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En tierras escocesas, Sara del Pozo

En tierras escocesas, Sara del Pozo

01 julio 2017

en tierras escocesasTítulo: En tierras escocesas
Autora: Sara del Pozo
Género: Ficción histórica.
Año de publicación: 2017. Blogs colaboradores ronda 3.
Sinopsis: Un viaje de cuatro amigos. Un roce. Un druida. Una búsqueda de vuelta a casa. ¿Logrará Colin regresar a su época?
Puedes leerla aquí

Opinión personal: Continúan las rondas en Blogs colaboradores, la iniciativa de Letras en el aire y Beyond a Writer`s Mind. Para esta tercera ocasión, me ha tocado leer a una de las organizadoras: Sara del Pozo. Con mucho gusto puedo decir que ha sido mi primera incursión en el género de los clanes escoceses, con sus guerreros y curanderas, nunca había leído nada relacionado al tema y me ha gustado mucho.

La historia comienza en un futuro cercano, con Colin y su grupo de amigos, que se han ido de vacaciones a un pueblo en Escocia. Por problemas de organización, terminan vagando por las calles, sin nada que hacer. Su opción más cercana de entretenimiento es una adivina que lee las manos y allí van, entre bromas e incredulidad. Lo que ocurre a partir de entonces nos lleva a otro escenario, totalmente distinto y lleno de peligros para el pobre chico.

La trama avanza de forma rápida y la autora nos da ciertas pistas sobre la cultura del lugar mientras van ocurriendo las cosas. Así es como nos damos cuenta del lío en el que Colin está metido.

Me gustó mucho el personaje de Evanna. Sospecho cierta similitud entre ella y otro personaje del principio. No voy a decir más para no dar spoilers, pero si esta historia continuara más allá de los cuatro capítulos que tiene, estoy segura de que alguna relación habría. Hablando de eso, realmente creo que podría seguir en una historia más larga. Por supuesto, eso es decisión de Sara. Pero me gustaría saber más de la suerte del viajero.

Calificación:

Apto para: Amantes de las historias con guerreros escoceses. Lectores de romance y fantasía.
No apto para: Espías que pretenden sacar información sobre el clan MacLean.
Dulzura: Evanna. Y Colin también, con su inocencia en medio de todos.
Acción: Se prometen algunas palizas pero no llegan a darse.
Sangre: No. Aunque, si continuara, yo creo que algo habría.
Sexo: Lo mismo que dije antes. Si siguiera la historia...

(Aviso: no pongo puntaje en números. Si lo terminé de leer es porque lo disfruté. Los que no terminen irán en otra sección).
Cuatro: Bae Bae

Cuatro: Bae Bae

25 junio 2017

Caí hacia atrás, impulsada por el retroceso del arma mal disparada. No vi mi vida en un instante, solo sentí una terrible vergüenza por malgastar esa oportunidad. O no. Creo que pensé en eso cuando toqué el suelo. En esa fracción de segundo, lo único que hice fue mirar el extremo del cañón y rogar que no llegara a darme en la frente mi propio disparo.

El rayo fue cubriendo de blanco todo el paisaje —tierra, arbustos, piedras— hasta dejar una columna transparente, que intentaba alcanzar las nubes pero quedaba truncada a pocos metros del suelo. Solté el arma y me tragué el llanto. Estaba aterrada. Pluma había quedado de pie, a dos pasos de alcanzarme. Me miraba todavía, con esa locura asesina en sus ojos. Podía verla extender su mano hacia mí, con algún aparato que nunca sabría lo que era. No mientras no la sacara del bloque de hielo en el que había quedado atrapada.

En mis auriculares, había comenzado otra canción. Un grupo de idols coreanos me pedía que no cambiara nunca, que me quedara así como estaba. Yo no podía hacer eso.

Me levanté, resbalé y caí un par de veces sobre el espejo helado del lugar. Me deslicé por la pendiente, insultando como camionero, eligiendo la ira para no perder las últimas fuerzas. En eso, pude ver la fuente de tanto escándalo. El famoso tambor del alma era un instrumento como cualquier otro, forrado en cuero y de color marrón oscuro. El aporte de Pluma había sido su puesta en funcionamiento automática, gracias a un robotito que lo golpeaba sin parar con sus puños.

—¡Deja eso! —ordené a gritos, levantando de nuevo el arma que tan mal había usado.

El muñeco metálico me miró y se sacudió un poco. Imaginé que eso sería el equivalente a una risa, porque tampoco podía darme el lujo de escucharlo mientras siguiera la percusión. Le apunté a un brazo y se lo congelé, como advertencia. El bicho de lata continuó con uno solo, mientras dejaba caer el otro y un tercero surgía de su pecho, con el dedo medio levantado.

Ahí perdí la paciencia. Bigbang taladraba mi cabeza, repitiendo que nuestra química era pegajosa como tortillas de arroz. Barrí con todo a culatazos. Robotito y tambor, instrumento del mal y hallazgo histórico, no quedó nada.

Me quité los auriculares. Quería disfrutar del silencio, por fin. Derrumbarme y llorar por mí, por mi compañero, por Leseli. Me senté en una piedra helada, sin saber qué dolía más. Entonces, sobre mi horizonte, Sun resurgió arrastrándose con esfuerzo. Se había quitado el molusco de la cara y llevaba los auriculares todavía. Corrí a ayudarlo, llena de esa frustración feliz que tantas veces me había provocado. No sabía en qué orden insultarlo, decirle lo aliviada que me sentía, lo mucho que lo quería.

Como siempre, él abrió la boca primero y pasó de largo, sin detenerse a mirarme.

—Muy bien, Clara. Esto es mérito tuyo —declaró, sin recuperar del todo el aliento.

Me di vuelta para ver a qué se refería. La colina cubierta de blanco, la villana convertida en estatua de hielo y el tambor del alma, hecho pedazos en medio de los restos cibernéticos, me hicieron entenderlo.

Y esa es toda la historia, señor abogado.

+++

El anciano de traje cerró su cuaderno y tomó un poco de agua, bajo la mirada ansiosa de Clara Uevo. De fondo, el televisor de la comisaría mostraba el nuevo anuncio de la alcaldesa de Leseli, tomada de la mano con su joven asistente. Los policías sonreían y hacían bromas entre ellos, pero evitaban mirarse de frente.

—No se preocupe, señorita —dijo el letrado, con una sonrisa—. Vamos a conseguir que esto se solucione con el pago de una multa. La pérdida del tambor del alma puede ser lamentable, pero también es una forma de impedir que sea usado de nuevo.

—Le agradezco mucho —murmuró ella, desanimada.

—Yo le agradezco a usted, a pesar de todo.

Su defensor se marchó y ella volvió a su celda, pensativa. La perspectiva de tener un expediente como el de Sun, que resolvía la mitad de las cosas y arruinaba el resto, no la animaba mucho. Igual, el respeto con el que la miraban algunos y el resentimiento de otros le dio la pista de que ya se había hecho un nombre como heroína. O aspirante a serlo. No sabía si la actuación seguía siendo su primer objetivo, como antes. Le había gustado ser la salvadora de la ciudad, por una vez.

La próxima, lo haría mejor. Se convenció de eso, mientras el sonido de unos pasos por el pasillo exterior iba volviéndose más intenso.

—Uevo, pagaron la fianza —anunció un uniformado, del otro lado de las rejas.

+++

Era una tarde lluviosa en Leseli, pero a Clara la esperaba el sol junto a su auto. Había estado dos días encerrada, luego de entregarse por el incidente en Colina Leseli.

—Bienvenida de vuelta a las calles —exclamó Sun, risueño, cuando logró cubrirla con su paraguas—. ¿Cómo se siente la libertad previa al juicio?

Ella abrió la puerta y se sentó en la fila de atrás del coche, sin detenerse a mirarlo. Quería abofetearlo por tardar tanto, darle las gracias, besarlo de nuevo, preguntarle cómo estaban las cosas, renunciar a eso de luchar por la justicia o quitarle el puesto y ser ella la única que protegía la ciudad. De nuevo, no sabía en qué orden poner todo eso en su cabeza.

Él pareció resignarse, cerró el paraguas y ocupó el lugar del conductor, sin decir nada más. Fueron en silencio todo el camino. Ella se sorprendió al notar, en las pantallas de una vidriera, a los conductores de un noticiero mirándose con ojos de cachorrito al aire.

Era una suerte que la naturaleza humana estuviese más inclinada al bien en esa ciudad. A lo mejor, lo único que todos querían en el fondo era un poco de amor. O eso es lo que ocurriría en una historia escrita por una autora como Pluma.

—Lo que hice cuando te ibas, antes… —comenzó a decir Clara, apenas llegaron al edificio donde ambos alquilaban distintos apartamentos.

—Ah, no te preocupes —contestó Sun, con suavidad, a través del retrovisor.

—No iba a pedirte disculpas —mintió ella, con un asalto de rebeldía que la obligó a bajar del auto a toda prisa.

—¡Clara!

El héroe hizo uso de su velocidad y la detuvo del brazo, antes de que pudiera alcanzar la puerta de ingreso.

—Voy a buscarme otro alias apenas termine el juicio, por ahora sigue llamándome Claire —exigió la joven.

—Quería invitarte a cenar —explicó Sun, soltándola—. Una noche de éstas.

Ella seguía confusa, la cantidad de reacciones diferentes que podía tener a ese pedido la habían dejado en silencio.

—No te hagas ilusiones conmigo —dijo, al final—. Voy a ser una actriz famosa. No tengo tiempo para relaciones.

—Yo tampoco —admitió él—. Soy un héroe y tengo que estar disponible a todas horas.

—Bien.

El tema había quedado cerrado, en una forma incómoda y que no tenía nada que ver con lo que ella hubiera imaginado. Pero pasó un rato y ninguno de los dos se movió de su lugar. Un par de vecinos los rodearon para ingresar al edificio, llevaban bolsas del supermercado.

—Cena conmigo —insistió Sun, cuando estuvieron solos otra vez—. Esta noche.

—No quiero —respondió Claire.

—Entiendo —murmuró él y se movió para pasar a su lado, hacia la puerta.

Entonces fue ella quien lo detuvo, tirando de una de sus mangas.

—Sube a mi departamento conmigo —dijo, interceptándolo—. Ahora.

Él no lo pensó ni un segundo.

—Está bien.

No había forma de saber si aquello sería una tormenta de verano o un cambio permanente del clima en Leseli. Pero el amor seguía en el aire, llenando cada rincón de la ciudad y ellos podían aprovecharlo. A lo mejor, era una buena idea intentarlo.

Mientras tanto, en Ciudad Blanca, el teléfono de otro héroe no recibió ninguna llamada por ayuda para Sun. Al menos, no esta vez.


+++ FIN +++

Esta historia se ubica antes de los relatos de Sun y Claire que suelo publicar en el blog. La mayoría los tienen a ambos en medio de esa relación indefinida que han empezado y quería ponerle un origen a ese tira y afloja que se puede ver en Racha.

De acá en adelante, las cosas irán evolucionando entre ellos. O no. Ni yo sé dónde van a terminar. Y el "recurso" de Ciudad Blanca va a aparecer en otro relato futuro.

Gracias a Denise y a todos los que pasaron por acá leyendo y comentando.
Tres: Muchacha (Ojos de papel)

Tres: Muchacha (Ojos de papel)

18 junio 2017

El tambor del alma. Ese había sido el botín de Pluma Violeta en su asalto al Museo Leseli. Un instrumento legendario de una tribu del sur, utilizado por sus poderes hipnóticos en batallas y cacerías. En la actualidad, los únicos que recordaban su existencia eran los guías del edificio. Ellos relataban sus propiedades como el producto de la superstición y la autosugestión de los indígenas. Si hubieran visto al antropólogo que nos contó esto, se hubieran reído. El susto que tenía ese hombre.

El asunto es que Pluma había conseguido robarlo y grabar una percusión para transmitirla a toda la ciudad. Ahora la misión era más clara. Sabíamos qué debíamos recuperar y qué podíamos destruir. En caso de que pudiéramos romper algo.

A Sun le encantan las explosiones, a mí también, a la prensa ni les digo. Al gobierno y la policía, no tanto. Pero ellos estaban dándose besitos por toda la ciudad, así que mucho no contaban a la hora de decidir.

Salimos del museo en busca del origen de la señal, que ya transmitía todo aparato de sonido en Leseli. Cuando entramos a la nave y me quité los protectores auditivos, noté que Sun se limpiaba el sudor de la cara y evitaba mirarme.

—Deberías utilizarlos también —señalé, extendiéndole mis auriculares.

—No —jadeó, poniendo en marcha el vehículo—. Alguien tiene que escuchar si viene Pluma o cualquier otro que pueda atacarnos.

—Empiezas a ponerme nerviosa.

Lo observé, preocupada. Yo no escuchaba nada, dentro de la cabina estaba bien sin cubrirme. Por fin, él empezaba a mostrar esa grieta de debilidad que mi curiosidad ansiaba ver. Ahora rogaba que volviera el tipo arrogante e insoportable de siempre.

—Tenemos que actuar rápido. El peligro es mayor con cada hora que pasa —continuó, secándose la frente con la manga del traje—. No quiero imaginar lo que pasará en la central de electricidad de Leseli o en los hospitales de la ciudad, mientras la gente que se ocupa de tareas tan importantes está fuera de sí.

Al oír eso, entendí que había todo un aspecto del problema que ya no parecía tan divertido. Me indigné.

—Es increíble que Pluma no haya tenido en cuenta algo tan básico en su plan.

—Ahora es una escritora amateur de romance, no le importa nada más que juntar a unos con otros. Si esto fuera uno de sus libros, todo funcionaría bien por su cuenta.

—No queda otra más que ir por todas las estaciones de radio hasta que la encontremos —sugerí, mirando con ansias sus manos temblorosas sobre las palancas de la nave.

—Iremos a las más grandes primero.

Quise consultar en mi teléfono las direcciones de las principales antenas de la ciudad, pero no tenía señal de ningún tipo. El ordenador de la nave tampoco pudo entrar a Google ni llamar al número del directorio de Leseli. Ya estábamos colapsando de a poco. Busqué en la guantera y encontré un nomenclador impreso hacía más de quince años.

—No sé para qué sigues guardando esto, Sun. Algunas calles han cambiado el sentido y hay sectores de la ciudad que se han ampliado.

—Sí, pero con eso aprendí a conducir. De algo servirá, fíjate qué hay.

Me ahorré el comentario de que el libro ya era viejo cuando él lo usaba. Entonces, se me ocurrió una idea. Una antena tan poderosa como para influenciar a toda Leseli debía tener una ubicación privilegiada, ¿no? Tampoco podía ser una estación de las más escuchadas. Todo había funcionado con normalidad hasta que llegamos al galpón, persiguiendo a Pluma.

Revisé en el nomenclador las regiones externas de la ciudad hasta que llegué a las páginas que correspondían a Colina Leseli. Sabía que la había encontrado.


+++


Llegamos hasta el lugar y yo había debido tomar los controles. Sun empezaba a verse pálido y cada vez parecía hacer más esfuerzo en mantenerse concentrado. Su oído sensible no le estaba haciendo ningún favor.

—Buen trabajo, Claire. La señal es más poderosa aquí —explicó, agitado como si hubiera corrido mil kilómetros—. Mira, en caso de que no lo logre, no bajes de la nave. Vuela desde aquí a Ciudad Blanca y trae a esta persona. Él sabrá qué hacer.

Anotó algo detrás de una boleta de multa de tránsito vieja y me lo extendió.

—¿Por qué no lo llamaste antes? —exploté, furiosa con tanto drama innecesario—. No bajes, volaremos hasta allá los dos.

Él reaccionó como si le hubiera dado una patada. Cada vez lo entendía menos.

—¡No! ¡De verdad, él es un último recurso! —exclamó—. No quiero deberle favores, a menos que esa loca me haya vencido y yo haya pasado al otro lado.

—Gracias por enviarme sola con él, entonces —ironicé.

—No lo conoces y espero que no llegues a…

Interrumpí su discurso tomándolo de los hombros y obligándolo a mirarme para devolverlo al presente. No había empezado la pelea de verdad y él ya tenía los ojos nublados, el cabello empapado y la respiración entrecortada. Nunca lo había visto así. Al menos, no fuera de su fobia a la oscuridad.

—Vamos, no seas tan negativo. Tú tienes tu fuerza y tu levitación —recordé—. Yo tengo el lanza-hielo, el cañón de luz y las sogas que hacen esa cosa rara. Juntos vamos a poder con esta criminal.

—No entiendes. Tiene que haber alguien protegido, por si hay que buscar ayuda —rogó—. Quédate aquí.

Me conmovió verlo así. Al mismo tiempo, deseé que todo eso terminara lo antes posible. Así que saqué mis protectores del tablero de la nave y se los puse, con suavidad.

—Lleva esto, al menos.

—Clara… ¿Puedo llamarte Clara por una vez? —murmuró, usando mi nombre real, no el artístico.

Ya les dije que soy actriz, tampoco podía presentarme en los cástings como Clara Uevo. Mi primer representante dijo que Claire Egg sonaba más misterioso.

—No vas a morirte, tarado —contesté irritada.

—No me llames así —siguió Sun, con un aspecto casi infantil por los auriculares enormes en sus orejas—, puedo leerte los labios.

«Ven y lee esto» pensé. Luego me dije que era una estupidez. Vi que él había visto la duda en mi cara. Vi que fijaba sus ojos vidriosos en mi boca.

«¿Por qué no?».

Sí, lo besé. Me aproveché de su confusión, pobrecito, pero tenía que comprobar lo que sentía. Cuando me costó soltarlo y dejarlo ir, me di cuenta de que la trampa me la había puesto yo sola. No había voces susurrantes en mis oídos, ni los contornos del universo se habían hecho borrosos, pero bien podría haber bailado el zoológico entero a nuestro alrededor.

Me quemaría en el infierno de los amores platónicos.

—Ya sabes qué hacer —balbuceó Sun, cuando nos separamos y pasamos ese momento incómodo de no saber adónde mirar—. Hasta luego.

Así, contra mi sentido de la lógica y mi orgullo femenino, lo vi marchar solo al encuentro del mayor peligro que habíamos enfrentado. Guardé la dirección del último recurso en Ciudad Blanca, no sin darle un último vistazo al nombre del sujeto en el papel. Me recordaba mucho a una marca de jabón para lavar la ropa.

Acomodé las armas en mi traje, revisé que estuvieran bien cargadas, dejé la nave con el motor encendido y abrí la puerta.

Tampoco iba a quedarme mirando.

Colina Leseli era un lugar bonito, aunque temí estar alucinando un poco con los colores del paisaje. Ajusté mis protectores improvisados y avancé.

Los auriculares de mi teléfono aún podían ensordecerme con mi música preferida. El mundo tomó un color extraño y mis piernas empezaron a temblar, sin embargo pude mantenerme bastante bien entre los gritos de Spinetta, que me preguntaba adónde iba y me pedía que me quedase hasta el alba.

Pude localizar a Pluma, frente a mi sol. Noté, en medio de los acordes de la guitarra, que la villana había cambiado sus trajes de colores por uno igual en negro. Sentí una opresión en el pecho al notar que mi compañero había sido atacado por una especie de medusa oscura que cubría su cara y ahora no solo no escuchaba, tampoco podía ver.

Lo vi caer por el costado del edificio. El cantante en mis auriculares rogaba que no hablara más, prometía que cuando todo durmiera, me robaría un color.

—¡Sun!

Supe que lloraba, aunque no podía escuchar mis propios gritos en la confusión. Pluma venía por mí, con un brillo cruel en su cara satisfecha. Como si yo no supiera lo mucho que a los escritores les gusta matar personajes.

En mis tímpanos, la voz decía que no corriese más, que mi tiempo era hoy.

Mis manos levantaron una de las armas y rogué no haberme equivocado sacando el cañón de luz.
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Dos: If I Fell

Dos: If I Fell

14 junio 2017


Cuando fui hasta la salida del galpón para volver a nuestra camioneta y conducir a casa, mi cinturón emitió una alarma corta y aguda. Algo estaba mal afuera.

Mi traje tiene todo tipo de sensores para evitar los peligros potenciales para una humana. La lucha contra los locos que asaltan esta ciudad a cada rato no es algo simple. En mi entrenamiento para comenzar a trabajar con Sun, aprendí a usar armas y protección tecnológica que ni sabía que existían. En este caso, mi cinturón avisa con distintos tonos para sustancias tóxicas en el aire, emisiones radiactivas o de radiofrecuencia demasiado altas. Nunca pensé que me serviría esta última. Pareciera que no es la primera vez que alguien usa la hipnosis sonora en Leseli.

A veces me pregunto quién pagará todas estas cosas. Quién las construirá.

Sun tomó el riesgo en asomarse, con un pequeño aparatito que midió la señal y seguro arrojó resultados confusos, porque lo vi volver con ese gesto que pone cuando está intentando inventar una solución de la nada.

—Creo que lo que he roto no es más que un transmisor —anunció, demasiado serio—. Hay que encontrar la fuente. Y lo que sea que produzca ese sonido.

—Debe tener relación con el robo al museo —supuse, recordando cómo había empezado todo.

Mi compañero me extendió unos protectores auditivos y salimos. Ir por ahí sin oír nada me recordó a mis épocas de ir por la calle con los auriculares del celular puestos. Solo que sin música es más extraño. Los protectores de Sun no dejaban entrar nada en mis oídos.

Entonces lo vimos. El caos absoluto y asqueroso.

—¡Sun, mira esto!

Todos en esa calle habían dejado lo que estaban haciendo para abrazarse y besarse con el que estaba al lado. Un motociclista obeso se abrazaba al verdulero, una chica con el uniforme del supermercado de enfrente murmuraba al oído de un anciano en silla de ruedas, toda la calle había quedado atascada de vehículos detenidos. Un taxista y un chofer de colectivo que se bloqueaban mutuamente, se decían piropos de ventanilla a ventanilla, a los gritos. O eso supuse, porque el chofer se bajó, lo sacó del auto y le dio tremendo beso después.

Traté de no reírme, pero fracasé. Imaginé que cuando esa gente despertara iba a ser un desastre. Sun me arrastró con él hasta la nave que usamos en casos de emergencia (el combustible de avión es muy caro) y entonces me hizo una seña de que podía sacarme los auriculares.

—Está controlando a todos con la transmisión —dijo, entre dientes, con los puños apretados sobre los controles de la nave—. Tenemos que encontrar a Pluma Rosa o como sea que se llame ahora. Ven aquí.

Me tomó de la mano otra vez y sentí un vértigo muy parecido al de la nube y los gatitos. Me solté, a lo brusco. El primer ataque de Pluma debía haberme dejado sensible.

—Eh… Sun, yo…

Quise disculparme y él se acercó a mí, mientras un policía nos tiraba besos desde afuera, en la calle. El corazón me hacía una presentación de taekwondo en el pecho.

—No olvides tener puestos todo el tiempo los protectores afuera —ordenó, nervioso, con las manos en mis hombros—. Aquí adentro estarás a salvo sin usarlos, al menos por ahora. ¡Vamos!

Volvió a los controles e hizo despegar la nave. Yo colgué los auriculares especiales en mi cuello para tenerlos a mano y olvidar las cosquillas que me había dejado el roce con él.

+++

Encendí la pequeña televisión de la nave, para evitar el silencio incómodo en el que habíamos entrado durante el viaje por la ciudad. El paisaje era tremendo. Toda Leseli estaba bajo los efectos del nuevo invento de Pluma Rosa. El amor estaba en el aire y era pegajoso.

—Es la alcaldesa de Leseli —lamenté, al ver el intento de anuncio oficial en la pantalla, convertido en algo solo apto para mayores—. ¡Esto es tan vergonzoso!

—Admitamos que la televisión no ha cambiado mucho —ironizó él, sin quitar la vista del frente—. Ya vendía sexo por todas partes.

—Sí, pero al menos los conductores del noticiero estaban vestidos. Y hacían su trabajo en lugar de…

—Debemos interrumpir las transmisiones en general, pero si pudiéramos encontrar la de Pluma Rosa primero sería aún mejor.

No podía creer que nos afectara tanto esa melodía extraña que Pluma había conseguido meter en todas partes. Y estaba molesta con Sun. No sabía la razón, pero empezaba a enojarme que fuese tan inmune.

—Esto es un desastre —señalé, apagando la pantalla y encendiendo la radio para buscar una emisora que no hubiera caído por inconvenientes técnicos—. Pobre gente, están actuando en contra de su voluntad.

—Sí, pero ya oíste lo que ella dijo antes de empezar —recordó él—. Que desataría nuestros instintos básicos.

—Eso no es justificación. Matar por un pedazo de comida también podría ser un instinto en los animales.

—Gracias. Si ya estaba bajo presión, ahora me has puesto más nervioso. Debemos detener esto ya.

Por fin lo veía irritarse un poco. Sun nunca perdía la calma, él siempre era el vencedor de la sonrisa que iluminaba toda la calle aún en la medianoche. Yo lo tenía en ese papel, lo ponía en esa imagen en mi cabeza. Necesitaba algo más cercano. Quería que se rompiera un poco, que dejara una grieta alguna vez.

—¿Detenerlo? ¿No era lo que estábamos haciendo? —reaccioné, dejando el dial de la emisora en una que pasaba canciones de los años setenta.

—Vamos hasta el museo, debemos hablar con alguien que sepa mejor con lo que estamos lidiando. Si es que todavía sigue ahí y no ha salido a buscar pareja.

Me acomodé en mi asiento y preferí volver a callarme. La voz de Barry White nos decía que no podía tener suficiente de nosotros.

—Sun, dime una cosa. —Tenía que animarme a preguntárselo—. Cuando estuve bajo el control de Pluma yo… yo no…

—¿Estás segura de querer saberlo? —interrumpió, con cara de estar pasando muy despacio junto a un perro dormido.

Entendí que el perro, en este caso, era yo.

—Mejor lo dejamos así —murmuré.

Me dije que comer y dormir estaban en nuestra programación también. Yo amo dormir. Podría haberme echado una buena siesta o ido en busca de una hamburguesa doble, ¿por qué tenía que ponerme en vergüenza con él?

En ese momento, cuando Donna Summer nos repetía sin cansarse que sentía amor, la música se detuvo y empezó a sonar otra melodía conocida. El sonido se expandía en el aire con pereza y trepaba por mis brazos hasta mi cuello, acariciaba mi pelo, se metía en mis oídos. A lo lejos, pude escuchar una voz femenina. Sabía quién era. Estaba segura de que lo sabía.

—Atentos leselianos —canturreó la voz—. Aquí les habla su escritora del momento, su hada de la libertad y la felicidad, Pluma Turquesa.

—¿En qué momento volvió a cambiarse el nombre? —balbuceé, como ausente.

Tenía que resistirlo. Yo también podía, si Sun podía.

—…y como la vida es corta, en especial cuando uno es un personaje literario —continuó Pluma—, les recomiendo que se dejen llevar.

—Vas a tener que ponerte los auriculares o vas a perder el control —advirtió mi compañero, mi héroe favorito, mi sol en el cielo.

—No. Quiero oírla —contesté.

Supe que me había deslizado por el asiento hasta llegar a Sun, porque empezó a removerse y me pareció divertido en ese momento no dejar que se librara de mí. Me reí a lo tonto, frotándome entera contra su espalda e ignorando sus quejas.

—¡Vivan, mis leselianos! —exclamó la radio, animándome a seguir—. ¡Permítanse amar, odiar, den todo hasta que ya no tengan nada que perder!

—¡Por favor, suéltame! —gritó mi sol—. ¡Vamos a chocar!

—Mira, puedo seguir despierta —balbuceé, como borracha, contra su cuello—. Sigo consciente, no veo nubes de colores, ni gatitos bailando.

De pronto, las cosas recuperaron sus contornos y mis oídos quedaron limpios de susurros ondulantes. Retrocedí, me levanté del asiento y noté que Sun había arrancado el estéreo para estrellarlo en el suelo. Silencio total. Lo vi agitarse, de reojo. La vergüenza no me permitió acercarme otra vez.

—Dios, lo siento —dije, sentándome en la fila de atrás—. No sé qué fue eso.

—Yo sí. No volveremos a escuchar la radio aquí adentro. Olvidemos el asunto.

No podía creer lo que había hecho. Y cómo era que él se había mantenido tan tranquilo. Sabía que no era humano, pero que fuese yo la única en perder el control era insultante. No tardamos en llegar al Museo Leseli, primer escenario del crimen de Pluma Violeta.

—Voy a comprobar que no haya peligro afuera y tú estaciona en la parte de atrás —sugirió, sin mirarme—. Te voy a buscar…

—No hace falta —aseguré, un poco brusca—. Espérame adentro, puedo sola.

—Ok. Claire, ¿te sientes bien?

—¡Sí! Vete.

Lo vi sortear los trozos de estéreo en el piso para llegar hasta mí, con esa sonrisa tonta que pone cuando intenta parecer más accesible. Tenía ganas de pellizcarle las mejillas.

—No pienses demasiado en esto —dijo, poniéndome los auriculares antes de irse hasta la puerta—. Hasta luego.

Evité ver cuando se daba la vuelta para abrir. Mi profesionalismo se había ido por la ventana.

+ + +
Perdón por la demora. Voy a tratar de traer el próximo capítulo antes del fin de semana. 
Epidemia de amor en Ciudad Leseli - Uno: La Vie en Rose

Epidemia de amor en Ciudad Leseli - Uno: La Vie en Rose

05 junio 2017

epidemia de amorHay momentos en que pienso que los criminales que surgen en Ciudad Leseli son los mejores. Los veo luchar con tanta pasión por sus causas estrafalarias, con sus trajes de colores para llamar la atención y sus secuaces vestidos al tono, que me dan ganas de aplaudirlos. Y me digo que debería iniciar un archivo con anécdotas de cada uno de ellos. Como asistente del héroe que defiende la tranquilidad de esta capital, casi me siento en el deber de hacerlo. Si hasta podría escribir un libro, editarlo bajo un seudónimo sin que él se entere, y ganarme un montón de pasta.

Hay otras veces en que me dan ganas de salir corriendo y esconderme debajo de una piedra, hasta que todo pase. Como aquella noche de hace un par de semanas, en que comenzó el episodio más extraño que hemos sufrido los leselianos.

Allí estaba mi compañero, aquel tipo de cuerpo fibroso, piel bronceada, cabello oscuro y grandes ojos negros, de pie sobre la cabina de un camión mal estacionado en plena pelea. Su traje se mimetizaba con el color ambiente. Por fin me había hecho caso en cambiar aquel amarillo que lo delataba cada vez que intentaba sorprender a algún malhechor. Lo vi extender el brazo, para señalar a su rival de turno y aguardé mi momento de entrar en acción, desde atrás de una columna en aquel hangar.

—¡Pluma Violeta, ríndete por las buenas! —exclamó—. No voy a dejarte ir. No luego de que obligaras a esos policías a bailar por horas mientras tú robabas el museo. Devuelve lo que sea que hayas tomado y entrégate. Declararé a tu favor en el juicio, palabra de Super Sun.

Frente a él, sobre otro vehículo del mismo tamaño, se encontraba la villana que enfrentábamos. Era una muchacha joven, con un traje estilo ninja en color violeta. Lo único que podíamos ver eran sus ojos almendrados y marrones. Llevaba una riñonera, de la que ya había sacado metros de soga, armas y todo tipo de artefactos durante la persecución. Creo que Sun estaba más interesado en atraparla para saber cómo lo hacía, que por sus delitos en sí.

Ella puso los brazos en jarras, todavía sobre el otro camión, y rió con una carcajada bastante teatral.

—¿Es una broma? —dijo, altanera—. No puedes contra mi sistema de hipnosis sonora, admítelo. Ahora tengo lo que me faltaba, por fin podré convertir a esta ciudad de seres sin corazón en un lugar más agradable.

—¿De qué estás hablando?

Sun parecía olvidar, por momentos, que tenía que aparentar que le interesaban los motivos detrás de cada nuevo villano que nacía. Eran las reglas del juego. Un ratito siempre había que escucharlos y tomar nota mental, así contribuíamos a que las autoridades previnieran la aparición de nuevos delincuentes. Así y todo, el trabajo nunca nos faltaba.

—Nadie volverá a dejarme de lado —continuó Pluma, ensimismada en su discurso—. No hay cosa más importante que el amor en la vida de una persona.

Preparé mi arma con los dardos sedantes, pero no tenía un tiro limpio desde donde estaba. Si fallaba, podía enfurecerla y provocar que huyera. Debía moverme, o esperar a que ella lo hiciera. Opté por lo segundo, con el ojo en la mira.

—Lo siento, no sé qué tiene que ver todo esto —interrumpió Sun, perdiendo la paciencia—. Podemos hablarlo camino a la comisaría.

—¡Otro más! —gritó la ninja, bastante alterada—. La vida debería ser más parecida a una comedia romántica que a un policial negro, ¿no te parece, mi querido? Si hasta tienes el físico de un protagonista de novela rosa.

Sentí la vibración en mi reloj de pulsera y supe que Sun tenía otros planes. Yo debía distraer a nuestra oponente, mientras él la atrapaba en un ataque sorpresa. Guardé el arma y salí de mi escondite con mi mejor cara de inocencia.

—¿Ah, sí? —intervine, lo más alto que pude—. ¿Y yo quién podría parecer en uno de esos libros?

Lo cierto era que tenía un poco de curiosidad. Aquella villana había sido, en el pasado, una escritora con obras bien recibidas por la crítica. El éxito la había enloquecido y ahora iba por ahí, convirtiendo gente en sus marionetas. Si podía decir algo sobre Sun, entonces yo quería escuchar la parte que me tocaba.

—Tú tienes cara de personaje secundario —dictaminó, luego de observarme desde arriba—. O de extra en esos escenarios llenos de gente.

No podía creerlo. Su ojo para los personajes debía haberse arruinado, junto con su cordura. Sun ya estaba cerca, a punto de alcanzarla desde el techo de un montacargas.

—¿Cómo? ¡No es posible! —insistí—. Mírame bien, soy una actriz en ascenso.

—¿De verdad? —respondió, con un tono de incredulidad que me ofendió muchísimo—. No. No tienes nada especial —aclaró, volviéndose hacia mi compañero que ya estaba casi sobre ella, en el aire—. Él en cambio… ¡Ah! ¡Embustero! ¡Estabas por hacerme caer en una trampa!

Lo evitó por muy poco, con un giro que convirtió el impulso de Sun en un viaje al suelo.

—¡No es cierto! —continué, tan furiosa que olvidé mi arma cargada en la cintura—. ¡Todos somos protagonistas de nuestras propias historias!

Ya era tarde. La ninja violeta se alejó a los saltos, sobre los demás vehículos abandonados del galpón, hasta quedar junto a un vehículo de esos que se usan en las publicidades callejeras, con altoparlantes en la parte de atrás del asiento de conductor.

—¡Se acabó la charla! Ahora van a ser testigos del surgimiento de mi nueva identidad. ¡Saluden a Pluma Rosa, escritora de novelas de amor!

En un movimiento, su traje de ninja cayó al suelo para dar paso a una malla de cuerpo entero color fucsia. Su cabello y sus orejas continuaban ocultos, bajo el material. Su cara se veía por completo y nos confirmaba la identidad de la autora desaparecida.

—¿De qué está hablando? —pregunté a Sun, que había llegado hasta mí.

—Antes era escritora de comedia, según ella —aclaró él, en voz baja.

—¿Lo del robo al museo era comedia? Jamás me reí con nada que hizo.

—Yo tampoco.

—¡Cállense los dos! —estalló la escritora chiflada, volviendo a ponerse la riñonera en la cadera y sacando una especie de control remoto—. Van a ser mis primeros protagonistas.

—¡Basta, Pluma! —exclamé, apenada por lo ridículo de la situación—. ¡Todavía puedes arrepentirte!

Sobra decirles que no se arrepintió. En cambio, alzó el control y accionó el reproductor dentro del vehículo sobre el que estaba parada.

—¡Escuchen y dejen fluir su verdadera naturaleza humana!

Fue oírla y que el universo se retorciera en un millón de colores. Vi a mis padres, mis amigos, todos animándome a hacer algo. No recuerdo qué. Luego salía frente a un enorme escenario, donde millones de cachorros de perritos y gatitos bailaban en dos patas. Tuve unas ganas tremendas de bailar con ellos. Luego empecé a flotar y allí, en el aire, me observaba Sun. Estaba radiante, como siempre. Yo volaba hacia él, extendía mis brazos y solo pensaba en…

—¡Claire! ¿Estás bien?

El despertar fue vergonzoso. Como en uno de esos sueños raros que solo sabes que han sido irreales porque han terminado y estás en tu cama agitada, preguntándote qué fue eso. Y esa era la cuestión. Todavía estaba en el galpón abandonado, pero el camión publicitario había volcado y sus altavoces estaban destrozados. Sun tenía el pelo revuelto. Me había perdido la acción.

—Sí. Creo —contesté, de mala gana.

—¡No es posible! —exclamó Pluma Rosa, desde algún punto que no lograba ver—. ¿No eres humano?

—Pensé que eso había quedado claro cuando me viste detener un camión con las manos —ironizó Sun, dejándome para ir tras ella de nuevo—. Ahora ríndete de una vez.

La risa de Pluma fue desordenada, estridente. Su sonido se expandió por el espacio curvo del techo altísimo en el hangar y nos llegó amplificado.

—No, no, no —contestó, con voz cantarina—. La nueva historia de Leseli ya se está escribiendo, querido. Pronto te darás cuenta.

Salió por una abertura en el techo, saltando con una capacidad atlética que no imaginé que tendría una escritora. Entonces entendí el espacio de tiempo que había transcurrido entre la última aparición en público de la autora y la primera travesura de Pluma Naranja, como se llamaba al iniciar su camino por el lado del mal.

—¡No! ¡Vuelve aquí!

Sun la siguió, trepó hasta allí con la mayor rapidez que he visto en él. Fue en vano. Sospeché que esta villana tendría unas cuantas ventajas inexplicables sobre nosotros a partir de entonces.

+ + +

¡Vuelven las mini historias para Blogs colaboradores! Este es el comienzo de la tercera ronda. Me atrasé con el primer capítulo, perdón. Bienvenida Denise, de Primera naturaleza, mi compañera lectora en esta oportunidad. Espero que te diviertas con esta historia, planeo relajarme y reírme mucho mientras la escribo. A ver si me sale. 
Corazón del mar, Aruka C. M.

Corazón del mar, Aruka C. M.

30 abril 2017

corazon del marTítulo: Corazón del mar
Autora: Aruka Capulet Marsella
Género: Historia corta. Romance. Crossover.
Año de publicación: 2017. Blogs colaboradores ronda 2.
Sinopsis: "Los celos no perdonan al agua ,ni a las algas ni a la sal..." -Naturaleza muerta de MECANO-.
Inmenso, profundo, misterioso, pacífico y tormentoso, el custodio de los corazones rotos, espía y cómplice de todos los secretos de los amantes.
El mar único en su ser, vivo en cada molécula, tortura y sanador de los corazones, ya sea por amor puro o amor herido.
La historia que ha unido a dos de los personajes literarios representativos de estos polos opuestos del amor y el mar, una defiende el amor puro y el otro busca la venganza por amor.
Ambos se darán cuenta de lo que realmente anhelan sus corazones, llevados por mares mágicos y dolorosos... descubrirán el corazón del mar...
Puedes leerla aquí

Opinión personal: Gracias a esta iniciativa, Blogs colaboradores, sigo leyendo historias de lo más diversas e interesantes. En el caso de esta autora, ya la conocía de antes. Venía siguiendo su blog y me divertía hacer explotar las burbujas que flotaban en el diseño del mismo cada vez que entraba. Esta no ha sido la excepción. La experiencia ha sido genial. He leído en su historia un crossover de dos de los universos más conocidos de la Literatura, mientras explotaba burbujas con el mouse. Yo feliz.

¿Qué universos son éstos? Los del Conde de Montecristo y La sirenita, de Hans Christian Andersen. Dos seres que tienen mucho en común. Ambos lo pierden todo y deben hacer un viaje al extremo de sus fuerzas para conseguir lo que más desean. Pero ella quiere estar junto a su amado y él solo consumar su venganza. Él verá que su Mercedes se ha casado con otro sin demoras y ella perderá a su príncipe en brazos de otra. Los dos tienen la oportunidad de hacer algo terriblemente cruel y algo cambia sus corazones. Aquí es donde entra este cruce de personajes. 

La historia se cuenta en fragmentos algo confusos al principio, ya que somos llevados en un naufragio, arrastrados por la corriente junto con ellos. Luego, la conversación con la guardiana del mar es en un entorno irreal (con buena descripción del entorno, añado) y fragmentos del futuro de ambos se entrelazan, dándonos una pista de cómo todo cambia, para que las cosas sigan igual a como las conocemos. Da que pensar y respeta la personalidad de ambos. 

La narración está llena de reflexiones, imágenes de este mar que cambia sus vidas y cierta dulzura en lo inevitable. Ahora quiero leer esta versión original de Andersen. 

Calificación:

Apto para: Amantes del romance. Lectores de ambas obras o que hayan oído hablar un poco de una de ellas.
No apto para: Obsesivos de la ortografía (yo soy una, pero lo disfruté igual). Vi un par de cositas por ahí, con una edición se arreglan.
Dulzura: Marina, la sirena. Toda la situación entre ambos es muy tierna.
Acción: ¿Un naufragio cuenta?
Sangre: No llega a correr, por suerte.
Sexo: Hubiera sido interesante, pero no creo que tuvieran tiempo xD

(Aviso: no pongo puntaje en números. Si lo terminé de leer es porque lo disfruté. Los que no terminen irán en otra sección).
¡Para un poco, Elisa! Epílogo: vez-una-Había...

¡Para un poco, Elisa! Epílogo: vez-una-Había...

27 abril 2017

epilogo
<< Capítulo cuatro

Al mes siguiente, desperté en casa de Santiago y encontré un regalo bajo mi almohada.

Estaba sola en la cama. Me desperecé y mi estómago rugió por el desayuno. Fui a la ventana, abrí las cortinas y saludé a la ancianita del edificio de enfrente, que colgaba unos calzones gigantes en su balcón. El sonido de la ducha me dio una pista del paradero de mi chico y el dolor en mi cuello me hizo lamentar no haberle dicho a Fae que podía dejarme unos billetes o un cheque, en lugar de semejante montaña de monedas.

Abrí el saquito de tela brillante y las vi. Brillaban para mí, doraditas y redondas. Por un instante me asombré de que fuesen tantas. Luego recordé cuánto había temido no volver a esta hermosa normalidad y lo entendí.

—¿Qué es eso? —preguntó Santiago, saliendo del baño.

—El hada de los dientes ha venido anoche a cumplir su promesa, por fin.

Él se acercó y puso los ojos verdes como platos, apenas vio el interior de la bolsa en mi mano.

—¡Ha sido muy generosa! Si casi no hicimos nada por ella. ¿Son monedas de oro?

—No seas malo conmigo. Ella vino por soluciones y eso fue lo que obtuvo —contesté, antes de que se me helara la sangre con cierta posibilidad y corriera al espejo.

Abrí la boca y revisé bien mi reflejo, en busca de alguna pieza faltante. Mi boca estaba intacta, por suerte. Él vino y me abrazó desde atrás, con un gesto travieso. Sí que nos veíamos bien juntos. Al menos para mi gusto. Él se vería bien abrazado a un árbol, si quisiera.

—Es bueno estar de regreso —murmuró, con un beso sobre mi sien que me derritió.

Sin dejar esa posición, alcé la mano con la bolsita y le di un golpecito en el hombro.

—Toma.

—¿Qué haces? —preguntó, sin soltarme.

—Vamos, llévate esto antes de que me arrepienta —dije, con toda la seriedad que pude reunir—. La recompensa es tuya. Tú fuiste el que logró que Yejun quitara la maldición sobre Fae.

Lo vi observarme por el espejo con esa cara que pone cuando está procesando algo muy complicado. Sí, lo miro mucho. He tenido tiempo de sobra para eso desde que éramos adolescentes.

Luego de unos segundos, pareció decidirse.

—¿Sabes qué? Dame una moneda de recuerdo y tú quédate la bolsa. Con una condición: tendrás que ponerte un consultorio aparte para estas cosas, Elisa.

Me di vuelta y lo besé, feliz de conocer al tipo generoso y dulce bajo esa fachada de gruñón que utilizaba frente al resto del mundo.

Recordé que acababa de despertar y no había usado mi turno en el baño, así que lo dejé por un momento. Sobre el mueble junto a la puerta, el número más reciente de La pluma naranja tenía uno de los diseños del nuevo dibujante en la portada. Yejun se estaba luciendo. Es verdad que sus primeros chistes eran todos sobre cuentos de hadas y que los mezclaba, ridiculizando a los personajes que tanto conocíamos. Pero a la gente le había gustado y a él le serviría para sanar sus heridas.

Pensé que sería interesante el material que sería capaz de traernos, una vez que superase su pasado. Esperaba ver pronto ese día.

Dejé el cepillo de dientes y me enjuagué los restos de dentífrico de la boca. Abrí la ducha, para que fuese calentándose el ambiente con el vapor, justo cuando Santiago abrió la puerta y me di cuenta de que no sería un regaderazo rápido.

Un rato después, la cosa se estaba poniendo interesante bajo el agua, cuando la puerta del baño volvió a abrirse. Del susto, resbalé y caí sentada, dejando solo a mi novio —y a su entusiasmo— en pie.

Santiago ignoró al intruso y se arrodilló junto a mí, con preocupación.

—¡Cariño! ¿Estás bien?

Balbuceé algo sobre mi culo dolorido en respuesta. Y me escondí detrás de la cortina, esperando a que el visitante no me hubiese visto. Había tenido un cortocircuito en mi cerebro, ya que las únicas dos personas que podían tener la llave de aquel lugar eran mi cuñado y mi suegra.

—Esperen afuera, por favor —ordenó, en su voz habitual, y supe que no había nadie conocido allí—. Ahora los atendemos.

Con cuidado, sin destapar mis atributos, miré por el costado de la cortina. No era un intruso, ni dos, sino siete. Siete enanos, cada uno con una expresión que delataba una emoción bien distinta en su cara. Había toda una variedad ahí.

—¿Se encuentra la consejera Elis Amores aquí? —preguntó el único que llevaba lentes.

—Es Elisa Mores. Pero sí, aquí estoy —contesté, abrazada al diseño de fantasmas y Pac-man de la cobertura plástica de la ducha.

Interesante elección de diseño, debo añadir. Pero Santiago tiene al nerd escondido en su interior todavía.

—Necesitamos de su ayuda —continuó otro enano, con ansiedad—. El hada de los dientes nos contó sobre usted.

Me estremecí. Ya sabía que el premio de Fae venía demasiado abultado. Seguro debió sentirse culpable por meternos en otro de estos líos.

—No voy a volver a meterme a ningún cuento —dije, terminante—. Envíen su carta y vean mi consejo en el próximo número de la Pluma naranja.

—¡Oiga, esto es un asunto urgente! —agregó el más enojado.

Yo no pensaba ceder. Mi tranquilidad, mi felicidad, ya tenía mi final feliz ahí mismo. Aunque la palabra final sonara algo extrema.

Santiago se cubrió de la cintura para abajo con una toalla de robots animados de Japón de los 80´ y me alcanzó otra igual. Parecía dispuesto a echarlos a patadas en cualquier momento.

Con tranquilidad, el enano de los lentes dio un paso al frente.

—Somos dueños de lo que sacamos de la mina, señorita Mores. Tenemos cómo pagarle una atención personalizada.

«¿No sacaban diamantes de esa mina?» me dije, al borde de la euforia.

Mi editor me echó una mirada y entendí que estábamos pensando lo mismo.

—Bien, ya les haré un resumen de mis honorarios a domicilio —contesté, tratando de que no se me notaran las ganas de saltar en un pie—. Su amiga despertará pronto, se los garantizo.

Apenas hice esa referencia a Blancanieves, mis nuevos clientes quedaron desconcertados.

—¿Amiga? —reaccionó uno, que parecía recién despierto de una siesta—. No, teníamos a un chico con nosotros, llegó diciendo que necesitaba perfeccionar sus habilidades en el patinaje sobre hielo para una competición contra su maestro.

—Pero ha mordido una manzana envenenada —completó otro, en medio de un llanto repentino—. Ahora el tal maestro ha llegado, junto a un chico que no para de sacarse fotos con un aparato extraño.

—Como si no tuviéramos suficiente, no dejan de llegar esos patinadores —se quejó el enojado—. Ya no tenemos lugar para meter a tantos.

Sentí que las descripciones me sonaban de alguna parte. Debía ponerme al día con el Grand Prix, lo último que supe era que se había interrumpido por la súbita desaparición de todos los competidores. Y eso fue justo después de volver de nuestra aventura con Fae y Yejun.

—¿Patinaje sobre hielo? —dudó mi novio, como si estuviera abriendo uno a uno los archivos de su memoria—. No conozco el cuento.

Decidí tomar las riendas. Ya tenía alguna experiencia y por fin había caído en mis manos algo de lo que sí sabía un poco.

—Creo que sé a quiénes se refiere —anuncié, y comencé a hacer cálculos—. Necesitaremos una grúa, un caballo blanco y un ataúd de cristal. Ah, y unas entradas para el próximo Grand Prix. Vayan al comedor, que en un minuto me visto y estoy con ustedes.

Los siete enanitos se fueron por el pasillo, en medio de un griterío, y Santiago se volvió hacia mí.

—Supongo que iré a poner la cafetera —comentó, con una sonrisa.

—¡Gracias, mi vida!

Terminé de bañarme en tiempo récord y salí con lo único que había llevado hasta ahí: una bata de toalla, en color fucsia. Hubiera quedado mejor con una de seda, para darme aires de mujer sexy. Debía recordar comprarme una y tenerla a mano, de ahí en más. Por el momento, estaba bien así. Lista para prestar mi ayuda a los que vinieran por mí.

Excepto a cobradores.

A los demás, ya saben. El consultorio queda abierto, de manera oficial. Pueden escribirme, que por una modesta suma les daré la solución a sus problemas.

***

Así termina la historia de esta segunda ronda de Blogs colaboradores. Esto es un agregado, ya que no entra en la historia con Fae, que era el personaje a utilizar para la consigna. Espero haberlo hecho bien y que la hayan pasado tan bien leyéndola como yo al escribirla.
Gracias por acompañarme este mes y los veo en la próxima historia corta para la tercera ronda.

¡Para un poco, Elisa! - Cuatro: Sopló, sopló... y qué ojos tan grandes tenía

¡Para un poco, Elisa! - Cuatro: Sopló, sopló... y qué ojos tan grandes tenía

22 abril 2017

para un poco elisa cinco
<< Capítulo tres
Aparecí en un lugar muy distinto al palacio esta vez. Sola. Y la anciana con la escoba, que me corrió por el comedor y la habitación de esa casa, no me dejó mucho tiempo para desesperarme.

—¡Shu! ¡Shu! ¡Fuera! —me decía, como si yo fuera un gato callejero.

Al fin pude encontrar mi camino hacia un patio lleno de gallinas y lodo, pero lejos del alcance de esa loca. Estaba en un claro, en medio de algún bosque. No dejé de correr, por si aquella mujer tenía forma de alcanzarme a pesar de su edad. Nunca se sabía, en esos cuentos. No tardé mucho en caer exhausta, con los pulmones a punto de salirse por mi boca.

Lo cierto es que no estoy en muy buena forma; tampoco me pidan mucho, si trabajo la mayor parte del día con el trasero en una silla. Esa es una buena palabra para mis lectores. Trasero. Ni siquiera parece que estuviera siendo maleducada. Otra sería culo. Culo en una silla. Eso suena más «elisesco». Pero no quiero desviarme demasiado: estaba sola, en un bosque y sin posibilidades de pedir ayuda. Iba a largarme a llorar por mi felicidad perdida, cuando apareció un perro gigantesco en dos patas frente a mí.

—¿Qué es esa cara larga, en una joven tan bonita? —dijo, y no pude creer que lo estaba entendiendo.

Lo miré, maravillada. Estos cuentos eran de lo mejor.

—Lo siento, no es un buen día —respondí, limpiándome con un pañuelo que me dio, a saber de dónde lo habría sacado si no tenía ropa puesta—. No me haga caso. Siga camino, buen perro.

—Lo haré, voy apurado. Pero regáleme una sonrisa y dígame si no sabe de la casa de una abuelita que queda por aquí. Creo que ando un poco perdido.

Me guiñó un ojo y, en su sonrisa, vi que asomaban unos dientes feroces. Era una suerte que fuese un animal tan noble.

—Claro. Acabo de venir de ahí. Haga unos sesenta pasos o cien, como mucho, en esa dirección. Pero cuidado, que tiene un humor terrible y una escoba enorme.

—Gracias por el dato, lo tendré en cuenta —contestó—. Adiós y que todo mejore.

Lo vi marcharse y me admiré del pelaje tan oscuro y grueso que tenía. Parecía que en los cuentos todo era más extremo, más llamativo. De haber nacido en alguno, yo hubiera sido una heroína llena de virtudes. Decidí que me conformaría con la realidad, que también estaba muy bien. Si es que lograba recuperarla.

Justo en ese momento escuché la voz que más extrañaba.

—¡Elisa! —gritó mi editor, corriendo hacia mí hasta atraparme en sus brazos—. ¡Dios, estás bien! ¡Pensé que te había perdido!

—¡Santiago! Gracias por seguir aquí, conmigo —le dije, emocionada de verdad.

Y mis ojos lanzaron estrellitas, por culpa de la magia de los cuentos. No veía las horas de marcharme de allí. Fae también llegó a nuestro lado, con su dibujo porno en la mejilla cada vez más visible.

—Debemos estar atentos —advirtió, nerviosa—. Había un lobo por aquí, lo vimos mientras te buscábamos.

—Yo no encontré ningún… Oh. —Me interrumpí, cuando recordé al perro simpático y entendí por qué era tan grande—. Creo que lo mandé a la casa de la abuela, por allá.

La cara de mi novio se convirtió en un poema. Pero no de esos de amor, por supuesto.

—¿Que hiciste qué cosa?

De solo escucharlo y ver la indignación de Fae, yo también me enojé.

—Claro, porque arruinarle el romance a un pervertido está mal para la continuidad de los cuentos —protesté, con los brazos cruzados—. Y cuando un pobre animalito quiere hacer una travesura hay que ir y hacerle daño, ¿no?

Entonces, los dos debieron haber pensado que tenía algo de razón, aunque se pusieron pálidos y miraron al suelo.

—Es verdad, la continuidad de los cuentos —murmuró él.

—Igual llegará hasta ahí —dijo el hada de los dientes.

—Además, la casa de esa viejita estaba muy bien construida —expliqué, tratando de hacerlos sentirse mejor—. El lobo puede soplar por años, si quiere, que no la va a derribar.

—Esos eran cerditos, Elisa.

—Bueno, aunque sean cerdos pueden tener abuela también.

—No, esa era Caperucita.

«Todo el mundo tiene abuela» pensé. No veía la razón de tanto escándalo.

—Cuánta discriminación —me quejé—. Pobres cerdos.

Cerré el tema, porque no vi ningún chanchito, solamente gallinas en esa casa. A lo mejor la continuidad del cuento ya se había arruinado y esa abuela se convertía en la protagonista de algún otro cuento que yo desconocía o no quería recordar.

Caminamos siguiendo el sendero del bosque en sentido inverso a la casa de la abuelita, esperando encontrar de nuevo al Dibujante. Mientras tanto, averigüé la fórmula de la maldición que éste echó sobre Fae por error, la noche en que Cenicienta se fue con otro. Me reí tanto al escucharla, que me sentí mal por la pobre hada. Santiago le preguntó si no había probado asentando el culo que tenía en la cara sobre un cruce de caminos, echándose agua bendita o algo. Ella dijo que sí, pero que la maldición exigía que asentara en una silla ambos culos a la vez. El natural y el dibujado. Imaginé a unas cuantas vedettes liberándose de ese problema en segundos y me asaltó la carcajada de nuevo.

Hasta que, en otro claro, encontramos a alguien sentado en una roca, con la cara escondida entre las manos y llorando como bebé. Llevaba una capa con capucha de color rojo, pero sus piernas y sus pies ya eran conocidos, no nos dejamos engañar.

—¡Yeyen! —grité—. ¿Qué has hecho con Caperucita?

Alzó la cabeza y nos miró, con sus ojos oscuros llenos de lágrimas de verdad. Por una vez, no parecía enojado. Más bien estaba triste.

—Es Yejun —corrigió, desganado, y se secó los mocos con la parte inferior de la capa—. Y no le hice nada a nadie. Esto lo tiró una chica, antes de irse con un tipo que parecía leñador. Todos tienen más suerte en estas cosas que yo.

—Ah. Hay versiones para adultos con ese final —reflexionó Fae—. No es imposible.

—Esta juventud de ahora, ni en los cuentos es como antes.

—¿Qué estás diciendo, Elisa? El mes pasado le aconsejaste eso a una tal Caperucita, que se fuera con el leñador.

—Sería mucha coincidencia, hombre. Y tú, Yayun, devuélvenos a nuestro mundo y deja ir a esta pobre mujer que no te ha hecho nada.

—¡Yejun! —exclamó, con más fuerza—. Da igual, no le quitaría la maldición a esta hada ni aunque pudiera. Estoy igual de atrapado que ella. Ya que no puedo salir de esto, suframos todos.

Sentí verdadera pena. Imaginé cómo hubiera sido si él me mandara una carta, como cualquier otro personaje. Me acerqué a él, con la comprensión de que era a él a quien debía ayudar en realidad.

—No seas tonto, para eso estamos aquí —expliqué, con suavidad—. Puedes terminar con esto si lo has empezado.

—¿Cómo?

—No lo sé. Prueba olvidándote de Cenicienta —sugerí, por sentido común.

—¡Yo la amo! ¡Desde que era niño! ¡Debería maldecirte a ti también, dibujarte lo que hay debajo de los pantalones de un hombre en la frente!

No iba a asustarme con el dibujo de unos boxers en la cara. Así que insistí.

—¿Al menos ella sí sabe pronunciar bien tu nombre?

Creo que eso dio en un punto sensible. Hasta a mí me dolió ver la expresión que puso.

—No. No lo sabe —confesó, luego de una pausa incómoda—. Para ella soy el hijo del carbonero. Y ni siquiera soy un buen aprendiz. Lo único que hago es dibujar con los productos de mi padre.

—Eres bastante bueno, por lo que veo —intervino Santiago.

—Gracias. Ahora lárguense. No quiero escucharlos.

Habíamos llegado a otro punto muerto en la negociación. Pero un brillo familiar en los ojos de mi editor hizo que le dejara el camino libre con nuestro villano.

—Deja ir ese rencor —aconsejó él—. No hay nada peor que aferrarse a alguien que te hace sentir invisible. Nadie se merece un castigo así.

—Lo dices como si fuera tan fácil. Prefiero seguir como estoy ahora, a volver a ese reino. No podría verla convertida en princesa de un príncipe que ni se acordó de su rostro después.

Asentí en silencio. Hubiera estado de su parte, de haber leído eso en una de mis cartas. Igual veía que estaba sufriendo, aunque él tuviese la razón.

—En realidad, podría traerte a mi revista —arriesgó mi novio, y temí que la magia de los cuentos le diese dientes afilados—. Tengo pensada una nueva sección de humor gráfico, y veo que tienes buena mano y mucha creatividad para los versos.

Yejun lo miró con ojos grandes y redondos, debajo de la capucha roja.

—¿Me pagarías por dibujar?

—Sí. Pero olvida a Cenicienta, es lo único que pido a cambio.

«Ya dijo que la ama, no puedes ofrecerle dinero así como así, va a ofenderse más» pensé, asustada, y calculé hacia dónde correr con Fae de la mano.

El Dibujante no tardó nada en contestar a eso.

—¿Cuándo podría empezar?

Mi asombro al escucharlos no podía ser mayor. O sí. Porque mientras ellos discutían los términos de un supuesto contrato, vi que el rostro de Fae quedaba limpio de imágenes de asentaderas. Buena palabra, asentaderas. Y eso es mucho, pobre hada de los dientes. En especial, cuando la mayoría de sus clientes son niños. Por más que no la vean, no debe ser algo fácil.

Empezamos a saltar de alegría las dos. Me di vuelta, para avisarle a Santiago del milagro, y él estrechaba una mano con la de Yuyén, Yejin, como sea. Los dos se desvanecieron en un instante. Creí enloquecer. Fae no dejaba de reír y saltar.

—¡Mira esto! ¡Se lo ha llevado!

—Claro. Ahora nos toca a nosotras. Vamos.

En pleno frenesí, corrió a abrazarme y yo la dejé. El mundo volvió a hacerse trocitos diminutos frente a mis ojos y, por fin, al volver a reacomodarse nos encontramos todos en la redacción de La pluma naranja.

Epílogo >>

+++

Por fin, llegó la resolución. Ahora se viene el epílogo. Y habrá más de este loquillo de Yejun en la siguiente historia corta que tendrá a otra protagonista de la misma redacción.

Por ahora, gracias por acompañar a Elisa en la aventura de este mes. Y gracias a mi lectora de Blogs colaboradores, Eréndida, por el aguante.
¡Para un poco, Elisa! - Tres: Afortunada ella, que siguió durmiendo sin problemas

¡Para un poco, Elisa! - Tres: Afortunada ella, que siguió durmiendo sin problemas

17 abril 2017

elisa
<< Capítulo dos
—¿Qué? ¡Eso no es un hada! —exclamó Elisa, apenas Fae nos reveló su identidad—. ¡Nos mentiste!

Habíamos caído en otro lugar extraño. Parecía una ciudad medieval, cerrada y abandonada al punto de que la suciedad se amontonaba en las calles. Lo triste era ver las paredes de las casas cubiertas de enredaderas y a la gente dormida en las aceras, sobre los carros de frutas podridas o junto a sus caballos, que también descansaban intactos.

En medio de nuestra incertidumbre por no volver a casa, Fae nos había dado una noticia que nos puso aún más nerviosos.

—Les pido mil disculpas por no haber aclarado el malentendido antes —dijo—, pero en mi gremio llevamos el título de hada con mucho orgullo. Aunque no seamos madrinas de nadie.

Mi pelirroja no parecía muy contenta.

—Claro, porque los dientes tienen que irse a alguna parte. ¿De dónde sacan las monedas para dejar bajo la almohada de los niños?

—Elisa, por favor —advertí, temiendo que nos abandonaran allí.

—Santiago, ¿te das cuenta de que vamos de cuento en cuento junto a un hada de los dientes con un culo dibujado en la cara y que no puede hacer nada?

Por increíble que parezca, suspiré aliviado por la indiscreción de mi novia. Al fin, alguien lo había dicho. Era muy incómodo ver a esa mujer con algo tan obvio y no poder ni mencionarlo.

En cambio, para nuestra compañera en desgracia fue como si le hubieran echado un balde de agua fría.

—¡Son dos círculos mal dibujados! —gritó, tapándose la mejilla con una mano.

—Me vas a disculpar, Fae, pero yo creo que está bastante bien hecho —intervine—. Y Elisa, no había mucha diferencia en que fuese un hada madrina con un culo en la cara y que no pudiese hacer nada.

—Me hubiera sentido más protegida.

Intentamos recorrer la ciudad. Sin embargo, la vegetación era tan densa en algunos lugares, que solo pudimos avanzar con relativa facilidad hasta el castillo que se alzaba al fondo. Me puse alerta y miré en todas direcciones, no fuera a aparecer otro príncipe a retarnos a duelo. Recordé mi fanatismo adolescente por la actriz que hizo de la villana de este cuento en una película, hace poco, y casi deseé que apareciera ante nosotros. Aunque eso ya era mezclar las cosas.

Fae y mi pelirroja favorita siguieron hablando, mientras ingresábamos al edificio.

—Esto es discriminación —protestó el hada—. Nuestro gremio…

—Ya, ya. Lo lamento, mujer. Al menos dime que podrás llevarnos a la redacción cuando recuperes tus poderes dentales.

—Claro, si me permitió encontrarlos a ustedes, en un principio. Antes de quedarme sin una chispa de magia.

—Sí, muy conveniente que te quedaras varada justo cuando nos habías pedido ayuda. No me diste la oportunidad de rechazarte.

Sonreí, encantado con mi Elisa. Para qué necesito brujas maléficas, si tengo a la consejera que arruina todos los cuentos.

—Perdona su reacción —agregué, alcanzándolas en el pasillo que daba a un salón enorme—. Creo que solo nos visita un ratón por esta región para llevarse nuestros dientes.

—Oh, es verdad —respondió el hada, pensativa—. Pérez está de vacaciones por estas fechas y yo lo reemplazo.

—Entiendo —dije, y agradecí que no hubiera sido un ratón gigante el que irrumpiera en mi oficina a pedir ayuda.

Con todo respeto, nos hubiéramos llevado un susto de muerte.

Ingresamos en un sector del castillo en el que la maleza estaba cubierta de flores blancas. El perfume era intenso, imposible de ignorar. Nos adentramos en el corredor, dejándonos llevar por la invitación hacia una cama con dosel, donde seguro descansaba una muchacha. Entonces, me di cuenta de lo que ocurría y les hice señas a ambas para detenerlas. Pero ya era tarde. Las dos siguieron hasta acercarse demasiado a la escena.

La bella durmiente no estaba sola. Un joven en armadura estaba inclinado sobre ella.

—Me gustaría saber algo de mis cartas de quejas por el dinero de mis muelas, jamás fueron respondidas —comentó Elisa, antes de notar al que intentaba besar a la princesa—. ¿Y éste, qué hace? ¡Hey, no seas asqueroso! ¿No ves que la pobre está durmiendo? ¡Pervertido, aléjate!

Quedé boquiabierto. No podía creer lo que estaba escuchando. El príncipe se quedó igual. Tal vez un poco peor, considerando que éramos tres extraños en ropas desconocidas e íbamos descalzos.

—¡Brujas! —gritó, espantado, sin bajarse de la cama todavía—. ¡Este lugar está hechizado!

—Mira, qué novedad —contestó mi columnista, y lo amenazó con el cojín de un sillón que encontró a su paso—. ¡Quita esa mano de ahí!

Acto seguido, lo bombardeó con todo objeto que se le cruzó, hasta que el pobre cayó al suelo y se arrastró a buscar un refugio. Las delicadas flores que cubrían las paredes comenzaron a perder los pétalos, con lo que todo se hizo más confuso. Fae gritaba. Yo rogaba que se detuviera. La princesa no movió un dedo, no abrió un ojo, aún en medio de esa batalla campal.

Ahora, voy a decir algo en favor de Elisa. Era verdad que la chica estaba dormida. Y el príncipe no solo intentaba darle un besito. Le estaba tocando las tetas.

—¡Consejera, estás interrumpiendo el cuento! —lloriqueó Fae, abrazaba a una columna.

El intruso aprovechó para correr hasta la salida, rezando y con un amuleto en alto. Vi que mi pelirroja iba a perseguirlo, así que me interpuse en su camino.

—¡No debes hacer eso, déjalo!

—Claro que no. Mientras yo esté aquí, nadie va a hacerle eso a una chica que no puede responder si quiere o no —explicó, antes de gritar por encima de mi hombro—. ¡Corre, cobarde!

Y yo la entendía, pero...

—¡Pero es la clave de que despierte y se le quite la maldición de la bruja! —insistí.

Ya nos habíamos quedado los tres a solas, en la habitación de la princesa dormida. El hada de los dientes se acercó, más calmada, y nos hizo bajar un tono a la discusión.

—En realidad, lo que acaba de decir ella tiene sentido —añadió, en voz baja, como si con nuestras voces algo fuese a cambiar.

—¿Aunque todo un reino quede dormido por siempre?

La verdad es que no entendía el propósito de algunos cuentos. La crueldad de los mensajes que transmitían, o la falta de mensaje en absoluto, los convertía en la última opción que yo hubiese elegido para educar a un niño. A no ser que las adaptaciones fueran para el público infantil y yo me hubiese perdido de algo.

—Claro que sí —dijo mi chica, respondiendo a mis sospechas—. Tu prima Sienna, la sabelotodo de la columna de las moscas, me contó la verdadera versión de esta historia. No iba a ser nada bonito lo que iba a ocurrir en esta habitación.*

—Oh. Qué desagradable.

—Sí, así es Sienna.

—No, me refiero al príncipe —aclaré, aunque mi prima podía ser hartante cuando quería—. Los cuentos parecen más divertidos cuando se los lee en la comodidad de casa y sin tantos detalles.

—No serían buenos cuentos si no nos dieran realismo —reflexionó el hada, luego del momento incómodo en que todos imaginamos lo que acabábamos de interrumpir.

Elisa fue la primera en reírse, perdida en sus ideas.

—Uh, como si un tipo pudiera llamar a un genio que le dé elefantes y oro, para conquistar a una princesa con un tigre de mascota.

—Bueno, el tigre de Jazmín está domesticado, no es para tanto. Ya le ha dado cachorros y todo. Cambiaron los dientes hace poco.

Yo las escuché, conversando con tanta tranquilidad acerca de una situación tan extraña, que me pregunté si no sería yo el dormido.

—¿Y Aladino tiene su propia alfombra voladora? —continuó mi novia, fascinada.

El hada asintió y yo no quise saber más nada. Creo que, de solo imaginarlo, me sentí mareado.

—Arreglemos esto, antes de que caigamos por allá —sugerí—. Tengo terror a las alturas.

En ese momento, alguien más surgió de entre las plantas que cubrían los muros. Era aquel chico al que habíamos visto en el otro cuento. El rubio enojado, de ropas sencillas. Parecía más furioso que antes.

—Ustedes no irán a ninguna parte —dijo, en tono amenazante, y señaló a Fae—. Tú, hada entrometida, me devolverás la oportunidad de tener a mi amada o morirás aquí.

Estaba por reírme de su falta de educación, alzando el dedo índice contra la gente así como así, cuando Elisa hizo lo mismo y lo apuntó a él. Me di cuenta de que esto no iba a terminar rápido y, por las dudas, busqué algo para defenderme.

—¡Ahí estás, Dibujante! ¡Devuélvenos a nuestro mundo!

—¡Irrespetuosa! —exclamó, ofendido—. Mi nombre es Yejun y no haría nada por ustedes, ni aunque pudiera.

Nuestra guía, en medio del desastre, avanzó y tomó la atención del desconocido.

—Te he dicho que yo no tuve nada que ver con que ella fuera al baile del palacio. ¡Me estaba llevando un diente la noche que me encontraste!

—¡Mentiras! ¡Ella ya es adulta para ir perdiendo dientes por ahí!

—Es que la higiene no es muy buena en esa casa —contestó el hada—. Te asombrarías de la cantidad de ceniza que había por todas partes.

«Oh, así que por eso le decían así» pensé, y noté que no sabía nada de estas cosas hasta ahora.

—Ese maldito ni siquiera se acordaba de su rostro —siguió lamentándose el tal Yejun—. Ha ido con uno de sus zapatos, probándoselo a todo el mundo. Ridículo.

—Dímelo a mí —añadió mi compañera, irritada por el recuerdo.

La conversación pareció darle alguna esperanza al sujeto. Era una pena que creyera que Fae podía cumplirle semejante deseo.

—Necesito que quites el encantamiento sobre ellos —le pidió—. No pueden casarse.

—Yo llegué cuando ella ya estaba de regreso a las doce y media pero, según vi, las acciones del hada madrina se limitaron a su vestuario —explicó ella, con paciencia—. No hubo hechizos de amor involucrados.

—Eso, como un episodio de Emergencia de la Moda, hombre. Ella era la que quería ir.

Aquello no iba a ninguna parte. Por fin el Dibujante empezaba a darse cuenta de eso, porque volvió a perder los estribos.

—¡Tú, cállate! ¡Debería maldecirlos a todos! ¡Debería…!

Un poco tarde, porque su cuerpo ya empezaba a transparentarse, camino a otro lugar, donde fuese que la maldición se lo llevara.

—Por fin, desapareció. Era insoportable.

—Ya nos debe quedar poco, no se alejen de mí.

Tomé nota mental de lo que había averiguado de Yejun y las circunstancias del problema, aunque no sería suficiente para buscar una solución. En eso, unos ruidos me hicieron ir hasta la ventana. Lo que vi no me gustó nada.

—Refrésquenme la memoria —dije, bien alto—: la gente del reino no debía levantarse hasta que ella despertara, ¿no es así?

—Cierto —confirmó Fae.

—Entonces, ¿qué es esto?

Apenas pude apartarme cuando un aldeano subió hasta el balcón de afuera. Su aspecto no era muy bueno. Gruñía y sus ojos rojos no parecían amistosos.

—¡Por favor, marchémonos rápido! —pidió Elisa, desesperada.

—¡A mí no me digan nada, yo solo puedo tranquilizarlos hasta que ocurra!

Las empujé hasta el túnel de las flores por el que habíamos entrado. Corrimos hasta la salida, pero una multitud de sirvientes de ojos rojos se arrastraban hacia nosotros. Algo había salido mal con la continuidad del cuento, eso era verdad. Al menos, en el anterior, no le hicimos nada a Cenicienta.

—No se alejen —recordó Fae—. Deben tomarme de las manos, para venir conmigo. O se quedarán aquí.

Desviamos nuestro camino a otro corredor. Las enredaderas dejaron su quietud sobre las paredes y los muebles para lanzarse contra nosotros. Apenas pudimos resistirnos.

—Esperen, no va a vencernos una planta —decidió Elisa, soltándonos para enfrentar el lío—. No, señor.

Entonces, volvió a recordarme nuestra época de la escuela. Tomó un palo de escoba y comenzó a rechazar los avances de la vegetación, que volvía a regenerarse y a ser cortada. Intentamos ayudarla, como pudimos. Sería un ciclo sin fin. O hasta que a uno de los dos lados lo venciera el cansancio. Vi de reojo a Fae, estaba desapareciendo. Miré a mi pelirroja, el verde la tenía atrapada por una pierna.

—¡Cuidado!

Hice subir al hada a mi espalda y corrí como loco. Extendí mi brazo, pero justo cuando alcanzaba a tocar los dedos de Elisa, el mundo volvió a desacomodarse como un gigantesco cubo mágico. Grité su nombre, desesperado.

Solo esperé que, cuando las piezas volviesen a asentarse para dejarme en otro lugar, ella estuviese ahí.
+++

* Se refiere a la historia Sol, Luna y Talía, de donde surge por primera vez la historia de la Bella durmiente. Escalofriante. Búsquenlo. 

¡Para un poco, Elisa! - Dos: En realidad, el zapato me quedaba un poco grande

¡Para un poco, Elisa! - Dos: En realidad, el zapato me quedaba un poco grande

08 abril 2017

elisa portada blog<< Capítulo uno
No podía creer lo que estaba ocurriendo. Ya había recibido cartas de gente de otras épocas, príncipes enamorados en su mayoría, pero nunca lo sentí tan real como en ese momento. Santiago me tironeaba de la mano, como si no se decidiera a correr pero estuviese a punto de hacerlo ¡No teníamos ni zapatos! Y la tal Fae, tan tranquila ahí, con sus alas de mosquito. Me puse furiosa.

—¡Hey, tú! ¿No vas a agitar tu varita para devolvernos a la redacción? —pregunté, temblando en el viento helado del callejón empedrado—. Tenemos un cierre de edición muy pronto, no hay tiempo de ir de paseo.

—Yo no los vi tan apurados por trabajar cuando los encontré —respondió ella.

Sentí ganas de tirarle con algo. En eso, un grupo de ratones pasó corriendo a mi lado y se metió debajo de una calabaza podrida, detrás de Santiago. Se me revolvió el estómago. Él no les hizo caso.

—Eso no… No es de tu incumbencia —protestó, en mi lugar—. Por favor, necesitamos regresar. Dinos qué es lo que tenemos que hacer.

La calabaza logró moverse, con tanto bicho adentro, y se fue moviendo hasta alejarse de nosotros. Yo pude recomponerme y advertir que había algo raro en todo eso.

—Cuidado. Te entregas muy fácil, tonto —murmuré, llevándome a mi editor a un costado—. ¿No has leído sobre los genios tramposos que te obligan a pedir deseos?

—No, Elisa. Apenas si tengo tiempo de dormir después del trabajo.

Me enternecí de solo imaginarlo, cayendo sobre su almohada después de renegar tanto conmigo.

—Eso va a cambiar, amor —prometí.

Fae vino hasta nosotros, parecía arrepentida. O actuaba muy bien.

—Perdónenme. No debí responder así —dijo—. La verdad es que no sé cómo salir de aquí. Mi cuerpo se ha vuelto inestable por culpa de la maldición de un hombre que me confundió con otra hada. El Dibujante le dicen, es todo lo que sé. No dejaré de moverme de una dimensión a otra hasta que la maldición se elimine. ¡Espere, eso duele!

—¡Elisa! ¿Qué haces? —gritó Santiago.

Solo por él dejé de tironear las alas de la espalda de la muchacha. Parecían tan brillantes, tan frágiles. Largaban una especie de polvo brillante. Y no se despegaban de su dueña.

—Me aseguraba de que su historia del hada no fuese una mentira —expliqué, sacudiéndome el brillo de las manos, antes de volverme hacia ella—. O sea que admites que eres un hada inútil. Y el tatuaje pornográfico en tu cara no se va a ir tampoco.

—Son dos círculos mal dibujados —corrigió, tensa.

El asunto del dibujo en su mejilla no la ponía muy contenta, por lo que veía. Y no era para menos.

—Nada más que dos círculos, seguro —concedí, tratando de no mirarla demasiado—. Solo voy a dejar un par de cosas en claro, antes de empezar: No pienso pedir ningún deseo. Voy a ayudarte de la forma que sé, por medio de mis consejos.

—Estamos perdidos —ironizó Santiago.

Con novios así, para qué quiero enemigos.

—Y el sabio de la montaña, aquí a mi lado, nos dará la solución o cerrará la bocota.

—El carro, Elisa.

Fae y yo tratamos de hacer un recuento de los daños, pero nuestro compañero en la desgracia no nos dejaba concentrarnos.

—Segundo, y más importante —continué—: me dirás todo lo que deba saber para deshacer esta maldición. Vamos, empecemos.

—Mira el carro, te digo…

—Ese es el problema —lloriqueó el hada—. No tengo idea de porqué el Dibujante me maldijo. ¡Sus palabras fueron tan crueles!

—¿Qué te dijo? —pregunté, justo cuando nos empujaron a ambas fuera del camino—. Ah, Santiago, mira que eres bruto. No me interrumpas.

—¡No me escuchas, Elisa! Mira eso, tenemos que huir de aquí.

Era cierto, un carruaje enorme venía hacia nosotros. La escena hubiese sido encantadora, de no ser porque íbamos muy mal vestidos para el estándar de decencia de esa época. Y eso hasta yo lo sabía.

—¡Ya es tarde, los tenemos encima!

—No se preocupen —intervino Fae—, todavía puedo encantar los ojos de los demás para que no nos vean.

Los caballos se detuvieron frente a nosotros. Nos mantuvimos quietos, en silencio, esperando que la horrible coincidencia pasara pronto. Los animales estaban muy adornados, lo mismo que el traje del sirviente que abrió la puerta y puso la escalerita para que alguien más bajara. Maldita suerte la nuestra, pensé.

El que acababa de salir era, definitivamente, un príncipe. No tenía nada que envidiarle a mi Santiago, con esos ojazos verdes y esos hombros anchos. Sentí la mano de mi editor tomar la mía, como si me leyera el pensamiento. Entonces el príncipe buenote se cruzó de brazos, aburrido, mientras uno de los que iba con él sacaba del carro un almohadoncito púrpura, con el zapato más hermoso que haya visto en mi vida. Brillante y transparente. Sin su compañero que formara el par.

Santiago contuvo una exclamación. Lo oí morderse la lengua, cosa que debió ser muy dolorosa. Fae abrió la boca, espantada. Yo empezaba a tener una idea de dónde estábamos. Más príncipes enamorados, por todas partes.

—Ustedes, forasteros —anunció el criado gordo que bajó primero—. Por encontrarse sobre la tierra de Su Majestad, deberán cumplir con la Orden dada en…

—¿A quién le está hablando? —pregunté, en voz baja—. ¿A nosotros?

—¡Puede vernos!

En efecto, el príncipe nos miraba a los tres. No había dudas de eso. Su sirviente seguía a los gritos, anunciando algo escrito en un rollo interminable.

—…según la cual, por su Ilustrísima Majestad…

—Lo siento mucho —susurró el hada—. Parece que he perdido mis poderes del todo.

—Fae, querida —respondí, con los dientes apretados—, para la próxima nos limitaremos a correr.

—…la propietaria del pie que entre en este zapato será su futura esposa.

Por fin, había terminado la pompa innecesaria. Me adelanté para hablar con el mandamás.

—Su Alteza, voy a dejar pasar el honor. A pesar de cuánto me encantaría sentarme a conversar con ustedes de calzados de cristal y vestidos mágicos, ya tengo novio.

—Exacto —confirmó la voz de mi Santiago, desde atrás.

Igual, no iba a quedarme sin aprovechar semejante oportunidad de hacer un negocio.

—Aunque, si quiere ahorrarse algo de tiempo —ofrecí—, por unas monedas le diré quién es la dueña del zapato. O una sola moneda. Y me invita al casorio.

Varias espadas surgieron de la nada y nos apuntaron al hada, a mi editor y a mí. No estaban de buen humor los muchachos.

—El pie —ordenó el buenote—. Ahora.

—Ya, no se pongan tan nerviosos. Ahora voy.

Tenía que saber cuándo rendirme. Fui y me senté en la escalera del costado del carro y dejé que me presentaran el zapato de cristal, esperando que Cenicienta no hubiese tenido pie de atleta.

—Es una forma tan poco práctica de buscar —refunfuñaba Santiago, vigilado de cerca por uno de los sirvientes—. Con toda la gente que los vio bailando, debería poder hacer un identikit y colgarlo por todo el Reino.

—Un momento —dijo el regordete que había leído antes, mirando a Fae—, ¿esta mujer tiene dibujado en la cara un…?

En eso, ocurrió lo impensable. Mi pie se deslizó por el zapato sin problemas. La atención de los sirvientes se centró en mí. Y estaba peligrosamente cerca de la puerta abierta del carro.

—¡Esto no significa nada! —exclamé, aterrada—. ¡Mido 1,62! Es obvio que todo va a ser pequeño en mí, incluidos mis pies.

—¡Deja de jugar conmigo! —rugió el príncipe, creo que estaba despechado—. No te recordaba así, pero es posible que la champaña me haya nublado la memoria. Ahora no volverás a escapar. Te presentaste como candidata a ser mi esposa, todas en la fiesta fueron con esa intención.

—¿No podía ser por el buen ambiente? —arriesgué, temblorosa—. ¿La comida, los tragos?

—Ella ni siquiera estuvo esa noche, príncipe —intervino Fae, con gesto culpable—. Nosotros no somos de aquí.

—No pienso seguir escuchando tonterías —dijo—. Ya te encontré. Eres mía.

No tuve tiempo de zafarme de su mano, que tomó mi brazo izquierdo e intentó arrastrarme con él al interior del carruaje. En la inercia de la caída, escuché el grito del hada y sentí el freno de alguien sosteniendo mi mano derecha. Era Santiago. Quedé en una posición extraña, como una muñeca de trapo sostenida por los dos.

Me hubiera sonreído como tonta. Siempre había disfrutado cuando las heroínas se encontraban en una situación así. Pero no tenía idea de lo que dolía, iban a dejarme dislocada si seguían.

—¡Y una mierda es tuya! —gritó mi editor, que no se puso a dar discursos porque no tuvo tiempo.

Por suerte, Fae surgió en primer plano de la discusión, señalando al final de la calle con su mejor cara de terror.

—¡Miren! ¡Esa calabaza acaba de convertirse en carroza!

El primero en darse vuelta fue el príncipe, con lo que recuperé la mitad de mi cuerpo y Santiago me recibió en su abrazo.

Aprovechamos para correr lo más rápido que pudimos. Yo llevaba el zapato puesto todavía, fue muy incómodo. Entiendo cómo es que su dueña no volvió por él en las escaleras del palacio.

Nos metimos en medio de una especie de feria. La gente se apartaba al vernos, algunos nos señalaban, acusándonos de brujos a gritos. No iba a ser el mejor escondite. Santiago discutía con una vieja que pretendía llamar a un sacerdote para un exorcismo, por mi cabello rojo, cuando Fae nos volvió a sorprender.

—¡El Dibujante! —gritó el hada—. ¡Ahí está!

Apenas era un flacucho rubio, de ropas sosas y cara de simplón que se había mezclado entre la gente. Lo único que lo delató fue el cambio de expresión al reconocer a nuestra acompañante. Sus ojos echaban chispas de odio. Me cubrí las mejillas con las manos, por el miedo a que nos quisiera dibujar a nosotros también. Para mi horror, levantó una mano y comenzó a decir algo. No lo escuchaba. Entonces, desapareció.

—Se lo llevó. Él también ha quedado maldito, como yo. Esto significa que nos queda poco tiempo aquí.

—¡Fae, exijo una explicación de todo esto! —exclamó Santiago.

Los soldados del rey llegaron a rodear la plaza y el príncipe se acercó, desenfundando su espada. Temí por mi novio. Por mí. Y esa rarita de Fae, tan tranquila, tomándonos de las manos y contando en reversa. Comencé a sentir el suelo deshaciéndose, el aire mezclándose con el verde y el marrón, todo esfumándose otra vez.

—¡Ojalá te confundas con la hermanastra fea, tarado! —grité, y esperé que algo de mi voz todavía quedara en aquel cuento.

¿Y yo? Era quien debía arreglar este lío. ¿Qué se suponía que tenía que hacer?

+++

Gracias a los que leen y comentan.
¡Para un poco, Elisa! - Uno: Y fuimos felices por siempre (es decir, unos minutos)

¡Para un poco, Elisa! - Uno: Y fuimos felices por siempre (es decir, unos minutos)

02 abril 2017

Elisa portada blog
La puerta de mi oficina no suele estar cerrada. Guardo ese privilegio para pequeñas ocasiones, como regaños a miembros del personal o discusiones con mi gemelo Sergio, el director de arte de la revista. Sé que soy el editor en jefe, pero considero energizante el sonido del staff corriendo de un lado a otro, rogando una entrevista al teléfono o gritando que necesitan ayuda con una hoja atascada en la impresora. Tengo un amor secreto por el caos, en medio de mi vida ordenada y tranquila. Ver y oír a la manada de locos que tengo por empleados me hace sentir como un niño que se asoma a una juguetería. Una muy ruidosa. Pero hay una razón extra para cerrar mi puerta, en ciertas ocasiones. Como la de ese día.

—¿Qué significa esto? —exigió la voz que esperaba, destacándose sobre el estruendo de la madera al chocar con la pared—. ¡No me ignores, sé que has sido tú!

Ahí estaba. El sonido de la puerta cuando Elisa iba por mí era único.

—Te tardaste demasiado —respondí, sin levantarme del sillón en mi escritorio—. Con la primera línea deberías haberte dado cuenta de que era yo, Mores.

La hermosa pelirroja agitó la hoja de papel en su mano.

—¿Cómo voy a adivinarlo, Ledesma, si me has escrito una nota en tu computadora?

—Exacto. Así soy yo, Elisa.

—Podrías haber enviado un email, o algo. Ya mueren muchos árboles para que gastes en… lo que sea que…

Me removí en mi asiento, incómodo. De pronto, encontré interesante el diseño de mi bolígrafo y comencé a pasarlo entre mis dedos. Era la primera vez que la veía así de nerviosa. No podía ser buena señal.

—Como sea. Supongo que la leíste. Por eso has venido.

Noté que ella me miraba por un momento, con desconfianza. Pareció convencerse de algo, porque relajó los hombros y soltó un suspiro. Entonces cerró la puerta, con suavidad. Yo seguí pensando que aquello podía terminar mal.

—La leí, hombre. Y no sé si estoy despedida o estás burlándote de mí.

—¡Nada de eso, Elisa! ¡Estoy declarándome!

Lo había dicho. Antes lo había escrito, era cierto. Pero me estaba escuchando decirlo y ya no había vuelta atrás. Me puse de pie, angustiado. Fui hasta la ventana, necesitaba poner los ojos en otra parte. Y el reflejo del cristal me trajo los ojos confundidos de la muchacha que me había seguido hasta ahí.

—¿Cómo? ¿En qué párrafo, exactamente? —preguntó, indignada—. Porque lo único que veo son quejas de mi desempeño en la revista.

—No voy a mentirte. Esto no lo hace más fácil, créeme.

—¿No podías enviarme una advertencia con los de Recursos humanos, como a los demás? Crees que porque nos conozcamos desde niños tienes derecho a…

Me volví y la enfrenté.

—¡Eres la peor consejera sentimental del planeta, Elisa! ¡Y te pago por meternos a todos en problemas! Esa princesa que asesoraste por una venganza hacia su amante salió en televisión. Y todavía no me devuelven del taller el auto que ese rarito del futuro me robó para perseguir a no sé quién. Pero siento… cosas por ti. Desde la escuela. Cuando golpeabas a esos matones con sus propios bates de béisbol y me llevabas a la enfermería.

Otra vez. Había querido ser sincero y, en lugar de eso, no había hecho más que esconder las palabras bonitas en un montón de reclamos. Al menos, las cosas importantes las había dicho al final. Y, por el gesto pensativo de Elisa, eran las que habían causado más impacto.

—¿De verdad? Pensé que no me veías a la altura —murmuró ella.

Y esa fue toda su reacción.

Al escuchar eso, deseé que el suelo se hundiera y me llevara a las profundidades de la tierra. Atravesar el magma del centro y salir después por China. O Corea. O alguno de esos países del otro lado del globo, donde nadie me conociera. Por la ubicación de este país, era probable que solo hubiese océano a esas alturas. No importaba.

Se suponía que me había tenido enfrente desde los doce años. No había caso. Era invisible para ella. Ahí tenía mi respuesta, solo con ver la cara de desconcierto que había puesto. Y eso que ni mencioné la palabrita que empezaba con «a». Por suerte no lo hice.

—Olvídalo. Fue un impulso estúpido —dije, conciliador—. No tienes que contestarme nada. Devuélveme la carta y te prometo que esto no se repetirá.

Ella miró mi mano extendida.

Yo quedé esperando. Entonces, la vi sonreír como nunca lo había hecho. Era como si tuviésemos quince años otra vez y yo sí me hubiese animado a decirle todo. O aún mejor.

Cuando me di cuenta, habíamos barrido con medio escritorio y nos besábamos a lo bruto. Elisa luchaba con los botones de mi camisa, yo con el cierre de su vestido azul. Me había rendido, levantándole la falda hasta la cintura. Ella había sido más hábil con mis pantalones, lo único que debía hacer ahora era desenredarlos de mis tobillos para liberarme. Y la primera en decir todas las palabras tiernas que yo había callado fue la propia Elisa.

—Yo siempre te quise, tonto.

Era rarísimo. Sentirme así de feliz. No estaba acostumbrado. No sabía hacer el amor, aunque de sexo podía escribir una revista aparte yo solo. No esperaba que ella se sonrojara como lo estaba haciendo, que riera por las cosquillas o que se detuviera a besarme la punta de la nariz al terminar.

—Perdóname —dijo, cuando la abracé sobre la alfombra—. No pienso devolverte nada. La carta es mía. Y voy a usarla en extorsionarte para que cenemos esta noche, si es necesario.

Hundí mi nariz en sus rizos anaranjados, encantado de ser su víctima, cuando alguien carraspeó al otro lado del escritorio. Así fue como la vimos, de pie a la luz del sol de mediodía. Era una muchacha joven, rubia y con un par de alas del mismo blanco tornasolado de su vestido. Nos llevamos tremendo susto.

—Ejem… Por favor, no teman —pidió, tal vez más asustada que nosotros—. Si ya han finalizado, voy a pedirles un favor.

Nosotros nos vestimos a velocidad supersónica. O nos cubrimos como pudimos, luego nos acordaríamos de prender botones y subir cierres.

—¡Oh, por Dios, Santiago! ¿Cuándo entró?

—¡No lo sé! ¡Nunca se abrió la puerta! ¡Lo hubiera escuchado!

—Perdonen la intrusión —volvió a empezar la extraña—. Mi nombre es Fae y estoy buscando a la consejera. Vi su aviso en la calle, busqué su ubicación y llegué en mal momento —explicó—. Los felicito por su final feliz.

Sentí algo de inquietud al verlo definido de esa forma. Miré a Elisa. Ella pareció igual de molesta.

—¿Esto tiene pinta de ser un final para usted? —dije—. Acabamos de comenzar.

—Así se habla —murmuró mi consejera favorita, antes de dirigirse a la recién llegada—. Señora, veo que necesita algo de mi columna. Deje su carta en mi escritorio y la respuesta aparecerá en el próximo número de la revista. Ahora, si nos permite…

Me guiñó un ojo, mientras le indicaba la salida a la mujer, e imaginé que no necesitaría volver a ponerme los zapatos. Pero la invasora de intimidades se aferró a ella como una desesperada.

—Me temo que necesito una respuesta urgente. Pagaré bien por sus servicios. Se lo suplico, haga una excepción.

—Deberías poner un consultorio aparte —protesté, al ver que Elisa dudaba—. No uses la redacción para estas cosas.

—Mira quién habla —contestó, y al volverse a la otra le vi toda la espalda descubierta por el cierre abierto del vestido—. Está bien. Si puede esperarme afuera unos veinte, cuarenta minutos, la atenderé.

—No tengo esa cantidad de tiempo, señorita Mores.

—Oiga, ¿se siente bien?

Yo seguía perdido en la línea de la espalda de Elisa. Me apoyé en mi escritorio y me crucé de brazos a esperar. Hacía tiempo que había aprendido a no entrometerme en sus intercambios con personajes extraños. Mi tarea sería después de la publicación del número siguiente, con los de Legales o mi propia madre, la dueña de la revista.

—Soy un hada en problemas —resolló la mujer, tambaleándose un poco—. Mis poderes han sufrido cierta modificación, por culpa de una maldición.

Mi pelirroja ya estaba preocupada. Aquello iba a ser largo.

—Ahora que la veo bien, ¿eso que tiene en la cara es el dibujo de un…?

—Son dos círculos mal hechos. Nada más. El hechicero ha trazado en el aire al lanzar el conjuro, puede significar cualquier cosa.

—Claro, por supuesto —gruñí, impaciente.

Era obvio que eso que el hada tenía marcado en la mejilla izquierda era un...

—¡Espere, se está poniendo transparente! ¡No me diga que no lo siente!

—Me lo temía —se lamentó la otra y volvió a tomar la mano de mi chica, esta vez con más fuerza—. Señorita consejera, tendré que explicarle cuando lleguemos.

—¿Cómo? ¿Adónde?

Habían empezado a forcejear. El cuerpo del hada intrusa era casi de humo a esas alturas, cosa que no me hubiera movido un pelo de no ser porque el de Elisa se estaba desvaneciendo también. Corrí hacia ellas. Ya había visto más rarezas de las que podía soportar.

—¿Qué hace? ¡Elisa, suéltala! —grité, justo cuando alcancé a tomarla de la cintura para llevármela conmigo.

Entonces fue como si el mundo se licuara a nuestro alrededor y nos devolviera los mismos colores, el mismo cielo sobre nuestras cabezas y el suelo bajo nuestros pies. Pero todo dispuesto de otra manera. No sobraba ni faltaba un átomo ahí. Simplemente se habían reorganizado para transformar mi oficina en un callejón sucio y empedrado.

Por la inercia de la lucha que habíamos empezado antes, todos caímos al piso. Aproveché para subir el cierre del vestido de mi pelirroja. Estábamos tan asustados, que no atinábamos a decir nada. Yo hubiera jurado que acababa de ver un carro de caballos pasar por la esquina.

—¡No puede ser! —exclamó el hada, mirando en todas direcciones con una expresión que no me gustó nada—. ¿Dónde hemos venido a caer?

Hubiera tomado a Elisa para correr lejos de ahí. Si hubiera sabido en qué dirección.



+++

Bienvenidos a esta mini historia para la segunda ronda de Blogs colaboradores, de Letras en el aire y Beyond a Writer´s Mind. Espero que a mi lectora asignada, MaryEre, le guste lo que va a leer. Los dos van a ser narradores. Y la identidad del hada se revelará muy pronto.
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