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Dos: If I Fell

Dos: If I Fell

14 junio 2017


Cuando fui hasta la salida del galpón para volver a nuestra camioneta y conducir a casa, mi cinturón emitió una alarma corta y aguda. Algo estaba mal afuera.

Mi traje tiene todo tipo de sensores para evitar los peligros potenciales para una humana. La lucha contra los locos que asaltan esta ciudad a cada rato no es algo simple. En mi entrenamiento para comenzar a trabajar con Sun, aprendí a usar armas y protección tecnológica que ni sabía que existían. En este caso, mi cinturón avisa con distintos tonos para sustancias tóxicas en el aire, emisiones radiactivas o de radiofrecuencia demasiado altas. Nunca pensé que me serviría esta última. Pareciera que no es la primera vez que alguien usa la hipnosis sonora en Leseli.

A veces me pregunto quién pagará todas estas cosas. Quién las construirá.

Sun tomó el riesgo en asomarse, con un pequeño aparatito que midió la señal y seguro arrojó resultados confusos, porque lo vi volver con ese gesto que pone cuando está intentando inventar una solución de la nada.

—Creo que lo que he roto no es más que un transmisor —anunció, demasiado serio—. Hay que encontrar la fuente. Y lo que sea que produzca ese sonido.

—Debe tener relación con el robo al museo —supuse, recordando cómo había empezado todo.

Mi compañero me extendió unos protectores auditivos y salimos. Ir por ahí sin oír nada me recordó a mis épocas de ir por la calle con los auriculares del celular puestos. Solo que sin música es más extraño. Los protectores de Sun no dejaban entrar nada en mis oídos.

Entonces lo vimos. El caos absoluto y asqueroso.

—¡Sun, mira esto!

Todos en esa calle habían dejado lo que estaban haciendo para abrazarse y besarse con el que estaba al lado. Un motociclista obeso se abrazaba al verdulero, una chica con el uniforme del supermercado de enfrente murmuraba al oído de un anciano en silla de ruedas, toda la calle había quedado atascada de vehículos detenidos. Un taxista y un chofer de colectivo que se bloqueaban mutuamente, se decían piropos de ventanilla a ventanilla, a los gritos. O eso supuse, porque el chofer se bajó, lo sacó del auto y le dio tremendo beso después.

Traté de no reírme, pero fracasé. Imaginé que cuando esa gente despertara iba a ser un desastre. Sun me arrastró con él hasta la nave que usamos en casos de emergencia (el combustible de avión es muy caro) y entonces me hizo una seña de que podía sacarme los auriculares.

—Está controlando a todos con la transmisión —dijo, entre dientes, con los puños apretados sobre los controles de la nave—. Tenemos que encontrar a Pluma Rosa o como sea que se llame ahora. Ven aquí.

Me tomó de la mano otra vez y sentí un vértigo muy parecido al de la nube y los gatitos. Me solté, a lo brusco. El primer ataque de Pluma debía haberme dejado sensible.

—Eh… Sun, yo…

Quise disculparme y él se acercó a mí, mientras un policía nos tiraba besos desde afuera, en la calle. El corazón me hacía una presentación de taekwondo en el pecho.

—No olvides tener puestos todo el tiempo los protectores afuera —ordenó, nervioso, con las manos en mis hombros—. Aquí adentro estarás a salvo sin usarlos, al menos por ahora. ¡Vamos!

Volvió a los controles e hizo despegar la nave. Yo colgué los auriculares especiales en mi cuello para tenerlos a mano y olvidar las cosquillas que me había dejado el roce con él.

+++

Encendí la pequeña televisión de la nave, para evitar el silencio incómodo en el que habíamos entrado durante el viaje por la ciudad. El paisaje era tremendo. Toda Leseli estaba bajo los efectos del nuevo invento de Pluma Rosa. El amor estaba en el aire y era pegajoso.

—Es la alcaldesa de Leseli —lamenté, al ver el intento de anuncio oficial en la pantalla, convertido en algo solo apto para mayores—. ¡Esto es tan vergonzoso!

—Admitamos que la televisión no ha cambiado mucho —ironizó él, sin quitar la vista del frente—. Ya vendía sexo por todas partes.

—Sí, pero al menos los conductores del noticiero estaban vestidos. Y hacían su trabajo en lugar de…

—Debemos interrumpir las transmisiones en general, pero si pudiéramos encontrar la de Pluma Rosa primero sería aún mejor.

No podía creer que nos afectara tanto esa melodía extraña que Pluma había conseguido meter en todas partes. Y estaba molesta con Sun. No sabía la razón, pero empezaba a enojarme que fuese tan inmune.

—Esto es un desastre —señalé, apagando la pantalla y encendiendo la radio para buscar una emisora que no hubiera caído por inconvenientes técnicos—. Pobre gente, están actuando en contra de su voluntad.

—Sí, pero ya oíste lo que ella dijo antes de empezar —recordó él—. Que desataría nuestros instintos básicos.

—Eso no es justificación. Matar por un pedazo de comida también podría ser un instinto en los animales.

—Gracias. Si ya estaba bajo presión, ahora me has puesto más nervioso. Debemos detener esto ya.

Por fin lo veía irritarse un poco. Sun nunca perdía la calma, él siempre era el vencedor de la sonrisa que iluminaba toda la calle aún en la medianoche. Yo lo tenía en ese papel, lo ponía en esa imagen en mi cabeza. Necesitaba algo más cercano. Quería que se rompiera un poco, que dejara una grieta alguna vez.

—¿Detenerlo? ¿No era lo que estábamos haciendo? —reaccioné, dejando el dial de la emisora en una que pasaba canciones de los años setenta.

—Vamos hasta el museo, debemos hablar con alguien que sepa mejor con lo que estamos lidiando. Si es que todavía sigue ahí y no ha salido a buscar pareja.

Me acomodé en mi asiento y preferí volver a callarme. La voz de Barry White nos decía que no podía tener suficiente de nosotros.

—Sun, dime una cosa. —Tenía que animarme a preguntárselo—. Cuando estuve bajo el control de Pluma yo… yo no…

—¿Estás segura de querer saberlo? —interrumpió, con cara de estar pasando muy despacio junto a un perro dormido.

Entendí que el perro, en este caso, era yo.

—Mejor lo dejamos así —murmuré.

Me dije que comer y dormir estaban en nuestra programación también. Yo amo dormir. Podría haberme echado una buena siesta o ido en busca de una hamburguesa doble, ¿por qué tenía que ponerme en vergüenza con él?

En ese momento, cuando Donna Summer nos repetía sin cansarse que sentía amor, la música se detuvo y empezó a sonar otra melodía conocida. El sonido se expandía en el aire con pereza y trepaba por mis brazos hasta mi cuello, acariciaba mi pelo, se metía en mis oídos. A lo lejos, pude escuchar una voz femenina. Sabía quién era. Estaba segura de que lo sabía.

—Atentos leselianos —canturreó la voz—. Aquí les habla su escritora del momento, su hada de la libertad y la felicidad, Pluma Turquesa.

—¿En qué momento volvió a cambiarse el nombre? —balbuceé, como ausente.

Tenía que resistirlo. Yo también podía, si Sun podía.

—…y como la vida es corta, en especial cuando uno es un personaje literario —continuó Pluma—, les recomiendo que se dejen llevar.

—Vas a tener que ponerte los auriculares o vas a perder el control —advirtió mi compañero, mi héroe favorito, mi sol en el cielo.

—No. Quiero oírla —contesté.

Supe que me había deslizado por el asiento hasta llegar a Sun, porque empezó a removerse y me pareció divertido en ese momento no dejar que se librara de mí. Me reí a lo tonto, frotándome entera contra su espalda e ignorando sus quejas.

—¡Vivan, mis leselianos! —exclamó la radio, animándome a seguir—. ¡Permítanse amar, odiar, den todo hasta que ya no tengan nada que perder!

—¡Por favor, suéltame! —gritó mi sol—. ¡Vamos a chocar!

—Mira, puedo seguir despierta —balbuceé, como borracha, contra su cuello—. Sigo consciente, no veo nubes de colores, ni gatitos bailando.

De pronto, las cosas recuperaron sus contornos y mis oídos quedaron limpios de susurros ondulantes. Retrocedí, me levanté del asiento y noté que Sun había arrancado el estéreo para estrellarlo en el suelo. Silencio total. Lo vi agitarse, de reojo. La vergüenza no me permitió acercarme otra vez.

—Dios, lo siento —dije, sentándome en la fila de atrás—. No sé qué fue eso.

—Yo sí. No volveremos a escuchar la radio aquí adentro. Olvidemos el asunto.

No podía creer lo que había hecho. Y cómo era que él se había mantenido tan tranquilo. Sabía que no era humano, pero que fuese yo la única en perder el control era insultante. No tardamos en llegar al Museo Leseli, primer escenario del crimen de Pluma Violeta.

—Voy a comprobar que no haya peligro afuera y tú estaciona en la parte de atrás —sugirió, sin mirarme—. Te voy a buscar…

—No hace falta —aseguré, un poco brusca—. Espérame adentro, puedo sola.

—Ok. Claire, ¿te sientes bien?

—¡Sí! Vete.

Lo vi sortear los trozos de estéreo en el piso para llegar hasta mí, con esa sonrisa tonta que pone cuando intenta parecer más accesible. Tenía ganas de pellizcarle las mejillas.

—No pienses demasiado en esto —dijo, poniéndome los auriculares antes de irse hasta la puerta—. Hasta luego.

Evité ver cuando se daba la vuelta para abrir. Mi profesionalismo se había ido por la ventana.

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Perdón por la demora. Voy a tratar de traer el próximo capítulo antes del fin de semana. 
El problema de la araña

El problema de la araña

10 junio 2017

elproblemadelaaraña—Aquí está —dijo la anciana, y señaló la araña que colgaba sobre el salón de la casona. El policía no pudo ocultar el malestar y se limitó a explicar de nuevo lo que estaba buscando. —¡Pero si está ahí! —insistió la mujer— ¿No lo ve? ¡Va camino al techo!

Cuando la cadena de la lámpara se cortó y los tumbó sobre el mármol, no quedó nadie que supiera sobre él. Así que el fugitivo volvió a hacerse visible y se marchó, silbando bajito.

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Las palabras para el mes de junio son: tumbó, malestar, señaló.

Escrito para el reto Cinco líneas de Adella Brac. Si quieren saber cómo participar, pueden hacer clic en el enlace.

Epidemia de amor en Ciudad Leseli - Uno: La Vie en Rose

Epidemia de amor en Ciudad Leseli - Uno: La Vie en Rose

05 junio 2017

epidemia de amorHay momentos en que pienso que los criminales que surgen en Ciudad Leseli son los mejores. Los veo luchar con tanta pasión por sus causas estrafalarias, con sus trajes de colores para llamar la atención y sus secuaces vestidos al tono, que me dan ganas de aplaudirlos. Y me digo que debería iniciar un archivo con anécdotas de cada uno de ellos. Como asistente del héroe que defiende la tranquilidad de esta capital, casi me siento en el deber de hacerlo. Si hasta podría escribir un libro, editarlo bajo un seudónimo sin que él se entere, y ganarme un montón de pasta.

Hay otras veces en que me dan ganas de salir corriendo y esconderme debajo de una piedra, hasta que todo pase. Como aquella noche de hace un par de semanas, en que comenzó el episodio más extraño que hemos sufrido los leselianos.

Allí estaba mi compañero, aquel tipo de cuerpo fibroso, piel bronceada, cabello oscuro y grandes ojos negros, de pie sobre la cabina de un camión mal estacionado en plena pelea. Su traje se mimetizaba con el color ambiente. Por fin me había hecho caso en cambiar aquel amarillo que lo delataba cada vez que intentaba sorprender a algún malhechor. Lo vi extender el brazo, para señalar a su rival de turno y aguardé mi momento de entrar en acción, desde atrás de una columna en aquel hangar.

—¡Pluma Violeta, ríndete por las buenas! —exclamó—. No voy a dejarte ir. No luego de que obligaras a esos policías a bailar por horas mientras tú robabas el museo. Devuelve lo que sea que hayas tomado y entrégate. Declararé a tu favor en el juicio, palabra de Super Sun.

Frente a él, sobre otro vehículo del mismo tamaño, se encontraba la villana que enfrentábamos. Era una muchacha joven, con un traje estilo ninja en color violeta. Lo único que podíamos ver eran sus ojos almendrados y marrones. Llevaba una riñonera, de la que ya había sacado metros de soga, armas y todo tipo de artefactos durante la persecución. Creo que Sun estaba más interesado en atraparla para saber cómo lo hacía, que por sus delitos en sí.

Ella puso los brazos en jarras, todavía sobre el otro camión, y rió con una carcajada bastante teatral.

—¿Es una broma? —dijo, altanera—. No puedes contra mi sistema de hipnosis sonora, admítelo. Ahora tengo lo que me faltaba, por fin podré convertir a esta ciudad de seres sin corazón en un lugar más agradable.

—¿De qué estás hablando?

Sun parecía olvidar, por momentos, que tenía que aparentar que le interesaban los motivos detrás de cada nuevo villano que nacía. Eran las reglas del juego. Un ratito siempre había que escucharlos y tomar nota mental, así contribuíamos a que las autoridades previnieran la aparición de nuevos delincuentes. Así y todo, el trabajo nunca nos faltaba.

—Nadie volverá a dejarme de lado —continuó Pluma, ensimismada en su discurso—. No hay cosa más importante que el amor en la vida de una persona.

Preparé mi arma con los dardos sedantes, pero no tenía un tiro limpio desde donde estaba. Si fallaba, podía enfurecerla y provocar que huyera. Debía moverme, o esperar a que ella lo hiciera. Opté por lo segundo, con el ojo en la mira.

—Lo siento, no sé qué tiene que ver todo esto —interrumpió Sun, perdiendo la paciencia—. Podemos hablarlo camino a la comisaría.

—¡Otro más! —gritó la ninja, bastante alterada—. La vida debería ser más parecida a una comedia romántica que a un policial negro, ¿no te parece, mi querido? Si hasta tienes el físico de un protagonista de novela rosa.

Sentí la vibración en mi reloj de pulsera y supe que Sun tenía otros planes. Yo debía distraer a nuestra oponente, mientras él la atrapaba en un ataque sorpresa. Guardé el arma y salí de mi escondite con mi mejor cara de inocencia.

—¿Ah, sí? —intervine, lo más alto que pude—. ¿Y yo quién podría parecer en uno de esos libros?

Lo cierto era que tenía un poco de curiosidad. Aquella villana había sido, en el pasado, una escritora con obras bien recibidas por la crítica. El éxito la había enloquecido y ahora iba por ahí, convirtiendo gente en sus marionetas. Si podía decir algo sobre Sun, entonces yo quería escuchar la parte que me tocaba.

—Tú tienes cara de personaje secundario —dictaminó, luego de observarme desde arriba—. O de extra en esos escenarios llenos de gente.

No podía creerlo. Su ojo para los personajes debía haberse arruinado, junto con su cordura. Sun ya estaba cerca, a punto de alcanzarla desde el techo de un montacargas.

—¿Cómo? ¡No es posible! —insistí—. Mírame bien, soy una actriz en ascenso.

—¿De verdad? —respondió, con un tono de incredulidad que me ofendió muchísimo—. No. No tienes nada especial —aclaró, volviéndose hacia mi compañero que ya estaba casi sobre ella, en el aire—. Él en cambio… ¡Ah! ¡Embustero! ¡Estabas por hacerme caer en una trampa!

Lo evitó por muy poco, con un giro que convirtió el impulso de Sun en un viaje al suelo.

—¡No es cierto! —continué, tan furiosa que olvidé mi arma cargada en la cintura—. ¡Todos somos protagonistas de nuestras propias historias!

Ya era tarde. La ninja violeta se alejó a los saltos, sobre los demás vehículos abandonados del galpón, hasta quedar junto a un vehículo de esos que se usan en las publicidades callejeras, con altoparlantes en la parte de atrás del asiento de conductor.

—¡Se acabó la charla! Ahora van a ser testigos del surgimiento de mi nueva identidad. ¡Saluden a Pluma Rosa, escritora de novelas de amor!

En un movimiento, su traje de ninja cayó al suelo para dar paso a una malla de cuerpo entero color fucsia. Su cabello y sus orejas continuaban ocultos, bajo el material. Su cara se veía por completo y nos confirmaba la identidad de la autora desaparecida.

—¿De qué está hablando? —pregunté a Sun, que había llegado hasta mí.

—Antes era escritora de comedia, según ella —aclaró él, en voz baja.

—¿Lo del robo al museo era comedia? Jamás me reí con nada que hizo.

—Yo tampoco.

—¡Cállense los dos! —estalló la escritora chiflada, volviendo a ponerse la riñonera en la cadera y sacando una especie de control remoto—. Van a ser mis primeros protagonistas.

—¡Basta, Pluma! —exclamé, apenada por lo ridículo de la situación—. ¡Todavía puedes arrepentirte!

Sobra decirles que no se arrepintió. En cambio, alzó el control y accionó el reproductor dentro del vehículo sobre el que estaba parada.

—¡Escuchen y dejen fluir su verdadera naturaleza humana!

Fue oírla y que el universo se retorciera en un millón de colores. Vi a mis padres, mis amigos, todos animándome a hacer algo. No recuerdo qué. Luego salía frente a un enorme escenario, donde millones de cachorros de perritos y gatitos bailaban en dos patas. Tuve unas ganas tremendas de bailar con ellos. Luego empecé a flotar y allí, en el aire, me observaba Sun. Estaba radiante, como siempre. Yo volaba hacia él, extendía mis brazos y solo pensaba en…

—¡Claire! ¿Estás bien?

El despertar fue vergonzoso. Como en uno de esos sueños raros que solo sabes que han sido irreales porque han terminado y estás en tu cama agitada, preguntándote qué fue eso. Y esa era la cuestión. Todavía estaba en el galpón abandonado, pero el camión publicitario había volcado y sus altavoces estaban destrozados. Sun tenía el pelo revuelto. Me había perdido la acción.

—Sí. Creo —contesté, de mala gana.

—¡No es posible! —exclamó Pluma Rosa, desde algún punto que no lograba ver—. ¿No eres humano?

—Pensé que eso había quedado claro cuando me viste detener un camión con las manos —ironizó Sun, dejándome para ir tras ella de nuevo—. Ahora ríndete de una vez.

La risa de Pluma fue desordenada, estridente. Su sonido se expandió por el espacio curvo del techo altísimo en el hangar y nos llegó amplificado.

—No, no, no —contestó, con voz cantarina—. La nueva historia de Leseli ya se está escribiendo, querido. Pronto te darás cuenta.

Salió por una abertura en el techo, saltando con una capacidad atlética que no imaginé que tendría una escritora. Entonces entendí el espacio de tiempo que había transcurrido entre la última aparición en público de la autora y la primera travesura de Pluma Naranja, como se llamaba al iniciar su camino por el lado del mal.

—¡No! ¡Vuelve aquí!

Sun la siguió, trepó hasta allí con la mayor rapidez que he visto en él. Fue en vano. Sospeché que esta villana tendría unas cuantas ventajas inexplicables sobre nosotros a partir de entonces.

+ + +

¡Vuelven las mini historias para Blogs colaboradores! Este es el comienzo de la tercera ronda. Me atrasé con el primer capítulo, perdón. Bienvenida Denise, de Primera naturaleza, mi compañera lectora en esta oportunidad. Espero que te diviertas con esta historia, planeo relajarme y reírme mucho mientras la escribo. A ver si me sale. 
Tono predeterminado 6:30

Tono predeterminado 6:30

03 junio 2017

tono predeterminadoPrimero, la nada. La oscuridad y la monotonía son el comienzo perfecto, como un abanico sin abrir, lleno de posibilidades. Luego, el contador llega al momento indicado y el mecanismo se activa. La explosión de sonido llega a mis oídos y pasa por capas y capas de consciencia. Llega hasta mi ser suspendido en otro tiempo y espacio. Me llama. Mientras puedo, hago todo por ignorarla. Pero nuevas oleadas de agudos llegan hasta mí, me toman de la mano, se aferran a mis pies hasta que dejo de sentir el suelo que estoy pisando.

Regreso de forma brusca, a través del túnel cálido en el que me había refugiado horas antes. Llego a mi destino. Un costado de mi cara sigue aplastado contra la almohada, mi gato ha empezado a removerse con incomodidad, mi novio protesta entre sueños. Bendito él, que puede seguir ignorándolo. Claro, si no es su ringtone.

Salgo del abrazo de las sábanas y me enfrento al frío de esta época del año con un escalofrío. Me arrastro sobre mis pantuflas hasta la mesita donde dejé el móvil, bien lejos de la cama, a propósito para momentos como éste. Toco con el índice la pantalla y desactivo la alarma.

La próxima sonará en quince minutos. Lo sé, porque la he programado así a propósito. Para momentos como éste. Mis ojos no terminan de despegarse. Mi cerebro solo me dice una cosa: «Tenemos un cuarto de hora para recuperarnos. Estaremos mejor si, en vez de levantarnos, los usamos para dormir un poco más». Sé que es mentira, que no hará una gran diferencia, pero mi cuerpo pesa el triple de lo normal a esa hora y cae con facilidad sobre el colchón otra vez.

Maldición.

Ahora sé cuánto falta para que vuelva a sonar el despertador.

Alguna otra porción de mi cerebro ha despertado y está, de lo más contenta, haciendo el cálculo de cuántas cosas puedo soñar en quince minutos. ¿Quince microsueños? ¿Siete y medio? ¿Un sueño regular de diez minutos, seguido de otro de cinco que pueda hacerme preguntar qué significó por el resto del día? ¿O mejor sueño despierta con los nudos de la trama de una historia que todavía no resuelvo antes de la próxima actualización?

Maldición.

Debo haber perdido cinco minutos pensando en eso. Debería levantarme a ver en el teléfono cuánto falta. Pero creo que estoy a punto de dormirme de nuevo. Eso es. Contaré hacia atrás.

Diez.

Nueve.

Ocho.

Siete.

«¿Sabías que el contar ovejas solo funciona en la lengua inglesa porque las palabras “sheep” y “sleep” suenan casi igual?» dice mi cerebro, jugando conmigo otra vez. Me dan ganas de responderle que sabe eso porque yo lo he leído en alguna parte primero. Y solo estoy contando, no dije nada de ovejas.

Pero tengo menos de quince minutos para abrazarme a las mantas y llegar sin maquillaje a trabajar. Debería aprovecharlos. Creo que voy a dormirme. Eso es.

Seis.

Cinco.

Cuatro

Tres...

Estoy bailando en medio de la calle, con música de carnaval. Un gato se me acerca y empieza a maullar con insistencia. Lo aparto con mi pie, con suavidad. El lugar es extraño, no consigo entender nada de lo que ocurre, aunque me estoy divirtiendo. El gato sigue ahí. No entiendo cómo puede maullar tantas veces seguidas sin detenerse a tomar aire. Me recuerda a mi… Oh.

Dos.

Uno.

La explosión de sonido vuelve a llegar a mis oídos y pasa por capas y capas de consciencia. Llega hasta mi ser suspendido, junto a los maullidos desesperados de mi gato. Me llaman. Mientras puedo, hago todo por ignorarlos. Pero nuevas oleadas de agudos llegan hasta mí, me toman de la mano, se aferran a mis pies hasta que dejo de sentir el suelo que estoy pisando.

Va a ser mejor que me levante de una vez.

+++

Relato escrito para el reto dieciséis de ELDE: Crea un relato que gire en torno a una cuenta atrás.

A veces la cuenta atrás para la próxima alarma es como la de una bomba. Me salteé el reto quince, tengo un bloqueo terrible con ése.
¡Medalla de bronce en el Reto Cinco Líneas!

¡Medalla de bronce en el Reto Cinco Líneas!

02 junio 2017

Ya es viernes otra vez y yo recupero un poco de mis energías para volver al blog. Voy a pasar a hacer la ronda, como siempre, pero primero quería traer algo que me ha alegrado la semana.

A los que hemos participado en el Reto Cinco líneas desde hace tiempo y venimos cumpliendo cada mes con nuestras mini historias, nos ha llegado esta preciosa medalla de bronce:


Es preciosa, ¿verdad? "Por tu dedicación y constancia" comienza el mensaje de Adella, y me ha hecho recordar que en agosto de este año se van a cumplir dos años de que comencé a participar en este reto. Muchas gracias a ella, me sacó de un bloqueo en esa época y me dio la oportunidad de aprender un poco más sobre resumir y crear efecto en mis relatos. A veces creo que sale, a veces no se entiende nada o sale algo mediocre, pero todo es un paso más en el camino a ser mejor escritora. 

Así que esto significa mucho para mí. Felicidades al resto de los que han recibido su medalla, y que los retos sigan por mucho tiempo más.

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