Maldita primavera

damnspring—No es que esté ansioso, claro —dijo el corazón, desde el frasco junto a la ventana—. Pero podría tener un lugar un poco más seguro. Ha llegado la primavera y… ya has visto el polen que anda por ahí…

—El polen no se ve —añadió el cerebro, en su bandeja sobre la otomana al pie de la cama—. Al menos, no con el ojo desnudo.

—Era una expresión, nada más —respondió el órgano rojo, algo irritado por la interrupción—. La cantidad de bichos que han aparecido es impresionante. Si hasta los pájaros se asoman a la mañana por acá desde el balcón.

—¡Cuánto drama!

—¡No es drama! Si estuvieras de este lado, no te reirías tanto. Ah, le tengo miedo a esa paloma gorda de ahí. Me mira y aletea con ganas. Sé lo que está pensando.

—¿En serio? —ironizó el otro.

—Sí, no necesito saber nada de aves. Me va a atacar en cualquier momento.

—Ay, cuánta queja...

—¡Ya cállense los dos! —rogó el hígado, sobre la alfombra—. Algunos necesitamos descansar.

Luego de eso, un silencio tenso se instaló en el lugar. Pero solo el cerebro y el corazón continuaron el duelo de miradas. Los pies dormían, al final de las piernas enredadas en las sábanas. Las manos tejían algunos planes, con agujas de color verde e hilo brillante de sueños. El estómago, mientras tanto, desalojaba a las últimas arañas que se habían instalado con la ira y el temor.

Entonces, desde un árbol cercano, la paloma intentó avanzar sobre el frasco del órgano quejumbroso. Pero todavía era temporada de vientos fuertes y el vuelo del pájaro fue desviado. Tampoco hubo tiempo para nuevas discusiones, porque una nube de pétalos rosados entró con la corriente de aire, hasta cubrir parte de la cama, la alfombra y la otomana.

Todos pudieron regodearse en el aroma dulzón que los invadió. Y una nueva energía corrió por la habitación. Una mariposa acarició las paredes del estómago con sus alas tornasoladas, luego otra y otra más. Las piernas se levantaron, de golpe, poniendo a los pies en marcha. Las manos dejaron lo que estaban haciendo, para tomar al hígado y al corazón, antes de que el organismo saliese por la puerta entero. O casi.

Porque el cerebro se quedó olvidado, en la otomana.

—Ya van a volver —aseguró, confiado, aunque con algunos pétalos pegados sobre el lóbulo frontal—. Quiero ver qué tan lejos llegan sin mí.

Así fue como el reloj comenzó su recorrido. Otra vez.

Comentarios

  1. Brillante texto, Cyn. Ese hombre desmontado que con el despertar va recuperando casi todas las partes que lo componen es una imagen muy potente. Excelente relato. Un abrazo!!

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    1. Me alegra mucho que te haya gustado. ¡Gracias por pasar y comentar!

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  2. Magnifico y alucinante relato!
    No creo que el dueño vaya muy lejos, la verdad.
    Abrazo!

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