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Abuelita, ¡qué foto de perfil tan buena tienes!

Abuelita, ¡qué foto de perfil tan buena tienes!

28 marzo 2017

abuelita
Foto tomada de Tumblr
Estaba Caperucita en el bosque, con la música de Spotify al máximo en los auriculares, cuando algo la detuvo de seguir avanzando. El leve silencio en la voz del cantante en sus oídos le indicó la llegada de una notificación en su móvil.

Como era difícil para ella caminar y mirar el celular a la vez, revisó en su canasta y sacó el teléfono para ver de qué se trataba. ¿Un nuevo mensaje? ¿La publicación de alguna nueva historia en Wattpad? ¿Un comentario de alguien en su Instagram? La letra «f» le indicó que se trataba de su red social más antigua. Y el contenido del aviso no parecía halagador.

«Abuelita ha comentado en tu publicación» decían las letras sobre la pantalla, con frialdad.

—Oh, no —murmuró ella, mientras tocaba dos veces con el pulgar el anuncio y la aplicación se abría arrojando un destello blanco sobre su rostro.

El horror.

La víctima había sido un meme, compartido desde una página que ni siquiera conocía. Un chiste sobre ir al gimnasio y la belleza interior que le había sacado una carcajada en el momento, pero luego había olvidado en su perfil. Y la abuela había ido a parar justo allí. Lo había leído, le había dado like y luego había comentado.

«Jajaja. Pero, ¿por qué dices eso?» era el comentario.

Y ella ni había pensado dos veces antes de compartir el chiste en su muro.

«No, abuela. Yo no lo dije».

Tuvo que explicarlo. Explicar el chiste. Y luego sentirse avergonzada, porque ni siquiera estaba del todo de acuerdo con lo que decía. Porque para eso eran los chistes, para un rato nada más.

Y la abuela se lo había tomado en serio.

Caperucita se lo pensaría muy bien en el futuro. O abriría una cuenta paralela para sus ñoñadas.




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Historia real. Un comentario de lo más inocente de mi tía abuela en mi perfil de facebook, por un chiste que ni me acordaba que había compartido. Me dio ternura.
Cumbia de la manicura asesina

Cumbia de la manicura asesina

23 marzo 2017

reto once—¡Flash! —anunció el televisor—. ¡Noticia de último momento!

La humana sentada frente a él apenas reaccionó. Comía de un tazón de papas fritas con queso, sin detenerse ni cambiar el ritmo en que su mano iba del plato a la boca. Debajo de ella, el sillón roncaba.

El aparato vio que tendría que esforzarse un poco más. Carraspeó, mientras la música del informativo salía de sus parlantes y los colores de la introducción del segmento de noticias bailoteaban en su pantalla. Se irguió un poco en su mesita y volvió a la carga, tomando prestada la voz de la presentadora local.

—Interrumpimos la programación habitual para traerles los detalles de la última cacería de nuestro héroe, Super Sun, en Leseli City —dijo, y añadió por cuenta propia una cuota de ironía en la definición de Sun.

Era un televisor con formación crítica, nunca dejaba ir sin analizar una palabra de los contenidos que transmitía. Además, se consideraba dueño de un humor negro afilado. Le gustaba cambiar intencionalidades en los discursos del alcalde o en los diálogos de las telenovelas de la tarde. Una pena que el único que lo disfrutaba y lo entendía dormía el quinto sueño en ese instante.

—Ha caído el malvado hechicero de objetos, Isaac Carovnik, luego de que intentara huir en un helicóptero. Fue delatado por los gritos del vehículo, que luego declaró una fobia a las alturas. Carovnik será puesto en custodia mágica y el helicóptero recibirá tratamiento psicológico por los traumas sufridos.

La joven sentada siguió masticando. El sillón gimió, entre sueños.

—Recordarán el incidente de la mujer cuya manicura cobró vida y sus uñas la llevaron por la ciudad, cometiendo diversos crímenes —continuó televisor, sofocando una risita—. También se hará la búsqueda de electrodomésticos animados, distribuidos por toda la reg… ¡Bombaaaaa! ¡Despierta, tarado!

El sofá pegó un salto que casi tiró al piso a la que lo ocupaba.

—¡Qué! —gritó el mueble, espantado—. ¿Qué pasa, qué?

Televisor silenció a la presentadora en él, que seguía moviendo la boca y luego mostraba las imágenes de Sun llevándose al hechicero.

—Nada —protestó, desde los parlantes—. Yo aquí, hablando solo. Como siempre.

La muchacha tomó el control remoto y lo sacudió, intentando que volviera el sonido del noticiero. Sillón bostezó y se desperezó, estirando sus patas con esfuerzo por el peso que soportaban.

—Algo escuché, entre sueños. No te preocupes —aclaró, desempolvando los almohadones, y señaló a la que apoyaba sobre él el trasero—. Ésta no nos delata nunca. Ya lo verás. Ahora me aburro, pon algo de música.

Televisor buscó el canal de la radio satelital, ignorando el control que la humana le arrojaba en medio de insultos. Subió el volumen y una cumbia de otra década llenó el pequeño departamento. Las sillas se deslizaron sobre la alfombra, el sillón siguió el ritmo golpeando el suelo. Alguien gritó, desde afuera, que lo dejaran dormir. Las ventanas se cerraron y las cortinas se movieron, de un lado al otro en sus barrales.

La joven se levantó, directo al baño. El queso había vuelto a bailarle en las tripas.


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Ahora es el turno de los villanos de Leseli City. Relato escrito para el reto once de El libro del escritor: Inventa un cuento con dos objetos a los que dotas de vida.
La imagen pertenece al video de Primary: Hello. Véanlo. Parte de la idea surgió de ahí, pero de forma muy libre.
El amor en tiempos del escarabajo

El amor en tiempos del escarabajo

17 marzo 2017

citaura marzo
—Aburrido —dijo Ian, en un suspiro, y pasó al siguiente canal con un movimiento de su mano frente a la pantalla—. Aburrido, aburrido, aburrido. A-bu-rriiii…

—¿Qué haces ahí, echado como gusano? —preguntó Gia, desde el pasillo.

Él la miró, desde el sillón frente a la pared, y su mano quedó suspendida en el aire. Por un momento, dejó que la proyección de la última temporada de «Los guardianes ultra secretos de la rebeldía del hambre oscuro» siguiera su curso. Un grupo de muchachas, todas con prendas diminutas, luchaba contra jóvenes sudorosos sin camiseta.

—La vida no tiene sentido —respondió, mientras la toma de los pechos de una de las protagonistas se hacía más grande—. He decidido morir en esta habitación y renacer en algún momento más interesante para la humanidad.

Ella dejó la pila de ropa sucia en manos del robot doméstico y entró. Ian había vuelto a cambiar el canal, para poner el discurso diario de uno de los líderes continentales. Los gestos exagerados del hombre naranja eran aplaudidos por una multitud pálida y de ojos opacos.

—¿Cómo cuál? Nuestros antepasados darían cualquier cosa por tener nuestro estilo de vida. Algunos pueblos, en este mismo momento, nos arrancarían la piel y se la pondrían de vestido si eso les garantizara sentarse en este sillón mugriento.

—¿Mugriento? No decías eso anoche, Gia.

—¿Cuándo? Sigue soñando. Tanto WallTube te está atrofiando el cerebro.

«¡Eso desean los que viven en estos tiempos!» exclamó la boca gigante, desde la imagen junto a ellos.

Ian se acomodó mejor en su asiento, para concentrarse en su compañera de piso.

—Lo que ocurre en las fantasías ya está contemplado en la realidad de medio planeta, cariño. No faltará mucho para que llegue a nosotros.

Ella pareció meditarlo unos segundos.

«…pero no nos toca a nosotros decidir qué tiempo vivir» continuaba el hombre naranja, de fondo, mientras su público se levantaba y repetía el lema del partido como un mantra.

—Entonces iré a la cárcel por mis pesadillas —concluyó la chica—. Tendrás que buscarte a alguien más con RH negativo para compartir el alquiler.

Los apartamentos por depósito en banco de sangre eran la mejor opción para obreros como ellos. Lo que seguía eran los ghettos en los antiguos vecindarios, cubiertos por las nubes fabriles del siglo anterior. Y nadie quería terminar allí.

Ian consideró la idea y se puso muy serio antes de contestarle.

—Claro que no, me avisas para que cometamos el crimen juntos y nos condenen a alguna isla contaminada del sur.

—Ya lo tienes todo pensado.

—Por supuesto.

«¡Solo podemos elegir qué hacer con el tiempo que se nos ha dado!» coreaban los zombies en la pantalla. A esas alturas ya marchaban con sus carteles hasta las plazas.

Gia se rindió a la carcajada, por fin.

—No tienes arreglo —admitió, enternecida—. Pero el mundo se termina en cualquier momento. Así que, si vas por una cerveza rápido, a lo mejor ni nos hace falta el sacrificio.

Un guiño y él pegó un salto en el sillón. La pared volvió a ser blanca y los cánticos del pueblo desaparecieron para volver a ser ellos dos.

—¿De verdad? No bromees con sexo, por favor.

—Nunca bromeo.

El joven tomó el abrigo, las riendas y salió corriendo hasta la puerta.

—¡Ahora vuelvo! —avisó, entusiasmado—. ¡Pon el reloj y ve encendiendo los excitadores!

—¡Como si los necesitaras, pervertido! —contestó la chica, entre risas.

Llegó al subterráneo del edificio y pasó su dedo índice por el identificador de la entrada. Las hojas metálicas dieron paso a una hilera de escarabajos enormes, cada uno con su alimento y su espacio delimitado por líneas rojas. Ian accionó el botón instalado en la palma de su mano y seleccionó el encendido del vehículo. Uno de los insectos avanzó y levantó sus alas, vibrando de verde tornasol. Ian lo saludó con una palmada amistosa, ajustó el asiento detrás de la cabeza achatada, tomó las riendas y ambos volaron por la abertura lateral del portón. En pocos minutos estarían de vuelta.

+++

¡Feliz cumpleaños a mí! Me autorregalo, entre otras cosas, un relato sin sentido lleno de referencias a cosas que me agradan/desagradan mucho.

Escrito para la iniciativa Citaura de Inkties y Letras en el aire, con la frase del mes: «Eso desean los que viven en estos tiempos pero no nos toca a nosotros decidir qué tiempo vivir, solo podemos elegir qué hacer con el tiempo que se nos ha dado» de J.R.R.Tolkien.

El límite eran 30 líneas y me quedaron 53, me pasé. Para la próxima prometo que sale algo más corto.
Mentira, por Aiko Kimura

Mentira, por Aiko Kimura

10 marzo 2017

mentira aiko kimuraTítulo: Mentira
Autora: Aiko Kimura
Género: Historia corta. Suspenso.
Año de publicación: 2017. Blogs colaboradores ronda 1.
Puedes leerla aquí

Opinión personal: Gracias a esta iniciativa, Blogs colaboradores, conocí a la autora de esta historia. Debo decir que fue una enorme sorpresa, he encontrado a alguien a quien le gusta escribir historias escabrosas con un toque de ternura e inocencia.

En Mentira nos encontramos con Ángela, una joven llena de ilusiones, enamorada y ansiosa por comenzar una nueva vida junto a su nuevo esposo, Andrés. Vamos adentrándonos en sus esperanzas, sus miedos. Entonces, nos enteramos de que él no es su primer marido. Algo salió mal con su experiencia anterior y ella necesita recuperarse, mirar hacia adelante. Pasa el tiempo y las cosas comienzan a torcerse. Nada es lo que parece.

La historia inicia de manera tranquila, con una protagonista muy dulce. Con el pasar de los capítulos, Ángela y Andrés van dejándonos ver sus grietas. ¿Alguna vez vieron un episodio de Investigation Discovery? Me confieso fan de esos programas. A cualquiera que haya pasado antes por mi blog no le parecerá sorprendente que me guste el morbo. Pero, si bien iba leyendo con una idea de lo que estaba ocurriendo en este matrimonio, el capítulo final me hizo taparme la cara y soltar una exclamación. No sé si me pusieron a Aiko de pareja en la iniciativa sabiéndolo, pero me gustan las historias intensas con personajes retorcidos. Más si lo que estoy leyendo tiene su sentido y respeta las reglas del género. Y, para ponerle la cereza, la corrección en la redacción y la ortografía. Ha sido un placer cumplir con mi papel de lectora en esta ronda. Espero ver más de Aiko en el futuro.

En conclusión, Mentira es una historia recomendable para todo amante del suspenso y las historias intensas. Su corta extensión y la buena narración la hacen perfecta para una lectura introductoria al blog de Aiko.

Calificación:

Apto para: Amantes del canal Investigation Discovery.
No apto para: Jóvenes impresionables, a punto de casarse. Nah, vayan, lean y después me cuentan.
Dulzura: Ángela y sus expectativas hacia el amor, su optimismo sobre el futuro.
Acción: Nop. Si tuviera sería un policial y los protagonistas serían otros.
Sangre: Sí. Bastante. No a la vista.
Sexo: No, el tema principal es otro. Sospecho que si tuviera más capítulos habría algo. 


(Aviso: no pongo puntaje en números. Si lo terminé de leer es porque lo disfruté. Los que no terminen irán en otra sección).
Las reseñas del jazmín, en la guarida del fantasma

Las reseñas del jazmín, en la guarida del fantasma

09 marzo 2017

¡Buena noche de jueves! Nada como el inicio del fin de semana. Cuántas posibilidades, cuántos proyectos, cuántozzz... Sí, mis fines de semana se van al extremo del descanso o la actividad frenética, así que he aprendido a no ponerme más de un objetivo a la vez. Uno realista, no demasiado grande, para terminar con la sensación de éxito y evitar el típico bajón de domingo por la tarde al finalizar. Ya me fui del tema. En fin.

El objetivo de este post es hacerles un anuncio. ¿Vieron que tenía dos blogs, uno de lectura y escritura? (A los que recién se enteran, de paso, les comento). Mis reseñas quedaron allá, cuando decidí dedicarme a mis historias en esta pequeña guarida para el fantasma. Sin embargo, mis lecturas no podían quedarse olvidadas, así que me las he traído conmigo.


El fantasma en mi tintero y Un jazmín en mi estantería se han unificado, para convertirse en Un fantasma en mi jazmín. O un tintero en mi estantería. O un jazmín en mi fantasma. O... Nah. Nada de nombres raros, para eso ya tiene el suyo este blog. Simplemente sumo el contenido, en teoría debe estar todo completito, hasta el 31 de diciembre del 2016. Ya está parte del listado, ordenado por nombre de autor. También pueden probar con el nombre de alguno por medio del buscador pero ya depende de la suerte lo que vayan a encontrar.

Si llegan a ver algún enlace roto o un post vacío, me avisan así lo arreglo. Mientras tanto, los invito a pasearse por las ruinas de mis tiempos de blogueo. Inserte música de película de Indiana Jones de fondo.

Monocromo no, lo siguiente

Monocromo no, lo siguiente

08 marzo 2017

Soñaba. Despierta, durante las siestas calurosas, sentada en el patio de la casa de su abuela. Por las noches, cuando las películas de los adultos habían sido aburridas durante la cena y no le quedaba otra más que inventar otros finales. O al ver el parecido de cierto actor con el de una película de robots, más interesante para ella. Sin embargo, dormía y no veía nada.

Su madre y sus tías hablaban de sus pesadillas por las mañanas. La niña las escuchaba, llena de admiración y envidia. A veces, comentaban sobre extrañas apariciones de objetos en sus sueños. Jugaban a la quiniela después a partir de eso, en el kiosco de la otra manzana. Y no dejaban de buscar presagios ocultos. Una boda. Una muerte. La visita de un pariente lejano.

Los sueños parecían ser un mundo lleno de posibilidades. Pero no para ella. Ella solo dormía y despertaba al día siguiente, descansada y sin recordar en absoluto.

Intentó dejando un cuaderno y un lápiz al lado de su almohada por la noche, para estar segura de atrapar aunque fuese la imagen más fugaz y dejarla por escrito. Se despertó con el lápiz pegado a la mejilla, sin resultados. Prestó atención a las películas de terror. Nada.

Hasta que ocurrió el milagro. Se encontró en medio de un prado gris, bajo un cielo oscuro. Lo que más le llamó la atención fue la ausencia de color que dominaba el paisaje de campo. Caminó y encontró algo increíble, salido de sus propios dibujos y alguna película de esas aburridas, en blanco y negro. Una hermosa casa, de dos pisos, ladrillos blancos y techo negro, a dos aguas. Era la única en medio de un valle enorme. Monocromo. A su lado, dos árboles. También negros. Eran pinos y tenían la forma cónica perfecta. Ni una rama a la vista.

Entonces abrió los ojos. Su madre la llamaba, desesperada. Había pasado los últimos días con fiebre, dando vueltas en la cama. Ella estaba confundida, pero quería compartir su primer sueño escalofriante. No hubo tiempo para eso.

El médico la revisó y la hizo pasar por una serie de estudios, interminables. Estuvo despierta toda una noche, la llevaron de un consultorio a otro. Sentía frío. La pincharon con agujas, le levantaron el camisón para tomarle las radiografías de tórax. Terminó en una cama alta y molesta. En una habitación desconocida. Dormiría allí unos días, con ese suero pegado a su brazo.

Su madre descansaba poco y mal, sentada junto a ella. Sus tías pasaban de visita. Todos perdieron el interés en los objetos para el número de la quiniela y los presagios. Y ella quiso olvidar el asunto, mientras las enfermeras venían, le ponían el termómetro, se lo sacaban y meneaban la cabeza. Los antibióticos inyectados por medio del suero dolían horrores. Las conversaciones entre sus tías ya no eran interesantes de escuchar. Soñar ya había pasado de moda, al parecer.

Pero ella no pudo desactivar el mecanismo que había activado, de tanto desearlo. Ya no quería soñar. No en esa cama metálica, conectada a ese suero, lejos de su casa. Y seguía sumergiéndose en ese mundo extraño, a pesar de todo. El paisaje había cambiado, la sensación de terror seguía ahí. Ahora volaba, por el cielo gris. Luego caía, con una vista espantosa del suelo acercándose, hasta despertar al momento de estrellarse. Una y otra vez. Una y otra vez.


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Relato escrito para la iniciativa Mundo onírico de Lectores Otaku: Escribe sobre el sueño que más recuerdes o la peor pesadilla que has tenido.

Mi primera pesadilla fue por culpa de la fiebre, antes de ser internada por algo que vaya a saber qué fue en mis intestinos. Era muy chica, los estudios fueron molestos y los nervios familiares me dejaron con pesadillas de lo más locas, aún después de ser dada de alta (un mes después). Me dejé llevar por el drama al escribir, igual. Alto trauma leer esto. Y ahora escribo cosas así, qué le vamo´ a hacer. 
Suhri - Cuatro: El momento que ella elige

Suhri - Cuatro: El momento que ella elige

05 marzo 2017

portada suhri
<< Capítulo tres
Madhu abrió los ojos y lo primero que vio fue la pintura de una danza de los dioses, en el techo. Se le dio por preguntarse si los artistas de aquella época no tenían otra cosa en qué pensar, como la belleza de los campos al amanecer o la inocencia en la mirada de un niño. Pero aquel estilo tan plano y de fondos tan saturados no podría mostrar con claridad algo así. Entonces, se sintió mal por tener semejantes ideas paganas. Luego miró a su alrededor y se dio cuenta de que la calidad de su pensamiento como sacerdotisa era el menor de sus problemas.

En aquel salón, que alguna vez habría servido para las reuniones del Concejo de Suhri, dormían hacinadas la mayoría de las muchachas jóvenes del pueblo. Algunas todavía lloraban por su suerte. Otras observaban la puerta cerrada, expectantes. Sabían que era de día, pero algunas discutían que estaban en la mañana y otras afirmaban que por la tarde. En eso, ingresaron los ancianos que alguna vez habían tenido poder sobre aquel lugar. Seis de ellos, cuerpos andantes que hablaban con voces monocordes y las miraban con ojos apagados. Cargaban bandejas con potes del mismo menjunje de todos los días. Nada que requiriese cuchillos y tenedores. Las jóvenes se veían obligadas a beber del borde de los cuencos.

Mientras las más escandalosas se negaban a alimentarse, uno de los hombres fue hacia ella.

—Usted comerá con el Amo.

El silencio se esparció por la sala y las demás la miraron, horrorizadas. Madhu decidió no extender más el asunto y se levantó para seguirlo afuera.

Cuando ya llevaban un rato caminando por los pasillos, el anciano se detuvo. Algo había llegado a sus sentidos y lo había puesto más alerta. La muchacha no notaba ningún cambio en el ambiente.

—Intrusos —murmuró, como si no hablase con ella—. Regrese a la habitación, otro de nosotros vendrá por usted.

Y se marchó por una puerta lateral, que desapareció una vez utilizada. El edificio entero estaba poseído, pero igual a la sacerdotisa de Daia le pareció insultante que la dejaran sola con tanta confianza. Otra de sus hermanas ya hubiera hecho estragos en su lugar. Era una pena que ella fuera la más calmada de las Sidhu. La que tenía menos iniciativa también.

Por una vez, eso iba a ser distinto.

Se escurrió por otra de las puertas laterales, sabiendo que nada podía ser peor que el destino que la aguardaba si se quedaba inmóvil allí. El vacío y la oscuridad desembocaron en otro salón del palacio. Apenas pudo esconderse detrás de una columna, para ver al séptimo de los ancianos del Concejo, Nayan. Era quien había comenzado aquel infierno. También había hecho huir a su hermana, tiempo atrás, con sus intentos de convertirla en su esposa.

Esta vez, había ido demasiado lejos. Su cuerpo había sido tomado por Uday, el ser que había acudido a su invocación, para hacerse llamar el Amo por el resto. Pero en ese momento no estaba solo. Era cierto, allí había dos figuras entre las sombras. Una de ellas, imposible de confundir.

«¡Nirali!».

El terror la mantuvo quieta, aferrada con una mano al mármol y tapando con la otra cualquier exclamación que pudiera salir de su boca.

Uday-Nayan salió al encuentro de los visitantes, sin mostrar la misma inquietud que los sirvientes que controlaba.

—¿Qué es esto? Parece que se les han terminado las muchachas interesantes y me envían las sobras. Una virgen insulsa como el agua y otra grandota y desgarbada que cree que con ese sari grueso va a engañarme.

El insulto con el que contestó Nirali ofendió los oídos sensibles de Madhu, pero le arrancó una sonrisa. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que la había escuchado. En efecto, quien acompañaba a su hermana era una mujer de brazos gruesos y tan alta como Nayan. El sari le quedaba apretado y se movía con dificultad.

—Será que la han confundido, porque aquella ni siquiera es virgen —continuó el poseído—. Aunque podría servir. Su energía no está muy contaminada. Hey, tú, muchacha deforme. ¿Hace mucho que ya no…?

El sari cayó al suelo, rasgado por la impaciencia de quien lo llevaba. La sacerdotisa no se sorprendió tanto por la revelación de que era un hombre, sino por sus cabellos del color del trigo y su piel, muy pálida para ser de aquella región. La otra visitante también se descubrió, mostrando ropas de hombre, en lugar de las tradicionales que dejaban al descubierto el estómago y los brazos.

—Eso no es de tu incumbencia —anunció el guerrero rubio—. Y para lo que vengo a hacerte no hace la diferencia.

Arremetió contra el anciano, pero éste evitó el ataque y terminó estrellándose contra un muro invisible que no lo dejó llegar a la línea de columnas del fondo. Nirali extendió sus manos, gritando algo inentendible. No surgió más que un hilo de humo. El demonio comenzó a reírse. Madhu no supo qué hacer y prefirió continuar oculta.

—No es como si fueran los primeros en intentarlo —concedió Uday, en tono de mofa—. ¿Saben por qué ya no hay guardias en las murallas?

—Porque no habíamos llegado nosotros.

—¡Me gustan las chicas confiadas! Creo que te conservaré y solo me comeré a este imbécil.

—¿Conservar? —preguntó ella—. ¿Conservas a otras chicas también?

—Nirali, no lo escuches —rogó el que la acompañaba—. Quiere engañarnos.

—¿Para qué? Ya he ganado. Miren esto, soy un admirador de la belleza. ¡Y estas muchachas son tan bellas! ¡Mías, son mías ahora!

Madhu vio que su hermana lucía confundida. Temía salir de aquella columna. Temía causar que los intrusos fuesen heridos. Temía, temía, temía.

—Voy a sacarte esa cabeza y a metértela por…

—Es una buena idea, extranjero. La aplicaré en ti, cuando mi preferida deje de mirar —afirmó Uday, y congeló hasta la última gota de sangre de Madhu en su escondite—. Tenemos todo el tiempo de este mundo y su estrella. Al menos yo. ¡Porque todo es mío ahora! ¡Todo!

—Y, sin embargo, estás tan solo —completó Nirali, como ausente.

—¿Qué? ¿Te sientes bien? —preguntó el joven que venía con ella.

—Sí. Es que recordé algo que escuché hace poco.

Cuando la joven sacó el anillo con la piedra transparente del saco que colgaba de su cintura, el poseído dio un instintivo paso atrás.

—¿Era un asqueroso genio? —se maravilló el guerrero—. ¡Haberlo sabido! Esto se termina ahora.

—¡Basta! Les daré lo que quieran. Alejen ese anillo de mí. No lo quiero. ¡Nunca más estaré solo!

—Pensé que ya habías dicho que se sentía solo, Ni.

En medio de la broma, Madhu vio que Uday estaba por ir hacia el guerrero. La forma en que su hermana y él sonrieron explicó el motivo de la distracción. Y el temor por Nirali superó a su temor racional. Fue intenso y duró un instante. Suficiente para aparecer detrás de la barrera y gritarles.

—¡Uday! No estarás solo. Si aceptas entrar al anillo, en el templo de Daia te cuidaremos bien.

—¡Madhu!

—¡Ese hijo de puta estaba por atacarme!

La confusión invadió la escena y la mano del genio quedó extendida, en dirección al joven. Pero sus ojos brillantes apuntaban a la sacerdotisa.

—Prométemelo.

—Por mi palabra —aseguró ella—, yo nunca miento.

Distante quedó el llanto de Nirali y las palabras del conjuro del guerrero rubio. Madhu sostuvo la mirada al genio, hasta que el brillo sobrenatural abandonó los ojos de Nayan. El anciano se desplomó, mientras las hermanas se abrazaban y el hechicero tomaba el anillo con una sonrisa apenada.

Las otras prisioneras fueron liberadas de inmediato. Los confundidos ancianos fueron atrapados en pleno intento de fuga, para ser juzgados como posibles cómplices de Nayan en aquel desastre. Más tarde, la reacción del hombre al reconocer a su antigua prometida fue de absoluto terror.


+++


Esa noche cenaron en el hogar de los Sidhu, con un guiso en el que utilizaron todo lo que les quedaba en la despensa. Celebraron, como en cada casa del pueblo, que la muerte de las jóvenes hubiese sido una mentira. La promesa de custodiar el anillo no caería bien en el templo, pero tampoco iría en contra de la causa de la diosa Daia. Estarían protegiendo aquella tierra y eso era lo que importaba.

—¿Así que te presentaste al templo como aprendiz solo por algo que me dijiste cuando tenías cuatro años? —dijo Madhu, entre risas, cuando se sentaron en el patio las dos hermanas.

El resto de la familia conversaba en el interior de la casa. Alguien tocaba un instrumento y Kirpal le ofrecía del narguil al inexperto Deval.

—Es muy serio, no seas tonta —reaccionó Nirali, ofendida—. La palabra de los Sidhu es imborrable.

—Sí, excepto si las decimos cuando no somos conscientes de lo que significan. Lo que más me extraña es que la Superiora no te haya sacado a patadas de allí.

—No tuvo tiempo de hacerlo. Hablamos de ti y luego apareció Deval.

—Entiendo. Me alegra que vinieras, no creas que no. Ahora, ¿qué hacías con esa sortija de compromiso?

La incomodidad de la hechicera fue visible. A la mayor no se le escapó su mirada rápida hacia el joven general.

—Primero quiero saber si me perdonas —murmuró Nirali.

—No tengo nada que perdonar. Aquí no hubo una promesa real. Siempre y cuando me dejes el anillo para cumplir otra que sí fue hecha en serio.

Por toda respuesta, la más joven se levantó y fue por su compañero en aquella aventura. Una vez afuera, éste pareció resistirse a entregar la joya hechizada.

—En esta familia toda palabra se graba en piedra, general —explicó Madhu—. Podemos encargar a mi padre otro anillo igual, si lo desea.

Él cambió el gesto de terquedad por uno compungido.

—No es por eso. Mi palabra también tiene valor, así que las entiendo. Pero el anillo es de Nirali ahora. Ella es quien decide.

La hechicera no tardó dos segundos en tomar el objeto de la mano de Deval para ponerlo en la de su hermana.

—Bien. Ahora es tuyo, Madhu —anunció, con alegría—. Cuídalo bien, porque no creo que volvamos por aquí en un tiempo.

—Si me disculpan —murmuró el general, cuando emprendió la retirada.

Nirali lo detuvo del brazo, invadida por un torrente de energía que la hizo hablar sin parar.

—Espera. Ahora tú, tendrás que hacer valer tus palabras también. O lo que no dijiste pero sí dijiste al entregarme esa sortija.

—¿Cómo?

Él la miró, sin entender. La sacerdotisa captó lo que ocurría al instante.

—¡No vas a hacer esto aquí, sin la familia presente! ¡Papá, mamá, vengan!

Entonces, la comprensión suavizó los rasgos del extranjero. Él y la muchacha seguían de pie, junto a la puerta que daba al salón y sobre el jardín descuidado de la enorme casa.

—Oh, dioses.

—Mi respuesta es sí —confirmó Nirali—. Lamento haberte hecho esperar en la capital. Estaba confundida.

Los Sidhu llegaron junto a ellos, en medio de un alboroto de planes y sugerencias. Deval no parecía poder decir otra cosa.

—Dioses. Ahora sí tendré que encargar otro anillo.

El aire se llenó de exclamaciones de alegría y felicitaciones. Los dos sonrieron, por fin, algo cohibidos.

—Me basta con el otro regalo, el más brillante —admitió ella, en un tono que presagiaba travesuras—. Vas a tener que enseñarme a invocar el rayo.


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Cantidad de palabras según Word: 1906 (perdón, perdón, perdón).

¡Y así termina la historia para Blogs colaboradores! En Argentina son las seis de la tarde, espero que en los pagos de Mikel no sea lunes porque quiero estar orgullosa de haber llegado a tiempo.

Tengo algunos capítulos extra para traerles, pero el arco argumental del demonio en el palacio termina aquí. Espero que lo hayan disfrutado. Y para los que quieran más romance, los espero en el siguiente.
Suhri - Especial: El tiempo suspendido

Suhri - Especial: El tiempo suspendido

Madhu portada especial
*Nota: No es obligatorio leer este capítulo para los que siguen la iniciativa Blogs Colaboradores. El capítulo cuatro será publicado mañana.*

Ingresaron al pueblo por medio de un hechizo simple de levitación. Los muros estaban sin guardia, las calles sucias y desiertas, las viviendas con las ventanas cerradas y rodeadas de amuletos de protección. El estado de abandono era angustiante.

—¿Se… se los habrá comido a todos? —tartamudeó Nirali, con un nudo en la garganta.

—Nadie hubiera sabido de la existencia del demonio, ni de su demanda de vírgenes —explicó Deval, a su lado—. Un pueblo vacío sería una trampa para los curiosos, lo cual convendría más a un monstruo hambriento. Pero no a un demonio de bajo nivel, que prefiere ser conocido y temido.

La muchacha no supo si sentirse aliviada por eso o más preocupada. Se sabía observada, aunque no por quién ni desde dónde.

Luego de un rato de caminar por una vía empedrada y ascendente, llegaron a una casa con el frente de piedra, un portal amplio y pisos superiores con ventanas angostas. Una de tantas, ya que eran todas casi iguales. Lo único que diferenciaba a ésta era el banderín que colgaba junto a la entrada. Anunciaba que aquello era el hogar de un orfebre.

—Este pueblo no es tan grande como para tener una calle entera para cada gremio. Igual se las arreglan para tener influencia, los muy cabrones. Bienvenido a mi casa, Deval.

Sin embargo, aquello no sonaba a bienvenida en absoluto. No cuando había sido dicho en un murmullo y los ojos más tristes que el general hubiese visto. Ninguno de los dos hizo el menor intento por llamar a la puerta.

—¿Aquí creciste? —dijo él.

—Sí. Lamento que veas a Suhri en estas circunstancias.

Un ruido los sacó de aquella reflexión y los puso alertas. No estaban solos. Por fin.

Corrieron detrás de una sombra escurridiza, hasta llegar a un pasadizo pequeño, producto de los defectos de construcción de dos viviendas. Nirali usó algo de su velocidad obtenida en los entrenamientos con Ren, bloqueando posibles caminos de escape, y Deval consiguió atrapar un pie del perseguido. Recién entonces pudieron ver que se trataba de un joven escuálido que cargaba algunas frutas. Fue solo tocarlo y comenzó a gritar como si lo estuviesen despellejando.

—¡Tápale la boca! —pidió el general, aterrorizado por el escándalo.

La muchacha se sentó sobre la espalda del prisionero y no se atrevió a hacer más.

—Éste va a morderme si lo toco.

—¿Señorita Nirali? —reaccionó el muchacho, con la cara sobre el piso—. ¿Es usted?

—¡Hanns! ¡No te había reconocido! ¿Todavía sirves en mi casa? ¡Cómo has crecido!

—Usted también, señorita. Sí, aún estoy con los Sidhu.

En la voz del joven había una gentileza forzada, comprensible por la situación.

—¿Puedo soltarlo sin que se escape? —intervino Deval, ansioso por dejar aquella posición incómoda en el suelo.

—¿Podemos, Hanns?

El chico dudó, con la mejilla contra el empedrado.

—¿Cómo sé que no es usted una alucinación causada por el monstruo del Palacio del Concejo?

—Puedo darte una patada en la entrepierna que se sentirá muy real —ofreció ella, perdiendo la paciencia.

Al otro hechicero ya no le quedaba nada, desde hacía rato.

—No pienso volver a hacer esto —añadió, todavía con la mano en el tobillo del chico—. Te achicharraré desde aquí si corres de nuevo.

Sin embargo, el sirviente no pareció muy convencido.

—Bailen sobre el pie derecho. Los dos —exigió.

—O puedo freírte desde ahora, si prefieres.

La muchacha se levantó, resignada, y cumplió con el pedido a desgana.

—Hazlo, Deval —sugirió, mientras repetía lo que había hecho ante las aprendices del templo de Daia—. No huirá.

Él dudó en soltar el pie del prisionero, pero éste ya observaba a la joven con asombro. Se incorporó y comenzó a dar saltitos, imitando a su compañera. Casi deseó que el chico hiciera un movimiento inadecuado, para descargar su vergüenza. Entonces alzó la mirada y se encontró con la de Nirali, fija sobre él. Hubo algo en ese momento de complicidad que le produjo cosquillas en el estómago y se esparció por todo su cuerpo. Los dos quedaron saltando en un pie, como tontos. Hamms se levantó y les recordó por qué estaban ahí.

—¡Señorita! ¡Ha regresado! —reconoció, con una reverencia—. Perdone por dudar de usted. Nunca hemos visto a ese demonio fuera del palacio, pero nadie pasa mucho tiempo fuera de su casa, en realidad.

Los dos hechiceros dejaron el contacto visual, incómodos, y volvieron a poner ambos pies en el suelo. Ella fue la primera en avanzar hacia el sirviente, conciliadora.

—Está bien, chico. Ahora llévame adentro. ¿Papá y mamá están bien?

—Sí, señorita. Estas últimas semanas han sido muy duras pero nos arreglamos para seguir, aún después de la tragedia de la señorita Madhu.

—Espera —insistió el general, pensativo—. ¿Has dicho que nadie sabe cómo es esa cosa?


+++


—¡Nirali!

Una vez adentro de la casa, que solo había abierto su puerta cuando Hamms golpeó en una combinación clave, los recibió un matrimonio de ancianos. La muchacha no había estado tanto tiempo fuera de allí como para justificar la diferencia en el estado de sus padres, pero parecía que aquellos tiempos habían sido difíciles.

Aditya todavía conservaba algo de la belleza en sus ojos chispeantes y su cabello oscuro, que ya no caía en una trenza sedosa como antes sino que apenas soportaba un rodete deslucido por el luto. Kirpal Sidhu ya no tenía la envidiable piel lozana, sus ojos verdes estaban rodeados de pequeños surcos. Ambos tenían los hombros caídos y un caminar más cansado. Habían envejecido en pocos años lo que podrían haber sido décadas.

La mujer fue la primera en envolverla en un abrazo cálido.

—¿Por qué has venido? —se lamentó Kirpal—. ¿No has visto las puertas cerradas, las murallas abandonadas sin un rasguño de invasores? Nadie con dos dedos de frente se acercaría a Suhri.

—Papá. Lo siento tanto.

—Yo más, pequeña —reconoció el maestro orfebre, acercándose para tomar las manos de su hija—. Tu hermana… Ella…

—Si al menos hubiésemos podido darle una buena sepultura.

—No hables de eso todavía, mamá. Pero, sea como sea, ese demonio se las verá con nosotros.

Aquel fue el momento de Deval para dar un paso al frente e intervenir.

—Vamos a sacarla de ahí, señores Sidhu —aseguró, confiado.

Por las dudas, no dijo en qué condiciones.

—¡No, por favor! —exclamó Aditya, alarmada—. Nirali, no queremos perder a otra de ustedes.

Una sensación amarga llenó la habitación cuando Deval recordó las noticias que la familia le había enviado a la muchacha en la última carta, luego de caer en Refulgens. Denali había muerto durante el parto de su segundo hijo y Uma había caído en la reciente plaga de viruela de la región. Ahora, con el destino incierto de Madhu, ella podía ser la única de las hermanas con vida.

—Con más razón —insistió la hechicera—. Esto no puede quedar así.

De pronto, Kirpal recuperó la compostura y el porte de anfitrión magnífico de otros tiempos.

—No hemos saludado a su merced como corresponde. Le agradecemos por escoltar a nuestra hija hasta aquí. Señor…

—Deval Khan es mi nombre —respondió el otro, con gentileza—, y esto forma parte de mi deber como General Hechicero de la Corte.

Aditya se adaptó con rapidez a su papel de señora de sociedad y observó con una sonrisa a su invitado.

—¿Es que usted va por cada pueblo, encargándose de estas cosas?

—Mamá, por favor —se quejó la joven.

Sin embargo, Deval no perdió el aspecto de buen chico. Aspecto que jamás había tenido. Ni en los meses que había viajado con Nirali; ni en el templo de Daia, al revelar que era el maestro de los soldados que conducían el nuevo ejército del Reino.

—Ehh… No, resultó ser que pasaba por un camino cercano y escuché de unos viajeros la noticia —comentó—. Nirali fue mi compañera de lucha en los tiempos del anterior rey, así que he venido a devolver el favor.

La mencionada hizo un esfuerzo por no mirarlo, o estallaría en carcajadas nerviosas por la novedad del tono inocente que estaba escuchando. Estaba segura de que él lo había acompañado con la cara correspondiente de «no he roto un plato en mi vida». Se sorprendió imaginándolo en la capital, con tantas mujeres de costumbres escandalosas y familias de nobles que querrían congraciarse con el nuevo monarca y lo verían a él como un buen partido para sus hijas. Una sensación extraña la invadió, como un burbujeo molesto. Tal vez era la impaciencia por terminar con todo aquello.

—Por supuesto —continuó Kirpal, en un tono demasiado amable—. Es una verdadera suerte contar con usted, general Khan. ¿No es así, Nirali?

—Supongo que sí —reaccionó ella, con brusquedad—. Pero ya que no debió venir conmigo todavía puede quedarse aquí, refugiado con ustedes, mientras yo voy al Palacio.

Deval inclinó la cabeza para mirarla y recuperó el sarcasmo de siempre.

—Mira, qué coincidencia. Estaba pensando lo mismo de ti.


+++

Tenía ganas de contar un poco más de estos dos, aparte de la aventura contra el demonio encerrado en el palacio, así que les hice dar un rodeo. Mañana el último capítulo para la iniciativa Blogs Colaboradores. Prometo a los que no leyeron éste que no les afectará en nada a la historia principal. 

Personaje del mes: Nirali

04 marzo 2017

Nombre completo:

Historias en la que aparece:

Raza:

A qué se dedica:

Qué representa en la historia:

Fecha de nacimiento:

Dreamcast:

Historia breve:


¡Ouch!

¡Ouch!

03 marzo 2017

reto nueve
El primer cuadro. Las piernas azuladas del villano ocupan el primer plano. De fondo, la pequeña figura del héroe se recorta contra la luna llena.


«Cliché».

A partir del segundo cuadro, el escenario se ve con más amplitud. Ambos están en la azotea de un rascacielos. El viento agita la capa verde de uno y el pelo oscuro del otro. Hacia el quinto cuadro es notorio que se miran con un brillo desafiante y sonríen, esperando a que el otro haga el primer movimiento.

«Vamos, ya empiecen a pelear. Esto no se lo cree ni un niño».

En la siguiente página, ya han levantado el vuelo. Las onomatopeyas ocupan parte del espacio, dando a entender un choque brutal. Un puño se estrella contra una mandíbula. Una rodilla se eleva hasta dar en el estómago contrario. Ninguno pierde el conocimiento. Nadie escupe un diente ni cae doblado en dos por el dolor. Así, un tomo entero se la pasan repartiendo golpes, saltando techos, cayendo en basureros y levantándose con más fuerza.

Entonces, un carraspeo interrumpe la lectura.

—Disculpa pero ¿hasta cuándo nos tendrás aquí?

—Lo que tengas que hacer con nosotros, hazlo de una vez —ruega otro.

Él los ignora, concentrado en las páginas iluminadas por el farol junto a la ventana. Todo él está en una posición incómoda, a fin de no entrar en contacto con la oscuridad del local cerrado. Allí, donde ha atrapado a los tres adolescentes que lo observan atados en el suelo.

—¿Sabes que esto se podría considerar brutalidad en una corte? —dice el último en hablar.

—Demándenme cuando salgan de prisión, si quieren —sugiere Sun, despreocupado, mientras elige otra historieta y la abre.

En esta ocasión, la acción se traslada a la guarida del malvado. La novia del héroe está colgando, con un arnés, sobre una caldera de lava volcánica. El villano ríe a carcajadas mientras acciona una polea que la hace descender a velocidad caracol. La joven grita, desesperada.

«Esto está mal. ¿Una caldera de lava? ¿Para qué tomarse tantas molestias? ¿No es mejor llevarla directo al cráter y empujarla? Le está dando tiempo para ser rescatada».

En efecto. En una impresionante viñeta de página entera, el héroe aparece volando y la saca de allí. El captor muere achicharrado en su propia trampa, pero se ha hecho justicia. O tal vez no, porque las burbujas siguen saliendo desde las profundidades hirvientes aún después de que la pareja se ha marchado del lugar.

—¿Leer en una tienda sin comprar no es una forma de robar? —insinúa uno de los que aguarda en el suelo.

Con eso, Sun reacciona y vuelve a dejar la revista en el mostrador. Se ajusta el traje amarillo con la S roja sobre el pecho y las gafas de visión nocturna.

—Prepárense, malhechores —anuncia, con voz potente—. Super Sun va a limpiar las calles de Leseli City, comenzando por escorias como ustedes. Ladrones de… ¿qué estaban llevándose?

—Cómics.

—Eso. Bien, vendrán conmigo, señores. Un período a la sombra les vendrá bien.

Y se los lleva al hombro, como quien carga una mochila. Los ladrones protestan, se mueven y tratan de escapar, aunque es inútil. Va directo hacia la comisaría con ellos. Con cuidado de ir por la acera iluminada, por supuesto.




+++

Vuelven las aventuras de Sun, el héroe nictofóbico, y no será la última vez que lo vean por acá. Él y Claire Egg, su asistente, todavía tienen mucho que hacer.

Relato escrito para el noveno reto de El libro del escritor: Escribe un relato que integre las palabras ‘luz’ y ‘cuadro’ como elementos relevantes del argumento.
Fantasmagoría

Fantasmagoría

01 marzo 2017

fantasmagoriaAquella noche, el fantasma se enroscó alrededor de la silla y me hizo su objeto de estudio. Le hice lugar, junto a mis pies. La edición de aquella historia planeada a medias se había llevado mi tarde. Él me susurró algunas ideas nuevas, ansioso por ver más. Entonces fui a la heladera, por algún verbo fresco. Me dolían algunos sustantivos, así que estiré las piernas y miré por la ventana. Llovían comillas. Volví a sentarme. Y continué escribiéndome.

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Las palabras de este mes: estudio, edición, planeada.

Microcuento para el reto de las cinco líneas de marzo de Adella Brac.



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