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Las aventuras de Super Sun
Las aventuras de Super Sun
Cuatro: Bae Bae

Cuatro: Bae Bae

25 junio 2017

Caí hacia atrás, impulsada por el retroceso del arma mal disparada. No vi mi vida en un instante, solo sentí una terrible vergüenza por malgastar esa oportunidad. O no. Creo que pensé en eso cuando toqué el suelo. En esa fracción de segundo, lo único que hice fue mirar el extremo del cañón y rogar que no llegara a darme en la frente mi propio disparo.

El rayo fue cubriendo de blanco todo el paisaje —tierra, arbustos, piedras— hasta dejar una columna transparente, que intentaba alcanzar las nubes pero quedaba truncada a pocos metros del suelo. Solté el arma y me tragué el llanto. Estaba aterrada. Pluma había quedado de pie, a dos pasos de alcanzarme. Me miraba todavía, con esa locura asesina en sus ojos. Podía verla extender su mano hacia mí, con algún aparato que nunca sabría lo que era. No mientras no la sacara del bloque de hielo en el que había quedado atrapada.

En mis auriculares, había comenzado otra canción. Un grupo de idols coreanos me pedía que no cambiara nunca, que me quedara así como estaba. Yo no podía hacer eso.

Me levanté, resbalé y caí un par de veces sobre el espejo helado del lugar. Me deslicé por la pendiente, insultando como camionero, eligiendo la ira para no perder las últimas fuerzas. En eso, pude ver la fuente de tanto escándalo. El famoso tambor del alma era un instrumento como cualquier otro, forrado en cuero y de color marrón oscuro. El aporte de Pluma había sido su puesta en funcionamiento automática, gracias a un robotito que lo golpeaba sin parar con sus puños.

—¡Deja eso! —ordené a gritos, levantando de nuevo el arma que tan mal había usado.

El muñeco metálico me miró y se sacudió un poco. Imaginé que eso sería el equivalente a una risa, porque tampoco podía darme el lujo de escucharlo mientras siguiera la percusión. Le apunté a un brazo y se lo congelé, como advertencia. El bicho de lata continuó con uno solo, mientras dejaba caer el otro y un tercero surgía de su pecho, con el dedo medio levantado.

Ahí perdí la paciencia. Bigbang taladraba mi cabeza, repitiendo que nuestra química era pegajosa como tortillas de arroz. Barrí con todo a culatazos. Robotito y tambor, instrumento del mal y hallazgo histórico, no quedó nada.

Me quité los auriculares. Quería disfrutar del silencio, por fin. Derrumbarme y llorar por mí, por mi compañero, por Leseli. Me senté en una piedra helada, sin saber qué dolía más. Entonces, sobre mi horizonte, Sun resurgió arrastrándose con esfuerzo. Se había quitado el molusco de la cara y llevaba los auriculares todavía. Corrí a ayudarlo, llena de esa frustración feliz que tantas veces me había provocado. No sabía en qué orden insultarlo, decirle lo aliviada que me sentía, lo mucho que lo quería.

Como siempre, él abrió la boca primero y pasó de largo, sin detenerse a mirarme.

—Muy bien, Clara. Esto es mérito tuyo —declaró, sin recuperar del todo el aliento.

Me di vuelta para ver a qué se refería. La colina cubierta de blanco, la villana convertida en estatua de hielo y el tambor del alma, hecho pedazos en medio de los restos cibernéticos, me hicieron entenderlo.

Y esa es toda la historia, señor abogado.

+++

El anciano de traje cerró su cuaderno y tomó un poco de agua, bajo la mirada ansiosa de Clara Uevo. De fondo, el televisor de la comisaría mostraba el nuevo anuncio de la alcaldesa de Leseli, tomada de la mano con su joven asistente. Los policías sonreían y hacían bromas entre ellos, pero evitaban mirarse de frente.

—No se preocupe, señorita —dijo el letrado, con una sonrisa—. Vamos a conseguir que esto se solucione con el pago de una multa. La pérdida del tambor del alma puede ser lamentable, pero también es una forma de impedir que sea usado de nuevo.

—Le agradezco mucho —murmuró ella, desanimada.

—Yo le agradezco a usted, a pesar de todo.

Su defensor se marchó y ella volvió a su celda, pensativa. La perspectiva de tener un expediente como el de Sun, que resolvía la mitad de las cosas y arruinaba el resto, no la animaba mucho. Igual, el respeto con el que la miraban algunos y el resentimiento de otros le dio la pista de que ya se había hecho un nombre como heroína. O aspirante a serlo. No sabía si la actuación seguía siendo su primer objetivo, como antes. Le había gustado ser la salvadora de la ciudad, por una vez.

La próxima, lo haría mejor. Se convenció de eso, mientras el sonido de unos pasos por el pasillo exterior iba volviéndose más intenso.

—Uevo, pagaron la fianza —anunció un uniformado, del otro lado de las rejas.

+++

Era una tarde lluviosa en Leseli, pero a Clara la esperaba el sol junto a su auto. Había estado dos días encerrada, luego de entregarse por el incidente en Colina Leseli.

—Bienvenida de vuelta a las calles —exclamó Sun, risueño, cuando logró cubrirla con su paraguas—. ¿Cómo se siente la libertad previa al juicio?

Ella abrió la puerta y se sentó en la fila de atrás del coche, sin detenerse a mirarlo. Quería abofetearlo por tardar tanto, darle las gracias, besarlo de nuevo, preguntarle cómo estaban las cosas, renunciar a eso de luchar por la justicia o quitarle el puesto y ser ella la única que protegía la ciudad. De nuevo, no sabía en qué orden poner todo eso en su cabeza.

Él pareció resignarse, cerró el paraguas y ocupó el lugar del conductor, sin decir nada más. Fueron en silencio todo el camino. Ella se sorprendió al notar, en las pantallas de una vidriera, a los conductores de un noticiero mirándose con ojos de cachorrito al aire.

Era una suerte que la naturaleza humana estuviese más inclinada al bien en esa ciudad. A lo mejor, lo único que todos querían en el fondo era un poco de amor. O eso es lo que ocurriría en una historia escrita por una autora como Pluma.

—Lo que hice cuando te ibas, antes… —comenzó a decir Clara, apenas llegaron al edificio donde ambos alquilaban distintos apartamentos.

—Ah, no te preocupes —contestó Sun, con suavidad, a través del retrovisor.

—No iba a pedirte disculpas —mintió ella, con un asalto de rebeldía que la obligó a bajar del auto a toda prisa.

—¡Clara!

El héroe hizo uso de su velocidad y la detuvo del brazo, antes de que pudiera alcanzar la puerta de ingreso.

—Voy a buscarme otro alias apenas termine el juicio, por ahora sigue llamándome Claire —exigió la joven.

—Quería invitarte a cenar —explicó Sun, soltándola—. Una noche de éstas.

Ella seguía confusa, la cantidad de reacciones diferentes que podía tener a ese pedido la habían dejado en silencio.

—No te hagas ilusiones conmigo —dijo, al final—. Voy a ser una actriz famosa. No tengo tiempo para relaciones.

—Yo tampoco —admitió él—. Soy un héroe y tengo que estar disponible a todas horas.

—Bien.

El tema había quedado cerrado, en una forma incómoda y que no tenía nada que ver con lo que ella hubiera imaginado. Pero pasó un rato y ninguno de los dos se movió de su lugar. Un par de vecinos los rodearon para ingresar al edificio, llevaban bolsas del supermercado.

—Cena conmigo —insistió Sun, cuando estuvieron solos otra vez—. Esta noche.

—No quiero —respondió Claire.

—Entiendo —murmuró él y se movió para pasar a su lado, hacia la puerta.

Entonces fue ella quien lo detuvo, tirando de una de sus mangas.

—Sube a mi departamento conmigo —dijo, interceptándolo—. Ahora.

Él no lo pensó ni un segundo.

—Está bien.

No había forma de saber si aquello sería una tormenta de verano o un cambio permanente del clima en Leseli. Pero el amor seguía en el aire, llenando cada rincón de la ciudad y ellos podían aprovecharlo. A lo mejor, era una buena idea intentarlo.

Mientras tanto, en Ciudad Blanca, el teléfono de otro héroe no recibió ninguna llamada por ayuda para Sun. Al menos, no esta vez.


+++ FIN +++

Esta historia se ubica antes de los relatos de Sun y Claire que suelo publicar en el blog. La mayoría los tienen a ambos en medio de esa relación indefinida que han empezado y quería ponerle un origen a ese tira y afloja que se puede ver en Racha.

De acá en adelante, las cosas irán evolucionando entre ellos. O no. Ni yo sé dónde van a terminar. Y el "recurso" de Ciudad Blanca va a aparecer en otro relato futuro.

Gracias a Denise y a todos los que pasaron por acá leyendo y comentando.
Tres: Muchacha (Ojos de papel)

Tres: Muchacha (Ojos de papel)

18 junio 2017

El tambor del alma. Ese había sido el botín de Pluma Violeta en su asalto al Museo Leseli. Un instrumento legendario de una tribu del sur, utilizado por sus poderes hipnóticos en batallas y cacerías. En la actualidad, los únicos que recordaban su existencia eran los guías del edificio. Ellos relataban sus propiedades como el producto de la superstición y la autosugestión de los indígenas. Si hubieran visto al antropólogo que nos contó esto, se hubieran reído. El susto que tenía ese hombre.

El asunto es que Pluma había conseguido robarlo y grabar una percusión para transmitirla a toda la ciudad. Ahora la misión era más clara. Sabíamos qué debíamos recuperar y qué podíamos destruir. En caso de que pudiéramos romper algo.

A Sun le encantan las explosiones, a mí también, a la prensa ni les digo. Al gobierno y la policía, no tanto. Pero ellos estaban dándose besitos por toda la ciudad, así que mucho no contaban a la hora de decidir.

Salimos del museo en busca del origen de la señal, que ya transmitía todo aparato de sonido en Leseli. Cuando entramos a la nave y me quité los protectores auditivos, noté que Sun se limpiaba el sudor de la cara y evitaba mirarme.

—Deberías utilizarlos también —señalé, extendiéndole mis auriculares.

—No —jadeó, poniendo en marcha el vehículo—. Alguien tiene que escuchar si viene Pluma o cualquier otro que pueda atacarnos.

—Empiezas a ponerme nerviosa.

Lo observé, preocupada. Yo no escuchaba nada, dentro de la cabina estaba bien sin cubrirme. Por fin, él empezaba a mostrar esa grieta de debilidad que mi curiosidad ansiaba ver. Ahora rogaba que volviera el tipo arrogante e insoportable de siempre.

—Tenemos que actuar rápido. El peligro es mayor con cada hora que pasa —continuó, secándose la frente con la manga del traje—. No quiero imaginar lo que pasará en la central de electricidad de Leseli o en los hospitales de la ciudad, mientras la gente que se ocupa de tareas tan importantes está fuera de sí.

Al oír eso, entendí que había todo un aspecto del problema que ya no parecía tan divertido. Me indigné.

—Es increíble que Pluma no haya tenido en cuenta algo tan básico en su plan.

—Ahora es una escritora amateur de romance, no le importa nada más que juntar a unos con otros. Si esto fuera uno de sus libros, todo funcionaría bien por su cuenta.

—No queda otra más que ir por todas las estaciones de radio hasta que la encontremos —sugerí, mirando con ansias sus manos temblorosas sobre las palancas de la nave.

—Iremos a las más grandes primero.

Quise consultar en mi teléfono las direcciones de las principales antenas de la ciudad, pero no tenía señal de ningún tipo. El ordenador de la nave tampoco pudo entrar a Google ni llamar al número del directorio de Leseli. Ya estábamos colapsando de a poco. Busqué en la guantera y encontré un nomenclador impreso hacía más de quince años.

—No sé para qué sigues guardando esto, Sun. Algunas calles han cambiado el sentido y hay sectores de la ciudad que se han ampliado.

—Sí, pero con eso aprendí a conducir. De algo servirá, fíjate qué hay.

Me ahorré el comentario de que el libro ya era viejo cuando él lo usaba. Entonces, se me ocurrió una idea. Una antena tan poderosa como para influenciar a toda Leseli debía tener una ubicación privilegiada, ¿no? Tampoco podía ser una estación de las más escuchadas. Todo había funcionado con normalidad hasta que llegamos al galpón, persiguiendo a Pluma.

Revisé en el nomenclador las regiones externas de la ciudad hasta que llegué a las páginas que correspondían a Colina Leseli. Sabía que la había encontrado.


+++


Llegamos hasta el lugar y yo había debido tomar los controles. Sun empezaba a verse pálido y cada vez parecía hacer más esfuerzo en mantenerse concentrado. Su oído sensible no le estaba haciendo ningún favor.

—Buen trabajo, Claire. La señal es más poderosa aquí —explicó, agitado como si hubiera corrido mil kilómetros—. Mira, en caso de que no lo logre, no bajes de la nave. Vuela desde aquí a Ciudad Blanca y trae a esta persona. Él sabrá qué hacer.

Anotó algo detrás de una boleta de multa de tránsito vieja y me lo extendió.

—¿Por qué no lo llamaste antes? —exploté, furiosa con tanto drama innecesario—. No bajes, volaremos hasta allá los dos.

Él reaccionó como si le hubiera dado una patada. Cada vez lo entendía menos.

—¡No! ¡De verdad, él es un último recurso! —exclamó—. No quiero deberle favores, a menos que esa loca me haya vencido y yo haya pasado al otro lado.

—Gracias por enviarme sola con él, entonces —ironicé.

—No lo conoces y espero que no llegues a…

Interrumpí su discurso tomándolo de los hombros y obligándolo a mirarme para devolverlo al presente. No había empezado la pelea de verdad y él ya tenía los ojos nublados, el cabello empapado y la respiración entrecortada. Nunca lo había visto así. Al menos, no fuera de su fobia a la oscuridad.

—Vamos, no seas tan negativo. Tú tienes tu fuerza y tu levitación —recordé—. Yo tengo el lanza-hielo, el cañón de luz y las sogas que hacen esa cosa rara. Juntos vamos a poder con esta criminal.

—No entiendes. Tiene que haber alguien protegido, por si hay que buscar ayuda —rogó—. Quédate aquí.

Me conmovió verlo así. Al mismo tiempo, deseé que todo eso terminara lo antes posible. Así que saqué mis protectores del tablero de la nave y se los puse, con suavidad.

—Lleva esto, al menos.

—Clara… ¿Puedo llamarte Clara por una vez? —murmuró, usando mi nombre real, no el artístico.

Ya les dije que soy actriz, tampoco podía presentarme en los cástings como Clara Uevo. Mi primer representante dijo que Claire Egg sonaba más misterioso.

—No vas a morirte, tarado —contesté irritada.

—No me llames así —siguió Sun, con un aspecto casi infantil por los auriculares enormes en sus orejas—, puedo leerte los labios.

«Ven y lee esto» pensé. Luego me dije que era una estupidez. Vi que él había visto la duda en mi cara. Vi que fijaba sus ojos vidriosos en mi boca.

«¿Por qué no?».

Sí, lo besé. Me aproveché de su confusión, pobrecito, pero tenía que comprobar lo que sentía. Cuando me costó soltarlo y dejarlo ir, me di cuenta de que la trampa me la había puesto yo sola. No había voces susurrantes en mis oídos, ni los contornos del universo se habían hecho borrosos, pero bien podría haber bailado el zoológico entero a nuestro alrededor.

Me quemaría en el infierno de los amores platónicos.

—Ya sabes qué hacer —balbuceó Sun, cuando nos separamos y pasamos ese momento incómodo de no saber adónde mirar—. Hasta luego.

Así, contra mi sentido de la lógica y mi orgullo femenino, lo vi marchar solo al encuentro del mayor peligro que habíamos enfrentado. Guardé la dirección del último recurso en Ciudad Blanca, no sin darle un último vistazo al nombre del sujeto en el papel. Me recordaba mucho a una marca de jabón para lavar la ropa.

Acomodé las armas en mi traje, revisé que estuvieran bien cargadas, dejé la nave con el motor encendido y abrí la puerta.

Tampoco iba a quedarme mirando.

Colina Leseli era un lugar bonito, aunque temí estar alucinando un poco con los colores del paisaje. Ajusté mis protectores improvisados y avancé.

Los auriculares de mi teléfono aún podían ensordecerme con mi música preferida. El mundo tomó un color extraño y mis piernas empezaron a temblar, sin embargo pude mantenerme bastante bien entre los gritos de Spinetta, que me preguntaba adónde iba y me pedía que me quedase hasta el alba.

Pude localizar a Pluma, frente a mi sol. Noté, en medio de los acordes de la guitarra, que la villana había cambiado sus trajes de colores por uno igual en negro. Sentí una opresión en el pecho al notar que mi compañero había sido atacado por una especie de medusa oscura que cubría su cara y ahora no solo no escuchaba, tampoco podía ver.

Lo vi caer por el costado del edificio. El cantante en mis auriculares rogaba que no hablara más, prometía que cuando todo durmiera, me robaría un color.

—¡Sun!

Supe que lloraba, aunque no podía escuchar mis propios gritos en la confusión. Pluma venía por mí, con un brillo cruel en su cara satisfecha. Como si yo no supiera lo mucho que a los escritores les gusta matar personajes.

En mis tímpanos, la voz decía que no corriese más, que mi tiempo era hoy.

Mis manos levantaron una de las armas y rogué no haberme equivocado sacando el cañón de luz.
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Dos: If I Fell

Dos: If I Fell

14 junio 2017


Cuando fui hasta la salida del galpón para volver a nuestra camioneta y conducir a casa, mi cinturón emitió una alarma corta y aguda. Algo estaba mal afuera.

Mi traje tiene todo tipo de sensores para evitar los peligros potenciales para una humana. La lucha contra los locos que asaltan esta ciudad a cada rato no es algo simple. En mi entrenamiento para comenzar a trabajar con Sun, aprendí a usar armas y protección tecnológica que ni sabía que existían. En este caso, mi cinturón avisa con distintos tonos para sustancias tóxicas en el aire, emisiones radiactivas o de radiofrecuencia demasiado altas. Nunca pensé que me serviría esta última. Pareciera que no es la primera vez que alguien usa la hipnosis sonora en Leseli.

A veces me pregunto quién pagará todas estas cosas. Quién las construirá.

Sun tomó el riesgo en asomarse, con un pequeño aparatito que midió la señal y seguro arrojó resultados confusos, porque lo vi volver con ese gesto que pone cuando está intentando inventar una solución de la nada.

—Creo que lo que he roto no es más que un transmisor —anunció, demasiado serio—. Hay que encontrar la fuente. Y lo que sea que produzca ese sonido.

—Debe tener relación con el robo al museo —supuse, recordando cómo había empezado todo.

Mi compañero me extendió unos protectores auditivos y salimos. Ir por ahí sin oír nada me recordó a mis épocas de ir por la calle con los auriculares del celular puestos. Solo que sin música es más extraño. Los protectores de Sun no dejaban entrar nada en mis oídos.

Entonces lo vimos. El caos absoluto y asqueroso.

—¡Sun, mira esto!

Todos en esa calle habían dejado lo que estaban haciendo para abrazarse y besarse con el que estaba al lado. Un motociclista obeso se abrazaba al verdulero, una chica con el uniforme del supermercado de enfrente murmuraba al oído de un anciano en silla de ruedas, toda la calle había quedado atascada de vehículos detenidos. Un taxista y un chofer de colectivo que se bloqueaban mutuamente, se decían piropos de ventanilla a ventanilla, a los gritos. O eso supuse, porque el chofer se bajó, lo sacó del auto y le dio tremendo beso después.

Traté de no reírme, pero fracasé. Imaginé que cuando esa gente despertara iba a ser un desastre. Sun me arrastró con él hasta la nave que usamos en casos de emergencia (el combustible de avión es muy caro) y entonces me hizo una seña de que podía sacarme los auriculares.

—Está controlando a todos con la transmisión —dijo, entre dientes, con los puños apretados sobre los controles de la nave—. Tenemos que encontrar a Pluma Rosa o como sea que se llame ahora. Ven aquí.

Me tomó de la mano otra vez y sentí un vértigo muy parecido al de la nube y los gatitos. Me solté, a lo brusco. El primer ataque de Pluma debía haberme dejado sensible.

—Eh… Sun, yo…

Quise disculparme y él se acercó a mí, mientras un policía nos tiraba besos desde afuera, en la calle. El corazón me hacía una presentación de taekwondo en el pecho.

—No olvides tener puestos todo el tiempo los protectores afuera —ordenó, nervioso, con las manos en mis hombros—. Aquí adentro estarás a salvo sin usarlos, al menos por ahora. ¡Vamos!

Volvió a los controles e hizo despegar la nave. Yo colgué los auriculares especiales en mi cuello para tenerlos a mano y olvidar las cosquillas que me había dejado el roce con él.

+++

Encendí la pequeña televisión de la nave, para evitar el silencio incómodo en el que habíamos entrado durante el viaje por la ciudad. El paisaje era tremendo. Toda Leseli estaba bajo los efectos del nuevo invento de Pluma Rosa. El amor estaba en el aire y era pegajoso.

—Es la alcaldesa de Leseli —lamenté, al ver el intento de anuncio oficial en la pantalla, convertido en algo solo apto para mayores—. ¡Esto es tan vergonzoso!

—Admitamos que la televisión no ha cambiado mucho —ironizó él, sin quitar la vista del frente—. Ya vendía sexo por todas partes.

—Sí, pero al menos los conductores del noticiero estaban vestidos. Y hacían su trabajo en lugar de…

—Debemos interrumpir las transmisiones en general, pero si pudiéramos encontrar la de Pluma Rosa primero sería aún mejor.

No podía creer que nos afectara tanto esa melodía extraña que Pluma había conseguido meter en todas partes. Y estaba molesta con Sun. No sabía la razón, pero empezaba a enojarme que fuese tan inmune.

—Esto es un desastre —señalé, apagando la pantalla y encendiendo la radio para buscar una emisora que no hubiera caído por inconvenientes técnicos—. Pobre gente, están actuando en contra de su voluntad.

—Sí, pero ya oíste lo que ella dijo antes de empezar —recordó él—. Que desataría nuestros instintos básicos.

—Eso no es justificación. Matar por un pedazo de comida también podría ser un instinto en los animales.

—Gracias. Si ya estaba bajo presión, ahora me has puesto más nervioso. Debemos detener esto ya.

Por fin lo veía irritarse un poco. Sun nunca perdía la calma, él siempre era el vencedor de la sonrisa que iluminaba toda la calle aún en la medianoche. Yo lo tenía en ese papel, lo ponía en esa imagen en mi cabeza. Necesitaba algo más cercano. Quería que se rompiera un poco, que dejara una grieta alguna vez.

—¿Detenerlo? ¿No era lo que estábamos haciendo? —reaccioné, dejando el dial de la emisora en una que pasaba canciones de los años setenta.

—Vamos hasta el museo, debemos hablar con alguien que sepa mejor con lo que estamos lidiando. Si es que todavía sigue ahí y no ha salido a buscar pareja.

Me acomodé en mi asiento y preferí volver a callarme. La voz de Barry White nos decía que no podía tener suficiente de nosotros.

—Sun, dime una cosa. —Tenía que animarme a preguntárselo—. Cuando estuve bajo el control de Pluma yo… yo no…

—¿Estás segura de querer saberlo? —interrumpió, con cara de estar pasando muy despacio junto a un perro dormido.

Entendí que el perro, en este caso, era yo.

—Mejor lo dejamos así —murmuré.

Me dije que comer y dormir estaban en nuestra programación también. Yo amo dormir. Podría haberme echado una buena siesta o ido en busca de una hamburguesa doble, ¿por qué tenía que ponerme en vergüenza con él?

En ese momento, cuando Donna Summer nos repetía sin cansarse que sentía amor, la música se detuvo y empezó a sonar otra melodía conocida. El sonido se expandía en el aire con pereza y trepaba por mis brazos hasta mi cuello, acariciaba mi pelo, se metía en mis oídos. A lo lejos, pude escuchar una voz femenina. Sabía quién era. Estaba segura de que lo sabía.

—Atentos leselianos —canturreó la voz—. Aquí les habla su escritora del momento, su hada de la libertad y la felicidad, Pluma Turquesa.

—¿En qué momento volvió a cambiarse el nombre? —balbuceé, como ausente.

Tenía que resistirlo. Yo también podía, si Sun podía.

—…y como la vida es corta, en especial cuando uno es un personaje literario —continuó Pluma—, les recomiendo que se dejen llevar.

—Vas a tener que ponerte los auriculares o vas a perder el control —advirtió mi compañero, mi héroe favorito, mi sol en el cielo.

—No. Quiero oírla —contesté.

Supe que me había deslizado por el asiento hasta llegar a Sun, porque empezó a removerse y me pareció divertido en ese momento no dejar que se librara de mí. Me reí a lo tonto, frotándome entera contra su espalda e ignorando sus quejas.

—¡Vivan, mis leselianos! —exclamó la radio, animándome a seguir—. ¡Permítanse amar, odiar, den todo hasta que ya no tengan nada que perder!

—¡Por favor, suéltame! —gritó mi sol—. ¡Vamos a chocar!

—Mira, puedo seguir despierta —balbuceé, como borracha, contra su cuello—. Sigo consciente, no veo nubes de colores, ni gatitos bailando.

De pronto, las cosas recuperaron sus contornos y mis oídos quedaron limpios de susurros ondulantes. Retrocedí, me levanté del asiento y noté que Sun había arrancado el estéreo para estrellarlo en el suelo. Silencio total. Lo vi agitarse, de reojo. La vergüenza no me permitió acercarme otra vez.

—Dios, lo siento —dije, sentándome en la fila de atrás—. No sé qué fue eso.

—Yo sí. No volveremos a escuchar la radio aquí adentro. Olvidemos el asunto.

No podía creer lo que había hecho. Y cómo era que él se había mantenido tan tranquilo. Sabía que no era humano, pero que fuese yo la única en perder el control era insultante. No tardamos en llegar al Museo Leseli, primer escenario del crimen de Pluma Violeta.

—Voy a comprobar que no haya peligro afuera y tú estaciona en la parte de atrás —sugirió, sin mirarme—. Te voy a buscar…

—No hace falta —aseguré, un poco brusca—. Espérame adentro, puedo sola.

—Ok. Claire, ¿te sientes bien?

—¡Sí! Vete.

Lo vi sortear los trozos de estéreo en el piso para llegar hasta mí, con esa sonrisa tonta que pone cuando intenta parecer más accesible. Tenía ganas de pellizcarle las mejillas.

—No pienses demasiado en esto —dijo, poniéndome los auriculares antes de irse hasta la puerta—. Hasta luego.

Evité ver cuando se daba la vuelta para abrir. Mi profesionalismo se había ido por la ventana.

+ + +
Perdón por la demora. Voy a tratar de traer el próximo capítulo antes del fin de semana. 
De cuando el sol encontró su clara de huevo

De cuando el sol encontró su clara de huevo

06 abril 2017

reto doce—Es la mejor suma que te puedo ofrecer —murmuró Sun, incómodo en su escondite.

—¿De verdad? —respondió, bajito, la muchacha junto a él—. La justicia paga poco, por lo que veo.

El joven en traje amarillo con una «S» blanca sobre el pecho se sintió insultado. Tanto que, por un momento, olvidó a los monstruos que lo acechaban desde la negrura del teatro. Se arrastró un poco entre las butacas abandonadas, con sigilo, para llegar a la otra refugiada. Sobre el escenario, un dragón multicolor de tamaño mediano lloraba por su amada perdida. A su lado, un hombre de hojalata bailaba abrazado a una muñeca de trapo. Ambos habían sido actores de una obra en estreno. Ambos habían sido poseídos por sus papeles desde las diez en punto. Abajo, un ogro enfurecido golpeaba con su mazo las primeras filas de asientos vacíos. Debía ser el alivio cómico, pero lo había olvidado.

Y todo en la penumbra. En el desastre por la huida del público en plena función, se habían apagado las luces y Sun había quedado a merced de sus temores. Detestaba el teatro. Detestaba la oscuridad aún más. Pero el crimen encabezaba la lista de sus peores molestias. Necesitaba de esa actriz suplente de ascendencia oriental que había quedado atrapada con él.

—¿Te parece poco? —dijo, apenas la tuvo enfrente—. El honor de saber que estás colaborando con el bienestar de los leselianos, el brillo en los ojos de los niños al verte pasar, los suspiros de las… los hombres cuando se cuenten tus hazañas…
—Quiero el doble —insistió Claire Egg—. O se termina aquí la conversación.

Algo se retorció junto al pie de Sun. Él sabía que no debía hacer caso, que nada de lo que veía en la oscuridad podía alcanzarlo realmente. Igual, le temblaron las piernas. La muchacha estaba por salir corriendo. Si es que llegaba a la salida sin un rasguño, él caería bajo las mil visiones de otros mundos por culpa de sus ojos, mientras el teatro se derrumbaba y aquellos tres monstruos arrasaban con Leseli City.

¿Ella quería el doble? Hecho. Luego vería en lo que se estaba metiendo.

—Concedido. Te doy mi palabra —aceptó, extendiendo la mano a modo de cierre del trato—. ¿Sabes que serás la asistente de héroe mejor pagada de la región? Ahora tu primera tarea, Claire.
—¡Ahora voy!

La escuchó entusiasmarse. Sintió sus pasos rápidos hasta el fondo de la sala, cómo abría el tablero eléctrico y el «clic» de los interruptores. Todas las luces se encendieron. Un instante de desconcierto detuvo a los actores transformados de lo que estaban haciendo. Sun surgió desde el suelo y los enfrentó, con su pose más orgullosa.

—Ahí vamos. ¡Contra la oscuridad y el caos, siempre reinará la luz! —exclamó, como si los tuviera a tres cuadras de distancia—. ¡Villanos, ríndanse!
—¿Tienes que anunciarte así? —preguntó Claire desde atrás, preocupada—. ¿No sería mejor caerles de sorpresa?
—Es verdad, pero tengo que darles algo que escribir a los diarios después. Ahora, presta atención, que viene la acción de verdad.

El ogro ya iba hacia ellos, revoleando su maza como si todavía fuera de utilería. El dragón quiso incendiar el telón, pero solo lanzó corazones de papel por la boca y se atragantó. El hombre de hojalata dejó el baile y bajó del escenario. Sun fue hacia ellos, esquivó el primer golpe, devolvió un puñetazo. La maza quedó incrustada a la pared.

Los sonidos del metal golpeado y los gruñidos ahogados llegaron a la muchacha.

—Está bien. Asistente de héroe. Esto va a estar bueno —se dijo Claire, mientras buscaba algo en su bolsillo—. Por fin mi madre dejará de molestarme con que me consiga un trabajo de verdad. ¿Dónde dejé mi móvil? ¿Eh?

Los tres alborotadores habían vuelto a su forma humana y yacían en el suelo, inconscientes, junto al héroe que la saludaba con una mano alzada con la «V» de la victoria.

—¡Una vez más, Super Sun al rescate!
—Pero… yo quería tomarme una selfie contigo detrás, persiguiéndolos —balbuceó ella, con el móvil en la mano—. Para enviarla a mi familia. Y mis amigas no van a creerme si no ven una prueba.

La sonrisa de Sun se esfumó.

—¿Estás hablando en serio?
—Eh… ¡Claro que no! —mintió ella, con una risa forzada—. Olvídalo.

Pero él no se mostró muy convencido.

—Espera, no guardes el teléfono —pidió, más serio—. Podría buscar otras escenas de crimen ahora mismo. Estoy aburrido. Esta noche ha resultado un bodrio.

Ella lo pensó un poco, sorprendida. En ese momento, la policía ingresó al teatro, junto a los bomberos y el personal médico en busca de los heridos. Aquel problema había sido resuelto.

—Si estás aburrido, podríamos ir a tomar algo al bar del frente —ofreció—. Es decir, solo si quieres.
—Me refería a la foto que ibas a tomar —aclaró Sun, todavía junto a los tres caídos.
—¡Oh, sí! ¿De verdad harías eso por…?
—¡Ahhh! ¡La luz! ¡Vuelve a encenderla, por Dios!

Al retroceder para tomar la foto, Claire se había apoyado en el tablero eléctrico abierto. Y ella era la nueva asistente del héroe de la ciudad.

El futuro de los leselianos era incierto. Aunque no hacía gran diferencia con las hazañas de la policía, si lo pensaba bien.

—¡Sun! ¡Lo siento tanto! ¿Estás bien?
—Sí. No te preocupes. No volveré a olvidar mis gafas de visión nocturna. Ahora busca un buen ángulo.
—La verdad es que te ves bien en cualquier perspectiva.
—No tanto como tú. ¡Ahhh! ¡Otra vez! ¡Aléjate de ese interruptor!


+++

La primera misión en conjunto de Sun y Claire. Escrita para el reto número doce de El libro del escritor: Combina estos tres personajes a modo de secundarios: «el hombre de hojalata», «un dragón enamorado» y un «ogro» para hacer con ellos una narración fantástica.
Y para que sea «fantástico» un encantamiento vale, me imagino.
La imagen es Lim Kim, en el video de Awoo.
¡Ouch!

¡Ouch!

03 marzo 2017

reto nueve
El primer cuadro. Las piernas azuladas del villano ocupan el primer plano. De fondo, la pequeña figura del héroe se recorta contra la luna llena.


«Cliché».

A partir del segundo cuadro, el escenario se ve con más amplitud. Ambos están en la azotea de un rascacielos. El viento agita la capa verde de uno y el pelo oscuro del otro. Hacia el quinto cuadro es notorio que se miran con un brillo desafiante y sonríen, esperando a que el otro haga el primer movimiento.

«Vamos, ya empiecen a pelear. Esto no se lo cree ni un niño».

En la siguiente página, ya han levantado el vuelo. Las onomatopeyas ocupan parte del espacio, dando a entender un choque brutal. Un puño se estrella contra una mandíbula. Una rodilla se eleva hasta dar en el estómago contrario. Ninguno pierde el conocimiento. Nadie escupe un diente ni cae doblado en dos por el dolor. Así, un tomo entero se la pasan repartiendo golpes, saltando techos, cayendo en basureros y levantándose con más fuerza.

Entonces, un carraspeo interrumpe la lectura.

—Disculpa pero ¿hasta cuándo nos tendrás aquí?

—Lo que tengas que hacer con nosotros, hazlo de una vez —ruega otro.

Él los ignora, concentrado en las páginas iluminadas por el farol junto a la ventana. Todo él está en una posición incómoda, a fin de no entrar en contacto con la oscuridad del local cerrado. Allí, donde ha atrapado a los tres adolescentes que lo observan atados en el suelo.

—¿Sabes que esto se podría considerar brutalidad en una corte? —dice el último en hablar.

—Demándenme cuando salgan de prisión, si quieren —sugiere Sun, despreocupado, mientras elige otra historieta y la abre.

En esta ocasión, la acción se traslada a la guarida del malvado. La novia del héroe está colgando, con un arnés, sobre una caldera de lava volcánica. El villano ríe a carcajadas mientras acciona una polea que la hace descender a velocidad caracol. La joven grita, desesperada.

«Esto está mal. ¿Una caldera de lava? ¿Para qué tomarse tantas molestias? ¿No es mejor llevarla directo al cráter y empujarla? Le está dando tiempo para ser rescatada».

En efecto. En una impresionante viñeta de página entera, el héroe aparece volando y la saca de allí. El captor muere achicharrado en su propia trampa, pero se ha hecho justicia. O tal vez no, porque las burbujas siguen saliendo desde las profundidades hirvientes aún después de que la pareja se ha marchado del lugar.

—¿Leer en una tienda sin comprar no es una forma de robar? —insinúa uno de los que aguarda en el suelo.

Con eso, Sun reacciona y vuelve a dejar la revista en el mostrador. Se ajusta el traje amarillo con la S roja sobre el pecho y las gafas de visión nocturna.

—Prepárense, malhechores —anuncia, con voz potente—. Super Sun va a limpiar las calles de Leseli City, comenzando por escorias como ustedes. Ladrones de… ¿qué estaban llevándose?

—Cómics.

—Eso. Bien, vendrán conmigo, señores. Un período a la sombra les vendrá bien.

Y se los lleva al hombro, como quien carga una mochila. Los ladrones protestan, se mueven y tratan de escapar, aunque es inútil. Va directo hacia la comisaría con ellos. Con cuidado de ir por la acera iluminada, por supuesto.




+++

Vuelven las aventuras de Sun, el héroe nictofóbico, y no será la última vez que lo vean por acá. Él y Claire Egg, su asistente, todavía tienen mucho que hacer.

Relato escrito para el noveno reto de El libro del escritor: Escribe un relato que integre las palabras ‘luz’ y ‘cuadro’ como elementos relevantes del argumento.
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