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Lo que él nunca dijo

Lo que él nunca dijo

28 febrero 2017

reto ochoEra la noche del veinticuatro de diciembre. Juliet y Peter estaban echados en el sofá, cabeza con cabeza, mirando las celebraciones de la Nochebuena. Aquella era su primera navidad como marido y mujer, pero los dos parecían tan cómodos como una pareja de ancianos que llevaran toda una vida juntos. En medio de un comercial, sonó el timbre. Los dos se movieron, a la vez, pero Juliet fue la primera en ponerse de pie.

—Voy yo —anunció y bajó las escaleras, mientras su esposo volvía a su posición original en el sillón.

Al abrir la puerta, la sorpresa fue grande. Incómoda. Agradable, a pesar de todo. Mark, el mejor amigo de su marido, aquel sujeto que parecía reacio a aceptarla como pareja de Peter aunque, en realidad, estaba enamorado de ella. Y todo se había descubierto por culpa de un incidente con los videos de la boda. Por suerte, el asunto no había llegado a oídos de su esposo. Nada tenía que cambiar entre ellos. Lo cual hacía que su presencia allí fuera verdadero motivo de asombro.

—¡Oh! ¡Hola! —dijo ella, apenas se repuso.

—¿Quién es? —resonó la voz de Peter, desde el piso superior.

Mark le indicó con señas que mantuviera el silencio. En su mano izquierda llevaba un radiocassette. En la derecha, una serie de cartulinas blancas. Entonces le mostró, a modo de apuntador, la primera. Las enormes letras estaban escritas con marcador negro.

«Dile que son cantantes de villancicos».

Ella dudó, con la mirada fija en el mensaje, pero lo repitió en voz alta.

—Dales unas monedas y que se vayan —sugirió el otro, todavía sin abandonar su lugar frente al televisor.

Ella suspiró, mientras veía a Mark dejar en el suelo el reproductor de música y encenderlo. Antes de que él volviese a incorporarse, para mostrarle lo que fuese que hubiera en aquellos carteles escritos a mano, ella metió una mano en su bolsillo. Dejó la moneda junto al grabador y volvió a entrar a la casa.

—¡No! ¡Espera, no es lo que parece! —murmuró él, desesperado.

—Lo siento. Será mejor así —respondió ella, mientras cerraba la puerta.




+++

Amé esta película, Love Actually. Y amé a todos los personajes, pero más a estos dos. La culpa de este final alternativo no es mía, sino del octavo reto en El libro del escritor: Usa una escena romántica de una película que sea reconocida y dale un giro sorprendente para cambiar totalmente esa historia.

Y con esto creo que ya me pongo al día, me falta el relato de esta semana, wiii…
El problema del falso Clyde

El problema del falso Clyde

27 febrero 2017

reto siete«¿Vas a acordarte de mí? No contestes. Está bien. Yo solo…».

Despertó esa mañana en el dolor contracturado de los asientos traseros de su auto. No sabía qué hacía allí. Era obvio que había parado junto a la ruta, cuando el cansancio lo había vencido de tanto conducir. Tampoco recordaba hacia dónde iba. Una necesidad intensa en su interior lo urgía a continuar hacia adelante. Eso era lo único seguro.

Llevó el auto por el camino bajo el tibio sol del amanecer, hasta encontrar una taberna donde desayunar e higienizarse a medias. Se dijo que era extraño haberse quedado dormido ahí, a tan pocos metros de ese lugar. Entró, hizo con rapidez su pedido a una camarera somnolienta y pasó directo al baño. Fue difícil encontrar algo limpio para ponerse en el pequeño bolso que llevaba. El tener la mente en blanco ya no parecía tan refrescante como al despertar.

—¿Desde cuándo llevaré dando vueltas fuera de casa? —murmuró, avergonzado de su temperamento impulsivo.

Entre algunos calcetines usados apareció una polaroid de Ana y él, en una salida al parque de diversiones que habían tenido el año anterior. Aquella vez que un degenerado le había mirado las piernas y él había tenido que obligarla a atarse la chaqueta alrededor de la cintura. Habían discutido después por eso pero, más tarde, la reconciliación había sido muy dulce. Ellos eran así, extraños para el resto del mundo, únicos en su locura.

«Nuestra propia versión de Bonnie y Clyde. ¿Verdad, mi amor?».

Recordar eso le había producido una punzada intensa en la sien, que luego se había expandido al resto de su cráneo hasta hacerlo caer de rodillas sobre el cerámico inmundo del sanitario. Algo le había pasado. Algo que lo había dejado en blanco sobre su camino hasta allí. Debía arreglárselas para volver a casa. Aunque, de solo pensar en la posibilidad, un malestar se apoderó de su estómago.

Con una camiseta limpia, demacrado y confundido, salió al comedor del local. Por alguna razón estaba lejos de su ciudad también. ¿Dónde se encontraría Ana? ¿Por qué lo miraban así el resto de los clientes?

Comió con ansiedad, asaltado por un hambre que casi lo hizo atragantarse con los huevos y el tocino. Buscó en sus bolsillos alguna moneda, sin mucho éxito. Debió pedir cambio a la camarera al pagarle. Ésta le entregó las monedas y le señaló el teléfono público al lado de la vieja rockola. ¿Era lástima lo que había visto en los ojos agrietados de esa desconocida? ¿A quién le importaba, al fin y al cabo?

Los gritos de la madre de Ana, al atender su llamada, le hicieron preguntarse cómo es que sabía que era él antes de dejarlo hablar siquiera. Ante la mención de la policía tras él, el muchacho estrelló el tubo en la horquilla del teléfono. Las monedas sobrantes de la comunicación tintinearon y la sensación de que había vivido esto antes fue acallada por el dolor palpitante en su cabeza.

«Te juro que no lo hice, amor. ¡Eres el único, de verdad!».

Los recuerdos habían adquirido una voz. Por fin. Los gritos de Ana, las súplicas y el dolor se entremezclaron en una danza extraña en sus sentidos. El rojo sabía a furia. Su voz sonaba como el hierro de una pala del jardín de su casa. El amor tenía la textura húmeda y pegajosa de lo irreversible. Los celos le pedían más.

«Ahora moriré contigo, mi amor. Juntos hasta el final» había prometido él a los ojos apagados de la muchacha. Pero la falta de puntería en un golpe dado a su propia cabeza lo había dejado en blanco. Un día tras otro. Hasta comprender que Clyde jamás habría hecho daño a Bonnie. Que ellos habían avanzado juntos contra el mundo, por razones mucho más simples que los caprichos de dos adolescentes hormonados. Que ambos habían muerto juntos a manos de otros, sin planearlo.

Salió del local donde estaba seguro que había desayunado más veces de las que podía contar. Fue hasta su auto, que ya casi no tenía combustible, y abrió el baúl. La sangre reseca y la pala le dieron la bienvenida a otro día de encontrarse con su verdadero ser. Lo peor del llanto fue saber que aquella revelación se había dado ya una vez. Y otra. Y vaya a saber cuántas más.

Quiso golpearse la frente, tirarse delante de algún camión que pasara, pero el descubrirse como asesino ya se había llevado toda su iniciativa. Empujó el auto un poco más allá de la taberna, lloró y descargó a gritos su frustración hasta quedarse dormido. El dolor detrás de sus ojos le dijo que la posición horizontal tal vez no fuese buena idea en su estado. Sonrió, agotado, y se abrazó al olvido cuando llegó hasta él con su manto negro.

Las palabras de Ana en la despedida de su primera cita lo acompañaron en los últimos instantes.

«¿Vas a acordarte de mí? No contestes. Está bien. Yo solo…»


Despertó esa tarde en el dolor contracturado de los asientos traseros de su auto. No sabía qué hacía allí. Era obvio que había parado junto a la ruta, cuando el cansancio lo había vencido de tanto conducir. Tampoco recordaba hacia dónde iba. Una necesidad intensa en su interior lo urgía a continuar hacia adelante…

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Relato para el séptimo reto de El libro del escritor: Da voz a los recuerdos y ofrece una solución en forma de historia para un personaje que pierde la memoria cada día. Le di la solución pero también se la quité. Qué le vamo´ a hacer.

La imagen corresponde al video de Bonnie & Clyde, de Dean, que también contribuyó a la idea. Es más, no lean esto, vayan y véanlo.
Suhri - Tres: El presente que debe cambiar

Suhri - Tres: El presente que debe cambiar

suhri cap tres
<< Capítulo Dos
—Mi promesa a Madhu es anterior, Deval —dijo Nirali, luego de un prolongado silencio.

El viento cálido del anochecer veraniego les daba de frente, junto con las cenizas y el humo.

—Eso no te impidió ir por la región de Sideris cobrando por adivinaciones falsas, con un tipo alto —respondió el general, con amargura.

Ella dejó de prestar atención al paisaje, para volverse hacia él, sorprendida.

—¿Tan rápido llegan las noticias de los pueblos pequeños a la capital?
—No. Ni yo hubiera venido tan pronto de haber estado allá.
—Entonces me has hecho seguir.
—Tampoco. Anduve por la zona, buscando nuevos reclutas —admitió Deval—, y escuché de alguien que se hacía llamar la Gran Discípula del Fuego y su aprendiz. Eso llevaba la firma de Sarwan por todos lados, pero sabía que él estaba en Refulgens. Aruni dio a luz hace poco.

Con la mención a la feliz pareja de locos que la habían llevado al borde de la muerte pero también le habían abierto los ojos, Nirali dio un respingo. Desvió su mirada otra vez, aunque sus ojos no parecieron concentrarse en nada.

—Ah. Cierto. ¿Viste al bebé?
—Sí. La fiesta en el palacio dorado fue enorme —informó él—. Te esperaban también.
—Es una pena que estuviera ocupada buscando alimento para mí y mi alumno.
—No hubieras tenido esos problemas en la capital. Como mi alumna.

Cualquier insinuación de Deval había quedado anulada con las últimas tres palabras, de la misma forma en que había ocurrido en todo el tiempo que habían pasado juntos en el pasado. Él daba un paso hacia ella y, antes de ver su respuesta, retrocedía tres.

—Ya tienes un ejército —puntualizó la joven—. Y yo voy a cumplir con mi destino de servir a los míos.
—No deberías hacer promesas vacías, Nirali.
—Ya lo creo. Mira lo que ocurre luego.

Los dos estaban sobre la cúpula más alta del templo de las servidoras de Daia, aprovechando la vista de los últimos rayos del sol para apreciar la situación que les había comentado la Superiora. La columna negra que se levantaba desde el pueblo de Suhri les dio el origen del hedor que venían sintiendo desde que llegaron.

La confusión en las sacerdotisas había sido lo único claro cuando les explicaron que las puertas del lugar no habían vuelto a abrirse, desde los rumores de la invocación de un demonio. Varias de las muchachas habían bajado al pueblo, para celebrar con sus familias el solsticio de verano, y no habían regresado. Madhu Sidhu estaba entre ellas. La columna de humo se había levantado desde entonces, sin interrupción.

—Esto no es tu culpa, Nirali —dijo el general, angustiado.

Ella negó con la cabeza. Como si esperase que eso fuera cierto, pero en vano.

—La Superiora dijo que el portal de invocación apareció en el edificio del Concejo —recordó, pensativa—. Pudo haber sido el mismo tipo al que rechacé por irme con Sarwan. Me marché de casa con un hechicero. Todos en el pueblo pensaron que había algo entre nosotros. Yo permití que lo creyeran, con tal de no tener que casarme con ese viejo verde. Y ahora hay un demonio suelto en mi pueblo.

—No sabemos si fue el mismo hombre. Aunque lo fuera, la codicia lo llevó a hacer esto, no tú.

Los intentos de consolarla, por medio de la razón, estaban dando el resultado contrario al que él esperaba.

—Deval, ¿es que no las escuchaste? ¡Dicen que devoró a todas las vírgenes del pueblo! ¡Que está pidiendo más a los que quedaron encerrados con él!

De solo verla así, al límite del llanto, él recordó todos los meses que habían pasado en los caminos, durante el reinado del tirano que pagaba a cazarrecompensas por cualquier ser que saliese de lo corriente. No pudo evitar el impulso de poner sus manos en los hombros de la muchacha. Un tibio sustituto del abrazo que aún le hormigueaba en la piel desde la anterior despedida.

—Vamos a calmarnos. He venido para encargarme de esto. Está en mis obligaciones no permitir la aparición de enemigos en el reino. Tú ayúdame a pensar en un plan y…
—No hace falta pensar demasiado —lo interrumpió ella—. Soy virgen. Puedo ofrecerme al sacrificio y aprovechar para destruirlo.
—No si yo puedo impedirlo.

La joven echó la cabeza hacia atrás hasta alcanzar a verlo, con ojos bien abiertos y una sonrisa burlona.

—¿También eres virgen?
—Voy a entrar solo —afirmó él, ignorando la pregunta—. Y voy a destruir esa cosa solo.

Ella se soltó, molesta.

—No has dejado de ser un presumido desagradable, Deval. Es mi pueblo, mi hermana, mi viejo verde invocando bestias que devoran mujeres. Yo voy a resolverlo. Y luego entraré a este santuario, para cumplir la promesa que hice a Madhu.

Dicho esto, la joven levitó con suavidad hasta el suelo del patio del templo, donde algunas muchachas todavía los observaban con mal disimulada curiosidad. Deval la dejó ir, con gesto indescifrable, y tomó del saco que colgaba en su cintura un anillo dorado, con una piedra transparente en el centro.

—¿Qué haré contigo, eh?


+++


Poco después, se sirvió la cena frugal en el comedor del lugar, en un silencio que solo fue interrumpido por oraciones de agradecimiento a la diosa y plegarias por las compañeras desaparecidas.

Nirali sintió que en su plato no había nada que atrapara su atención. No mientras su hermana pudiera estar sufriendo a manos de una criatura del inframundo. Y no mientras los ojos azules del general Khan siguieran fijos en ella, desde el otro lado de la mesa.

La anciana sacerdotisa del templo llegó frente a ella, sin que se diese cuenta.

—Señorita Sidhu, me imagino que no pensará ir a enfrentar a un demonio con el estómago vacío.
—Lo siento, Superiora. Voy a tomar todas las energías que pueda.
—Lamento no tener nada más sustancioso —señaló la mujer, mientras ella volvía a comer—. No estamos acostumbradas a alojar guerreros.
—No soy una guerrera, Superiora —la corrigió Nirali, avergonzada—. Soy una aspirante a sacerdotisa que va a obtener su aprobación liberando a Suhri y a las chicas que faltan.

Un breve silencio. La mirada de la mujer mayor dejó traslucir lo que opinaba sobre aquella idea.

—Muy bien —respondió, con paciencia—. No se olvide de liberarse a usted misma en el proceso.

Vio que Deval sofocaba una risita a la vez que masticaba, al punto de atragantarse. En un instante habían ido en su ayuda varias de las jóvenes, ofreciéndole agua y palmaditas en la espalda. Incluso intentaron una compleja maniobra que consistía en un abrazarlo desde atrás y moverse de forma extraña hasta hacerlo expulsar la comida, cosa que él rechazó afirmando estar bien. Nirali sospechó que eran excusas estúpidas para tocarlo. Tuvo que forzarse a seguir cenando, con la mirada fija en su cuchara.

+++

A la mañana siguiente, los despidieron a ambos en la entrada del templo. Las aprendices se alinearon en el patio principal, delante de las sacerdotisas de túnicas más oscuras. Juntas entonaron un cántico de buena suerte para ellos. Nirali no se atrevió a mirar a su compañero de expedición, por miedo a estallar en una carcajada nerviosa. Luego, la Superiora les entregó varios amuletos en saquitos de lino, que deberían colgar de sus cinturas.

—Que la diosa esté con ustedes —dijo la anciana, una vez en la puerta.
—Dígale a la diosa que sabré agradecerle a mi regreso.

Deval no movió un músculo al oír eso. La sacerdotisa sonrió.

—Debería abandonar esa costumbre de soltar promesas sin pensar, señorita. Pero igual la estaremos esperando.

Con una reverencia, ambos dijeron adiós y se encaminaron hacia Suhri. Al llegar, el paisaje que hallaron fue desolador. Las puertas cerradas, la ausencia de vigilantes y el hedor potente del humo que le hacía picar los ojos hicieron que Nirali dudase en avanzar. Deval se volvió hacia ella, con una bolsita roja de terciopelo en las manos.

—Dame un minuto —pidió ella, con la mirada turbia por las lágrimas—. Voy a recuperarme pronto. Si quieres puedes ir entrando.

Él la enfrentó, decidido.

—No. Creo que este es el momento de darte algo que te pertenece desde que llegué a la capital.

Entonces aprovechó que ella se secaba el rostro, con una de las mangas del traje gastado con el que viajaba, para extender el brazo y ofrecerle su regalo. Ella lo observó, ruborizada.

—¿Qué es eso? Es decir, veo que es un anillo, pero…
—Te esperé bastante —explicó, antes de que las palabras se le hicieran remolino en la lengua y desaparecieran—. En realidad, el regalo de compromiso venía con la práctica de la técnica del rayo. Ya sabes, como para darte algo más brillante.

Nirali recibió el presente, con todo lo que implicaba y lo que ya no podría implicar. Y se sintió la más egoísta de aquella tierra. No podía sentirse tan feliz, en una situación tan espantosa.

—No creo poder competir con Daia —continuó él—. Y creo que tu respuesta se dio sola con tu ausencia en la capital o tu olvido de la promesa que me hiciste. Así que el anillo es tuyo.
—Deval, yo…
—Ahora vamos por ese demonio asqueroso —la animó, con el espíritu de siempre—. Y déjame darle una lección antes de devolverlo a su agujero, ¿sí?

La atmósfera entre ellos volvió a ser la de siempre y la verdadera respuesta a la pregunta quedó guardada por Nirali, junto al anillo.

—Claro, hombre. Eso si queda algo luego de que yo acabe con él.

+++

Palabras según Word: 1593. Bu. Volví a pasarme. En el próximo tendré que contabilizar el excedente y listo. Gracias a los que vienen leyendo, no pensé que seguirían la historia. Me emociono. Para la próxima, el final.
Tag: Mi vida con canciones

Tag: Mi vida con canciones

24 febrero 2017


tagcanciones¡Buen vierrrnes, inicio de fin de semana de carnaval! Ya estoy lejos de las épocas en que jugaba a tirar globos de agua en la puerta de casa, o miraba fascinada los trajes del Sambódromo, pero voy a ocuparme de que este fin de semana sea colorido en el blog. Así que inicio este festejo con un tag lleno de música. Lo vi en Soñando uno de tus sueños, de Roxana B Rodríguez, así que gracias a ella por la idea. Las reglas son poner una lista de youtube al azar, y las canciones que salgan serán la respuesta a las consignas, en el orden propuesto.

¡Comencemos!

1) Canción que describe cómo morirás


SOFA, de Crush. Tiene sentido. Sentada en un sillón y extrañando a alguien. Suena realista. Vamos a lo que sigue.

2) Canción que describe tu vida amorosa


RE-BYE, de Akdong Musician. He tenido que buscar la letra de esta canción, porque ni idea de lo que decía. "No hay nada más vergonzoso que no saber acostumbrarse a las despedidas". Está bien. Mi película favorita en la adolescencia era "Novia fugitiva", con Julia Roberts, así que no puedo estar más de acuerdo con esta canción.

3) Canción que sonará en tu boda


Tomorrow, de Tablo y Taeyang. Preferiría algo más bailable o que desviara menos mi atención del novio, gracias. A no ser que pueda casarme con ellos y me esperen ambos en el altar cantando esto, a lo cual no me opondría.

4) A la siguiente canción le debes agregar 'en mis pantalones'


Without You, de Lana del Rey. Sin ti en mis pantalones. Youtube es usted un perversito. 

5) Canción que sonará en tu funeral


Nathional Anthem, de Lana del Rey. Muero de imaginarlo. Cuac. En especial con el Feliz cumpleaños estilo Marilyn Monroe del principio. 

6) A la siguiente canción le debes agregar 'con pala y desarmador'


Cold, de Maroon 5. Malditas novedades de la semana. Frío con pala y desarmador. Suena a asesinar a alguien y enterrarlo en la nieve. O a salir a arreglar algo fuera de una cabaña, en vacaciones de invierno. Que Behati sea lo único interesante en este video habla muy mal de esta banda. O de mis prioridades pervertidas. Continuemos.

7) Canción que describa tu semana


Tell Me What the Rain Knows, de Maaya Sakamoto. No ha sido una semana tan reflexiva, pero es una canción preciosa.

8) Canción que es el soundtrack de tu vida


Mania, de The Weeknd. No es una canción, es un video con un rejunte de canciones. Buena idea, youtube. Entiendo lo que hiciste ahí. *guiño, guiño*

9) Canción que suena cuando piensas en la persona que amas


Alive, de Empire of the Sun. "Loving every minute 'cause you make me feel so alive, alive...". Creo que le pegó en el blanco.

10) Canción que suena cuando extrañas a alguien


Reminder, de The Weeknd. La letra y el ritmo no pegan para nada con la consigna, excepto el estribillo: "Cada vez que tratemos de olvidar quién soy, voy a estar ahí para recordártelo". La connotación de la frase es negativa, pero me encanta, suena real. Si alguien se ha ido, por algo será. 

Y así es como le doy sentido a todo y le quito la diversión. No hago nominaciones al Oscar pero si se lo quieren llevar, mencionen el blog y déjenme su link en comentarios así paso a ver.
¿Conocen las canciones? ¿Tienen alguna mejor para sugerirme?
¡Samba, zeppelín!

¡Samba, zeppelín!

21 febrero 2017

retoseisACTO ÚNICO

ESCENA I

El lavadero de un departamento, con un lavarropas semiautomático a un costado y, frente a una enorme ventana, un fregadero de tamaño mediano. El mismo está repleto de agua jabonosa y muñecas sumergidas en ésta, de diversos colores y tamaños. A la izquierda, una puerta abierta que da a un comedor. Desde allí se oye el sonido de un televisor encendido en la emisión del Carnaval de Río. Una niña entra corriendo, con una miniatura de globo zeppelín en sus manos. 

Niña (Tararea, mientras finge sobrevolar la piscina con el juguete.): Sempre así, y sima, y sima simi sí… ¡Samba!

(Otro niño, de menor edad, ingresa y la observa boquiabierto)

Niño: ¡Mi dirigible! (Se lanza a recuperarlo, sin éxito.) ¡Soltá eso! ¡Es mío, lo vas a romper!

Niña: No. Lo quiero un ratito. Queda bien acá.

Niño: ¿Para qué lo querés? ¡No es un barco, no podés mojarlo!

Niña: No lo voy a mojar.

Niño: ¡Mamá, Cynthia me ha robado el dirigible y lo va a romper en el agua!

Niña: ¡Callate, es un ratito nada más!

Niño: No. Es mío. Comprate uno.

Niña: Te lo regalaron en la calle.

Niño: Entonces andá a la calle y buscá el tuyo. (Saca del agua una de las muñecas y le retuerce la cabeza hasta quitársela. Los dos forcejean, pero él arroja los restos al agua y sale corriendo con el zeppelín.)

Niña: ¡Ahhhh! ¡Mamá! ¡Gastón le arrancó la cabeza a la Barbie otra vez!

Madre (Desde el comedor, con voz cansada): Déjense de hinchar.

(Entonces, mientras la niña intenta recomponer a la muñeca decapitada, el azul del cielo sobre la ventana es reemplazado por un blanco brillante. El diseño aerodinámico del globo que pasa frente al edificio es inconfundible, ya que el zeppelín publicitario de la marca de yogurt es idéntico al juguete desaparecido hace instantes. La niña lo observa y la muñeca queda olvidada junto a las demás. En eso, el niño vuelve cabizbajo, con el objeto de la discordia en sus manos.)

Niño: ¿Y eso? ¡Es el dirigible, pero de verdad!

Niña: Shhh. Ahora andate. Vos ya tenés uno, éste es para mí.

(El niño corre a avisar a sus padres para que lo vean antes de que el desplazamiento lo borre de la ventana. La niña se sube al borde de la pileta y lo observa, con una sonrisa satisfecha.) 

FIN

+++

La música mal tarareada del principio es Samba do Janeiro. Jamás pude entender lo que decía, así que la cantaba así. Esto ha sido un rejunte de anécdotas de mi niñez, el carnaval siempre fue mi época favorita del año, una mezcla de felicidad sin sentido, juegos con agua y peleas por disfraces, aunque ahora no sea más que un feriado largo para dormir. Y sí recuerdo que me conformé de no tener mi propio dirigible miniatura porque el gigante había aparecido en la ventana para mí. La locura me viene de siempre, qué le voy a hacer.

Escrito para el sexto reto de El libro del escritor: Describe una escena de un relato pensando en una fecha significativa para ti y traslada esas emociones a tus personajes. Ya sé que no entra en la categoría de relato, pero quería hacer algo en este formato.
Antología (Des)amor - Ediciones Sedna

Antología (Des)amor - Ediciones Sedna

20 febrero 2017

desamorsedna¡Buen lunes! ¿Qué tal han comenzado la semana? Yo estoy en medio de varios retos de escritura y con algunas lecturas empezadas de libros que me están gustando mucho pero no puedo continuar por falta de tiempo. Tendré que ir de a poco y considerar mejor mi tiempo. Lo que hoy les traigo es una publicación en la que participé con un relato a fines del año pasado y ha salido publicada para San Valentín. Se trata de una antología de relatos de amor y desamor, recopilada por Ediciones Sedna. Se encuentra disponible en descarga gratuita, para todos los que deseen leerla.

Gracias a las chicas por la amabilidad y la paciencia con los plazos de entrega, también por el hermoso diseño y maquetación del libro. Pero no solo encontrarán mi relato TuYo (página 103, cof, cof). También verán historias de autoras geniales como Nina Kudell y Débora H. S., las cuales ya he leído en oportunidades anteriores y recomiendo mucho.

Les dejo el link del post en Ediciones Sedna para que vean sus proyectos y su forma de trabajar, por si les interesa enviar alguno de sus escritos, y el de descarga directa sobre la imagen.

sedna

Si lo leen, comenten qué les pareció. Espero que lo disfruten.

Suhri - Dos: El pasado de sus promesas incumplidas

Suhri - Dos: El pasado de sus promesas incumplidas

19 febrero 2017

suhri
<<Capítulo Uno
Nirali fue hacia la puerta de ingreso al templo. Estaba por tocar la aldaba, pero se interrumpió con un estornudo. Su nariz estaba irritada, había un olor extraño, como de madera quemada con algún preparado de hierbas desconocidas para ella. Se sonó con un pañuelo e hizo repicar la argolla metálica contra la madera de la entrada.

Aguardó, ansiosa. Era obvio que no estaban acostumbradas a recibir visitas, ya que la espera estaba prolongándose bastante. Y el aire comenzaba a apestar.

«Tal vez las sacerdotisas tienen mal gusto para las ofrendas, además de para vestir» pensó. «Al fin y al cabo, lo que importa es que los dioses estén contentos con ellas. ¿Qué interés pueden tener en agradar a los ojos y olfato humanos?».

En ese instante, una rendija se abrió en la puerta y unos ojos verdes la observaron, alertas.

—¿Qué… quién es usted?

«Comprobado. Nadie toca siquiera la puerta de estas muchachas».

—Mi nombre es Nirali Sidhu. Pretendo dejar la práctica de la hechicería elemental, vengo a ofrecerme al santuario de la diosa Daia como nuevo miem…

No terminó la frase, porque la madera se deslizó con rapidez y la hechicera quedó a solas, con la boca abierta. Cuando se repuso de la sorpresa, descargó su indignación aporreando la puerta. La hendidura en la superficie oscura volvió a abrirse, esta vez para mostrar unos ojos oscuros, más severos.

—No es posible que haya ninguna Sidhu en estos caminos —dijo la nueva voz.

—¿Cómo? ¡Soy la menor de los Sidhu, del pueblo de Suhri!

—Demuéstrelo.

—¿Qué cosa? —murmuró, sin poder creer lo que estaba ocurriendo.

—Muéstreme que usted no es un demonio disfrazado para entrar aquí. Baile en un pie.

La antigua creencia de que un demonio no era capaz de bailar sobre su pie derecho todavía seguía vigente en algunos lugares. Para consternación de Nirali, aquel santuario parecía ser uno de ellos.

—Mocosa impertinente, abre esa puerta y trae a Madhu. Ella sabrá quién soy.

—No abriré si no baila.

El olor a quemado ya era intenso, lo que fuera que estaban ofreciendo en sacrificio era ofensivo al estómago de la viajera. Y la noche estaba cayendo con rapidez, las sombras del bosque se hacían más alargadas sobre el camino que ella quería abandonar. Un poco de estabilidad, era todo lo que estaba pidiendo. ¿Tan poco confiable parecía?

—Bien —aceptó, entre dientes—. Pero, para que sepas, este método es ineficaz y estúpido.

Levantó la rodilla izquierda, despegó el pie del suelo y comenzó a saltar sobre el otro. Con gesto inexpresivo, fijó su mirada sobre la que prestaba atención en la puerta y balanceó un poco los brazos, en un esfuerzo de coordinación que no impresionó a nadie. Ya estaba cansándose, cuando la pesada hoja se abrió y cuatro manos la arrastraron al interior del templo.

—¿Cómo llegó hasta aquí sana y salva? —preguntó la dueña de la primera voz, una vez adentro.

Nirali se sacudió la ropa, ofendida por el ridículo recibimiento, y las observó a ambas. Eran dos jóvenes, no mucho menores que ella, con la clásica túnica gris de las aprendices del templo. Acostumbrada a que la gente se asombrara de que una mujer viajara sola por los caminos del reino, desestimó la curiosidad de las muchachas y fue al grano.

—¿Con quién debo hablar para iniciarme aquí?

La que la había hecho bailar en la entrada, una chica menuda de cabello castaño y piel trigueña, la condujo por uno de los pasillos del edificio. La otra, una joven rubia y algo regordeta, iba a su lado, mirándola como si aún no pudiese creer que era humana.

—La llevaremos con la superiora y ella le hará las pruebas —explicó la morena—. Pero ahora se encuentra en reunión, ya sabe, por lo que está ocurriendo. Tendrá que esperarla en el patio principal.

Nirali entendió que, o algún evento estaba alborotando a las miembros del santuario, o aún creían que la amenaza de guerra con el país vecino era un hecho. Las noticias corrían con lentitud por aquellos territorios.

—Bien —contestó con impaciencia, evitando hacer cualquier referencia a cuestiones que pudiesen desviar la atención de aquellas jóvenes—. ¿Podría hablar con Madhu Sidhu, mientras tanto? ¿En dónde se encuentra?

Sus anfitrionas se detuvieron en seco, obligándola a volverse al ver que seguía caminando sola.

—¿No…? ¿No lo ha oído? —tartamudeó la joven rubia, con los ojos bien abiertos.

—¿De dónde viene y cómo es que no está enterada? —reaccionó la otra, nerviosa.

«Algo no está bien aquí» se dijo la recién llegada, a punto de perder la poca amabilidad que le quedaba.

—Yo les pregunté primero. ¿Dónde está mi hermana?

Las otras dos intentaron hablar, pero fue como si el caudal de palabras se atascara en sus gargantas.

—Lo sentimos mucho. —Fue lo único que salió de la boca de la morena—. De verdad.

Nirali sintió que estaba perdiendo el tiempo, jugando a las adivinanzas con aquellas chicas que tal vez habían encontrado en ella una fuente de entretenimiento. No iba a dejarse utilizar.

—No. Esto es un malentendido tras otro. Déjenme sola, puedo seguir por mi cuenta a partir de ahora. ¡Madhu! ¡Madhu, ven aquí!

Avanzó furiosa por el trecho que quedaba hacia el enorme patio abierto, donde el humo apestoso volvió a recibirla, con menos intensidad que antes. Llamó a su hermana a gritos, para horror de las que venían con ella intentando hacerla callar. Desde las plantas superiores, asomaron más jóvenes y algunas mujeres mayores, con la túnica negra distintiva de las sacerdotisas de la Orden de Daia, la diosa guardiana del monte. Todas la miraron, en una mezcla de confusión y pena. Algunas se cubrieron la boca, otras no se molestaron en esconder el llanto repentino que las invadió.

Nirali se detuvo, con un mal presentimiento. Pero el escándalo ya se había desatado y sus preguntas solo eran respondidas con gimoteos y disculpas aterrorizadas.

Entonces, se abrió la puerta del salón de la Superiora. Ante la aparición de la anciana, en túnica negra con un cinto dorado como único distintivo, aparte de una mirada intensa y un porte altivo, el patio entero quedó en silencio.

—¿Qué está pasando? —preguntó a las únicas tres que todavía seguían en el lugar.

Nirali vio su momento para presentarse y se inclinó, en señal de sumo respeto, mientras hablaba.

—Buenas tardes. Mi nombre es Nirali Sidhu, de los Sidhu de Suhri. He venido ante usted como aspirante a miembro de la Orden de Daia.

La falta de respuesta puso nerviosa a la joven y la hizo levantar la cabeza, para ver que la intensidad en los ojos de la mujer era inquietante.

—Entiendo —dijo la Superiora, por fin—. Pero aquí no aceptamos hechiceras.

Tarde comprendió Nirali que su medallón obtenido en Refulgens, a mano de la salamandra Aruni, no era la mejor primera impresión que podía darles a estas mujeres tan austeras. La llama en metal dorado brillaba bastante, al balancearse desde su cuello inclinado. Se incorporó, avergonzada, y se quitó el colgante para guardarlo entre sus ropas.

—Ya. Estoy abandonando la práctica de la hechicería elemental para unirme a ustedes —continuó, aturdida—. Mis circunstancias son algo largas de explicar, pero en mi niñez he enlazado mi destino a este lugar por medio de una promesa hecha a mi hermana, Madhu Suhri. Si le permitiera venir, ella podría servir de testigo.

Algo ensombreció el rostro de la mujer al oír aquel nombre.

—Veo que nadie le ha informado.

El susurro cauteloso de la sacerdotisa aterró a Nirali, más que todos los gritos con los que había sido recibida aquella tarde.

—¿Qué cosa no me han informado?

Un dolor espantoso se instaló en su pecho. Aquello no tenía buena pinta. Iba a exigir una respuesta, sin embargo alguien más salió del despacho de la mujer. Quien hubiese estado en reunión con la anciana había escuchado todo el intercambio, para intervenir en ese instante.

—Lamento interrumpir —dijo el que iba hacia ellas—, pero yo no aconsejaría que acepten a esta joven en su Orden, Superiora Nayat.

Nirali lo vio y casi no lo reconoció. De aquel loco lleno de ira que se había enfrentado a su maestro alguna vez, al extraño guerrero que había colaborado con ellos en la revuelta contra el anterior tirano del reino, solo quedaban los ojos azules y el cabello del color del trigo. Aquel caballero orgulloso, de uniforme rojo con el emblema del nuevo rey, no parecía el mismo.

—¿Por qué no, general Khan? —preguntó la anciana, con un brillo de interés en los ojos.

Él llegó hasta la anciana y habló en tono profesional, ignorando las protestas de Nirali.

—No creería en las promesas de esta mujer —dijo Deval, y con el frío de su voz podría haberse congelado toda la montaña—. Incluso a mí me ha hecho algunas, y no ha podido cumplirlas al día de hoy.

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Cantidad de palabras según Word: 1483. He devuelto las quince que sobraban del capítulo anterior. Yey. Y volvió Deval. Yey.

Historia corta escrita para la iniciativa Blogs colaboradores de Letras en el aire y Beyond a Writer´s Mind. Espero que a Mikel le guste, si llega a pasar por acá más adelante.
Dejen que lo explique

Dejen que lo explique

16 febrero 2017

dejenqueloexppliqueEn el oeste se encontraban las ciudades de los muertos. Al norte, el bosque de los árboles caminantes, custodiado por gigantes que cargaban enormes ballestas. Al sur, los lagos de aguas negras, corrosivas al punto de limpiar los huesos de los desgraciados que caían en ellas. Al este, los montes helados que alguna reina había convertido en su palacio blanco, siglos atrás. Ni su muerte se había llevado el maleficio de las agujas transparentes que colgaban de las paredes de hielo.

No es que este país no tuviese potencial turístico. El problema era organizar un tour rentable que pudiese llevar a todo el mundo en los recorridos sin congelarse o morir en un intento de selfie con un zombie. Oh, lo siento mucho, no he querido sonar despectivo. Sé que ahora se autodenominan «muertos independientes». Así que terminé dividiéndolo en dos opciones. Una para los amantes del frío y el paisajismo verde. Otra para los aventureros que disfruten correr con una masa de predadores detrás o pasear junto a un río de ácido.

¿Cómo iba a saber que los gigantes del bosque eran carnívoros, o que miles de muertos iban a caminar siguiendo a los visitantes hacia las aguas negras? Al fin y al cabo, esto es turismo extremo, señores.

Ahora cerremos este asunto, los del seguro se harán cargo. Vayamos a lo que sigue. Tengo pensado un paseo por la aldea de los hombres-piraña que va a ser furor.

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Cosa rara que salió de mi cabeza con sueño, escrita para el quinto reto de El libro del escritor: Usa la frase “En el oeste se encontraban las ciudades de los muertos” para hacer una composición creativa.
Ex Machina (52 Retos: reto 4)

Ex Machina (52 Retos: reto 4)

12 febrero 2017

exmachinaEstaban en el playón, en pleno torneo deportivo intercolegial. Todos los cursos habían recibido permiso para interrumpir sus clases esa semana, así observaban a sus equipos participar. La competencia era contra otro instituto de la zona, unos niños de mamá que traían camisetas especiales y zapatillas que el mismo Messi hubiese envidiado. O eso imaginaba Juana, perdida en la masa ruidosa que animaba a los suyos en las gradas.

Los representantes del segundo año ingresaron, para saludar al equipo visitante uno por uno, en fila. Y Juan estaba ahí, hermoso, alto, con su nuevo corte de pelo y su banda improvisada en el brazo izquierdo. Era una ironía haber nacido con el nombre exacto de su amor imposible. Cuando él ni parecía estar enterado de su existencia.

«Nunca va a mirarme» se dijo Juana, volviendo a castigarse en silencio mientras lo devoraba con los ojos.

Él terminó de chocar los cinco con el otro grupo y siguió de largo, dando una vuelta por la cancha, observando el terreno, dando saltitos para no dejar que se enfriasen sus piernas. Ella suspiró, ignorando los comentarios subidos de tono de sus amigas. Ya tenía suficiente con su mente retorcida, obsesionada con esos pantaloncitos del uniforme del capitán del equipo.

«¿Cómo es que aguanta el peso de tantas fantasías pervertidas sobre su persona? ¿No le pican las manos? ¿No se despierta en medio de la noche todo sudado, con algún arañazo en la espalda que no sabe de dónde ha salido?».

El partido comenzó, mientras ella seguía soñando despierta. Juan corría, a veces alcanzaba la pelota pero la pasaba a alguien en mejor posición para llegar al arco contrario. No era tan talentoso, solo tenía buen sentido de la organización. Para cuando marcaron el primer gol, Juana ya se había sumergido en la espiral de comparar sus nombres, ponerlos juntos, deformarlos e inventar apodos.

«Juanita y Juan. Juanito. Juancito. Mi vida. Ju. Juanchi. Juanchititito. Ah…».

Entonces, un grito desesperado rasgó el cielo. El partido se detuvo, los espectadores miraron hacia arriba y hasta el sueño rosa de Juanita se hizo pedazos. Una figura alargada apareció sobre ellos, precedida por el ruido de dos bisagras que necesitaban aceitarse. Se trataba de un ser pequeño y rechoncho, con una toga de un talle menor al que le correspondía. Iba descalzo y llevaba dos alas metálicas, enormes, accionadas por un extraño sistema en su espalda.

El terror no terminó de desatarse. Con solo extender su mano hizo que algo barriera a cada uno de los presentes y lo dejara estático. A todos, excepto por Juanita.

—¡Basta! —exclamó la voz aguda del desconocido sobre el cielo.
—¿Qué…? ¿Qué es esto? —preguntó la muchacha, a punto de largarse a llorar.

Una tercera voz apareció en escena, a la distancia. Con un grito se sumó al de ella.

—¿Me ha llegado la hora?

Se trataba de Juan, de pie en medio del campo de juego detenido. A su alrededor, los chicos de ambos equipos habían quedado en posiciones ridículas de escape.

El intruso soltó una carcajada.

—¡Ya quisieras, mortal! Es más, ya lo quisiera yo —admitió, acercándose al suelo con su aleteo chirriante—. No soporto más los pedidos de esta mocosa. Me voy a quedar sordo si continúa.
—¿Quién? —se indignó la muchacha—. ¿Está hablando de mí?

Juanita sentía un nudo en el estómago. Algo en esa toga apretada, las alas brillantes al sol y los bucles platinados de aquel monstruo le hacía temer lo peor. Pero la atención del bicho seguía centrada en el que no se había movido del centro de la cancha.

—No entiendo cómo es que no eres capaz de darte cuenta, si estás ahí.

«Sí. Es eso. Esa cosa ha venido por mi culpa».

—Oh, no. ¡Por favor, no! ¡Esto es un malentedido!
—¿De qué está hablando? —balbuceó Juan.
—¿He entendido mal, dices? —continuó Cupido, fijándose en ella—. ¿Tú no eres Juana?

Ella notó que estaba temblando, pero no retrocedió.

—Sí, lo soy.
—¿Y éste no es el Juanito de los cojones con el que vives dándome dolores de cabeza? —rugió el recién llegado, cuyas alas soltaban algún chispazo por la falta de lubricación.
—Eh… No es lo que…
—¡Oiga! ¡Más respeto! —protestó el chico.

La muchacha no supo si él estaba molesto por la forma en que se estaba hablando de él o por la brusquedad con que la estaban tratando a ella. Tampoco estaba segura de si el color que teñía las mejillas del capitán del equipo de fútbol eran parte de su imaginación.

—Me han cansado. Se van a quedar así hasta que tengan una conversación como corresponde —anunció el dios mecánico—. Les sugiero que se apuren porque los dejo congelados por el resto de la eternidad. O lo que duren esos cuerpos que tienen. Adiós. Humanos y sus estúpidos coraz…

Lo último que oyeron fue el aleteo trabajoso del metal, alejándose de ellos. Y, luego, el silencio.

Una brisa pasó por la cancha e hizo revolotear el mechón de pelo de la frente de Juana, antes de que la gravedad lo regresara a su lugar. Volvió a echar un vistazo a todo el estadio congelado. Por último, se encontró con su compañero de desgracia observándola a medio metro. Cruzado de brazos. Tal vez esperando una explicación.

Entonces la chica carraspeó e hizo lo único que se le ocurrió en esa situación.

—¡Hola! Creo que no nos conocemos. Mi nombre es…


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Feliz San Valentín, para los que se interesen en el asunto. Feliz día sin importancia para el resto. Relato para el cuarto reto de El libro del escritor: Escribe una historia en la que salves la situación con un mayúsculo Deus Ex Machina.

Deus Ex Machina: Resolución de una trama a través de un elemento, personaje o fuerza externa que no haya sido mencionado con anterioridad y nada tenga que ver con los personajes ni la lógica interna de la historia. (Fuente: Literautas).
Suhri - Uno: El futuro que predijo el oráculo

Suhri - Uno: El futuro que predijo el oráculo

11 febrero 2017

suhri portada madhuEl aire frío de esa noche parecía agitado por la percusión de los tambores y el sonido ondulante de las trompetas tradicionales. Las faldas de las mujeres, en colores vibrantes, giraban alrededor del grupo de hombres que batían palmas en el salón. El novio y la novia, sentados en la mesa principal, recibían los buenos deseos de los invitados. Las bandejas de comida iban y venían. Las bebidas parecían fluir desde las copas, sin terminarse jamás.

La casa de los Sidhu estaba despidiendo a Denali, su hija mayor, con la celebración más espléndida que el pueblo de Suhri hubiese visto.

A poca distancia del centro de la sala estaba la preciosa Uma, segunda de la familia, intentando superar la timidez frente a su prometido. La diferencia de edad era un obstáculo, no tan grande como el hecho de no haber cruzado más de dos palabras desde que se conocían. Y en la periferia, sobre la salida hacia uno de los jardines iluminados con antorchas, estaban las Sidhu más pequeñas. Una de ellas apenas alcanzaba los once años pero ya tenía la potencial belleza de su madre. La otra era de aspecto más simple, una niña de ocho años de cabello oscuro y ojos chispeantes. Ambas llevaban sus vestidos arrugados y los zapatos llenos del barro de los canteros de flores recién regados.

—¿Qué quieres hacer cuando crezcas, Nirali? —había preguntado Madhu, la mayor.
—No quiero crecer —contestó la otra, quitándose una hoja del peinado—. Así es más divertido.
—Igual ocurrirá. Y será mejor que estés preparada.
—Para eso falta. Ahora volvamos a jugar, los sirvientes están ocupados.

Las filas de hombres y mujeres cargando bandejas no paraban de moverse por todo el lugar. Nadie les prestaba atención a ellas.

—Yo ya tengo un plan —continuó Madhu—, ¿quieres saberlo?
—¡Sí, dime!
—Voy a entrar al templo de las montañas cuando sea mayor.

El interés de la más pequeña se esfumó, apenas notó que no estaban hablando de travesuras para realizar en el presente.

—Ah, sigues con eso.
—Allí tienes acceso a todos los libros de los Antiguos y, si eres afortunada, puedes convertirte en oráculo —explicó la preadolescente—. Adiós aburrimiento, adiós lecciones de etiqueta y adiós a esos viejos tontos que le insisten a nuestros padres para comprometerse conmigo en unos años.

Nirali miró a su hermana, con el cabello alborotado y las mejillas rosadas de tanto correr. Sintió pena al imaginarla en esas túnicas insulsas que usaban las muchachas del santuario.

—¿Sabes que igual tendrás que comportarte si eres sacerdotisa? —comentó, burlona, mientras mordisqueaba una manzana que había robado de la cocina—. No las imagino sin un horario para levantarse por las mañanas. Y deben castigar a las desobedientes con más dureza que nuestros tutores.
—¿A quién le importa? Si soy oráculo podré ver el futuro. No me atraparían jamás.

Una pequeña pausa entre las hermanas y el entendimiento alcanzó a la menor.

—Espera, eso suena bien. Creo que iré contigo.
—¡No me copies! Piensa en tu propio plan.
—Pero no tengo ningún plan, Madhu. Voy a quedarme contigo, en las montañas. Y si tú eres oráculo, entonces yo también lo seré.

La idea comenzaba a tomar forma. A alejarlas del ritmo que seguían los demás a su alrededor. Igual, había detalles que no estaban considerando y que no tendrían en cuenta hasta que no llegase el momento.

—No permiten más de un oráculo a la vez —aclaró, entre risas, la que había dado primero la sugerencia.
—Bueno. Nos turnaremos.
—¡No creo que funcione así!



A pesar del entusiasmo, pasó una década hasta que Nirali llegó al santuario en las montañas. Y luego de un camino que la había llevado lejos de los suyos, para meterla en la revolución contra el tirano que gobernaba en la capital.

—¿Estás segura de esto, maestra? —preguntó el joven que venía con ella y se negaba a marcharse.

Los dos se quitaron las capuchas oscuras, al pasar bajo el arco que daba la bienvenida a la consulta con el oráculo del templo. La ansiedad de la muchacha por ver quién recibía los mensajes de los dioses se atenuó al ver al monje que les salía al encuentro, hablando de tributos en oro y tasas de impuestos agregados.

—Claro que sí, Ren —explicó ella—. El verdadero rey ha vuelto al trono y el peligro de una guerra con nuestros vecinos ha desaparecido. Ya no son necesarios los servicios de una hechicera como yo. Y ya te enseñé todo lo que sé. En la capital podrás continuar con otros maestros.

Frente a ellos, el fuego de la hoguera despedía chispas de diversos colores. Ella se desprendió, con reticencia, de algunas monedas sobre la mano extendida del monje. Una vez solos, avanzaron con cautela, hasta el fondo del recinto mal iluminado por velas de diversos tamaños. Nirali tomó una bocanada de aire e hizo su pregunta, mirando a la estatua de la diosa de la sabiduría.

—Bien. Gran oráculo, buenas tardes. Necesito preguntarte… consultarle algo. Seguro sabrá la respuesta, en nombre de su vasta experiencia. Hábleme del futuro. Si es que puede decirme algo significativo.

«Déjame encontrar el rumbo de una vez. Préstame un plan, Madhu».

El repentino canto de un grillo fue lo único que se escuchó en el lugar, por un buen rato. Los dos visitantes aguardaron, inquietos, paseando la mirada por cada rincón del salón. Y el bulto que se levantó del suelo los sobresaltó. Se trataba de una mujer anciana, de extrema agilidad en sus movimientos. Ren se mordió los labios para evitar la carcajada. Nirali observó escéptica la danza de la mujer.

—¡Tú no eres Madhu! —exclamó, horrorizada.

Había olvidado las fórmulas de cortesía que se le debían a la médium encargada de comunicar aquel plano con el de los dioses. El baile frenético de la consultada no dio muestras de cambiar por eso. Incluso dejó caer algunas palabras para ellos.

—La belleza… ¡Estas muchachas son tan bellas! ¡Mías, son mías ahora!

Extendía los brazos, luego los estrechaba en un abrazo invisible, ante los dos que no podían creer lo que estaban viendo.

—Le va a dar un ataque, maestra —murmuró Ren—. ¿Qué hacemos?

Ella chistó para hacerlo callar. Intentó prestar atención, aunque nada tenía sentido, ni relación con la pregunta que ella había hecho.

—¡Todo es mío ahora! ¡Todo! —continuó extasiada la anciana—. Y, sin embargo, estoy tan solo…
—¿Te sientes de esa manera, Ren? —comprobó Nirali, sin quitar los ojos del baile por el que había pagado.
—No, maestra. ¿Y usted?
—¿Me ves con pinta de ser dueña de algo? Acaban de quitarme mis últimas monedas.

Renunciaron a entender de qué estaba hablando, cuando llegó la parte más extraña del espectáculo. La mujer dio un par de vueltas y los miró con ojos vacíos.

—Alejen ese anillo de mí. No lo quiero. ¡Nunca más estaré solo!

Dicho esto, se desplomó y la oscuridad regresó, en un efecto muy oportuno. Nirali y su alumno habían retrocedido varios pasos y aguardaban, a la defensiva, a que la mujer enloqueciera y se lanzara contra ellos. Nada ocurrió.

Con suavidad, el monje de la entrada regresó y los despidió hasta la luz del camino otra vez.

—¿Sabes lo que creo, Ren? —reflexionó la hechicera, mientras bajaban las escalinatas del templo—. Que los dioses son amigos de las oráculos porque no quieren que intervengamos en el futuro. Si de verdad quisieran darnos alguna pista para cambiar nuestro destino, se presentarían sin intermediarios y nos dirían las cosas en la cara.
—Prefiero vivir sin saber nada de eso. Y hablando del tema, se me acaba de ocurrir un buen negocio para nosotros en la capital. Si conseguimos disfraces y un lugar en la feria, podríamos anunciarnos como orácu…

Ella tapó su boca con rapidez. Si algo sabía de los dioses de su región, era que tenían muy buen oído.

—No sigas. Ya he dicho que lo mejor es que continúes tu camino de hechicero. Yo me quedaré aquí, a cumplir la promesa que hice a mi hermana.

Él parpadeó, confundido. Recién parecía interpretar lo definitivo de la situación.

—¿Y la promesa que le hiciste a aquel general…?
—No cuenta. Fue posterior.

Aunque Nirali sabía que aquellos con los que había corrido por los caminos tenían en su mente un lugar mayor del que podía admitir.

—Creo que no estaba preparado para este momento —dijo el muchacho, con la voz entrecortada.
—Yo tampoco, tonto. Ahora ve con los dioses. Y háblales bien de mí a todos.

A esas alturas, ella había puesto en sus manos una carta para cualquiera que lo tomara como aprendiz. Ren llegaría lejos si la utilizaba. Pero los dos evitaban llorar como niños, sin mucho éxito.

—No podré, lo siento —balbuceó él.
—Está bien —concedió la joven, con los ojos enrojecidos—. Igual me gusta tu sinceridad.

Se despidieron, por fin. Él marchó hacia el sur. Ella fue hacia el edificio principal del santuario, para ponerse a su servicio. Ninguno de los dos pudo ver la columna de humo negro que ascendía al norte, desde el pueblo de Suhri.

+++

¡Bienvenidos a la nueva aventura de Nirali! Me dolió esta despedida de Ren, pero empieza una nueva etapa y necesito enviarlo a la capital. No es necesario leer las anteriores para disfrutarla. O eso espero.
Historia corta escrita para la iniciativa Blogs colaboradores, de Beyond a Writer´s Mind y Letras en el aire. Espero que a mi lector: Mikel del blog Mr. Mikel le sea entretenida.

Cantidad de palabras según Word: 1514. Me pasé un poquito, pero no pude cortar más.
Príncipe o rana 2017

Príncipe o rana 2017

07 febrero 2017

principerana¡Buena noche de martes! Vengo con mi recomendación de lectura romántica para la iniciativa Príncipe o rana de No solo leo en su blog. El año pasado también participé y este año me sirvió para quitarme la pereza con mis lecturas pendientes. He vuelto a mi amado kindle, que había quedado olvidado entre las actualizaciones de los retos, las vacaciones de verano y el final de mi historia Tres estrellas en fanfiction.net.

Les tengo dos, una llena de príncipes y la otra repleta de ranas que los harán reír:

winter
Winter - Marissa Meyer 

La cuarta parte de las Crónicas lunares, la versión futurista de cuentos de hadas como Cenicienta, Caperucita roja, Rapunzel y Blancanieves. Como es la resolución del conflicto contra la dictadora Reina Levana, todas las tramas se encuentran y las cosas que habían quedado pendientes de libros anteriores deben resolverse. Por momentos es mucho drama para mi gusto, pero los momentos entre Thorne y Cress valen la pena. Kai y Cinder también. En fin, voy a darme un descanso de las sagas por un tiempo.


colgandodeunhiloColgando de un hilo - Dorothy Parker
Los mini relatos que esta autora escribió hace casi un siglo tienen demasiada actualidad. Cada historia se concentra en algún aspecto distinto del lado oscuro de las mujeres en su relación con los hombres. Ansiedad, egoísmo, celos, dependencia, entre otros, pero tratados con mucho humor y autocrítica. Recomiendo "Hombres con los que no me he casado" o "Una llamada telefónica". Incluso hay uno que se llama "El banquete de sapos". Es perfecto para esta recomendación.

¿Y ustedes? ¿Se han puesto alguna lectura de romance para este San Valentín? Pueden recomendarme algún buen título también.
La prueba del ascensor en mi cabeza

La prueba del ascensor en mi cabeza

04 febrero 2017

el amanecer de la pluma negra
Hoy comienza la ronda de Blogs colaboradores, una iniciativa en la que participo desde hace un par de años. Necesito una historia para contar durante un mes. Y me han venido a la cabeza las mismas preguntas de siempre. Son esas cosas que más me cuestan a la hora de ponerme con algo nuevo. Me refiero a algo que pueda interesarme de verdad, que cuando pase el entusiasmo inicial esté bien cimentado y me permita trabajar sin volverme a rellenar baches de coherencia o arreglar clichés.

Si pongo un ejemplo de una historia que me entusiasmó mucho en el comienzo y después me hizo imposible continuar por las fallas de base, diría Fuera de su sombra. Fue la primera novelita corta que puse en mi blog anterior. Y la primera que borré, luego de mil paradas en las que me agarraba de los pelos porque no tenía idea de qué hacer después. Resulta que no sirvo para la escritura improvisada, qué remedio. No necesito una brújula, denme carteles de neón para poner en la ruta, por favor.

Ahora van a decir que el problema es mío, que debería ser más segura y amar más a mis creaciones. Bulls**t. Soy una lectora muy exigente (podría serlo incluso más, pero cuando fangirleo perdono algunas cosas, nadie es perfecto). Mi cerebro se prende como garrapata a los detalles, a las preguntas que me hace la historia a la cara cuando comienza, para no soltarlos hasta el final. Ya se imaginarán lo que pasa cuando todas esas preguntas que el mismo autor/guionista/loquesea me planteó no son respondidas en el desarrollo. Me enoja ver que algunas superproducciones de Hollywood/Bollywood/Corea no se gasten dos centavos en poner a alguien que pueda escribir algo decente para acompañar a los actores conocidos y los efectos especiales. Si soy la única que se fija en esos detalles mientras los abdominales del bombón de turno me ocupan la pantalla, les pido mil disculpas. Pero me invaden esas preguntas cuando voy a escribir algo mío.

¿De qué voy a hablar?

«De una chica que una mañana se despertó y fue a la escuela y…».

¿Y?

«Entonces se encontró con sus amigos y fueron a un concurso de baile y…».

¿Y? Todavía no me estás contando nada fuera de la rutina de una persona normal. Me duermo.

«El chico más hermoso de la clase…».

Ay, no. Resetear, resetear. Otro problema que tengo es que confundo los videos de mis artistas favoritos en youtube con proyectos viables de historias. A nadie le importa lo lindo que sea el chico, no al menos hasta que hayan empezado a leer y no mueran del aburrimiento a la tercera página. Así que tomo un libro de un autor yanqui, un tal Christopher Keane que les enseña a la gente los fundamentos de escribir un guión vendible en Hollywood, y me voy al apartado de ideas.

Ahí es cuando el tipo me llena de más preguntas, como si nada.

¿Por qué vale la pena contar tu historia?

«Ehh… Porque es el concurso de baile de preparatoria más entretenido de…».

¿Quién es tu protagonista?

«Juanita, la tierna chica de anteojos que se sienta en primera fila de clase y nadie cree que pueda bailar. Además, Juancito, que es el chico malo y le hace bullying para ocultar que la ama».

No. Juanita sería la protagonista y Juanito el interés amoroso. Concentra las cosas en algún punto de vista, no empieces con novelas corales, no se te dan bien. Además, ¿sabes siquiera lo que es el bullying y la realidad de los chicos que sufren este acoso?

«Claro. He leído historias de amor llenas de esta problemática».

¿Y el objetivo vital que hará que tus lectores tiemblen de emoción y no puedan dejar de leerte?

«El trofeo del concurso de baile es de oro y servirá para pagar el tratamiento de alcoholismo del padre de Juanita».

No habías dicho eso. La verdadera joya de la trama se esconde ahí. Quita el concurso pedorro y hablemos de hijos de padres alcohólicos.

«Pero, pero…».

Y todo esto, mientras tomo el desayuno en la oficina e intento concentrarme. En fin. Los clichés se nos implantan en el ADN a los que amamos contar historias. Porque crecemos absorbiéndolos en la tele, el cine, los libros que robamos a nuestros padres para leer en el baño. Las historias sin sentido se venden igual y hasta la llegada de internet nadie decía nada (igual ahora, a los que no entienden el éxito de ciertas historias vienen los borregos y los llenan de insultos, pero ¿para qué es el internet si no es para desatarnos con violencia por tonterías?).

La primera pregunta de todas, según Keane, debo responderla como si subiese en un ascensor con alguien capaz de publicarla y llevarla al éxito pero solo tuviera ese tiempo para convencerlo. Sé que no es idea suya pero en ese libro lo vi por primera vez. Si me escondo lo del padre alcohólico de Juanita y me pongo a hablar de los lentes y la falta de interés en el baile de la chica, me quedaré hablando sola cuando se abra la puerta. Y mi cerebro es el primero al que debo llevar en ese ascensor, hablarle y darle esa premisa de apenas un par de frases para que se decida a construir aquel nuevo mundo y convivir con él en lo que me lleve terminar.

Así que comparto con ustedes el primer ejercicio que me sentaré a hacer para esa historia de la que ni sé el nombre (no, no voy a hablar de Juanita, es un ejemplo):

Ésta es una historia sobre__________________________ que desea______________________________ ¡y hará lo que sea para conseguirlo!

Una vez completada esa simple frase viene lo difícil. Porque todo lo que escriba debe estar relacionado con eso. Si Juanita se levanta ese día y va a visitar a su abuela para descubrir un tesoro y ser secuestrada por piratas, chau premisa. Igual, si en el camino descubro que la prefiero en el mar, cambio el objetivo y empiezo de nuevo. Pero editar antes de terminar es el peor enemigo de mi paciencia.
Deséenme suerte.
Un día más (Cinco líneas: Febrero)

Un día más (Cinco líneas: Febrero)

un dia mas«Buenas noches, se ha comunicado al servicio de información de la ciudad. ¿Cuál es el motivo de su consulta?». Del otro lado, alguien se ahogó en sollozos. «¿Cómo pudiste abandonarme y seguir viviendo como si nada, Ofelia? ¡Hoy moriré por ti!». Ella no entendió. Él exigió que respondiese. «Es el día de descanso de Ofelia, señor Gómez», aclaró la operadora. «Entiendo», se disculpó él. «Volveré a llamar mañana, entonces».

Las palabras de este mes: Consulta, como, nada.

Microrrelato para el reto de cinco líneas de Adella Brac 2017.

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