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El imaginario colectivo

El imaginario colectivo

28 junio 2017

Hace unos meses, mi cuento Una cosa lleva a la otra salió seleccionado en una convocatoria de Editorial Dunken, para ingresar en una antología de relatos a ser publicada en formato fisico.
No pude ir a la presentación, ya que vivo en el interior, pero estoy muy feliz de que mi pequeña historia de vueltas por ahí, impresa.
Con gran emoción puedo decir que ya han llegado a mi casa los primeros ejemplares (me he quedado corta en el pedido, voy a llenar a familiares y amigos de libros). Les muestro algunas de las imágenes:


Obvio que yo no elegí la portada, fue la editorial y supongo que habrá sido por la variedad de temáticas en las obras presentadas. Me da curiosidad ese dinosaurio, a lo mejor puedo escribir algo con él para festejar.
Algún día publicaré un libro entero con mis relatos. Mientras tanto, me hacen feliz estas cosas.
Tag: ¿Conoces bien a tu personaje?

Tag: ¿Conoces bien a tu personaje?

tag elisaBuenas, ¿cómo están este miércoles? Vengo a completar este tag al que me nominó Denise, del blog Primera naturaleza pero en Wattpad. Ella lo hizo divertido, yo apenas llego a contestar todo, demos gracias xD
Voy a elegir a Elisa Mores, mi consejera sentimental favorita, para responder las preguntas:

1 - ¿Dónde vive?
En un departamento chiquito, que alquila en un edificio que se cae a pedazos (pero no importa porque la mayor parte de su tiempo la pasa en la redacción de La pluma naranja).

2 - ¿A qué se dedica?
Es consejera sentimental en La pluma naranja. Arruinando vidas ficticias en su humilde sección desde el 2014.

3 - ¿Cómo es? (Personalidad)
No sabe callarse ni quedarse quieta. Detesta la injusticia. Tiene algo de feminista, pero le encantan los hombres a un nivel parecido al de Homero Simpson cuando ve una dona. Sus intenciones son buenas, siempre quiere ayudar aunque no sepa cómo y luego los resultados sean contrarios a los esperados.

4 - ¿Cómo es? (Físicamente)
Mide 1,62 m. Es menuda, pero las horas de trabajar sentada le han marcado cierto exceso en su silueta de guitarra. Grandes ojos marrones. Según ella, el color bordó de su melena rizada es natural. Nunca admitirá el tono de su tintura.

5 - ¿Cómo la describirían los demás?
Delfina (Madame D), la describe como una buena persona con una boca muy grande, que actúa de forma impulsiva pero es más sensible de lo que parece.

Santiago, su novio y editor, dice que es el caos que condimenta a la redacción.

Los que le han enviado cartas confiándole la solución a sus problemas amorosos, le dedican unos cuantos adjetivos irreproducibles en amenazas telefónicas, graffitis y foros de haters unidos en internet.

6 - ¿Qué ropa lleva?
Vestidos coloreados y livianos en verano. Escotes y tacones en toda ocasión posible. Jeans ajustados y sweaters de colores intensos en invierno.

7 - ¿Cuáles son sus virtudes?
Sociable. Bien intencionada. Con gran fuerza de voluntad. Vocación de servicio.

8 - ¿Cuáles son sus defectos?
Es más rápida para hablar que para pensar. No sabe rendirse, aun cuando la situación se le vaya de las manos.

9 - ¿Qué historias le gustan?
Novelas eróticas de finales felices. Comedias románticas en el cine. Alguna película de acción de protagonistas musculosos y sudados para compensar, alegrar la vista y sentirse moderna.

10 - ¿Qué la hace reír?
La vida en general. Sus carcajadas por cualquier chiste tonto pueden escucharse en todos los rincones de la redacción.

11 - ¿Qué la hace llorar?
Las películas del cable, como Titanic, The Notebook o los discursos de Donald Trump (está convencida de que se acerca el fin del mundo por su culpa).

12 - ¿A quién ama?
Santiago Ledesma, su editor y ex compañero de la escuela secundaria. Solía defenderlo de bullies cuando eran adolescentes. A cambio, él le hacía la tarea y le hacía resúmenes de estudio para los exámenes (que ella usaba para copiarse, al final).

13 - ¿Cómo reacciona cuando se enoja?
Puede ser un poco violenta y malhablada. Pregunten, si no, al príncipe que quiso aprovecharse de La Bella Durmiente en ¡Para un poco, Elisa!

14 - ¿Tiene un sueño recurrente?
Sus sueños siempre son clasificados para mayores de 18 años. Desnudos, violencia, uso de armas y sustancias prohibidas como fuentes de chocolate y arcoíris de caramelo infinito.

15 - ¿Quiénes conocen sus secretos?
No tiene secretos. No sabe guardarlos.

16 - ¿Quiénes son sus amigos?
Delfina, la encargada del horóscopo de La pluma naranja, es su mejor amiga. El hada de los dientes en ¡Para un poco, Elisa! termina llevándose bien con ella y le recomienda clientes.

Ahora, debería nominar a mis víctimas para que lo realicen también eligiendo uno de sus personajes. Para no poner a alguien que no le interese y olvidarme de alguien que sí lo haría, voy a dejarlo a su criterio (como diría cierta filósofa Karina de mis tierras). 
Háganlo todos los que quieran y me avisan, así paso a ver sus respuestas.
Diez siglos, mi amor

Diez siglos, mi amor

26 junio 2017

diezsiglosHambre.

No había otra definición para el nuevo mundo. Hambre que dolía y sonaba con fuerza, hambre que obligaba a buscar en los contenedores de basura, hambre que no permitía conciliar el sueño. Ni la muerte había escapado a sus garras.

Es que ahí estaban. Vera podía distinguirlos, a lo lejos, desde el agujero en sus persianas cerradas. La calle estaba llena de muertos, huesos y carne y sangre seca, que se movían porque nadie les había avisado que ya podían descansar. La gente les daba tantos nombres distintos, que solían olvidarse de lo que eran. Muertos desesperados por el hambre, igual que los pocos vivos que quedaban.

—Dejá de perder el tiempo en la ventana cerrada, amor. Me deprimís —susurró en su oído Valerio, con una voz que convertía su piel en terciopelo, su estómago en remolino y sus extremidades en las de una muñeca de trapo.

Entonces ella lo sintió. El aroma intenso se coló en sus fosas nasales y le erizó aún más la piel, le llenó la boca de saliva. Pudo anticipar el sabor ferroso, la textura espesa en su lengua y la euforia por la vida que tomaba en cada sorbo. Pero su amante apestaba en ese momento.

—¡Te has pasado, idiota! —exclamó, asustada, al soltarse y girarse para mirarlo de frente—. ¡Tenía que durarnos un par de meses más!

Él pareció darse cuenta de la situación. De inmediato, cambió su expresión satisfecha por la de un niño que ruega no ser castigado por romper un jarrón.

—Mi Vera, tesoro, no fue a propósito —bromeó—. Intentó escapar, me enojé, se terminó. Buscaremos otro.

—¿Adónde? Lo pregunto de verdad, Val —murmuró la joven de diez siglos de edad—. ¿En dónde queda algún humano que todavía pueda servirnos? Con esos cadáveres cubriéndolo todo, contagiando…

—Los zombies —interrumpió él, con una mueca de asco—. Podríamos probar.

—¡No! ¡Cualquier cosa menos eso!

La palabra zombie era demasiado humana para Vera. Parecía un recuerdo de otra época, antes de que el continente entero cayera bajo la epidemia de los no muertos. Y no había nada más inútil que la sangre de un no muerto para alimentar a otro.

—Luego de diez siglos como predadores respetables. —La voz de su compañero sonó distante, entre la tormenta de arena del desierto de su mente—. Mirá en dónde terminamos.

Vera no podía aceptarlo. Pilas de cuerpos arrojados al río, enterrados en el jardín —u ofrecidos en sacrificio a una investigación policial jamás resuelta— daban testimonio de la ferocidad de ambos. Centenares de almas se agolpaban en las puertas del limbo, reclamando sus destinos incumplidos. Y ahora, toda esa habilidad había quedado encerrada en aquella casona de dos pisos.

—Alguien tiene que hacerse cargo —dijo ella, con los ojos bien abiertos y expresión ausente.

El hambre comenzaba a hablarle bajito, dictándole ideas.

—¿De todo ese lío? —reaccionó Valerio—. ¿Estás loca?

—Sí. Loca de sed. Alguien tiene que limpiar la basura si quiere seguir jugando.

Ella notó en la expresión del vampiro la deliciosa transición de la incredulidad a la comprensión y suspiró aliviada. La música de siempre volvía a sonar entre ellos. La danza de la muerte no tenía ningún secreto, sus pies podían llevar el ritmo y ejecutar los pasos sin ningún problema.

—Tu idea me gusta, querida.

—¿Verdad que es buena? Vamos a salvar a los humanos. Si lo hacemos bien, podremos comer.

Sus entrañas rugían de anticipación. Ya casi podía saborear la recompensa del heroísmo.

—Me encantan tus delirios, Vera.

—Tendré que beber un poco del prisionero —calculó ella en voz alta, antes de volverse a Valerio—. ¿Dejaste algo?

—Yo creo que, si te apurás, todavía lo encontrás en los últimos latidos —la alentó él.

Era el momento justo para ponerse en acción. De haber conservado aquella víctima intacta, hubieran seguido esperando la nada, en la oscuridad. Todo ocurría por algo.

—Luego saldremos —prometió, entusiasmada.

—A cuidar el ganado.

—A salvar el mundo.


***

Relato escrito luego de la iniciativa Escribe, escribe, escribe, del blog Desde mi caldero de Jonaira Campagnuolo.

Requisitos en mi reto (elemento y género a elección):
○ Número diez como elemento de importancia en la historia: cumplido.
○ Suceso paranormal: cumplido.

Con este cuarto relato se cumplía mi reto, junto a Diez segundos de magiaDiez días y una obsesiónDiez años: Oscuridad.

Listo. Yo y mi impuntualidad.
Cuatro: Bae Bae

Cuatro: Bae Bae

25 junio 2017

Caí hacia atrás, impulsada por el retroceso del arma mal disparada. No vi mi vida en un instante, solo sentí una terrible vergüenza por malgastar esa oportunidad. O no. Creo que pensé en eso cuando toqué el suelo. En esa fracción de segundo, lo único que hice fue mirar el extremo del cañón y rogar que no llegara a darme en la frente mi propio disparo.

El rayo fue cubriendo de blanco todo el paisaje —tierra, arbustos, piedras— hasta dejar una columna transparente, que intentaba alcanzar las nubes pero quedaba truncada a pocos metros del suelo. Solté el arma y me tragué el llanto. Estaba aterrada. Pluma había quedado de pie, a dos pasos de alcanzarme. Me miraba todavía, con esa locura asesina en sus ojos. Podía verla extender su mano hacia mí, con algún aparato que nunca sabría lo que era. No mientras no la sacara del bloque de hielo en el que había quedado atrapada.

En mis auriculares, había comenzado otra canción. Un grupo de idols coreanos me pedía que no cambiara nunca, que me quedara así como estaba. Yo no podía hacer eso.

Me levanté, resbalé y caí un par de veces sobre el espejo helado del lugar. Me deslicé por la pendiente, insultando como camionero, eligiendo la ira para no perder las últimas fuerzas. En eso, pude ver la fuente de tanto escándalo. El famoso tambor del alma era un instrumento como cualquier otro, forrado en cuero y de color marrón oscuro. El aporte de Pluma había sido su puesta en funcionamiento automática, gracias a un robotito que lo golpeaba sin parar con sus puños.

—¡Deja eso! —ordené a gritos, levantando de nuevo el arma que tan mal había usado.

El muñeco metálico me miró y se sacudió un poco. Imaginé que eso sería el equivalente a una risa, porque tampoco podía darme el lujo de escucharlo mientras siguiera la percusión. Le apunté a un brazo y se lo congelé, como advertencia. El bicho de lata continuó con uno solo, mientras dejaba caer el otro y un tercero surgía de su pecho, con el dedo medio levantado.

Ahí perdí la paciencia. Bigbang taladraba mi cabeza, repitiendo que nuestra química era pegajosa como tortillas de arroz. Barrí con todo a culatazos. Robotito y tambor, instrumento del mal y hallazgo histórico, no quedó nada.

Me quité los auriculares. Quería disfrutar del silencio, por fin. Derrumbarme y llorar por mí, por mi compañero, por Leseli. Me senté en una piedra helada, sin saber qué dolía más. Entonces, sobre mi horizonte, Sun resurgió arrastrándose con esfuerzo. Se había quitado el molusco de la cara y llevaba los auriculares todavía. Corrí a ayudarlo, llena de esa frustración feliz que tantas veces me había provocado. No sabía en qué orden insultarlo, decirle lo aliviada que me sentía, lo mucho que lo quería.

Como siempre, él abrió la boca primero y pasó de largo, sin detenerse a mirarme.

—Muy bien, Clara. Esto es mérito tuyo —declaró, sin recuperar del todo el aliento.

Me di vuelta para ver a qué se refería. La colina cubierta de blanco, la villana convertida en estatua de hielo y el tambor del alma, hecho pedazos en medio de los restos cibernéticos, me hicieron entenderlo.

Y esa es toda la historia, señor abogado.

+++

El anciano de traje cerró su cuaderno y tomó un poco de agua, bajo la mirada ansiosa de Clara Uevo. De fondo, el televisor de la comisaría mostraba el nuevo anuncio de la alcaldesa de Leseli, tomada de la mano con su joven asistente. Los policías sonreían y hacían bromas entre ellos, pero evitaban mirarse de frente.

—No se preocupe, señorita —dijo el letrado, con una sonrisa—. Vamos a conseguir que esto se solucione con el pago de una multa. La pérdida del tambor del alma puede ser lamentable, pero también es una forma de impedir que sea usado de nuevo.

—Le agradezco mucho —murmuró ella, desanimada.

—Yo le agradezco a usted, a pesar de todo.

Su defensor se marchó y ella volvió a su celda, pensativa. La perspectiva de tener un expediente como el de Sun, que resolvía la mitad de las cosas y arruinaba el resto, no la animaba mucho. Igual, el respeto con el que la miraban algunos y el resentimiento de otros le dio la pista de que ya se había hecho un nombre como heroína. O aspirante a serlo. No sabía si la actuación seguía siendo su primer objetivo, como antes. Le había gustado ser la salvadora de la ciudad, por una vez.

La próxima, lo haría mejor. Se convenció de eso, mientras el sonido de unos pasos por el pasillo exterior iba volviéndose más intenso.

—Uevo, pagaron la fianza —anunció un uniformado, del otro lado de las rejas.

+++

Era una tarde lluviosa en Leseli, pero a Clara la esperaba el sol junto a su auto. Había estado dos días encerrada, luego de entregarse por el incidente en Colina Leseli.

—Bienvenida de vuelta a las calles —exclamó Sun, risueño, cuando logró cubrirla con su paraguas—. ¿Cómo se siente la libertad previa al juicio?

Ella abrió la puerta y se sentó en la fila de atrás del coche, sin detenerse a mirarlo. Quería abofetearlo por tardar tanto, darle las gracias, besarlo de nuevo, preguntarle cómo estaban las cosas, renunciar a eso de luchar por la justicia o quitarle el puesto y ser ella la única que protegía la ciudad. De nuevo, no sabía en qué orden poner todo eso en su cabeza.

Él pareció resignarse, cerró el paraguas y ocupó el lugar del conductor, sin decir nada más. Fueron en silencio todo el camino. Ella se sorprendió al notar, en las pantallas de una vidriera, a los conductores de un noticiero mirándose con ojos de cachorrito al aire.

Era una suerte que la naturaleza humana estuviese más inclinada al bien en esa ciudad. A lo mejor, lo único que todos querían en el fondo era un poco de amor. O eso es lo que ocurriría en una historia escrita por una autora como Pluma.

—Lo que hice cuando te ibas, antes… —comenzó a decir Clara, apenas llegaron al edificio donde ambos alquilaban distintos apartamentos.

—Ah, no te preocupes —contestó Sun, con suavidad, a través del retrovisor.

—No iba a pedirte disculpas —mintió ella, con un asalto de rebeldía que la obligó a bajar del auto a toda prisa.

—¡Clara!

El héroe hizo uso de su velocidad y la detuvo del brazo, antes de que pudiera alcanzar la puerta de ingreso.

—Voy a buscarme otro alias apenas termine el juicio, por ahora sigue llamándome Claire —exigió la joven.

—Quería invitarte a cenar —explicó Sun, soltándola—. Una noche de éstas.

Ella seguía confusa, la cantidad de reacciones diferentes que podía tener a ese pedido la habían dejado en silencio.

—No te hagas ilusiones conmigo —dijo, al final—. Voy a ser una actriz famosa. No tengo tiempo para relaciones.

—Yo tampoco —admitió él—. Soy un héroe y tengo que estar disponible a todas horas.

—Bien.

El tema había quedado cerrado, en una forma incómoda y que no tenía nada que ver con lo que ella hubiera imaginado. Pero pasó un rato y ninguno de los dos se movió de su lugar. Un par de vecinos los rodearon para ingresar al edificio, llevaban bolsas del supermercado.

—Cena conmigo —insistió Sun, cuando estuvieron solos otra vez—. Esta noche.

—No quiero —respondió Claire.

—Entiendo —murmuró él y se movió para pasar a su lado, hacia la puerta.

Entonces fue ella quien lo detuvo, tirando de una de sus mangas.

—Sube a mi departamento conmigo —dijo, interceptándolo—. Ahora.

Él no lo pensó ni un segundo.

—Está bien.

No había forma de saber si aquello sería una tormenta de verano o un cambio permanente del clima en Leseli. Pero el amor seguía en el aire, llenando cada rincón de la ciudad y ellos podían aprovecharlo. A lo mejor, era una buena idea intentarlo.

Mientras tanto, en Ciudad Blanca, el teléfono de otro héroe no recibió ninguna llamada por ayuda para Sun. Al menos, no esta vez.


+++ FIN +++

Esta historia se ubica antes de los relatos de Sun y Claire que suelo publicar en el blog. La mayoría los tienen a ambos en medio de esa relación indefinida que han empezado y quería ponerle un origen a ese tira y afloja que se puede ver en Racha.

De acá en adelante, las cosas irán evolucionando entre ellos. O no. Ni yo sé dónde van a terminar. Y el "recurso" de Ciudad Blanca va a aparecer en otro relato futuro.

Gracias a Denise y a todos los que pasaron por acá leyendo y comentando.
De la A a la Z: Letra G

De la A a la Z: Letra G

19 junio 2017

alaz¡Buena noche de lunes! Mañana toca feriado, así que voy a aprovechar para escribir todo lo que pueda, sin olvidarme de actualizar algo de contenido por acá. Voy a resucitar esta sección que dejé a medias en diciembre del 2015. Gracias al Demiurgo de Hurlingham por resucitarla primero y hacerme acordar. Esta es la excusa perfecta para recomendar películas, series y música, así que allá voy. ¿Dónde me quedé?:

Con G...

Una película: Gladiador. Me acuerdo que esperé a que la estrenaran en el cable con toda la emoción y luego la vi todas las veces que pude. Hasta ahí llega mi fanatismo, pero es una película larga. Admitamos que pasé muchas horas en total viéndola. si sumamos a cuando la vi con mi viejo, con mis tíos y primos, en cada repetición en casa hasta el día de hoy.

Una serie: Gundam, señores. Mis favoritas son Wing y 00, pero pueden elegir de la franquicia la que ustedes quieran. En el fandom hay opiniones diversas y sospecho que la mía es impopular.

Un libro: Geralt de Rivia, y esto no es un título, es el nombre de una saga entera. Así lo quiero al brujo. Yo voy por el séptimo y me encanta. Los dos primeros son relatos, luego se convierte en novela y la trama se pone más intensa.

Una canción: Gypsy Woman, de Crystal Waters. Esta canción me encantaba cuando era muy chica, no entendía nada pero bailaba con las muñecas al ritmo del "la-ra-li-la-la" interminable. Así quedé. Ja.

Esto sería todo para la letra g. Bien completito, para empezar de nuevo. ¿Conocen las que mencioné? Si tienen alguna recomendación con esta letra, será bien recibida.

Instructivo para amar a un dragón

Instructivo para amar a un dragón

18 junio 2017

gd
Desde que abra los ojos, al ir al baño, mientras desayune, almuerce o cene, cualquier pantalla será útil para poner uno de sus videos.

Las notificaciones en mi móvil me darán la pista inmediata de cualquiera de sus publicaciones en redes sociales. Aunque no llegue a ser el primer comentario, seguiré esforzándome. Al menos, tendré que estar entre las primeras cien en alabar su última producción de fotos, su nuevo lanzamiento musical o su edición especial de las zapatillas de moda.

Cualquier serie en la que aparezca, sea un cameo, un papel secundario o un protagónico, yo lo habré visto y me sabré de memoria sus líneas, el nombre de su personaje y lo que ocurrió con él.

Los rumores de relaciones sentimentales o los escándalos de drogas y alcohol serán negados con fuerza por mí, hasta que la agencia que lo representa diga lo contrario. E, incluso entonces, dudaré.

Daré mi apoyo con reproducciones a sus videos en youtube, comentarios positivos en su Instagram, retwitteos y agresiones a artistas que estén enemistados con él.

Seré parte de la fuerza invencible que lo sostiene en Internet, lo haré popular, así sea hablando hasta el cansancio de él. Compartiré en mi muro de Facebook su música, aunque ninguno de mis familiares o amigos entienda una palabra del idioma en que él canta.

De vez en cuando, veré los precios en dólares de su colección de ropa o de cualquiera de los productos oficiales relacionados con él. Despertaré del hechizo y mis neuronas volverán a ocuparse de otras cosas.

Hasta que salga el próximo video.

+++

Cosa sin nombre, escrita para el reto número diecisiete de ELDE: Describe tu día a día como si fueras un zombi.

Ya vi todas las variantes de zombies utilizadas en los retos de los blogs que sigo, así que me quedaba la del zombie fan.

Sí, tengo algo con el k-pop. Lo admito. En particular, con G-Dragon. Nunca fui fan de nada en mi adolescencia, apenas del anime, un poco. Igual no llego al nivel del relato, me gustan los escándalos de drogas y alcohol de mis artistas favoritos, los hacen más humanos. Tampoco agrediría a nadie. Lo mismo sus relaciones con otras artistas. Creo que pedir que sean solteros y sobrios por siempre es ser zombies, no fans.

Y, para cumplir con parte de mis instrucciones, dejo un video suyo:


Tres: Muchacha (Ojos de papel)

Tres: Muchacha (Ojos de papel)

El tambor del alma. Ese había sido el botín de Pluma Violeta en su asalto al Museo Leseli. Un instrumento legendario de una tribu del sur, utilizado por sus poderes hipnóticos en batallas y cacerías. En la actualidad, los únicos que recordaban su existencia eran los guías del edificio. Ellos relataban sus propiedades como el producto de la superstición y la autosugestión de los indígenas. Si hubieran visto al antropólogo que nos contó esto, se hubieran reído. El susto que tenía ese hombre.

El asunto es que Pluma había conseguido robarlo y grabar una percusión para transmitirla a toda la ciudad. Ahora la misión era más clara. Sabíamos qué debíamos recuperar y qué podíamos destruir. En caso de que pudiéramos romper algo.

A Sun le encantan las explosiones, a mí también, a la prensa ni les digo. Al gobierno y la policía, no tanto. Pero ellos estaban dándose besitos por toda la ciudad, así que mucho no contaban a la hora de decidir.

Salimos del museo en busca del origen de la señal, que ya transmitía todo aparato de sonido en Leseli. Cuando entramos a la nave y me quité los protectores auditivos, noté que Sun se limpiaba el sudor de la cara y evitaba mirarme.

—Deberías utilizarlos también —señalé, extendiéndole mis auriculares.

—No —jadeó, poniendo en marcha el vehículo—. Alguien tiene que escuchar si viene Pluma o cualquier otro que pueda atacarnos.

—Empiezas a ponerme nerviosa.

Lo observé, preocupada. Yo no escuchaba nada, dentro de la cabina estaba bien sin cubrirme. Por fin, él empezaba a mostrar esa grieta de debilidad que mi curiosidad ansiaba ver. Ahora rogaba que volviera el tipo arrogante e insoportable de siempre.

—Tenemos que actuar rápido. El peligro es mayor con cada hora que pasa —continuó, secándose la frente con la manga del traje—. No quiero imaginar lo que pasará en la central de electricidad de Leseli o en los hospitales de la ciudad, mientras la gente que se ocupa de tareas tan importantes está fuera de sí.

Al oír eso, entendí que había todo un aspecto del problema que ya no parecía tan divertido. Me indigné.

—Es increíble que Pluma no haya tenido en cuenta algo tan básico en su plan.

—Ahora es una escritora amateur de romance, no le importa nada más que juntar a unos con otros. Si esto fuera uno de sus libros, todo funcionaría bien por su cuenta.

—No queda otra más que ir por todas las estaciones de radio hasta que la encontremos —sugerí, mirando con ansias sus manos temblorosas sobre las palancas de la nave.

—Iremos a las más grandes primero.

Quise consultar en mi teléfono las direcciones de las principales antenas de la ciudad, pero no tenía señal de ningún tipo. El ordenador de la nave tampoco pudo entrar a Google ni llamar al número del directorio de Leseli. Ya estábamos colapsando de a poco. Busqué en la guantera y encontré un nomenclador impreso hacía más de quince años.

—No sé para qué sigues guardando esto, Sun. Algunas calles han cambiado el sentido y hay sectores de la ciudad que se han ampliado.

—Sí, pero con eso aprendí a conducir. De algo servirá, fíjate qué hay.

Me ahorré el comentario de que el libro ya era viejo cuando él lo usaba. Entonces, se me ocurrió una idea. Una antena tan poderosa como para influenciar a toda Leseli debía tener una ubicación privilegiada, ¿no? Tampoco podía ser una estación de las más escuchadas. Todo había funcionado con normalidad hasta que llegamos al galpón, persiguiendo a Pluma.

Revisé en el nomenclador las regiones externas de la ciudad hasta que llegué a las páginas que correspondían a Colina Leseli. Sabía que la había encontrado.


+++


Llegamos hasta el lugar y yo había debido tomar los controles. Sun empezaba a verse pálido y cada vez parecía hacer más esfuerzo en mantenerse concentrado. Su oído sensible no le estaba haciendo ningún favor.

—Buen trabajo, Claire. La señal es más poderosa aquí —explicó, agitado como si hubiera corrido mil kilómetros—. Mira, en caso de que no lo logre, no bajes de la nave. Vuela desde aquí a Ciudad Blanca y trae a esta persona. Él sabrá qué hacer.

Anotó algo detrás de una boleta de multa de tránsito vieja y me lo extendió.

—¿Por qué no lo llamaste antes? —exploté, furiosa con tanto drama innecesario—. No bajes, volaremos hasta allá los dos.

Él reaccionó como si le hubiera dado una patada. Cada vez lo entendía menos.

—¡No! ¡De verdad, él es un último recurso! —exclamó—. No quiero deberle favores, a menos que esa loca me haya vencido y yo haya pasado al otro lado.

—Gracias por enviarme sola con él, entonces —ironicé.

—No lo conoces y espero que no llegues a…

Interrumpí su discurso tomándolo de los hombros y obligándolo a mirarme para devolverlo al presente. No había empezado la pelea de verdad y él ya tenía los ojos nublados, el cabello empapado y la respiración entrecortada. Nunca lo había visto así. Al menos, no fuera de su fobia a la oscuridad.

—Vamos, no seas tan negativo. Tú tienes tu fuerza y tu levitación —recordé—. Yo tengo el lanza-hielo, el cañón de luz y las sogas que hacen esa cosa rara. Juntos vamos a poder con esta criminal.

—No entiendes. Tiene que haber alguien protegido, por si hay que buscar ayuda —rogó—. Quédate aquí.

Me conmovió verlo así. Al mismo tiempo, deseé que todo eso terminara lo antes posible. Así que saqué mis protectores del tablero de la nave y se los puse, con suavidad.

—Lleva esto, al menos.

—Clara… ¿Puedo llamarte Clara por una vez? —murmuró, usando mi nombre real, no el artístico.

Ya les dije que soy actriz, tampoco podía presentarme en los cástings como Clara Uevo. Mi primer representante dijo que Claire Egg sonaba más misterioso.

—No vas a morirte, tarado —contesté irritada.

—No me llames así —siguió Sun, con un aspecto casi infantil por los auriculares enormes en sus orejas—, puedo leerte los labios.

«Ven y lee esto» pensé. Luego me dije que era una estupidez. Vi que él había visto la duda en mi cara. Vi que fijaba sus ojos vidriosos en mi boca.

«¿Por qué no?».

Sí, lo besé. Me aproveché de su confusión, pobrecito, pero tenía que comprobar lo que sentía. Cuando me costó soltarlo y dejarlo ir, me di cuenta de que la trampa me la había puesto yo sola. No había voces susurrantes en mis oídos, ni los contornos del universo se habían hecho borrosos, pero bien podría haber bailado el zoológico entero a nuestro alrededor.

Me quemaría en el infierno de los amores platónicos.

—Ya sabes qué hacer —balbuceó Sun, cuando nos separamos y pasamos ese momento incómodo de no saber adónde mirar—. Hasta luego.

Así, contra mi sentido de la lógica y mi orgullo femenino, lo vi marchar solo al encuentro del mayor peligro que habíamos enfrentado. Guardé la dirección del último recurso en Ciudad Blanca, no sin darle un último vistazo al nombre del sujeto en el papel. Me recordaba mucho a una marca de jabón para lavar la ropa.

Acomodé las armas en mi traje, revisé que estuvieran bien cargadas, dejé la nave con el motor encendido y abrí la puerta.

Tampoco iba a quedarme mirando.

Colina Leseli era un lugar bonito, aunque temí estar alucinando un poco con los colores del paisaje. Ajusté mis protectores improvisados y avancé.

Los auriculares de mi teléfono aún podían ensordecerme con mi música preferida. El mundo tomó un color extraño y mis piernas empezaron a temblar, sin embargo pude mantenerme bastante bien entre los gritos de Spinetta, que me preguntaba adónde iba y me pedía que me quedase hasta el alba.

Pude localizar a Pluma, frente a mi sol. Noté, en medio de los acordes de la guitarra, que la villana había cambiado sus trajes de colores por uno igual en negro. Sentí una opresión en el pecho al notar que mi compañero había sido atacado por una especie de medusa oscura que cubría su cara y ahora no solo no escuchaba, tampoco podía ver.

Lo vi caer por el costado del edificio. El cantante en mis auriculares rogaba que no hablara más, prometía que cuando todo durmiera, me robaría un color.

—¡Sun!

Supe que lloraba, aunque no podía escuchar mis propios gritos en la confusión. Pluma venía por mí, con un brillo cruel en su cara satisfecha. Como si yo no supiera lo mucho que a los escritores les gusta matar personajes.

En mis tímpanos, la voz decía que no corriese más, que mi tiempo era hoy.

Mis manos levantaron una de las armas y rogué no haberme equivocado sacando el cañón de luz.
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¡Fanart de Elisa!

¡Fanart de Elisa!

15 junio 2017

Buenas, ¿cómo los trata la semana? Yo espero con ganas a que llegue el finde, pero por ahora paso a dejarles este precioso fanart que me dedicó una lectora de la historia de la ronda anterior de Blogs colaboradores: "Para un poco, Elisa". 
Gracias Mei-Murazaki por tu diseño de mi consejera despistada, te ha salido mejor de lo que yo la imaginé.



Dos: If I Fell

Dos: If I Fell

14 junio 2017


Cuando fui hasta la salida del galpón para volver a nuestra camioneta y conducir a casa, mi cinturón emitió una alarma corta y aguda. Algo estaba mal afuera.

Mi traje tiene todo tipo de sensores para evitar los peligros potenciales para una humana. La lucha contra los locos que asaltan esta ciudad a cada rato no es algo simple. En mi entrenamiento para comenzar a trabajar con Sun, aprendí a usar armas y protección tecnológica que ni sabía que existían. En este caso, mi cinturón avisa con distintos tonos para sustancias tóxicas en el aire, emisiones radiactivas o de radiofrecuencia demasiado altas. Nunca pensé que me serviría esta última. Pareciera que no es la primera vez que alguien usa la hipnosis sonora en Leseli.

A veces me pregunto quién pagará todas estas cosas. Quién las construirá.

Sun tomó el riesgo en asomarse, con un pequeño aparatito que midió la señal y seguro arrojó resultados confusos, porque lo vi volver con ese gesto que pone cuando está intentando inventar una solución de la nada.

—Creo que lo que he roto no es más que un transmisor —anunció, demasiado serio—. Hay que encontrar la fuente. Y lo que sea que produzca ese sonido.

—Debe tener relación con el robo al museo —supuse, recordando cómo había empezado todo.

Mi compañero me extendió unos protectores auditivos y salimos. Ir por ahí sin oír nada me recordó a mis épocas de ir por la calle con los auriculares del celular puestos. Solo que sin música es más extraño. Los protectores de Sun no dejaban entrar nada en mis oídos.

Entonces lo vimos. El caos absoluto y asqueroso.

—¡Sun, mira esto!

Todos en esa calle habían dejado lo que estaban haciendo para abrazarse y besarse con el que estaba al lado. Un motociclista obeso se abrazaba al verdulero, una chica con el uniforme del supermercado de enfrente murmuraba al oído de un anciano en silla de ruedas, toda la calle había quedado atascada de vehículos detenidos. Un taxista y un chofer de colectivo que se bloqueaban mutuamente, se decían piropos de ventanilla a ventanilla, a los gritos. O eso supuse, porque el chofer se bajó, lo sacó del auto y le dio tremendo beso después.

Traté de no reírme, pero fracasé. Imaginé que cuando esa gente despertara iba a ser un desastre. Sun me arrastró con él hasta la nave que usamos en casos de emergencia (el combustible de avión es muy caro) y entonces me hizo una seña de que podía sacarme los auriculares.

—Está controlando a todos con la transmisión —dijo, entre dientes, con los puños apretados sobre los controles de la nave—. Tenemos que encontrar a Pluma Rosa o como sea que se llame ahora. Ven aquí.

Me tomó de la mano otra vez y sentí un vértigo muy parecido al de la nube y los gatitos. Me solté, a lo brusco. El primer ataque de Pluma debía haberme dejado sensible.

—Eh… Sun, yo…

Quise disculparme y él se acercó a mí, mientras un policía nos tiraba besos desde afuera, en la calle. El corazón me hacía una presentación de taekwondo en el pecho.

—No olvides tener puestos todo el tiempo los protectores afuera —ordenó, nervioso, con las manos en mis hombros—. Aquí adentro estarás a salvo sin usarlos, al menos por ahora. ¡Vamos!

Volvió a los controles e hizo despegar la nave. Yo colgué los auriculares especiales en mi cuello para tenerlos a mano y olvidar las cosquillas que me había dejado el roce con él.

+++

Encendí la pequeña televisión de la nave, para evitar el silencio incómodo en el que habíamos entrado durante el viaje por la ciudad. El paisaje era tremendo. Toda Leseli estaba bajo los efectos del nuevo invento de Pluma Rosa. El amor estaba en el aire y era pegajoso.

—Es la alcaldesa de Leseli —lamenté, al ver el intento de anuncio oficial en la pantalla, convertido en algo solo apto para mayores—. ¡Esto es tan vergonzoso!

—Admitamos que la televisión no ha cambiado mucho —ironizó él, sin quitar la vista del frente—. Ya vendía sexo por todas partes.

—Sí, pero al menos los conductores del noticiero estaban vestidos. Y hacían su trabajo en lugar de…

—Debemos interrumpir las transmisiones en general, pero si pudiéramos encontrar la de Pluma Rosa primero sería aún mejor.

No podía creer que nos afectara tanto esa melodía extraña que Pluma había conseguido meter en todas partes. Y estaba molesta con Sun. No sabía la razón, pero empezaba a enojarme que fuese tan inmune.

—Esto es un desastre —señalé, apagando la pantalla y encendiendo la radio para buscar una emisora que no hubiera caído por inconvenientes técnicos—. Pobre gente, están actuando en contra de su voluntad.

—Sí, pero ya oíste lo que ella dijo antes de empezar —recordó él—. Que desataría nuestros instintos básicos.

—Eso no es justificación. Matar por un pedazo de comida también podría ser un instinto en los animales.

—Gracias. Si ya estaba bajo presión, ahora me has puesto más nervioso. Debemos detener esto ya.

Por fin lo veía irritarse un poco. Sun nunca perdía la calma, él siempre era el vencedor de la sonrisa que iluminaba toda la calle aún en la medianoche. Yo lo tenía en ese papel, lo ponía en esa imagen en mi cabeza. Necesitaba algo más cercano. Quería que se rompiera un poco, que dejara una grieta alguna vez.

—¿Detenerlo? ¿No era lo que estábamos haciendo? —reaccioné, dejando el dial de la emisora en una que pasaba canciones de los años setenta.

—Vamos hasta el museo, debemos hablar con alguien que sepa mejor con lo que estamos lidiando. Si es que todavía sigue ahí y no ha salido a buscar pareja.

Me acomodé en mi asiento y preferí volver a callarme. La voz de Barry White nos decía que no podía tener suficiente de nosotros.

—Sun, dime una cosa. —Tenía que animarme a preguntárselo—. Cuando estuve bajo el control de Pluma yo… yo no…

—¿Estás segura de querer saberlo? —interrumpió, con cara de estar pasando muy despacio junto a un perro dormido.

Entendí que el perro, en este caso, era yo.

—Mejor lo dejamos así —murmuré.

Me dije que comer y dormir estaban en nuestra programación también. Yo amo dormir. Podría haberme echado una buena siesta o ido en busca de una hamburguesa doble, ¿por qué tenía que ponerme en vergüenza con él?

En ese momento, cuando Donna Summer nos repetía sin cansarse que sentía amor, la música se detuvo y empezó a sonar otra melodía conocida. El sonido se expandía en el aire con pereza y trepaba por mis brazos hasta mi cuello, acariciaba mi pelo, se metía en mis oídos. A lo lejos, pude escuchar una voz femenina. Sabía quién era. Estaba segura de que lo sabía.

—Atentos leselianos —canturreó la voz—. Aquí les habla su escritora del momento, su hada de la libertad y la felicidad, Pluma Turquesa.

—¿En qué momento volvió a cambiarse el nombre? —balbuceé, como ausente.

Tenía que resistirlo. Yo también podía, si Sun podía.

—…y como la vida es corta, en especial cuando uno es un personaje literario —continuó Pluma—, les recomiendo que se dejen llevar.

—Vas a tener que ponerte los auriculares o vas a perder el control —advirtió mi compañero, mi héroe favorito, mi sol en el cielo.

—No. Quiero oírla —contesté.

Supe que me había deslizado por el asiento hasta llegar a Sun, porque empezó a removerse y me pareció divertido en ese momento no dejar que se librara de mí. Me reí a lo tonto, frotándome entera contra su espalda e ignorando sus quejas.

—¡Vivan, mis leselianos! —exclamó la radio, animándome a seguir—. ¡Permítanse amar, odiar, den todo hasta que ya no tengan nada que perder!

—¡Por favor, suéltame! —gritó mi sol—. ¡Vamos a chocar!

—Mira, puedo seguir despierta —balbuceé, como borracha, contra su cuello—. Sigo consciente, no veo nubes de colores, ni gatitos bailando.

De pronto, las cosas recuperaron sus contornos y mis oídos quedaron limpios de susurros ondulantes. Retrocedí, me levanté del asiento y noté que Sun había arrancado el estéreo para estrellarlo en el suelo. Silencio total. Lo vi agitarse, de reojo. La vergüenza no me permitió acercarme otra vez.

—Dios, lo siento —dije, sentándome en la fila de atrás—. No sé qué fue eso.

—Yo sí. No volveremos a escuchar la radio aquí adentro. Olvidemos el asunto.

No podía creer lo que había hecho. Y cómo era que él se había mantenido tan tranquilo. Sabía que no era humano, pero que fuese yo la única en perder el control era insultante. No tardamos en llegar al Museo Leseli, primer escenario del crimen de Pluma Violeta.

—Voy a comprobar que no haya peligro afuera y tú estaciona en la parte de atrás —sugirió, sin mirarme—. Te voy a buscar…

—No hace falta —aseguré, un poco brusca—. Espérame adentro, puedo sola.

—Ok. Claire, ¿te sientes bien?

—¡Sí! Vete.

Lo vi sortear los trozos de estéreo en el piso para llegar hasta mí, con esa sonrisa tonta que pone cuando intenta parecer más accesible. Tenía ganas de pellizcarle las mejillas.

—No pienses demasiado en esto —dijo, poniéndome los auriculares antes de irse hasta la puerta—. Hasta luego.

Evité ver cuando se daba la vuelta para abrir. Mi profesionalismo se había ido por la ventana.

+ + +
Perdón por la demora. Voy a tratar de traer el próximo capítulo antes del fin de semana. 
El problema de la araña

El problema de la araña

10 junio 2017

elproblemadelaaraña—Aquí está —dijo la anciana, y señaló la araña que colgaba sobre el salón de la casona. El policía no pudo ocultar el malestar y se limitó a explicar de nuevo lo que estaba buscando. —¡Pero si está ahí! —insistió la mujer— ¿No lo ve? ¡Va camino al techo!

Cuando la cadena de la lámpara se cortó y los tumbó sobre el mármol, no quedó nadie que supiera sobre él. Así que el fugitivo volvió a hacerse visible y se marchó, silbando bajito.

+ + +

Las palabras para el mes de junio son: tumbó, malestar, señaló.

Escrito para el reto Cinco líneas de Adella Brac. Si quieren saber cómo participar, pueden hacer clic en el enlace.

Epidemia de amor en Ciudad Leseli - Uno: La Vie en Rose

Epidemia de amor en Ciudad Leseli - Uno: La Vie en Rose

05 junio 2017

epidemia de amorHay momentos en que pienso que los criminales que surgen en Ciudad Leseli son los mejores. Los veo luchar con tanta pasión por sus causas estrafalarias, con sus trajes de colores para llamar la atención y sus secuaces vestidos al tono, que me dan ganas de aplaudirlos. Y me digo que debería iniciar un archivo con anécdotas de cada uno de ellos. Como asistente del héroe que defiende la tranquilidad de esta capital, casi me siento en el deber de hacerlo. Si hasta podría escribir un libro, editarlo bajo un seudónimo sin que él se entere, y ganarme un montón de pasta.

Hay otras veces en que me dan ganas de salir corriendo y esconderme debajo de una piedra, hasta que todo pase. Como aquella noche de hace un par de semanas, en que comenzó el episodio más extraño que hemos sufrido los leselianos.

Allí estaba mi compañero, aquel tipo de cuerpo fibroso, piel bronceada, cabello oscuro y grandes ojos negros, de pie sobre la cabina de un camión mal estacionado en plena pelea. Su traje se mimetizaba con el color ambiente. Por fin me había hecho caso en cambiar aquel amarillo que lo delataba cada vez que intentaba sorprender a algún malhechor. Lo vi extender el brazo, para señalar a su rival de turno y aguardé mi momento de entrar en acción, desde atrás de una columna en aquel hangar.

—¡Pluma Violeta, ríndete por las buenas! —exclamó—. No voy a dejarte ir. No luego de que obligaras a esos policías a bailar por horas mientras tú robabas el museo. Devuelve lo que sea que hayas tomado y entrégate. Declararé a tu favor en el juicio, palabra de Super Sun.

Frente a él, sobre otro vehículo del mismo tamaño, se encontraba la villana que enfrentábamos. Era una muchacha joven, con un traje estilo ninja en color violeta. Lo único que podíamos ver eran sus ojos almendrados y marrones. Llevaba una riñonera, de la que ya había sacado metros de soga, armas y todo tipo de artefactos durante la persecución. Creo que Sun estaba más interesado en atraparla para saber cómo lo hacía, que por sus delitos en sí.

Ella puso los brazos en jarras, todavía sobre el otro camión, y rió con una carcajada bastante teatral.

—¿Es una broma? —dijo, altanera—. No puedes contra mi sistema de hipnosis sonora, admítelo. Ahora tengo lo que me faltaba, por fin podré convertir a esta ciudad de seres sin corazón en un lugar más agradable.

—¿De qué estás hablando?

Sun parecía olvidar, por momentos, que tenía que aparentar que le interesaban los motivos detrás de cada nuevo villano que nacía. Eran las reglas del juego. Un ratito siempre había que escucharlos y tomar nota mental, así contribuíamos a que las autoridades previnieran la aparición de nuevos delincuentes. Así y todo, el trabajo nunca nos faltaba.

—Nadie volverá a dejarme de lado —continuó Pluma, ensimismada en su discurso—. No hay cosa más importante que el amor en la vida de una persona.

Preparé mi arma con los dardos sedantes, pero no tenía un tiro limpio desde donde estaba. Si fallaba, podía enfurecerla y provocar que huyera. Debía moverme, o esperar a que ella lo hiciera. Opté por lo segundo, con el ojo en la mira.

—Lo siento, no sé qué tiene que ver todo esto —interrumpió Sun, perdiendo la paciencia—. Podemos hablarlo camino a la comisaría.

—¡Otro más! —gritó la ninja, bastante alterada—. La vida debería ser más parecida a una comedia romántica que a un policial negro, ¿no te parece, mi querido? Si hasta tienes el físico de un protagonista de novela rosa.

Sentí la vibración en mi reloj de pulsera y supe que Sun tenía otros planes. Yo debía distraer a nuestra oponente, mientras él la atrapaba en un ataque sorpresa. Guardé el arma y salí de mi escondite con mi mejor cara de inocencia.

—¿Ah, sí? —intervine, lo más alto que pude—. ¿Y yo quién podría parecer en uno de esos libros?

Lo cierto era que tenía un poco de curiosidad. Aquella villana había sido, en el pasado, una escritora con obras bien recibidas por la crítica. El éxito la había enloquecido y ahora iba por ahí, convirtiendo gente en sus marionetas. Si podía decir algo sobre Sun, entonces yo quería escuchar la parte que me tocaba.

—Tú tienes cara de personaje secundario —dictaminó, luego de observarme desde arriba—. O de extra en esos escenarios llenos de gente.

No podía creerlo. Su ojo para los personajes debía haberse arruinado, junto con su cordura. Sun ya estaba cerca, a punto de alcanzarla desde el techo de un montacargas.

—¿Cómo? ¡No es posible! —insistí—. Mírame bien, soy una actriz en ascenso.

—¿De verdad? —respondió, con un tono de incredulidad que me ofendió muchísimo—. No. No tienes nada especial —aclaró, volviéndose hacia mi compañero que ya estaba casi sobre ella, en el aire—. Él en cambio… ¡Ah! ¡Embustero! ¡Estabas por hacerme caer en una trampa!

Lo evitó por muy poco, con un giro que convirtió el impulso de Sun en un viaje al suelo.

—¡No es cierto! —continué, tan furiosa que olvidé mi arma cargada en la cintura—. ¡Todos somos protagonistas de nuestras propias historias!

Ya era tarde. La ninja violeta se alejó a los saltos, sobre los demás vehículos abandonados del galpón, hasta quedar junto a un vehículo de esos que se usan en las publicidades callejeras, con altoparlantes en la parte de atrás del asiento de conductor.

—¡Se acabó la charla! Ahora van a ser testigos del surgimiento de mi nueva identidad. ¡Saluden a Pluma Rosa, escritora de novelas de amor!

En un movimiento, su traje de ninja cayó al suelo para dar paso a una malla de cuerpo entero color fucsia. Su cabello y sus orejas continuaban ocultos, bajo el material. Su cara se veía por completo y nos confirmaba la identidad de la autora desaparecida.

—¿De qué está hablando? —pregunté a Sun, que había llegado hasta mí.

—Antes era escritora de comedia, según ella —aclaró él, en voz baja.

—¿Lo del robo al museo era comedia? Jamás me reí con nada que hizo.

—Yo tampoco.

—¡Cállense los dos! —estalló la escritora chiflada, volviendo a ponerse la riñonera en la cadera y sacando una especie de control remoto—. Van a ser mis primeros protagonistas.

—¡Basta, Pluma! —exclamé, apenada por lo ridículo de la situación—. ¡Todavía puedes arrepentirte!

Sobra decirles que no se arrepintió. En cambio, alzó el control y accionó el reproductor dentro del vehículo sobre el que estaba parada.

—¡Escuchen y dejen fluir su verdadera naturaleza humana!

Fue oírla y que el universo se retorciera en un millón de colores. Vi a mis padres, mis amigos, todos animándome a hacer algo. No recuerdo qué. Luego salía frente a un enorme escenario, donde millones de cachorros de perritos y gatitos bailaban en dos patas. Tuve unas ganas tremendas de bailar con ellos. Luego empecé a flotar y allí, en el aire, me observaba Sun. Estaba radiante, como siempre. Yo volaba hacia él, extendía mis brazos y solo pensaba en…

—¡Claire! ¿Estás bien?

El despertar fue vergonzoso. Como en uno de esos sueños raros que solo sabes que han sido irreales porque han terminado y estás en tu cama agitada, preguntándote qué fue eso. Y esa era la cuestión. Todavía estaba en el galpón abandonado, pero el camión publicitario había volcado y sus altavoces estaban destrozados. Sun tenía el pelo revuelto. Me había perdido la acción.

—Sí. Creo —contesté, de mala gana.

—¡No es posible! —exclamó Pluma Rosa, desde algún punto que no lograba ver—. ¿No eres humano?

—Pensé que eso había quedado claro cuando me viste detener un camión con las manos —ironizó Sun, dejándome para ir tras ella de nuevo—. Ahora ríndete de una vez.

La risa de Pluma fue desordenada, estridente. Su sonido se expandió por el espacio curvo del techo altísimo en el hangar y nos llegó amplificado.

—No, no, no —contestó, con voz cantarina—. La nueva historia de Leseli ya se está escribiendo, querido. Pronto te darás cuenta.

Salió por una abertura en el techo, saltando con una capacidad atlética que no imaginé que tendría una escritora. Entonces entendí el espacio de tiempo que había transcurrido entre la última aparición en público de la autora y la primera travesura de Pluma Naranja, como se llamaba al iniciar su camino por el lado del mal.

—¡No! ¡Vuelve aquí!

Sun la siguió, trepó hasta allí con la mayor rapidez que he visto en él. Fue en vano. Sospeché que esta villana tendría unas cuantas ventajas inexplicables sobre nosotros a partir de entonces.

+ + +

¡Vuelven las mini historias para Blogs colaboradores! Este es el comienzo de la tercera ronda. Me atrasé con el primer capítulo, perdón. Bienvenida Denise, de Primera naturaleza, mi compañera lectora en esta oportunidad. Espero que te diviertas con esta historia, planeo relajarme y reírme mucho mientras la escribo. A ver si me sale. 
Tono predeterminado 6:30

Tono predeterminado 6:30

03 junio 2017

tono predeterminadoPrimero, la nada. La oscuridad y la monotonía son el comienzo perfecto, como un abanico sin abrir, lleno de posibilidades. Luego, el contador llega al momento indicado y el mecanismo se activa. La explosión de sonido llega a mis oídos y pasa por capas y capas de consciencia. Llega hasta mi ser suspendido en otro tiempo y espacio. Me llama. Mientras puedo, hago todo por ignorarla. Pero nuevas oleadas de agudos llegan hasta mí, me toman de la mano, se aferran a mis pies hasta que dejo de sentir el suelo que estoy pisando.

Regreso de forma brusca, a través del túnel cálido en el que me había refugiado horas antes. Llego a mi destino. Un costado de mi cara sigue aplastado contra la almohada, mi gato ha empezado a removerse con incomodidad, mi novio protesta entre sueños. Bendito él, que puede seguir ignorándolo. Claro, si no es su ringtone.

Salgo del abrazo de las sábanas y me enfrento al frío de esta época del año con un escalofrío. Me arrastro sobre mis pantuflas hasta la mesita donde dejé el móvil, bien lejos de la cama, a propósito para momentos como éste. Toco con el índice la pantalla y desactivo la alarma.

La próxima sonará en quince minutos. Lo sé, porque la he programado así a propósito. Para momentos como éste. Mis ojos no terminan de despegarse. Mi cerebro solo me dice una cosa: «Tenemos un cuarto de hora para recuperarnos. Estaremos mejor si, en vez de levantarnos, los usamos para dormir un poco más». Sé que es mentira, que no hará una gran diferencia, pero mi cuerpo pesa el triple de lo normal a esa hora y cae con facilidad sobre el colchón otra vez.

Maldición.

Ahora sé cuánto falta para que vuelva a sonar el despertador.

Alguna otra porción de mi cerebro ha despertado y está, de lo más contenta, haciendo el cálculo de cuántas cosas puedo soñar en quince minutos. ¿Quince microsueños? ¿Siete y medio? ¿Un sueño regular de diez minutos, seguido de otro de cinco que pueda hacerme preguntar qué significó por el resto del día? ¿O mejor sueño despierta con los nudos de la trama de una historia que todavía no resuelvo antes de la próxima actualización?

Maldición.

Debo haber perdido cinco minutos pensando en eso. Debería levantarme a ver en el teléfono cuánto falta. Pero creo que estoy a punto de dormirme de nuevo. Eso es. Contaré hacia atrás.

Diez.

Nueve.

Ocho.

Siete.

«¿Sabías que el contar ovejas solo funciona en la lengua inglesa porque las palabras “sheep” y “sleep” suenan casi igual?» dice mi cerebro, jugando conmigo otra vez. Me dan ganas de responderle que sabe eso porque yo lo he leído en alguna parte primero. Y solo estoy contando, no dije nada de ovejas.

Pero tengo menos de quince minutos para abrazarme a las mantas y llegar sin maquillaje a trabajar. Debería aprovecharlos. Creo que voy a dormirme. Eso es.

Seis.

Cinco.

Cuatro

Tres...

Estoy bailando en medio de la calle, con música de carnaval. Un gato se me acerca y empieza a maullar con insistencia. Lo aparto con mi pie, con suavidad. El lugar es extraño, no consigo entender nada de lo que ocurre, aunque me estoy divirtiendo. El gato sigue ahí. No entiendo cómo puede maullar tantas veces seguidas sin detenerse a tomar aire. Me recuerda a mi… Oh.

Dos.

Uno.

La explosión de sonido vuelve a llegar a mis oídos y pasa por capas y capas de consciencia. Llega hasta mi ser suspendido, junto a los maullidos desesperados de mi gato. Me llaman. Mientras puedo, hago todo por ignorarlos. Pero nuevas oleadas de agudos llegan hasta mí, me toman de la mano, se aferran a mis pies hasta que dejo de sentir el suelo que estoy pisando.

Va a ser mejor que me levante de una vez.

+++

Relato escrito para el reto dieciséis de ELDE: Crea un relato que gire en torno a una cuenta atrás.

A veces la cuenta atrás para la próxima alarma es como la de una bomba. Me salteé el reto quince, tengo un bloqueo terrible con ése.
¡Medalla de bronce en el Reto Cinco Líneas!

¡Medalla de bronce en el Reto Cinco Líneas!

02 junio 2017

Ya es viernes otra vez y yo recupero un poco de mis energías para volver al blog. Voy a pasar a hacer la ronda, como siempre, pero primero quería traer algo que me ha alegrado la semana.

A los que hemos participado en el Reto Cinco líneas desde hace tiempo y venimos cumpliendo cada mes con nuestras mini historias, nos ha llegado esta preciosa medalla de bronce:


Es preciosa, ¿verdad? "Por tu dedicación y constancia" comienza el mensaje de Adella, y me ha hecho recordar que en agosto de este año se van a cumplir dos años de que comencé a participar en este reto. Muchas gracias a ella, me sacó de un bloqueo en esa época y me dio la oportunidad de aprender un poco más sobre resumir y crear efecto en mis relatos. A veces creo que sale, a veces no se entiende nada o sale algo mediocre, pero todo es un paso más en el camino a ser mejor escritora. 

Así que esto significa mucho para mí. Felicidades al resto de los que han recibido su medalla, y que los retos sigan por mucho tiempo más.

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