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Bitácora de cuarentena: Día 796

Bitácora de cuarentena: Día 796

25 marzo 2020

Es decir, ya perdí la cuenta. Además, para muchos esto empezó antes, así que veo días que no se corresponden con los míos y, después de este fin de semana gigantesco, no sé qué día es.

Sí, recomiendan tener una rutina y diferenciar días, bla bla. Pero apenas diferencio comidas, sin un calendario ni idea de dónde estoy. Benditos calendarios. Y teléfonos celulares.

Hoy mi móvil decidió no mostrar nada. Tildarse. Estuve borrando cachés, desinstalando cosas, borrando conversaciones. Nada.

Hasta que, ya de noche, cerca de volver el teléfono a su estado de fábrica, se me ocurrió apagarlo y volverlo a prender. Santo remedio.

Será que eso necesitamos ahora, un simple apagado y encendido. Nos están borrando el caché, desinstalando, y lo único que necesitamos es un reinicio simple de todo.

Qué lindo si solo fuese eso. Pensemos que todavía podemos estar a tiempo. Apaguemos un rato, quedémonos todos en casa.
Bitácora de cuarentena: Día 3

Bitácora de cuarentena: Día 3

23 marzo 2020

...o cuatro, ya no sé contar. O es que este día en particular se me ha pasado en la cama. Voy a unificar los días anteriores y promediar en día 3. Porque sí.

Empecé super activa esto del encierro voluntario. Lástima que los vecinos aprovecharon para irse de paseo el día 2. Al volver, uno de ellos se ha puesto a toser, con un ruido horrible de fumador, y me he puesto a cerrar las ventanas que dan a aquel lado. Medio difícil mantener eso, pero bueno.

Hice lo que no hay que hacer. Tomen nota, para no repetir:

Me sumergí en una locura de videos de youtube. Gente de cuarentena en otros países, dando consejos, hablando de otras cosas para distraerse. Lo meché con twitter. Gente puteándose, entre ellos, a los del gobierno, a los de la oposición... Terminé imaginando que eran todos bots, porque si pienso que gente real se pone a perder el tiempo con esas estupideces, mal estamos.

O es que todavía nos hace falta una inyección de empatía y sentido común. Y más que nada por las noticias de gente yéndose de vacaciones.

Cociné tanto, que en un momento la heladera ya no tuvo más lugar para guardar cosas. Tardamos nada en comer la mayor parte, con mi hermano. Ansiedad, ansiedad.

Empecé a notar que la locura reclamaba mis huesos. Así que hice lo que sí hay que hacer:

Hablé mucho con una amiga, por teléfono. Por recomendación de ella, leí un libro corto (A puerta cerrada, de Sartre). Hice una mini guerra de géneros musicales con los vecinos, a todo volumen. Hablé de mis preocupaciones con mi hermano, mi vieja y mi novio.

Esta mañana, me desperté al borde de un ataque de ansiedad. Me asusté mucho. Traté de entender que esto es una primera vez para todos, que nada de lo que sintamos en este momento está mal, solo hay que dejarlo pasar. Pero el malestar era casi físico y no paraba. Mi gatita algo debió notar, porque vino con insistencia a mi falda. Di vueltas por la casa, como frenética. Puse otro video de youtube, un vivo de una artista que dijo mil cosas que no escuché, en mi estado, pero entre todo eso, alcancé a escuchar "meditación". No sé ni de qué habló, yo ya estaba por colapsar. Así que corrí a acostarme y puse un video tras otro de meditación guiada. Parece una tontería, pero funcionó. Incluso me dormí. Y así pasó medio día.

Mi hermano cocina, mi madre me envía mensajes, yo reparto links de esas meditaciones, esperando que no hagan falta, pero igual. Ahora vine a escribir, más como catarsis que esperando que salga algo bonito. Salir... Espero que salgamos todos de ésta. Sé que es más difícil para algunos. Pero no nos obliguemos a estar "bien". No ignoremos lo que nos pasa. Busquemos el salvavidas, hasta que vuelva a nosotros el aire.
Bitácora de cuarentena: Día 1

Bitácora de cuarentena: Día 1

20 marzo 2020

Con el anuncio oficial, llega el alivio. Pensé, sinceramente, que no me tocaría esta medida y el miedo ya había empezado a afectarme. Ayer pasé mi cumpleaños, sin poder ver a nadie (mi madre es persona de riesgo, mi sobrino también y mis amigas tienen hijos o viven con gente de riesgo, así que decidí que nada de nada).

Trato de no pensar en mis alergias y en mi garganta hinchada de marzo a noviembre todos los años. Soy joven y sana, me repito, como un mantra.

A cada mensaje de feliz cumpleaños, mis lágrimas salieron solas. Cuando mis compañeras de trabajo me dieron el sobre con el dinero que habían juntado para hacerme un regalo, lloré otra vez. Hoy solo pido, como regalo, que todos salgamos de ésta lo mejor posible.

Ya en casa, hoy, escucho a la gente pasar por la vereda charlando, alguno tosiendo como si fuese a dejarse un pulmón (cierro ventanas) y muchos, muchos, muchos autos pasando por mi calle. No entiendo. La gente viene haciendo compras de pánico desde hace días. ¿Qué tanto les puede faltar?

Hago limpieza obsesiva con lavandina, al punto en que puedo haberme intoxicado. Pero, en medio de la fregada de piso, se me rompe el palo y me quedo sin secador. Yo, que no quiero ni pisar la vereda.

Salgo y veo a los que pasean a sus perros, compran en los negocios de la cuadra a través de la puerta de rejas, y me traigo un nuevo instrumento de limpieza. Carísimo. De buena calidad, espero.

Y hago un esfuerzo por no usar todos los ingredientes de la heladera en una sola comida. Ansiedad, le llaman. Trato de no pensar en las consecuencias económicas que va a tener esto en mi hogar, que van a ser muchas. Intento ser optimista, porque mi hermano es empleado de una estación de combustible y mi novio, de una farmacia. Ruego por mi madre, que teletrabaja mejor que cualquiera, divide su tiempo y hasta prepara pasteles y me los envía por foto.

Solo espero que seamos conscientes. Y que esto sea una anécdota para todos el año que viene. Cuando vengan los aliens o vaya a saber qué.
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