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Historias reales
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La mujer maní

La mujer maní

09 octubre 2020

Siempre digo que será el último, luego vuelvo a meter la mano en la bolsa; no sé de qué me sorprendo. Pero hoy no he tenido límites. El paquete de maní salado que consiguió el abuelo en oferta en el mercado parecía interminable. Como para acompañar mil cervezas, así de grande. ¿En qué momento mi hambre y el terror de esta maldita película me han hecho perder la cuenta? ¿Cómo me he comido diez kilos de maní en una noche? ¿Egrhhhl?

***

Las  palabras del reto de octubre: Último, hoy, abuelo.

Microcosa escrita para el reto Cinco líneas de Octubre de Adella Brac. Basado más o menos en un evento real (de cuando me comí una bolsa de maní sin darme cuenta y en casa se enojaron porque no les dejé nada, luego me convertí en maní gigante).
Sí, lo sé, creo que esto es de lo peorcito que he traído al blog en años, pero mi cerebro está tan agotado que al menos quería rebelarme y hacer algo. Aunque parezca la decadencia total, para mí el haber escrito un poco de nuevo es una victoria. (Blogger, por favor, traeme un modo oscuro, mis ojos te lo ruegan).

Y bueno, espero que haya gente sintiéndose identificada y nada enojada de haber perdido el tiempo leyendo esto. Me voy a visitar a los blogs amigos, que me dan vida nueva. Necesito un respiro de esta rutina. 
...y por eso es que lo sigue haciendo

...y por eso es que lo sigue haciendo

08 julio 2017

ciro
Justo cuando me siento a escribir, aparece él. Da un par de vueltas a mi alrededor, sigiloso, de forma que no lo noto hasta que ya es muy tarde. Exactamente, cuando estoy más concentrada. Entonces salta hacia mí, desde el suelo, se eleva como una mancha blanca y peluda hasta posarse en mi falda. En el camino, vuelan cables, vasos de vidrio y todo objeto que pueda estar a su alcance. Luego me mira y ronronea. Al instante, ya lo he perdonado.

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Las palabras de este mes: forma, exactamente, justo.
Micro para el reto Cinco líneas de Adella Brac del mes de julio. Estoy tan cansada que mi cerebro sacó anécdota felina de todos los días.

¡Gracias a Adella por la medalla de plata! Está preciosa, la he dejado como banner en el blog. 
Abuelita, ¡qué foto de perfil tan buena tienes!

Abuelita, ¡qué foto de perfil tan buena tienes!

28 marzo 2017

abuelita
Foto tomada de Tumblr
Estaba Caperucita en el bosque, con la música de Spotify al máximo en los auriculares, cuando algo la detuvo de seguir avanzando. El leve silencio en la voz del cantante en sus oídos le indicó la llegada de una notificación en su móvil.

Como era difícil para ella caminar y mirar el celular a la vez, revisó en su canasta y sacó el teléfono para ver de qué se trataba. ¿Un nuevo mensaje? ¿La publicación de alguna nueva historia en Wattpad? ¿Un comentario de alguien en su Instagram? La letra «f» le indicó que se trataba de su red social más antigua. Y el contenido del aviso no parecía halagador.

«Abuelita ha comentado en tu publicación» decían las letras sobre la pantalla, con frialdad.

—Oh, no —murmuró ella, mientras tocaba dos veces con el pulgar el anuncio y la aplicación se abría arrojando un destello blanco sobre su rostro.

El horror.

La víctima había sido un meme, compartido desde una página que ni siquiera conocía. Un chiste sobre ir al gimnasio y la belleza interior que le había sacado una carcajada en el momento, pero luego había olvidado en su perfil. Y la abuela había ido a parar justo allí. Lo había leído, le había dado like y luego había comentado.

«Jajaja. Pero, ¿por qué dices eso?» era el comentario.

Y ella ni había pensado dos veces antes de compartir el chiste en su muro.

«No, abuela. Yo no lo dije».

Tuvo que explicarlo. Explicar el chiste. Y luego sentirse avergonzada, porque ni siquiera estaba del todo de acuerdo con lo que decía. Porque para eso eran los chistes, para un rato nada más.

Y la abuela se lo había tomado en serio.

Caperucita se lo pensaría muy bien en el futuro. O abriría una cuenta paralela para sus ñoñadas.




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Historia real. Un comentario de lo más inocente de mi tía abuela en mi perfil de facebook, por un chiste que ni me acordaba que había compartido. Me dio ternura.
Las increíbles no-aventuras de la Señorita J

Las increíbles no-aventuras de la Señorita J

14 diciembre 2016

señorita jTercer día a solas, en la oficina, y ya he envejecido diez años. Sé que mi postura corporal ha cambiado en los últimos meses. Me noto encorvada en la silla endeble con rueditas que, a cada rato, libra una nueva batalla contra el peso de mi trasero. Y pierde. Estiro la mano y levanto el asiento fallado, con la palanca endeble que vuelve a ponerme a la altura del escritorio y la pantalla del ordenador. Ni me doy cuenta, ya me he programado para subirme el culo, apenas desciendo los escasos quince centímetros que me quitan la dignidad y me hacen parecer sentada en un asiento de jardín de infantes. Baja, sube. Baja, sube.

Me he convertido en autómata, mientras atiendo el teléfono con mi «voz para las llamadas telefónicas importantes» o le sonrío a la gente con mi «sonrisa para tranquilizar a los pacientes e indicarles con amabilidad la forma de seguir camino, derecho, derechito, por el pasillo hasta la ventana». Y tirarse por ahí. No. Eso no, me digo. Ni siquiera tengo la llave para abrir ese ventanal, no deben habérmela dejado para aumentar mi tortura y la de esas pobres personas que aguardan apretujadas su turno. O para evitar que alguien se sienta tentado. Ya saben: la libertad, la preciosa libertad.

En el piso de abajo, también han coincidido las vacaciones de algunos —licencias sorpresa, en un par de casos—. Maldito diciembre. Así, los que quedamos haciendo con dos manos el trabajo de cuatro, o seis, nos miramos y no necesitamos decir nada. A alguien le tiemblan las manos por los nervios, se siente la desesperación en la voz de otro, al murmurar que se quedó corto de material de laboratorio. Incluso yo voy y vengo de la oficina a la mesa de entrada, dejando cuatro asuntos a medias, extraviando papeles o mi lapicera.

Me siento un momento, abro la casilla del correo para ver las novedades y… ahí está. El correo que ayer me envió el Señor O. Hacía semanas que no aparecía, que no enviaba pacientes ni hacía consultas por casos específicos. Hoy ha enviado a un hombre para un examen completo, sí, pero de rutina. Lo hemos hecho antes. Y alguien de abajo lo ha desviado y ha dicho que no sabía nada, lo cual me valió un disgusto. Pude solucionarlo, espero que a tiempo de que O. no se entere.

Miro el reloj, la gente sigue llegando y los minutos no avanzan. Un médico llega con un retraso espantoso y pasa a mi lado con cara de que necesita que sea viernes. Ya. Una mujer protesta, no hay lapiceras para llenar los papeles de ingreso y las mías han desaparecido. Como cada día. Corro a buscar, para prestarles. Luego voy detrás de ellos, con paciencia, para pedirles que me las devuelvan. Los que vengan al día siguiente las necesitarán.

Suena el teléfono. Es el Señor O. Su voz me provoca la misma sonrisa tonta de siempre y estoy a punto de perder el aliento, cuando me pregunta por el incidente de su paciente, con preocupación. Está bien, sé que está molesto al comenzar a hablar. Lo imagino en su consultorio, sentado con un café en un sillón bien alto y mullido, de esos gigantes que te hacen olvidar que estás trabajando. Y yo pongo mi mejor «voz de profesional que lo resuelve todo» para explicarle lo que ocurrió. Su tono no ha dejado de ser cordial, a pesar de que la situación es ridícula, y me pide que no vuelva a suceder. Cuelgo, desolada. Ya me he resignado a que ése es un tren que no va a parar en mi estación y salgo de mi sillita endeble para verificar que todo salga bien con los demás pacientes.

Pasa la hora pico de la mesa de entrada. Empieza la hora de las llamadas telefónicas. Tengo tanto que hacer, que no sé por dónde empezar. Mi escritorio rebosa de papeles, en mi mente cada uno tiene su función, está relacionado a algún tema por resolver y por eso está ahí. Sin embargo, desde afuera, aquello parece un nido de ratas. Miro el piso, algún papel abollado no llegó nunca al cesto. Miro la pizarra, ya no tengo espacio para poner más pendientes. Borro todo. Al papel lo dejo así, será la pequeña rebeldía de la jornada.

Llegan más papeles, de los pacientes de hoy. Más emails, con pendientes por resolver. Quiero salir. Voy a escaparme, no quiero volver. Me quedan al menos quince días del mismo nivel de actividad. Y si salgo airosa estoy segura de que se va a volver costumbre —mi fé en la humanidad ha muerto, señores, voy a convertirme en pulpo—. Me doy cuenta de que, al no tener a nadie alrededor, ya no tengo la obligación de sonreír ni de sonar profesional. Lanzo alguna puteada al aire, pongo la web de la radio y me río con los locutores. Imprimo algunas cosas, persigo al médico de la mañana para que firme otras. El reloj se niega a avanzar demasiado. Mi cara se va alargando, imagino a los ausentes echados de panza al sol o roncando hasta el mediodía y se abre un agujero negro en mi estómago.

Aparece la bioquímica y bromea sobre la falta de decoración navideña de mi escritorio. «No has puesto ni una bolita de plástico por acá». Me sorprendo, de verdad, al notarlo. Más me sorprende sentir que da igual. Creo que mi paciencia tiene los días contados en ese lugar. O no. Al sentirla reírse diciendo que, por mi cara, yo también debería estar en una playa, bronceándome, me doy cuenta de que ya no me queda ni sombra de simpatía en el cuerpo. Hago un esfuerzo por no responder algo inapropiado, necesito a esa mujer de mi lado en las horas pico, y largo una risita forzada mientras mi sillita vuelve a perder contra mi trasero y mi dignidad desciende unos quince centímetros.

Alguien ha subido al primer piso y ha llegado a mi puerta sin que lo note, y en ese momento se asoma con una sonrisa que es todo hoyuelos.

Entonces, la vida es hermosa.

Mi mano va a la palanca de la silla, pero queda congelada y mi mini asiento se queda así. Es el Señor O, frente a la montaña de mugre de mi escritorio y el papel abollado al lado del cesto. Vuelve mi voz profesional y lo saludo, mientras la bioquímica se queda mirándolo embobada.

Observa a su alrededor, buscando dónde sentarse, pero la bioquímica está ocupando la única silla libre. Da igual, porque ya no la registro y mis ojos hacen barrido selectivo con él, la sonrisa boba se dibuja en mi cara y mi postura en la silla baja hace más notoria su altura.

«Está siendo amable, como siempre. No está enojado» pienso, maravillada, a la vez que le explico que el paciente ha sido tratado entre almohadones (porque lo guié por todo el edificio, le sonreí como idiota, le di una nota firmada para que le presente al Señor O. y no lo acompañé al baño porque no tuve la oportunidad).

—Muy bien. Muchas gracias. Ahora, necesito pedirte un favor —dice, con algo de timidez.

«¡Sí, está siendo tímido conmigo! ¡Va a pedirme algo incómodo!». Y mi mente siniestra se frota las manos, espero que no de forma visible.

Yo asiento, feliz, tratando de que no se me note que le daría hasta a mi gato Ciro si me lo pidiera. Lo escucho hablar y lo disfruto. Sus ojos, su cabello y el que sea tan larguirucho me hacen pensar en una espiga de trigo. Pensamientos random, en un cerebro al borde del burn-out.

—¿Te acordás de aquel paciente, del Banco M? —me dice, luego de mirar hacia todos lados sin poder concentrarse.
—Claro —le respondo—. El informe te lo pasé el otro día.
—Eh, sí. Necesitaría que me lo imprimieras de nuevo.
—¿No llegó el correo? —me espanto—. ¡Puedo reenviártelo!
—No. Sí. Me llegó. Sí me llegó —vuelve a aclarar, haciendo que me derrita por ver cómo le cuesta darme una orden—, es que necesitaría que... me dieras el original.
—El médico no tiene original. Redactó el informe en Word y le puso la firma digital.
—Lo sé. Pero, por las dudas…
—Te lo imprimo.

Me pongo de pie, como un resorte, y saco a la bioquímica del asiento. Me pongo a revisar en la otra pc hasta encontrar el documento y lo reimprimo, mientras la mujer empieza a dar vueltas junto al Señor O. y a hacerme preguntas sobre los pacientes del día. Me doy el gusto de recitarle cada uno de los que han pasado por allí, con lo que llevan y lo que ha quedado pendiente. Espero a que la hoja llegue a mi mano desde la bandeja y lo miro a él. Me sonríe, como diciendo «muy bien». Llueve pintura rosa por las paredes, sale el sol desde la lámpara del techo y un cajón se abre para que un teletubbie asome la cabeza cantando.

Me deslizo sobre el vómito arcoíris de un unicornio hasta el escritorio donde él me espera y, al ver la fea impresión de la firma que envió el médico, la magia se apaga.

«Esto es horrible. ¿No podía ponerle onda? ¡Es su firma!».

—Ehhh… Creo que vamos a necesitar el original, tenés razón —admito.
—Está bien. Si no me lo aceptan, puedo volver.

«¡Sí!».

—No, vamos a ver de qué forma…
—No te preocupes. A lo mejor, si me ponés tu firma y un sello, quedará bien.

«Mierda. No tengo sello propio. Voy a usar uno que vi por ahí, seguro que sirve».

—Está bien.

Entonces sé que él sigue hablando, diciendo que en realidad no habría problema porque siempre la firma de ese médico sale así y se la suelen aceptar, y yo le pongo todo el arte de los firuletes a mi firma mientras ruego que no salga como un garabato de nena de cinco años —cosa que suele ocurrirme con los del correo o los que hacen el recambio de agua en el dispenser—. Ha salido redonda y bonita. En algún momento —vaya a saber cuándo—, la bioquímica se ha ido y nos hemos quedado solos. Él sigue hablando, para mi felicidad. Y estampo el sello que no es mi sello debajo, apoyándolo sobre la montaña de papeles. Y se estampa el borde, dejando las palabras del medio en blanco y a mí con unas ganas de romper todo. Si lo pongo de nuevo, se arruinará, quedará doble y ahora sí que no tendrá mucho sentido.

—No te preocupes. Con eso está bien —se apresura a decir, al ver mi cara.

«¿Si le pongo mi email personal, mi teléfono o mi usuario de twitter, al menos? Un arroba chiquito, no le hace nada al informe del médico. No. Basta. Teletubbies, vuelvan al cajón».

Al final, se va y yo me quedo deseando que se lo reboten como pelota de básquet, para poder inventarme una firma en la que el link de mi perfil de instagram pueda caber.

«Nota mental: empezar a sacarme selfies pelotudas, como la de esas que ponen boca de pato y usan escote y minifalda frente al espejo del baño. Nah… ya me da pereza de pensarlo, nomás».

Vuelvo a mi silla. Sube. Baja. Sube. Baja. El papel abollado del suelo se convierte en flor y me invade el inicio de una historia entre el Señor O. y la Señorita J. Cuando quiero darme cuenta, ha llegado la hora de volver a casa y salgo a la calle, flotando en una nube de algodón. Ya tengo la idea principal. Sería una comedia romántica, en la que ambos escaparían juntos de la cruel realidad, que los perseguiría para asesinarlos y tirar sus cadáveres al río.

«Mierda. Sigo siendo yo y mis finales».

Lo peor es que creo que la idea de la sangre y el río no son tan malas. De verdad, necesito unas vacaciones.



+++

Así, otro día oscuro para la Señorita J ha sido salvado por la aparición del Señor O. Ya sé que no tiene sentido, las anécdotas nunca lo tienen, sirven para mostrar lo impresionados que nos sentimos en cierto momento de cierto día de nuestras vidas. Y yo le debo mucha inspiración al Sr. O. Algún día voy a hacerle un homenaje como él se merece.

Mejor no, que voy a salir en las noticias y seguro termino con una orden de restricción.
Reto Variaciones - Primera naturaleza

Reto Variaciones - Primera naturaleza

14 febrero 2016

punto de partidaPor fin me he animado a comenzar con este reto de Denise, del blog Primera naturaleza. Se trata de una serie de mini retos, basados en el libro de Raymond Queneau Ejercicios de estilo. Se da un punto de partida en forma de anécdota simple, luego se va convirtiendo ese mismo texto en diversos relatos según las modificaciones que se pidan. Para saber más y ver la lista de desafíos, pueden ir a este enlace. Vamos hacia el punto de partida (esta es una anécdota cien por ciento real):

Esa mañana me levanté de pésimo humor. Había dormido muy poco por el nuevo gato de los vecinos, que no paraba de llorar. Abandonado en el patio, el animal se había dedicado a desgastar mis tímpanos toda la madrugada. 
Iba a ser un día caluroso y soleado, así que me preparé para una limpieza general, bajo la mirada de mis dos mininos. Bruno, el de color gris, estaba inquieto pero me seguía mientras barría el piso. Nino, el blanco con manchas marrones, se recostó junto la bolsa de basura que iba juntando. Entre idas y venidas, puse la casa patas arriba. 
En cierto momento, me dejé llevar por el entusiasmo y decidí abrir la puerta del pasillo común, así colaboraba con la limpieza general. Afuera, en las baldosas coloradas, Nino me observaba con los ojos bien abiertos mientras yo seguía barriendo hasta la calle. Recordé que me olvidaba de algo y me volví a buscarlo, entonces me sobresalté. Nino me esperaba junto a la bolsa de basura del comedor. Creí haberme vuelto loca, cuando miré desde ahí al pasillo externo, y el segundo Nino comenzaba a aventurarse dentro del departamento. Pasaron un par de segundos hasta que comprendí. Malditos vecinos. Qué poco originales.

¿Qué tal? ¿No me creen? No exagero, el gato lloró toda la noche a grito pelado, al día siguiente se metió en mi casa con la excusa de ser un gemelo idéntico de uno de los míos y al día de hoy lo hemos adoptado nosotros. Espero que esto sirva para el resto de las variaciones. Veremos cómo queda transformado.
¡Ustedes también pueden animarse con el reto!
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