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El dios sol y la domadora de renos - Capítulo final

El dios sol y la domadora de renos - Capítulo final

01 junio 2015

El dios sol y la domadora de renos bannerLlegamos al último capítulo de la mini historia para la iniciativa Blogs colaboradores. Si quieren saber más sobre cómo participar (seguro se abrirá una próxima ronda) pueden visitar este enlace. Espero que hayan disfrutado la lectura, yo me emocioné como tonta escribiendo esta última parte. Voy a darle una edición a los capítulos para hacerlos más largos y a incluir un epílogo para ponerlo en un pdf de descarga gratuita muy pronto. 

Capítulo final

♦ Capítulo anterior ♦
Sabía que eso ocurriría, pero de alguna forma esperaba que fuera diferente.
El sol apenas se asomaba en la línea difusa del horizonte, cuando algo en el aire se enrareció para Varya. Estaba lavándose en el río pedregoso, derretido antes de tiempo por cortesía del accidente de Reth, cuando Tyr se mostró inquieto. Esta vez no la abandonó, no hubiera podido por las amarras que lo ataban a una enorme piedra, sin embargo su reacción fue inconfundible. Otra vez, la llegada de un ser inexplicable. Tal vez más de uno, imposible saberlo. No se encendió ni una pequeña chispa en el cielo, ni se percibió otra cosa más que el absoluto silencio; bien podía ser su imaginación, a lo mejor el reno había pisado una espina de la vegetación que se empeñaba en renacer esa primavera.
Acababa de convencerse de esa posibilidad, cuando una ráfaga de viento helado la arrojó al suelo. Era cierto, las cuatro lunas habían pasado demasiado rápido. Los guijarros se clavaron en sus dedos, el reflejo del agua le devolvió la expresión horrorizada y las protestas del reno sonaron como las de un viejo amigo cuyo consejo había sido ignorado. La Evenki apretó los puños, cerró los ojos con fuerza y aguardó la explosión final. Nada ocurrió. Luego del cambio en el ambiente, que duró unos segundos, el bosque volvió a respirar, a crujir y a cantar con la timidez de los nuevos pájaros que se aventuraban por los restos de vida natural.
Ahora sí estaba convencida: era el día. Había esperado ese momento, se había preparado para eso desde la noche en que había aceptado lo que sentía por él y esa mañana, cuando por fin podía darle fin a esa situación irreal, el desconcierto la inmovilizaba. Se levantó despacio, con nada más que ruido blanco en su mente y escozor en su garganta. Ayudó a Tyr a desenredarse de sus amarras y emprendió el regreso al campamento improvisado. Se encontró apurando al animal, mientras un dolor desconocido se instalaba en su pecho y se intensificaba cuanto más se acercaba al lugar donde había dejado la esfera plateada descompuesta. Cuando fue capaz de ver, a la distancia, las otras tres esferas, detuvo al reno y lo obligó a retroceder. Iba a volverse al camino, apenas llevando lo que tenía en ese momento. No miraría atrás.

—¡Varya!

¿Cómo era posible que una determinación tan fuerte, nacida de la desesperación y el deseo de recobrar la cordura, se quebrara con solo oírlo?

—Te estuve buscando —continuó Reth, avanzando hacia Tyr para calmarlo, como si esa fuera una mañana corriente en la que debían pensar en el almuerzo—. Han sido discretos al llegar, pero de todas maneras hubo un sacudón en el aire. Debes haberlo sentido.
—Suficiente para mí, entonces —reaccionó—. Es hora de que me vaya. Suelta al reno.

Él enarcó las pálidas cejas y soltó una risita de incredulidad.

—No vas a pretender que te deje ir así…
—¿Tú me vas a dejar ir? —estalló la joven—. ¿Soy yo a la que han venido a buscar, acaso? ¡Suelta el reno, maldición!

Aunque él dejó las riendas, no salió del camino. Adoptó una expresión seria y Tyr no se movió.

—Sí sabías decir esas cosas —murmuró, recordando una conversación en la primera luna que habían compartido.
—¿Y a ti qué te importa? —respondió la chica, desmontando al ver que el animal no le hacía caso y al límite de su paciencia—. ¡Ve a reunirte con los tuyos, vuelve al lugar donde todos son iguales a ti y pueden entenderte sin que abras la boca!

No se suponía que la despedida fuera así. No debería haber regresado del río, a esas alturas ya hubiera alcanzado el camino principal. En lugar de eso, se encontraba al borde del llanto y balbuceando sinsentidos en la última conversación que tendría con el extraño. Deberían haber quedado para siempre como el dios sol y la domadora de renos que huyó en medio de la noche.

—No es verdad —la corrigió Reth, frustrado como ella—. No somos todos iguales, ni tenemos esa facilidad de comprensión. Hemos evolucionado a partir de las diferencias, como sé que tu pueblo hará algún día si quiere seguir existiendo.
—¿Y con eso qué?
—¡No estás sola, Varya! Aún si decides no regresar a los tuyos.
—¡Deja de leerme! —gritó, exasperada.
—¡Lo siento, no puedo evitarlo! Mira, este bosque es un comienzo para nosotros. Dondequiera que nos volvamos a enfrentar con situaciones difíciles, nos acordaremos de que pudimos sobrevivir aquí. Tú me salvaste ahora, y lo volverás a hacer mil veces en el futuro, mientras sigas en mi memoria.

Una lágrima se escapó, corrió el camino por la mejilla de Varya y llegó al suelo antes de que ella encontrara las palabras para contestarle.

—En cambio, tú me has arruinado. ¿Qué voy a hacer ahora? No podré volver a los míos. Ya no me importa la aceptación ni el perdón por algo de lo que ni siquiera me arrepiento.
—No necesito ver aquí para saber que eso es lo mejor que podría ocurrirte —comentó el dios malinterpretado, mientras señalaba con el índice el centro de su frente—. No vuelvas a entrar a bosques arrasados si no es por tu propia necesidad. Sigue caminando, hasta que encuentres el lugar en el que puedas sentirte segura.

Ella pensó que aquella esfera metálica era ese lugar, pero los restos de la destrucción y la falta de vida alrededor indicaban que era solo algo temporal. Una estación, un alto en el camino. Entonces quiso decir algo más, sin embargo él la estrechó en sus brazos y la besó, tal como lo hacían en las películas que pasaban en el pueblo del hombre blanco.
Definitivamente, estaba arruinada. Tampoco importaba demasiado, cuando aquello era más auténtico para ella que cualquier unión aprobada en la comunidad.
El reno tironeó de las riendas en su mano y la sacó de su embotamiento en pleno abrazo, para hacerle notar que no estaban solos. Los tres seres que hacían lo posible por ocultar su incomodidad tenían el mismo traje y tono de piel, pero en nada más se parecían a Reth. Detrás de ellos, la esfera detenida ya brillaba en un tono anaranjado. Se comunicaron en silencio. Alguna seña de sus manos, alguna mirada y los recién llegados se inclinaron respetuosamente ante ellos, para regresar a sus transportes.
El escozor en la garganta de Varya se había transformado en vergonzosos sollozos. Él apoyó su frente contra la de ella, antes de susurrar.

—Promete que no vas a quedarte aquí —fueron las últimas palabras que él tomó de la lengua Evenki—. Sigue caminando.

En todo su esplendor, las esferas plateadas se volvieron rojas y luego se hicieron invisibles, antes de que el viento helado se expandiera por el terreno para derribar la poca vegetación en pie. Con el tiempo, el hombre blanco investigaría el lugar y se encontraría con la marca de dos explosiones circulares, pero ningún cráter. El paso de un cometa, la llegada de un meteorito, el mensaje divino contra una revolución, mil explicaciones surgirían, ninguna incluyendo a la joven Evenki que se marchó luego de la primera explosión y jamás regresó a su pueblo.
Porque Varya tomó sus cosas y se llevó a Tyr en la misma dirección del primer día. No se quedaría quieta, lo había prometido. Ahora que sabía un poco más de sí misma, quería conocer el mundo. Tomaría el Transiberiano y no bajaría hasta el final del recorrido. Solo tenía que ver si tenían vagones para carga de animales y le aceptaban un reno.



FIN

El dios sol y la domadora de renos - Capítulo 3

El dios sol y la domadora de renos - Capítulo 3

22 mayo 2015

♦ Ver Capítulo anterior ♦
El dios sol y la domadora de renos Banner

La luna ya mostraba su tercera cara para el momento en que Varya se convenció de que había algo extraño en aquel dios de piel violácea y cabellos claros. Se había pasado esos días observándolo sin disimulo, admirada por la facilidad con la que él podía armar y desarmar la pelota plateada, a pesar de no conseguir resultados. Y, en las noches, había notado en él un encanto distinto, fuera de lo común en los hombres de su tribu. Era hermoso, en una forma diferente a la de los jóvenes evenkis o la del hombre blanco que se aventuraba por los caminos para comerciar con ellos. Y sus maneras eran delicadas, se tomaba el tiempo para elegir las mejores palabras para dirigirse a ella. Al comienzo, a la muchacha le había parecido divertido verlo correr de las fieras, o agriar el gesto con cada bocado de carne de oso. Luego se había dado cuenta de que él sufría lejos de su gente también.

«La tierra de los dioses tiene que ser un lugar muy agradable, si allí todos son iguales a Reth.» El pensamiento la sorprendió, una de esas noches, y un vacío en el estómago la obligó a levantarse de su lugar frente a la fogata.

Él no reaccionó. Estaba concentrado en unas piezas muy pequeñas, igual de plateadas que la esfera que les servía de refugio, y ella tuvo la esperanza de que sus ideas no estuvieran conectadas a las suyas en ese instante.

—¿Adónde vas? —preguntó distraído, sin mirarla.
—Necesito un momento a solas —contestó, evasiva.
—Habíamos dicho que usaríamos de baño los escombros del otro lado. Allí no hay nada.

Eso era cierto. Todo el territorio era una masa de árboles caídos, con excepción del pequeño círculo que ellos habían limpiado y en el que habían armado el refugio. Los pocos animales que ingresaban a la zona terminaban vagando desorientados y hambrientos, para terminar cazados por la Evenki.

—No voy al baño.
—Apenas logramos escondernos, Varya, es peligroso que andes en la oscuridad.

La joven suspiró, cortando de raíz la súbita ocurrencia de que él solo se preocupaba porque ella era la única que podía protegerlo en esas condiciones. Lo vio rascarse la cabeza y, molesta, regresó junto al fuego. Reth parecía frustrado y ya no tenía la actitud altiva del principio, aunque seguía negándose a darle lo que ella necesitaba para volver.

—Dijiste que no podías moverte de aquí, pero a la vez hablaste de que alguien vendría a buscarte. ¿Cómo sabes eso?
—Mi transporte envió la señal al más cercano de los míos en ese momento. Y, por la distancia, puedo decir cuánto tardará, pero no puedo comunicarme ni enterarme de si envían a alguien más rápido por mí. Este mundo está muy atrasado, y no es un insulto. Lo digo porque es peligroso para mí. Puedo ser lo que tú quieras que sea, si no tengo otra forma de explicártelo que no sea tu misma lengua.
—Yo soy una atrasada, pero tú eres raro —afirmó la chica, irritada—. Dicen que al hombre blanco eso le basta para matar. Y a los míos tampoco los pone muy contentos cuando alguien tiene ocurrencias distintas. No se supone que las mujeres vistamos como los cazadores, o que pasemos tanto tiempo fuera de casa. En realidad, ambos podríamos morir por cómo somos.

Al decir eso, notó que él le echaba un vistazo desconfiado, tal vez temeroso. Lo tranquilizó con una sonrisa, sin moverse, sin dejar de mirarlo. Y pensó en que le costaría mucho dormir esa noche bajo el techo de la esfera metálica, sabiendo que la espalda de aquel dios que se negaba a sí mismo estaría tan cerca a la suya. Un hormigueo la recorrió entera por el atrevimiento, sin embargo no se molestó en suprimir la idea. Estuvo a punto de arrepentirse cuando notó que él inspiraba con fuerza y abría bien sus ojos, como si no se lo hubiera esperado. Desviaron el tema de conversación: faltaba poco para que la comida estuviera lista, ella podía enseñarle a cocinar algo así para que llevara el recuerdo a los suyos, él podía llevarse las pieles que estaba usando para no congelarse. Rieron con nerviosismo ante el primer ronquido de Tyr, que estaba echado junto a ellos, y enfrentaron el sueño hasta que no pudieron evitarlo más.

—Al amanecer, me iré. Tienes todo lo que necesitas hasta que vengan a buscarte, puedo conseguir un poco más de carne, pero estarás bien —dijo Varya luego de un prolongado silencio, cuando ya se habían acostado—. Eres amable, no pareces enojado y tampoco creo que seas el dios sol. Así que supongo que no te molestará que les diga a los míos que sí lo eras y me perdonaste.
—Todavía no han pasado las cuatro lunas —le recordó él, sin inflexión alguna en la voz.
—Pasarán mientras esté en el camino de regreso a la aldea. Tyr está algo flaco, yo me veo horrible, cuando lleguemos allá los ancianos aceptarán nuestras disculpas.

Los dos permanecían separados por la mayor distancia que les permitía el artefacto gris, sin mirarse.

—¿De verdad quieres volver? —insistió el forastero—. ¿Sabiendo que no estás obligada por nadie y que esto no fue tu culpa?
—¿Quién lo dice? —murmuró ella, entre risas—. A lo mejor tú también hiciste algo malo, y un dios enojado nos castigó a ambos así. Reuniéndonos en medio de la nada.

Afuera, no se escuchaba más que algún crujido por parte de Tyr, que dormido solía mover sus patas en carreras imaginarias. Varya cerró sus ojos con fuerza, arrancando de su mente cada deseo, cada pensamiento, como si quitara la maleza del camino. Sabía que él era respetuoso y no la «escuchaba» todo el tiempo, en realidad ella no quería dejar que esas ideas nacieran siquiera. La vergüenza de sentirse cada vez más consciente de ciertas cosas le había arruinado la aventura. La idea más brillante que hubiera tenido un mes atrás había palidecido, en comparación con lo que estaba viviendo. Y ahora empezaba a ver que a su lado había un hombre, por más extraño que pareciera.

—Quédate el tiempo que falta —pidió Reth, sentándose y con la vista fija en sus pies—. No puede hacer tanta diferencia, unos días más o menos.
—Supongo que tienes razón —murmuró ella. Y saboreó la pequeña satisfacción hasta dormirse. Según sus leyes, el solo hecho de sentirse así y quedarse junto a él podía enojar a alguien, al punto en que el mundo amaneciera ardiendo al día siguiente. Por suerte, estaba segura de que eso no ocurriría.


El dios sol y la domadora de renos - Capítulo 2

El dios sol y la domadora de renos - Capítulo 2

15 mayo 2015

♦ Ver Capítulo anterior ♦
Pasó toda una fase lunar hasta que Varya comenzó a encontrar los estragos de la
El dios sol y la domadora de renos - Banner
explosión en el terreno. Ella no creía que el dios sol se dignara a bajar hasta allí por unas simples monedas, era obvio que la estaban sacrificando a modo de ejemplo. Y ella se convertiría en un cuento aterrador para niños evenkis: «La chica que huyó a la aldea del hombre blanco y murió castigada por la divinidad del fuego». Era un nombre largo para un relato, los ancianos deberían revisar eso. Al menos tendría tiempo de imaginarlo, a solas con Tyr bajo el helado atardecer siberiano. Y el día más largo todavía sería insuficiente para estar a salvo en un viaje hacia la nada. La luz escaseaba cuando la muchacha pasó entre los árboles calcinados, arrastrando al animal que se resistía a seguir avanzando.

—No vas a abandonarme otra vez. Tu suerte está atada a la mía, lo lamento —agregó, sosteniendo las riendas que había reforzado antes de salir, para luego notar que sus palabras eran una profecía aterradora para ambos—. De verdad, lo siento mucho.


En ese momento, el ruido de las hojas en el suelo delató la presencia de alguien a su espalda. El reno estuvo a punto de arrastrarla por el camino de vuelta y ella de dejar que lo hiciera debido al susto. En realidad, el sujeto de piel violácea y ojos amarillos que los observaba también pegó su grito horrorizado. Frente a frente, ambos creyeron que serían exterminados y se miraron, esperando hipnotizados el siguiente movimiento. Tyr los sacó del trance, gimiendo desesperado.

—¿Quién eres? —gritó Varya—. ¿No vas a hablarme? ¡Eres él, por los dioses! ¡El anciano tenía razón!

Él abrió la boca, de labios finos y no muy distintos a los de un humano, para pronunciar con timidez un saludo Evenki y presentarse. La muchacha se quedó sorprendida.

—No temas, Varya. Mi nombre es Reth. No tiene equivalente en tu lengua. Y pido que me perdones por tomar de tus conocimientos las palabras que usaré para comunicarme contigo —explicó, señalando con el índice a la altura de la frente.
—¿Eres «Reth el sol»? —creyó comprender ella y se dobló en una reverencia, pasando por alto la revelación de que él podía leer su mente—. ¡Perdóname, por favor! Prometo no volver a pensar siquiera en nada malo. Me vestiré con ropas tradicionales, usaré el pañuelo en la cabeza y no volveré a mirar a los ojos al hombre blanco. Ahora déjame volver a la aldea, te lo ruego.

Él tenía pestañas blancas, las cuales se batieron en señal de confusión.

—No soy el sol —explicó, con cautela—. No tienes las palabras que necesito para explicarlo, pero definitivamente no soy lo que llamas dios.
—¿Qué eres entonces? —preguntó la joven, levantándose con curiosidad—. ¿Vienes de una tribu desconocida?
—Podría decir que soy de otro pueblo, es cierto, y vengo de allí arriba. Mi transporte se ha averiado, estás apoyada en él.

Varya se dio cuenta de que todo calzaba a la perfección con los cuentos que había oído sobre las travesuras de los dioses de la naturaleza. Quedó fascinada y quiso jugar también.

—Esto es una prueba, ¿verdad? ¡Debo demostrar lo que eres!
—¿Eh?
—Voy a encender una buena fogata y te daré algún tributo. Tyr no podrá ser. Si me das un rato puedo conseguirte otra cosa. Has destrozado mucho, va a ser difícil encontrar algo vivo en la zona.

Reth comprendió a qué se refería la muchacha y se sobresaltó.

—¡Estás pensando en matar animales! ¡Vas a darme uno muerto de regalo! ¿En dónde he caído?

Y, como si ellos lo hubieran pedido, desde la oscuridad que reinaba detrás de él surgió un rugido bestial. Varya ya había echado mano a su escopeta.

—No te muevas, tengo tu ofrenda —susurró, expectante.

Más tarde, el oso se convirtió en la cena de ambos. Es decir, de Varya, porque el extraño temblaba frente a la visión de aquella joven de ojos almendrados y cabello oscuro. Ella había dejado los restos de su caza al aire libre, para que tuvieran un entierro del viento (otra forma de decir que los carroñeros limpiarían los huesos), y le rezaba a la llama antes de meterse la comida en la boca.

—Tú no puedes ser el dios sol —declaró desilusionada—. Eres debilucho.
—¡Es lo que he tratado de decirte todo este tiempo! —exclamó Reth—. ¡Soy un viajero que ha tenido un accidente! ¡Y no podrán venir a buscarme hasta…! ¿Cómo mides el tiempo? Varias lunas. Maldición.
—Yo no sé decir esas cosas.
—Las saqué de tu cabeza.
—Pues no escarbes demasiado ahí. —Ella volvió a sus elucubraciones—. Debes ser un dios menor. A lo mejor gobiernas las piedras, o las cenizas.
—No vas a creer lo que diga. Ni siquiera sabes qué hay más allá de este bosque y las vías del tren.
—Eso es por tu culpa. ¿Recuerdas por qué estamos aquí?
—Sí, la bola de metal contra la que estás sentada se descompuso y terminé en este infierno helado —refunfuñó, antes de murmurar en su propia lengua—, tomando prestados conceptos que no conozco del cerebro de una salvaje.

Ella no lo dejó pasar. Se sentía fascinada por aquel muchacho de ropas brillantes y cabello claro.

—¿Qué dijiste? Es la lengua de los dioses, ¿no? Si me perdonas, tienes que asegurarte de que yo lo entienda. No puedo volver a los ancianos sin eso, ya vi de lo que eres capaz así que voy a respetar tus reglas.
—¡No estoy poniéndote a prueba y no soy ningún dios!
—¡Mientes! ¡Tú destruiste este lugar!
—No fue a propósito.
—Ve y díselo a los ancianos.
—Tampoco puedo moverme de aquí, no tengo forma de saber cuándo vendrán a buscarme.
—Entonces yo tampoco lo haré. Hasta que no me des tu perdón no puedo irme —Y era verdad. Además, no pensaba volverse todavía. No si había encontrado al dios sol y ella tenía amarrado a su reno. Era todo lo que necesitaba por ese mes—. Tengo que armar mi refugio y usaré tu bola de metal, si no te molesta.

El dios sol y la domadora de renos - Capítulo 1

El dios sol y la domadora de renos - Capítulo 1

09 mayo 2015



♦ Ver sinopsis ♦
Su tribu no lo había visto venir. Nadie en esos bosques helados estaba preparado para ver la llegada del dios sol dos veces esa mañana. Mucho menos Varya. 

Ella se había alejado de los suyos en una forma particular: montada sobre el lomo de Tyr,
su reno favorito de la manada. Esa sería su última acción como evenki, luego se uniría a las costumbres de aquella nueva era en la que el hombre blanco era amo y señor. Lo sabía, porque hasta los ancianos del consejo habían tenido que reconocer que les convenía hacer negocios con ellos. Y ella soñaba con la libertad de aquellos que pasaban por los caminos en sus aparatos metálicos.

Vio el perezoso amanecer primaveral y engañó a sus miedos con historias sobre lo que imaginaba que sería su futuro en tierras lejanas. El animal que la cargaba iba tranquilo, mientras ella se disculpaba por no poder llevarlo con ella. Llevaba el peso de su equipaje y el de las monedas del administrador del pueblo en sus bolsillos, dispuesta a no regresar jamás. Había cometido un crimen terrible, pero no se había detenido a pensar en ello. No lo haría, hasta estar lo suficientemente lejos. Iba a subirse al Transiberiano y a no bajarse hasta la última estación, donde el mundo se hacía tan enorme que no cabía en el horizonte. Tan distinto, que ni siquiera se molestarían en perseguirla para castigarla por el oro que estaba tomando. 

Iba a entrar al mundo aterrador y fabuloso del nuevo siglo. Iba a dejar de ser una rareza a la que miraban de lejos, para cruzar al otro lado. Aunque perdiera todo lo que conocía en el camino. 

—Y ya sabes, no debes quitarte la montura ni distraerte del sendero —murmuró, aleccionando al reno a modo de despedida anticipada—. Si llegan a confundirte con un salvaje te convertirás en presa de los cazadores. 

En ese momento, el reno se puso inquieto. Perdió velocidad hasta detenerse. 

—¿Qué pasa contigo? No hay nadie por aquí. 

El animal siempre había sido manso, por eso ella se sorprendió cuando, en un corcoveo violento, la arrojó al suelo y la abandonó a la carrera con la mitad de sus cosas. Nunca había visto semejante terror en sus años de pastoreo. Se levantó, tragándose un improperio, pero no tuvo tiempo de salir en su búsqueda. No atinó a reaccionar cuando vio la causa de lo que acababa de ocurrir. De lo que estaba por ocurrir.

—Por todos los dioses —murmuró, con la vista en el cielo, antes de que sus rodillas se aflojaran y la hicieran aterrizar otra vez en la tierra helada.

Por encima de su cabeza pasó una bola de fuego, tan brillante y rotunda que ni se le ocurrió cubrirse. Estaba convencida de que ese sería el final. El castigo por renegar de todo lo que era. Y, sin embargo, tuvo la oportunidad de ver a la esfera seguir, para estallar en pleno cielo y enviarla volando en una onda expansiva ardiente. Si hubiera sabido que estaba demasiado lejos para decir que aquello era un mensaje para ella, no hubiera regresado al campamento evenki, herida y llorosa. 

Cuando pudo llegar a pie hasta los suyos, dispuesta a implorar el perdón, Varya encontró el caos. Le dolía hasta el último rincón del cuerpo y una especie de confusión afectaba sus sentidos. Aun así, pudo sentir el desorden a su alrededor. Todo había quedado patas para arriba, sumándole los pequeños focos de incendio que los hombres se esforzaban en apagar. Las mujeres lloraban junto a sus tiendas destrozadas. Los renos domésticos apenas permanecían bajo control. 

«Todo esto es por mi culpa» pensó, desconsolada, y el dolor en su cabeza no le dejó siquiera hilar lo que haría a continuación. Así que se quedó de pie, al límite de sus fuerzas y desorientada, entre los escombros del campamento. El mayor de los ancianos supo de su llegada y se acercó a ella, recibiéndola en su sabiduría de ojos nublados junto a un círculo de evenkis descontentos. Aunque no pudo escuchar las palabras debido al zumbido en sus oídos, igual balbuceó una disculpa antes de caer en la inconsciencia. 

Tardó días en volver a despertar. Cuando lo hizo, la pusieron a disposición de los ancianos y el sabio dirigente de la comunidad la tranquilizó con una expresión bondadosa. Siempre parecía ver más allá, a pesar de que sus ojos jamás hubieran sido útiles.

—Creemos que el precio de tu error ha sido demasiado caro, Varya —dictaminó con paciencia—. Esto pudo ser una advertencia para todos nosotros. Sin embargo, no nos quedaremos conformes hasta ver un cambio verdadero en ti. 
—Dígame lo que tengo que hacer —rogó ella.
—Tendrás que hacer las paces con él, muchacha. 

Entonces no estuvo segura de haber escuchado bien.

—¿De…de qué está hablando?
—Las llamas todavía son tema de conversación de los viajeros. Hasta el hombre blanco ha manifestado temor por lo ocurrido.
—Nuestros exploradores han visto noches más luminosas que el día en la región cercana al río pedroso —agregó otro de los consejeros—. Creemos que el dios sol aguarda por ti.
—¿Qué? 

Algo estaba mal. Muy mal. Y Varya empezaba a entender que había corrido de la explosión en la dirección equivocada.

—Para asegurarnos el perdón divino, tendrás que estar fuera por cuatro lunas. Irás a buscarlo —anunció el hombre. 
—¡Cuatro! ¡Sin ayuda! ¡No, por favor! ¡Voy a morir sola entre los árboles!
—No irás sola. Tendrás los mismos recursos que pensabas llevarte esa mañana. 

Junto con la afirmación, uno de los pequeños aprendices de domador trajo al reno que ella había perdido. 

—¡Tyr! 
—Si regresas a salvo luego de eso, será la prueba de que has sido perdonada. Y nosotros no podremos negarte ese privilegio.

Todo el mundo parecía estar de acuerdo con la decisión tomada. No hubo quien saliera con una idea alternativa. Ni siquiera a la joven se le ocurría otra manera. Así y todo, no pudo evitar sentir que la estaban condenando a una muerte segura.

Nueva historia: El dios sol y la domadora de renos

Nueva historia: El dios sol y la domadora de renos

08 mayo 2015

¿Cómo están? Hoy he vuelto a escribir con ganas después de un merecido descanso. He comenzado con dos proyectos pequeños que tenía pendientes, así que aquí dejo las portadas y sinopsis de uno de ellos, el de Blogs colaboradores. Le doy la bienvenida a Pevez, quien será mi lectora y reseñadora al final de este mes. 

De paso, comento que también seré reseñadora de otra de las participantes: Denise, del blog Primera naturaleza. Espero con muchas ganas comenzar a leerla. Ahora sí. Comencemos.

Título: El dios sol y la domadora de renos

Autora: Jazmín Romero
Género: Histórico. Romance. Ciencia ficción.
Sinopsis: Cuando se recibe un mensaje de los dioses, no hay que hacer oídos sordos. O eso es lo que piensa Varya cuando ve aquella explosión de luz y fuego en la soledad del bosque. Lo que no imagina es que hay algo, muy distinto a todo lo que ha conocido, entre los restos de la destrucción. ¿Un dios renegado, un ser extraño venido del futuro, un príncipe de tierras lejanas? Nada de eso, en realidad. Un desafío a la comprensión. Una invitación a otro mundo.
(Basado en el Evento de Tunguska, ocurrido en Rusia en 1908)


En total la historia tendrá cuatro pequeños capítulos, en los que intentaré resumir la trama. Las publicaciones se realizarán en este blog, empezando con el primer capítulo de esta semana que saldrá mañana sábado, así que espero que lo disfruten. 

Desafíos de escritura: Abril

Desafíos de escritura: Abril

03 abril 2015

SobreEscritComienza un nuevo mes, junto con la llegada de Semana Santa y unos días de descanso para todos. ¿Qué tal la están pasando? 

Yo estoy reorganizando mis prioridades en la web y leyendo un poco de mi montaña de libros pendientes. Pronto algunas reseñas. 

Hice un pequeño cambio en la cabecera del blog (quedó mucho más prolija, díganme si no) y cambié de lugar los íconos de redes sociales. Además, estuve terminando algunas historias que tenía pendientes (Crónicas gatunas #2 - La pluma naranja) y proponiéndome nuevos desafíos para este año en lo que respecta a la escritura, a ver si los cumplo. 

Como encontré algunas cosas que me resultaron muy útiles, les paso ciertos datos que podrían llegar a interesarles (si no es que ya los conocen de antemano). ¿Tienen algún otro para sugerirme también?





WriteOn
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Write On - por Kindle
Es una nueva plataforma de escritura y lectura de Amazon, con la diferencia de que es gratuita y se pueden publicar historias incompletas, en capítulos. Está repleta de usuarios de habla inglesa por ahora, pero de todas formas me hice un perfil y publiqué un par de cuentos cortos. Se puede acceder por medio de la misma cuenta que usamos en Amazon, lo cual es muy práctico. Si suben algo de ustedes, los invito a dejarme un link así me doy una vuelta.




ParaBlog
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Blognovela: Paradoja
Tenía ganas de volver a armar una blognovela, esta vez quería hacer una como Dios manda, y con los tutoriales de Cafetera de Letras me animé. Fuera de su sombra es una historia de ciencia ficción, con tintes de romance y aventura, que comencé hace unos años y ahora estoy editando. En estos días, el primer capítulo. Reitero lo de la invitación a que dejen los links de sus propias blognovelas en los comentarios de esta entrada ♥




ClubEsc
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Reto: Tejiendo un cuento - por El Club de las Escritoras
Dulce Lopez, la administradora del Club, está llevando adelante un proyecto por medio del cual todas las socias que deseen pueden unirse a escribir en conjunto una novela. A los que quieran participar, todavía están a tiempo de anotarse. Las instrucciones están en este enlace, y si aún no son socias pueden averiguar cómo hacerlo aquí.




NaNoCamp
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Camp NaNoWriMo Abril 2015
¡Ya comenzó el primer campamento de escritura de este año! Como me distraje horrores, mi intento en el NaNoWriMo de noviembre 2014 fue un desastre, pero curiosamente me fue más que bien en los dos campamentos de abril y julio. Así que empecé de nuevo, con la historia de la blognovela y un límite de 10 mil palabras para todo el mes. A todos los que tengan algo para escribir y necesiten un incentivo extra, el campamento es ideal. Todavía pueden inscribirse. 



¿Qué les parece? Para los que estén interesados, dejo los links en cada apartado así se conectan y lo intentan también. 

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