lo que lo invadía.

Hizo las cuentas, aún tenía que llegar el tiempo de las lluvias de fuego. Así y todo, despertó una mañana cubierto de plumas. Dio una mala excusa a la cuadrícula del bosque y salió dispuesto a la cacería más sangrienta de su vida. Debía terminar pronto, antes de que sus pies comenzaran a perder peso y terminara loco, como aquellos corredores. Para el primer kilómetro, se dio cuenta de que ya era tarde. Podía sentirlo.

Otra vez, aquel cosquilleo en los pies. Y su corazón de piedra, sacudiéndose en su pecho con creciente facilidad. Sus ojos, siempre fijos en las columnas de luz, en los pájaros que iban y venían como querían por el cielo. Aquella sensación fue aumentando, pasando de cosquilleo imperceptible a explosión en segundos. Su rostro, siempre inexpresivo, de pronto estrenaba sonrisa —y sin necesidad de mancharse de la sangre de algún pobre inocente.

Se encontró corriendo mil kilómetros, moviéndose, persiguiendo aquellos pájaros que ni siquiera miraban en dirección al suelo. No era presa de nadie, a pesar de lo que había temido siempre. Corría, se movía, avanzaba, se transformaba. Podía ver a otros, de reojo, observarlo desde sus barcazas en el río turbio, sacudirse de deseos de correr también. También podía notar a los demás corredores, seres nacidos en la piedra y que acarreaban las mismas raíces que él. Y los colores que surgían en sus manos, la energía que impulsaba sus piernas, no tenían comparación a nada que hubiera imaginado antes. Ni con los guantes descoloridos de las colas de un millón de sirenas.

Estaba llegando a la Estación, casi podía verse a sí mismo desde la oscuridad del bosque, temiendo aquel despliegue de colores, viento y velocidad. Enloqueciendo de a poco y temiendo la locura a la vez. Hubiera sido más simple detenerse y odiar a aquel Joel pétreo, mirar hacia atrás y perder velocidad en el proceso. Con el terror de todas sus pesadillas juntas en un latido, cerró los ojos y arremetió con todo hacia el abismo dorado, donde los demás iban también. No había vuelta atrás.

«La temporada de los huracanes no volverá a llegar nunca».

Saltó y sus alas recién estrenadas no necesitaron instrucciones. Con un grito, mezcla de terror, felicidad y sorpresa, se elevó junto a muchos otros. Y descubrió que todavía podría seguir subiendo.
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